29 de febrero de 2004


REPORTAJE

La vida por un SUEÑO

Los centroamericanos que a diario cruzan la frontera sur mexicana se enfrentan
a muchos peligros e inconvenientes con tal de alcanzar el “sueño americano”.
Una comitiva salvadoreña conoció esos problemas.

Francisco Imendia*
vertice@elsalvador.com
El ferrocarril es la opción más común para
las decenas de centroamericanos que a
diario intentan cruzar la frontera sur mexicana.

Llegamos al aeropuerto de Tapachula con la firme intención de conocer, de primera mano, la realidad de la migración salvadoreña en la frontera sur de México.

En un inicio conformábamos el grupo, Rodolfo García Prieto, cónsul general en México, y quien escribe. En Tapachula se nos unieron Asdrúbal Aguilar, cónsul en Chiapas, Francisco Aceves, director del Grupo Beta, entidad humanitaria de auxilio a los migrantes, y algunos periodistas.

En nuestra visita comprobamos que, cada día, 700 centroamericanos ven truncado su sueño al ser deportados a sus países de origen. De éstos, 200 son salvadoreños.

También fuimos testigos de cómo igual número de indocumentados se suben al tren en la estación de Tapachula, en un auténtico duelo con la muerte. De ellos, unos 50 son salvadoreños; el resto, hondureños, guatemaltecos y nicaragüenses.

Muchos viajan sin documentos de identificación y todos transitan con la única ropa que llevan puesta, unos cuantos dólares —si tienen suerte y no son asaltados en el camino— y como alimento para la travesía de los primeros 1,200 kilómetros antes de llegar al Distrito Federal, unas cuantas naranjas.

El viaje incluía visitas a la Procuraduría General de la República (PGR) para conocer el trabajo de ésta en el tema indocumentados. Pero quizá lo más interesante fue conocer la labor del Grupo Beta Sur. Una institución que tiene como misión asistir a los migrantes en sus necesidades básicas, brindarles información y prevenirles de los peligros que pueden enfrentar en su travesía.

REPATRIADOS 700
El número de migrantes que a diario repatrían las autoridades migratorias de Tapachula, México.
Los esfuerzos por hacer que los migrantes cambien de parecer muchas veces resultan infructuosos. Alegan que la decisión ya está tomada.

Imendia (Izq.) habla con
un migrante (der.).

Jorge y Norman, dos jóvenes salvadoreños originarios de Cangrejera y Panchimalco, son vivos ejemplos de esos peligros. Ambos habían sido rescatados, horas antes, de un grupo de delincuentes que pretendían extorsionarles.

Ellos relataron la desagradable experiencia que les tocó vivir en una choza improvisada a orillas del río Suchiate, fronterizo con Guatemala.

Jorge nos relató que el viaje lo habían costeado sus padres. El pollero, un salvadoreño, había cobrado como prima 300 dólares a los padres de Jorge. Pero resultó que el “coyote” era el jefe de una banda de narcotraficantes y pretendía inducir a los jóvenes a la venta de drogas.

“Más tardé en decirles que primero muerto a dedicarme a esas cosas cuando recibí el primer ‘sopapo’ (golpe) en la cara”, nos contó Jorge.

“Luego aproveché un descuido para ‘zafarme’ (huir), pero Norman se quedó con ellos. Entonces fue que me rescataron estos señores”, recuerda.

El rescate de Norman fue gracias a que Jorge contó su desventura al grupo. Ya libre, éste contó que los sujetos lo amenazaban de muerte constantemente si no les proporcionaba el número de teléfono de sus familiares en Estados Unidos.

“Ellos querían el teléfono de mi tío en Los Angeles para pedirle más ‘pisto’ (dinero)”, dijo Norman.
La experiencia desanimó a los jóvenes, quienes decidieron regresar a El Salvador.

“La bombilla”


El lugar toma su nombre por un foco que cuelga del techo de un lupanar. En realidad, es un poblado como cualquiera, a no ser porque en las aproximadamente 20 casas que lo forman se desarrolla alguna actividad comercial. La mayoría, tiendas donde los pasantes compran agua o alguna que otra golosina. Comedores, cantinas y un lupanar adornan la geografía de “La Bombilla”.

Mientras el tren está en la estación,
los migrantes se toman un breve descanso.

Entre basura y excrementos nos dispusimos a la búsqueda de migrantes. El ambiente se hacía pesado y la tarde comenzaba a caer.

A lo lejos, y a la expectativa, un par de jóvenes conversaban para matar el tiempo. Al acercarnos, la desconfianza asomó en sus rostros.

“No se preocupen, no somos lo que ustedes se imaginan”, les dijimos.
Roto el hielo, uno de ellos se nos acercó. “Soy salvadoreño, y esta es mi partida de nacimiento”, dijo. David Gutiérrez nacido en San Salvador hace 23 años. Su anhelo, cruzar la frontera norte en busca de trabajo.

