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OPINIÓN
Convirtiendo
conceptos en tabús
Políticamente incorrecto
En
los Estados Unidos de América es legal portar un arma de fuego,
pero no mostrar un seno en público (excepto en Nueva York).
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Como editor de cierre de este rotativo, mi función
consiste en coordinar un equipo de profesionales que diariamente nos
enfrentamos a las riquezas y debilidades de una lengua, y una comunidad
de hablantes que la usa y que la forma, en perpetua transformación.
En la nocturna carrera cotidiana contra el reloj para entregar la materia
bruta de ésta su brújula informativa para el día
que comienza, sobrevivimos a múltiples situaciones, tanto alegremente
risibles (como el redactor que califica de idílico
un crimen porque pasional no le cabe en la caja del titular)
como regularmente desesperantes (la áspera, absurda y engolada
jerga que caracteriza a demasiados políticos, cargos públicos
y profesionales del Derecho en este país). Mientras gozamos y
bebemos a partes iguales de la rica creatividad de la calle y de la
variedad ignota de los diccionarios, desechamos anglicismos o incorporamos
términos de la lengua franca de la frontera con la gran potencia,
nos asombramos con la maravilla ilimitada que es nuestro idioma, mestizo
de influencias y culturas milenarias. Sin embargo, también sufre
de enfermedades, algunas hasta alcanzan proporciones pandémicas.
La más insidiosa, la que causa un sarpullido moral que va más
allá de la simple irritación, es un fenómeno nacido
en Estados Unidos en los hipócritas 80 y que, desde entonces,
se ha extendido por el mundo, inundando actualmente la joven democracia
salvadoreña.
La contagiosa bacteria se llama lenguaje políticamente
correcto (PC). Los síntomas se detectan a primera vista
en esas repeticiones espantosas con sabor a retruécano. Se sabe
que se está en presencia de la plaga cuando uno ve aparecer,
como bolsas de pus en la Edad Media, construcciones
como personas humanas o, sobre todo, adultos mayores.
Todos los adultos son mayores, todas las personas son seres humanos
(humanitarios sería otro cantar y humanistas
son algunos filósofos), todos los niños son menores...
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Cuando
las palabras hieren
Para los bienacidos, es difícil hablar cuando las palabras
pueden herir. En el otro extremo de lo que hemos expuesto, existe
un universo doloroso, que se ha de tocar con gran delicadeza,
pero tocar al fin y al cabo. Por ejemplo, los discapacitados.
Tras siglos de represión, en algunas sociedades avanzadas
se ha ido consiguiendo, no sin una ardua y justa lucha, que se
den grandes pasos en su integración (habría
que discutir si ésta, y no respeto es la palabra
adecuada). Todos estamos de acuerdo en que son insultantes los
términos anormal (fuera de la norma), subnormal
(por debajo de la norma) o mongólico (por los
rasgos supuestamente asiáticos que produce el síndrome
de Down). Sin embargo, los santones del PC empiezan a mirar con
malos ojos a la tímida minusválido y
prefieren el que les suena más científico (por largo)
discapacitado y hasta he podido oír la barbaridad
de personas con capacidades especiales, como sí
menores y especiales fueran sinónimos.
Sinceramente, he de confesar a ustedes que yo soy hipermétrope
y algo astigmático y la única capacidad
especial que eso me concede es la de tener que utilizar gafas
desde mi infancia y haberme visto terriblemente marginado por
las chicas en el patio del colegio por estudioso.
Decía el genial cómico estadounidense y maestro
de lo políticamente incorrecto Lenny Bruce que si los padres
judíos les explicaran a los niños judíos
el significado de la palabra judío y los padres
negros hicieran lo mismo con sus hijos negros,
ningún niño lloraría en el patio del colegio
cuando sus compañeros le llamaran judío
o negro. Y Lenny era judío.
Yo temo que llegue el día en que un niño insulte
a otro llamándole discapacitado.
Ese día la palabra correcta comenzará
su camino de éxodo del diccionario, ya que, si seguimos
dejando que los patios del colegio dicten nuestros usos lingüísticos
(y me refiero a los patios en sentido metafórico), nuestro
léxico se empobrecerá irremediablemente y, lo que
es peor, nuestra moral también.

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En este caso, lo que se trata es de no usar, por tanto
de ocultar, los términos anciano o viejo
o abuelo. ¿Por qué? Porque cuando se usa el
lenguaje habitual, es decir el que los psicofantes han convertido en
políticamente incorrecto, las redacciones se saturan
de llamadas de protesta y uno, francamente, ya tiene suficiente carga
noticiosa como para bloquearse en un pantano de disculpas. Y, sin embargo,
no hay nada malo en algo viejo o anciano, ni
nada intrínsecamente bueno en ser joven. Una persona
con experiencia vital es la misma, trátese de un anciano
o un adulto mayor. Al contrario, si necesita ser llamado
adulto mayor tal vez es que tenga sus carencias o algo que
demostrar. Personalmente, cuando peine canas, exigiré ser tratado
con el respeto de un anciano y no con la mediocridad de
un adulto mayor. En su caso, ¿preferiría pertenecer
a un consejo de ancianos o a uno de adultos mayores?
