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LA
ARISTA AFILADA
Los
errores de Huntington
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Samuel Huntington, un notable pensador norteamericano,
piensa que Estados Unidos no podrá asimilar la enorme masa de
inmigrantes hispanos que día a día se instala en el país.
Le preocupan, fundamentalmente, los de origen mexicano. Le parecen muchos,
demasiado cercanos a su país y poco interesados en “americanizarse”.
No aprenden inglés eficientemente, re-construyen sus pobres modos
de vida originales y no se adaptan a los viejos valores de los míticos
“white-anglo-saxon-protestants” que, aparentemente, han
moldeado la cultura norteamericana desde la llegada del Mayflower.
Huntington teme, además, que la enorme franja hispana del suroeste
norteamericano genere un país bilingüe y bicultural, como
Québec en Canadá, más pobre, menos comprometido
con la ética de trabajo y con escasa preocupación por
los estudios.
Una enorme minoría que debilite los fundamentos de la sociedad
estadounidense al punto en que, en el futuro, se pueda producir una
ruptura y los hispanos sientan un mayor grado de lealtad con el México
de donde provienen que con los Estados Unidos que los han acogido.
Lo políticamente correcto es acusar a Huntington de racista y
xenófobo, pero eso sería demasiado fácil. La verdad
es que los grupos dominantes en todas las sociedades del planeta perciben
a los inmigrantes con una mezcla de miedo y rechazo.
En España, donde vivo, existe un auténtico
horror a los marroquíes, incluso antes de los atentados del 11
de abril. En Francia “el problema” son los argelinos, en
Puerto Rico, los dominicanos, en República Dominicana, los haitianos,
en Italia, los albaneses, y así hasta el infinito.
Tampoco es justo rechazar sus hipótesis sin examinarlas. Parece
razonable pensar que un país monolingüe y monocultural sufre
menos tensiones internas.
El discurso del multiculturalismo es muy hermoso y está lleno
de buenas intenciones, pero olvida que en el bicho humano, territorial
y feroz, existe un componente irracional, vestigio de su viejo cerebro
de reptil, que lo conduce fácilmente a la agresión contra
la criatura que percibe como distinta.
Es cierto que ahí está el excepcional milagro suizo para
demostrar que es posible la convivencia armónica de pueblos diversos,
pero en las naciones hechas de retazos, como España, Bélgica
o Canadá, cada cierto tiempo se escuchan algunos peligrosos crujidos
y se enrarece la convivencia.
No obstante, creo que Huntington se equivoca en sus premisas básicas.
Primero, los hispanos sí se integran a la sociedad norteamericana,
y si no lo hacen más rápidamente es por las dificultades
artificiales que suelen encontrar.
Si millones de ellos, por ser ilegales, no pueden trabajar dentro de
la ley, estudiar, abrir una cuenta en un banco, y ni siquiera obtener
un permiso de conducir, ¿cómo extrañarse de que
sean marginales? Si el objetivo es asimilarlos, ¿no sería
más prudente tender puentes que intentar aislarlos?
No es falso que los inmigrantes traen con ellos los valores transmitidos
por los pueblos de donde provienen, pero los valores se transforman
radicalmente cuando entran en contacto con otras culturas, y el resultado
de ese mestizaje espiritual a veces es sorprendente.
Los hindúes, los judíos de origen ruso-polaco, los barbadienses
y los cubanos de segunda generación radicados en Estados Unidos
tienen un mejor desempeño económico que los WASP a que
alude Huntington.
En el siglo XIX los irlandeses, supuestamente, eran poetas líricos
consumidos por el alcoholismo, mientras los escoceses eran seres laboriosos
dedicados al trabajo. ¿Puede alguien hacer esa distinción
en los Estados Unidos del siglo XXI?
A veces los errores de Huntington se convierten en contradicciones.
Esto le sucede cuando juzga a Miami.
En ese caso, los culpables son los cubanos y otros hispanos de esa ciudad,
pues al ser bilingües, al menos muchos de ellos, tienen más
posibilidades de obtener un buen trabajo que los anglos o los negros
monolingües y alcanzan ingresos superiores a la media de los “blancos”.
¿Qué deberían entonces hacer los hispanos de Miami
para complacer a Huntington? ¿No habíamos quedado en que
Miami, para su propio beneficio, era una ciudad cosmopolita, puerta
de entrada de millones de viajeros procedentes de América Latina?
¿Deben los hispanos de Miami renunciar a saber español
y con ello a una buena ventaja comparativa que les permite integrarse
con cierta comodidad a los niveles sociales medios norteamericanos?
Eso es tan absurdo como pedirles a las familias judías que no
les inculquen a sus hijos el amor por el aprendizaje y la disciplina
de estudio que luego explican la desproporcionada cantidad de buenos
médicos, abogados y profesionales que genera esa etnia, y en
consecuencia el éxito económico que legítimamente
disfrutan.
Cuento una anécdota final que desmiente los temores de Huntington.
Hace unos cuatro años fui a dar una conferencia a Monterrey,
en el norte de México. El tema era “Europa ante el liderazgo
norteamericano en el siglo XXI”. Cuando terminé se me acercó
un líder político local y me dijo: “para nosotros
es un peligro que en Estados Unidos haya veintiocho millones de mexicanos
que produzcan tanto como los cien que hay en México”.
“¿Por qué?”, le pregunté. “Porque
me temo que todo el norte de México, bajo la influencia de la
cultura texana y de esos mexicanos que allá viven, un día
pidan la anexión a Estados Unidos”. Pensaba lo mismo que
Huntington, pero al revés.
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