David y su acompañante, un hondureño, daban la impresión de que no habían dormido durante días.
En estos viajes, el migrante tiene que permanecer alerta para sortear cualquier riesgo, ya sea ser capturado o despojado de sus pocos bienes.

La suerte no los acompañó a David y a su amigo. Al cruzar la frontera con Guatemala, cerca de Tapachula, fueron víctimas de las maras. Ahí perdieron los pocos centavos que llevaban encima.
“Uno no sabe para quien trabaja”, nos dijo David con resignación.

No fue posible convencerlos de que regresaran. La adrenalina y el espíritu colectivo les motiva a seguir adelante; aunque ni siquiera lleven un par de pesos para subsistir en el camino, ya no se diga ropa adecuada para soportar el intenso frío.

Eran las 5:30 de la tarde y todo era normal. Decidimos regresarnos al hotel en espera de la hora más conveniente para acercarnos de nuevo a la estación. Alguien nos dijo que las 11:00 de la noche era lo indicado. A esa hora empiezan a salir los migrantes a aguardar el ferrocarril procedente de Ciudad Hidalgo con un seguro cargamento de indocumentados.

Llegamos puntuales. Esta vez “La Bombilla” era otra. Se podían ver grupos de tres, cinco y hasta diez personas, todos varones de entre 18 y 25 años, que con inquietud aguardaban la llegada del tren.

Dos horas después se escuchó, a lo lejos, el eco de un silbato. “Hoy sí, ya se aproxima el tren”, dijo uno de nuestros acompañantes. “Ya verán cuánta gente sale de las casas para abordarlo”, advirtió.

En efecto, cuanto más se acercaba la locomotora con su ensordecedor ruido, más gente salía de las casas o improvisados moteles que brindan posada todas las noches a los peregrinos.
Una vez la máquina ha realizado todas las maniobras, se estaciona por unos 30 minutos mientras se prepara para continuar con su trayecto.

En la penumbra, y sigilosamente, la gente comenzó a tomar posiciones para iniciar el abordaje una vez el tren reanudara el viaje.
Como alguien nos había advertido, el tren ya traía “cargamento”.
De esas inmensas sardinas de hierro descendían, uno a uno, decenas de jóvenes a tomar un respiro después de un largo viaje.

Viaje con la muerte

Lo peligroso de viajar en los vagones de carga, nos explicó la gente de la estación ferroviaria, es que, si se cierran por descuido, es imposible abrirlos por dentro.

“Estos son los riesgos que corre el migrante indocumentado. Si se quedan atrapados, no hay quien los saque. Ya hemos tenido experiencias tristes”, nos comentaba un empleado del ferrocarril.

Pero no sólo eso. Los viajeros tienen que pagar por protección si no quieren ser víctimas de robos y atropellos por parte de pandilleros que abordan el tren para cometer sus fechorías.

Entre los aproximadamente 40 jóvenes, había uno en especial. Un salvadoreño ex drogadicto y ex traficante de estupefacientes convicto. Los cinco años que pasó en la cárcel de Sinaloa, según él, lo habían cambiado. Sin embargo, las incoherencias que hablaba no tardaron en indicarnos que estaba más pelado que un cable. Luego nos dimos cuenta que era un líder de la “mara Salvatrucha” que opera en la frontera sur.

Nuevamente nuestros esfuerzos por convencerlos a regresar fueron infructuosos.

Y así se alejó la locomotora con su cargamento de ilusiones. “¡Viva El Salvador! ¡Viva Honduras!” se alcanzaba a oír entre rechiflas y gritos. Nosotros, mientras tanto, recogíamos unas cuantas naranjas dejadas en el camino por un joven que, como tratando de romper el récord de los 100 metros libres, se asía a los estribos del último vagón del tren.

De los 100 jóvenes con los que conversamos mientras esperaban el ferrocarril, 20 de ellos eran salvadoreños originarios de Metapán, Ahuachapán, Sonsonate, San Salvador, La Libertad y Zacatecoluca.

Todos estaban conscientes de lo que hacían y decididos a tomar todos los riesgos, a pesar de que les expusimos las consecuencias si caían del tren o si eran asaltados, heridos o muertos en el camino. “Es demasiado tarde para retornar”, decían.

Regresamos al hotel a eso de las 2:00 de la madrugada impresionados de lo que habíamos visto y oído. Para más tarde nos esperaba una jornada más extenuante.

La ayuda en el camino

HONORARIOS 5,000
La cantidad de dólares que pueden llegar a ganar los “polleros” por cada migrante que pasa la frontera.

La comitiva recorrió la línea
férrea fronteriza.

Remesas:
Las remesas familiares provenientes del extranjero son el sostén de la economía nacional. Según informes del Banco Central de Reserva de El Salvador, sólo en enero de 2004, ese rubro alcanzó los $171.3 millones.
Salvadoreños:
Las autoridades migratorias mexicanas reportan que de los 700 repatriados cada día desde Tapachula, al menos unos 200 son salvadoreños.

