29 de febrero de 2004


OPINIÓN

Convirtiendo conceptos en tabús
Políticamente incorrecto

En los Estados Unidos de América es legal portar un arma de fuego,
pero no mostrar un seno en público (excepto en Nueva York).

José Iglesias Etxezarreta
vertice@elsalvador.com

Como editor de cierre de este rotativo, mi función consiste en coordinar un equipo de profesionales que diariamente nos enfrentamos a las riquezas y debilidades de una lengua, y una comunidad de hablantes que la usa y que la forma, en perpetua transformación. En la nocturna carrera cotidiana contra el reloj para entregar la materia bruta de ésta su brújula informativa para el día que comienza, sobrevivimos a múltiples situaciones, tanto alegremente risibles (como el redactor que califica de “idílico” un crimen porque “pasional” no le cabe en la caja del titular) como regularmente desesperantes (la áspera, absurda y engolada jerga que caracteriza a demasiados políticos, cargos públicos y profesionales del Derecho en este país). Mientras gozamos y bebemos a partes iguales de la rica creatividad de la calle y de la variedad ignota de los diccionarios, desechamos anglicismos o incorporamos términos de la lengua franca de la frontera con la gran potencia, nos asombramos con la maravilla ilimitada que es nuestro idioma, mestizo de influencias y culturas milenarias. Sin embargo, también sufre de enfermedades, algunas hasta alcanzan proporciones pandémicas. La más insidiosa, la que causa un sarpullido moral que va más allá de la simple irritación, es un fenómeno nacido en Estados Unidos en los hipócritas 80 y que, desde entonces, se ha extendido por el mundo, inundando actualmente la joven democracia salvadoreña.

La contagiosa bacteria se llama “lenguaje políticamente correcto” (PC). Los síntomas se detectan a primera vista en esas repeticiones espantosas con sabor a retruécano. Se sabe que se está en presencia de la plaga cuando uno ve aparecer, como bolsas de pus en la Edad Media, construcciones como “personas humanas” o, sobre todo, “adultos mayores”. Todos los adultos son mayores, todas las personas son seres humanos (“humanitarios” sería otro cantar y “humanistas” son algunos filósofos), todos los niños son menores...

Cuando las palabras hieren
Para los bienacidos, es difícil hablar cuando las palabras pueden herir. En el otro extremo de lo que hemos expuesto, existe un universo doloroso, que se ha de tocar con gran delicadeza, pero tocar al fin y al cabo. Por ejemplo, los discapacitados. Tras siglos de represión, en algunas sociedades avanzadas se ha ido consiguiendo, no sin una ardua y justa lucha, que se den grandes pasos en su “integración” (habría que discutir si ésta, y no “respeto” es la palabra adecuada). Todos estamos de acuerdo en que son insultantes los términos “anormal” (fuera de la norma), “subnormal” (por debajo de la norma) o “mongólico” (por los rasgos supuestamente asiáticos que produce el síndrome de Down). Sin embargo, los santones del PC empiezan a mirar con malos ojos a la tímida “minusválido” y prefieren el que les suena más científico (por largo) “discapacitado” y hasta he podido oír la barbaridad de “personas con capacidades especiales”, como sí “menores” y “especiales” fueran sinónimos.
Sinceramente, he de confesar a ustedes que yo soy “hipermétrope” y algo “astigmático” y la única capacidad especial que eso me concede es la de tener que utilizar gafas desde mi infancia y haberme visto terriblemente marginado por las chicas en el patio del colegio por “estudioso”. Decía el genial cómico estadounidense y maestro de lo políticamente incorrecto Lenny Bruce que si los padres judíos les explicaran a los niños judíos el significado de la palabra “judío” y los padres “negros” hicieran lo mismo con sus hijos “negros”, ningún niño lloraría en el patio del colegio cuando sus compañeros le llamaran “judío” o “negro”. Y Lenny era “judío”.
Yo temo que llegue el día en que un niño insulte a otro llamándole “discapacitado”.
Ese día la palabra “correcta” comenzará su camino de éxodo del diccionario, ya que, si seguimos dejando que los patios del colegio dicten nuestros usos lingüísticos (y me refiero a los patios en sentido metafórico), nuestro léxico se empobrecerá irremediablemente y, lo que es peor, nuestra moral también.

En este caso, lo que se trata es de no usar, por tanto de ocultar, los términos “anciano” o “viejo” o “abuelo”. ¿Por qué? Porque cuando se usa el lenguaje habitual, es decir el que los psicofantes han convertido en “políticamente incorrecto”, las redacciones se saturan de llamadas de protesta y uno, francamente, ya tiene suficiente carga noticiosa como para bloquearse en un pantano de disculpas. Y, sin embargo, no hay nada malo en algo “viejo” o “anciano”, ni nada intrínsecamente bueno en ser “joven”. Una persona con experiencia vital es la misma, trátese de un “anciano” o un “adulto mayor”. Al contrario, si necesita ser llamado “adulto mayor” tal vez es que tenga sus carencias o algo que demostrar. Personalmente, cuando peine canas, exigiré ser tratado con el respeto de un “anciano” y no con la mediocridad de un “adulto mayor”. En su caso, ¿preferiría pertenecer a un “consejo de ancianos” o a uno de “adultos mayores”? Cuando tenga nietos, ¿quiere que le llamen “abuelo” o “progenitor en segunda generación”? No soy académico ni rigorista, pero creo que el problema reside en el tono y en el respeto. Veamos otro caso espinoso, éste a nivel internacional. “De color”. Todos somos “de color”. Primero, porque, mal que les pese a los nazis, todos somos mestizos (la Ciencia ya ha enviado oportunamente al baúl de los trastos inservibles el concepto de “raza”, sólo hay una, la raza humana). Segundo, porque, salvando al Hombre Invisible, nadie es transparente. En algunos círculos, yo soy “blanco”, mientras que en EE.UU. sería considerado “hispano” o “latino”.

