30 de mayo de 2004


INTERNACIONAL

Itinerario cultural en Valencia

En abril visité la ciudad de Valencia invitado por los editores de
la antología de cuentos El mundo es Ancho pero no Ajeno, escritos
sobre temas globales y en la que participé con un trabajo de ficción
literaria sobre emigración.

Manlio Argueta*
vertice@elsalvador.com

La obra fue editada por la entidad española Bancaja y está dirigida especialmente a jóvenes para que sirva como eje de estudio de realidades humanas.

Esta institución apoya a estudiantes universitarios de limitados recursos económicos en El Salvador y América Central, e igual les ofrece becas en Valencia.

Esta ciudad hace rememorar a Octavio Paz, García Lorca, Neruda y César Vallejo, Ernest Hemingway, André Malraux y muchos más involucrados en la Guerra Civil de España, (1936-1939). Con más de un millón de habitantes, es la tercera ciudad de España. Menos emblemática que Madrid o Barcelona, por supuesto. Menos que Sevilla y Toledo.

En América Latina conocemos a Valencia por sus referencias a sus productos agrícolas o gastronómicos, naranjas o arroz, o por algún bolero de Agustín Lara. Hay algo más, una visita a ciudades españolas significa siempre percibir la hospitalidad como producto de afinidades de una cultura ancestral común.

Fue una sorpresa desde el primer día apreciar una muestra de más de cien grabados en tinta china y azúcar de Picasso colección que pertenece a Bancaja; y otra de pintura clásica de los siglos XVI y XVII conocida como “El Esplendor de Nápoles”, ambas montadas en las salas del edificio principal de la institución anfitriona.

Se reconfirma también el poder literario de España que pasó a ser con sus 41 mil títulos anuales, después del 2001, un centro mundial de ediciones, hecho que debe relacionarse con iniciativas hacia un nuevo mundo de lecturas en las comunidades de habla hispana, no sólo de América Latina, sino de los Estados Unidos donde los hablantes en español superan inclusive a los de la misma España.

Fundada esta ciudad por los romanos en el año 138 a. de C., ya no es tan famosa por sus huertas. Pese a estar en la costa del Mediterráneo, la ciudad le da las espaldas al mar; por paradoja la Comunidad Valenciana está absorbida por un tema acuciante, el del agua; más comentado aun que tópicos populares como el fútbol.

Así es, la pesadilla y sueño valenciano es la ausencia del recurso cristalino y vital, problema político y de identidad, reto para la nueva administración de José Luis Rodríguez Zapatero ya que involucra otras Comunidades españolas.

Hasta 1964-73, la ciudad era cruzada por dos ríos: el mayor, especie de nuestro urbano Acelhuate. El Turia, fluyó dentro de la ciudad bajo puentes de tres arcos, pero debido a inundaciones anuales durante épocas, la Comunidad decidió desviarlo y convertir su antiguo cauce en zona de esparcimiento, especie de pulmón verde y parque de diversiones que serpentea por casi 10 kilómetros el casco urbano. Del amenazante río sólo queda una escultura estrambótica en la Plaza de la Virgen, en el centro histórico de Valencia.

Y, a pocos metros, en una de las tres entradas de la catedral, mezcla de arte románico, gótico y barroco, se da cita una vez a la semana el Tribunal de las Aguas, con más de diez siglos de existencia e integrado por personalidades que una vez por semana se convierten en vigilantes del valor cultural agrario, pero más como inspiración histórica; sin embargo, pretende ofrecer normas actuales de justicia y armonía ciudadana.

De esa manera, Valencia mantiene sus valores originales, a los que se agregan monasterios y palacios y arquitectura antigua de las cuales destacan sus dos puertas o torres, especies de castillo construidos hace más de seiscientos años que cerraban la ciudad para resguardarla de invasiones. Y desde el antiguo cauce del río Turia emerge el lúdico y modernista complejo arquitectónico de la Ciudad de las Ciencias y las Artes, ejemplo de imaginación para adelantarse a recibir el siglo XXII.

Serenidad y violencia

Para llegar a Valencia ingreso por el aeropuerto Barajas, Madrid. La lección de seguridad ciudadana es grande: no se expresa con fuerza sino con la madurez de quien recibe a un anfitrión anónimo que no debe pagar lo que no debe. Eso confirma porqué “seguridad” está ligada a “inteligencia”.

El trámite aduanero para la revisión del pasaporte y sello apenas me retrasó diez segundos, nada de exageraciones pese a la gravedad de los hechos trágicos ocurridos en la estación central de Atocha de Madrid. Esto demuestra que la paranoia no va con las potencialidades para superar al enemigo invisible que viste traje de terror.

Conocer Valencia y departir con escritores el sector cultural valenciano y luego llegar a Atocha, significó una presencia y acercamiento emocional hacia sus mártires, con esos signos percibí a la España actual, eterna, musulmana y latinoamericana.

En viaje de retorno voy hacia Madrid en un tren Laris de alta velocidad que va a Atocha, centro de tránsito neurálgico de la capital, a menos de tres semanas de los atentados del 11 de marzo. Ahí pude rendir expresiones silenciosas de pesar, entre otras decenas de víctimas, a tres empleados de la Biblioteca Nacional de España, que esa mañana iban a sus trabajos desde Guadalajara y Alcalá de Henares.

Atocha es una estación moderna, diferente a las sencillas “gares” de París, especie de grandes hangares o bodegones de techo transparente. La estación central de trenes en Madrid, por el contrario, tiene varias plantas y arquitectura modernista, cristales esmerilados y resistencias tubulares a la vez decorativas.

Miles de gente  empalman con el subterráneo y trenes hacia localidades del interior. Con una seguridad más focalizada, tampoco hubo control ninguno para subir dos plantas con mis tres maletas a rastras buscando una ruta hasta entonces desconocida que me llevaría hacia el aeropuerto de Barajas, y luego a Inglaterra y El Salvador.


* El autor es escritor y director de la Biblioteca Nacional.


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