La jornada del día siguiente incluía visitas de cortesía al presidente municipal y el del Sistema Nacional para el Desarrollo Integral de la Familia (DIF), donde se albergan temporalmente a niños y niñas centroamericanos que le son arrebatados a los “polleros” cuando intentan pasarlos fraudulentamente a los Estados Unidos, donde sus angustiados padres les esperan.

Por cada persona que logran pasar la frontera, los traficantes de seres humanos pueden recibir hasta $5,000 como paga, o sea, los ahorros de toda una vida. Y lo peor del caso es que no hay garantía de que las personas lleguen a su destino. Es decir, son más riesgos que satisfacciones.

Nuestra visita a las autoridades de Migración nos convenció de que los indocumentados son tratados de la mejor manera y de forma expedita para que puedan regresar pronto a sus países, una vez son sorprendidos tratando de cruzar la frontera.

Si bien es cierto el Instituto Nacional de Migración de México maneja la cifra de 700 personas deportadas a diario desde Tapachula, de los cuales 200 son salvadoreños, creemos que son más, por la experiencia vivida en estos días.

Al igual que el día anterior, hubo una visita que nos llenó de mucha satisfacción y nos impresionó sobremanera. Hay muchas entidades humanitarias a lo largo de la línea divisoria; pero tal vez la más especial sea el albergue “Jesús el Buen Pastor”.

Este pequeño centro asistencial, ubicado en la periferia de la ciudad de Tapachula, atiende a los migrantes que sufren cualquier percance en la travesía.

Pero más especial es saber que este auténtico oasis para los migrantes funciona gracias al espíritu caritativo de su
directora, Olga Sánchez.

De acuerdo con la señora, decidió dedicar toda su vida al cuidado de los enfermos e incapacitados, en agradecimiento a Dios por haberle salvado de una terrible enfermedad.

Olguita, una tapachulteca de buen corazón y fiel católica, realiza su trabajo sin ningún subsidio de institución estatal o privada.

“Subsistimos de solicitar ayuda en la calle, de puerta en puerta, en el parque y el mercado. Subsistimos por la limosna que nos da la gente”, acepta Olguita mientras desliza entre sus dedos el rosario que cuelga de su cuello.

Ella es una buena samaritana de nuestros tiempos que se encarga de auxiliar a los desvalidos, a los migrantes que en busca del porvenir encuentran la desgracia al ser atropellados por el tren o víctimas de los delincuentes.

“El Buen Pastor” es una clínica improvisada en una vieja casa de adobe con cinco habitaciones donde se reponen de sus heridas o amputaciones todos aquellos centroamericanos que han sido dados de alta prematuramente en el hospital de la localidad, debida a la excesiva demanda del nosocomio.

Ahí, sentada en su silla de ruedas, rodeada por otros que tuvieron la misma suerte, se encuentra Marta, una hondureña originaria de Comayagüela.

En su intento por subir al tren en marcha, se cayó y la máquina le cercenó las piernas. En el hospital de Tapachula le amputaron sus miembros hasta arriba de las rodillas.

Desde que nos vio. Marta rompió en llanto. Rodolfo García Prieto, el cónsul general de El Salvador en México, trataba infructuosamente de consolarla. Le decía que pronto regresaría con los suyos.

“Cómo voy a regresar toda desgraciada a mi casa. ¡No! no quiero que mis hijos me vean así”, decía desconsolada.
Marta apenas tiene 33 años y es madre de tres hijos. Ella era el sostén de la familia y su ilusión era llegar a los Estados Unidos y trabajar en lo que fuera para poder mejorar la condición económica de sus seres queridos. Ahora tendrá que enfrentar la vida de una manera difícil y diferente.

En el pequeño nosocomio, otras cinco personas, varones, enfrentaban la vida de la misma forma que Marta y se resistían a creer en su nueva realidad… Lamentablemente peor que la de antes.

Así, cargados con un costal de emociones al hombro, nos regresamos a la ciudad de México con el firme propósito de seguir compenetrándonos del fenómeno de la migración y poder ayudar a los nuestros, los salvadoreños de paso, los compatriotas, a quienes, de corazón y honestamente, les decimos que no vale la pena arriesgar la vida en una peligrosa travesía.

También les instamos a tener fe, pues, aún con dificultades, El Salvador, nuestro país, continúa siendo muchísimo mejor que cualquier aventura. Ojalá pronto el libre comercio anunciado se convierta en una realidad que, al constituirse en otro eje de nuestra economía, produzca más trabajo y riqueza nacional.

Esa sería la mejor política migratoria y, quien quita, con ella ya no habría tanto motivo para dejar la familia, ni mucho menos para ser estafado, asaltado o morir lejos en la vía del tren.

* Embajador salvadoreño en D.F.



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