En Sudáfrica, durante los tiempos del abominable apartheid, los “blancos” de origen peninsular (españoles, portugueses) no entrábamos en la categoría de “Blancos”, reservada a boers y anglosajones (y a los japoneses, que, por sus inversiones, fueron calificados de “blancos honorarios”), sino en la de “Mestizos” con el atroz recorte de derechos civiles y oportunidades económicas que eso suponía. Si en vez de dotarse de la admirable Constitución “arco iris” que tienen tras la victoria de Mandela, hubieran seguido el modelo estadounidense (donde recuérdese que lo “correcto” es referirse a las personas de piel más oscura que la aceitunada nuestra como “afroamericanos”), ¿cómo habrían llamado a la mayoría negra? ¿Afroafricanos? ¿Y la minoría blanca, tan africana como sus compatriotas? ¿Euroafricanos? El problema de utilizar “negro” en EE.UU. es que, por desconocimiento, se equiparó “nigger” (que ha acabado siendo sinónimo de “esclavo”) con “negroe” (persona de piel negra). Volvemos al contexto, al tono, del insulto. Y no sin un marco social. Hay un clasismo subyacente.

El rico jeque que deja sus petrodólares en la costa marbellí de España es un “árabe”, mucho más “respetable”, por favor, que el “moro”, es decir el pobre jornalero marroquí que nos saca las castañas del fuego recogiendo nuestras primorosas cosechas en Almería o Jaén. En la antigua colonia de La Española, se llega al absurdo de que los dominicanos, en su mayor parte “negros”, insultan a sus vecinos económicamente más desfavorecidos, los haitianos, también “negros”, llamándoles... adivinen qué... efectivamente, “negros” . Tal vez, para avanzar haya que mirar más atrás, superar los 80 y paradójicamente volver a los 60 y cantar, como James Brown o los Panteras, “I am black and I am proud” (soy negro y estoy orgulloso de ello). Volvemos al tono y al contexto, al insulto o al respeto. No es tanto qué se dice sino cómo se dice. En una calle de Sevilla no es lo mismo el grito soez de “maricón” o “mariconazo” (que puede por sí solo desencadenar una tragedia), que dos amigos que se encuentran y se dicen “estás hecho un maricón-mariconazo“ (entre grandes risas de complicidad y dosis de testosterona).

No digamos lo que sucedería en Madrid si un taxista se dirigiese a un agente de la policía como lo hacen en México D.F.: “Oiga, poli”. El ejemplo más divertido de PC (politically correct) es la palabra “gay”, que originalmente quería decir, y en su primera acepción sigue querer diciendo, “alegre”, prejuzgando cuan simpática ha de ser una persona según su orientación sexual. Incluso en este caso más “positivo”, ¿por qué ha de inferirse que necesariamente un homosexual ha de ser divertido? ¿ No tiene acaso derecho a ser mortalmente aburrido? Lo más alucinante es que este fenómeno ha alcanzado hasta los sectores más extravagantes. Así, en la edición de agosto de Le Monde Diplomatique venía publicado que a los señores “mercenarios” ya no les gusta este término histórico y exigen que se les trate de “soldados privados”. Y lo más grave es cuando el lenguaje políticamente correcto es moralmente incorrecto. Sucede muchas veces con el uso de “marginales” y “minoritarios”.

A las mujeres se les trata como una minoría, a los niños se les defiende como una minoría, los negros (por el mundo anglosajón) o los indígenas constituyen una minoría, los pobres son marginales... cuando no es cierto, la mayoría que toma las decisiones son hombres blancos de mediana edad, pero la mayoría de seres humanos, la norma (frente a la marginalidad) no son hombres, ni blancos, ni maduros. El problema de la jerga PC es que disfraza la realidad, no contribuye a entenderla ni a cambiarla. El lenguaje sirve para entender o para deformar la realidad. Tristemente, ahora son algunos de los grupos que se consideran a sí mismos como más “progresistas” los que impulsan la deformación, alimentan lo que antes habríamos llamado “paternalismo”.

El lenguaje no está para ofender, ni para proteger, ni para defender, está para entender y transformar, y a su vez ser transformado (aunque no todo vale como se excusan algunos, transformarse para enriquecer, no para empobrecer, el idioma). Pensar que si uno se refiere al “ser” como si ya fuera el “deber ser” el camino real hacia ese “deber ser” se obstaculiza, creer o -lo que es peor- hacer creer que el “deber ser” ya “es” impide que se avance hacia ese objetivo deseado. El lenguaje debe describir el “ser” como realmente uno cree que es, el “deber ser” como cada uno quiera que sea y los seres humanos, cada uno a su manera, contribuir en su capacidad para que así “sea”. Como decía Horkheimer, que era “judío” (ver recuadro), tal vez lo más revolucionario sea devolverle el contenido de Verdad a las palabras.

TODAS LAS MINORíAS JUNTAS CONSTITUYEN UNA MAYORíA
Términos como “Viejo”, “negro” o “discapacitado” corren el peligro de convertirse
en insultos y, por tanto, de abandonar el diccionario dejando de utilizarse en el lenguaje cotidiano


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