Cuando tenga nietos, ¿quiere que le llamen abuelo
o progenitor en segunda generación? No soy académico
ni rigorista, pero creo que el problema reside en el tono y en el respeto.
Veamos otro caso espinoso, éste a nivel internacional. De
color. Todos somos de color. Primero, porque, mal
que les pese a los nazis, todos somos mestizos (la Ciencia ya ha enviado
oportunamente al baúl de los trastos inservibles el concepto
de raza, sólo hay una, la raza humana). Segundo,
porque, salvando al Hombre Invisible, nadie es transparente. En algunos
círculos, yo soy blanco, mientras que en EE.UU. sería
considerado hispano o latino.
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En Sudáfrica, durante los tiempos del abominable
apartheid, los blancos de origen peninsular (españoles,
portugueses) no entrábamos en la categoría de Blancos,
reservada a boers y anglosajones (y a los japoneses, que, por sus inversiones,
fueron calificados de blancos honorarios), sino en la de
Mestizos con el atroz recorte de derechos civiles y oportunidades
económicas que eso suponía. Si en vez de dotarse de la
admirable Constitución arco iris que tienen tras
la victoria de Mandela, hubieran seguido el modelo estadounidense (donde
recuérdese que lo correcto es referirse a las personas
de piel más oscura que la aceitunada nuestra como afroamericanos),
¿cómo habrían llamado a la mayoría negra?
¿Afroafricanos? ¿Y la minoría blanca, tan africana
como sus compatriotas? ¿Euroafricanos? El problema de utilizar
negro en EE.UU. es que, por desconocimiento, se equiparó
nigger (que ha acabado siendo sinónimo de esclavo)
con negroe (persona de piel negra). Volvemos al contexto,
al tono, del insulto. Y no sin un marco social. Hay un clasismo subyacente.
El rico jeque que deja sus petrodólares en la costa marbellí
de España es un árabe, mucho más respetable,
por favor, que el moro, es decir el pobre jornalero marroquí
que nos saca las castañas del fuego recogiendo nuestras primorosas
cosechas en Almería o Jaén. En la antigua colonia de La
Española, se llega al absurdo de que los dominicanos, en su mayor
parte negros, insultan a sus vecinos económicamente
más desfavorecidos, los haitianos, también negros,
llamándoles... adivinen qué... efectivamente, negros
. Tal vez, para avanzar haya que mirar más atrás, superar
los 80 y paradójicamente volver a los 60 y cantar, como James
Brown o los Panteras, I am black and I am proud (soy negro
y estoy orgulloso de ello). Volvemos al tono y al contexto, al insulto
o al respeto. No es tanto qué se dice sino cómo se dice.
En una calle de Sevilla no es lo mismo el grito soez de maricón
o mariconazo (que puede por sí solo desencadenar
una tragedia), que dos amigos que se encuentran y se dicen estás
hecho un maricón-mariconazo (entre grandes risas de complicidad
y dosis de testosterona).
No digamos lo que sucedería en Madrid si un taxista se dirigiese
a un agente de la policía como lo hacen en México D.F.:
Oiga, poli. El ejemplo más divertido de PC (politically
correct) es la palabra gay, que originalmente quería
decir, y en su primera acepción sigue querer diciendo, alegre,
prejuzgando cuan simpática ha de ser una persona según
su orientación sexual. Incluso en este caso más positivo,
¿por qué ha de inferirse que necesariamente un homosexual
ha de ser divertido? ¿ No tiene acaso derecho a ser mortalmente
aburrido? Lo más alucinante es que este fenómeno ha alcanzado
hasta los sectores más extravagantes. Así, en la edición
de agosto de Le Monde Diplomatique venía publicado que a los
señores mercenarios ya no les gusta este término
histórico y exigen que se les trate de soldados privados.
Y lo más grave es cuando el lenguaje políticamente correcto
es moralmente incorrecto. Sucede muchas veces con el uso de marginales
y minoritarios.
A las mujeres se les trata como una minoría, a los niños
se les defiende como una minoría, los negros (por el mundo anglosajón)
o los indígenas constituyen una minoría, los pobres son
marginales... cuando no es cierto, la mayoría que toma las decisiones
son hombres blancos de mediana edad, pero la mayoría de seres
humanos, la norma (frente a la marginalidad) no son hombres, ni blancos,
ni maduros. El problema de la jerga PC es que disfraza la realidad,
no contribuye a entenderla ni a cambiarla. El lenguaje sirve para entender
o para deformar la realidad. Tristemente, ahora son algunos de los grupos
que se consideran a sí mismos como más progresistas
los que impulsan la deformación, alimentan lo que antes habríamos
llamado paternalismo.
El lenguaje no está para ofender, ni para proteger, ni para defender,
está para entender y transformar, y a su vez ser transformado
(aunque no todo vale como se excusan algunos, transformarse para enriquecer,
no para empobrecer, el idioma). Pensar que si uno se refiere al ser
como si ya fuera el deber ser el camino real hacia ese deber
ser se obstaculiza, creer o -lo que es peor- hacer creer que el
deber ser ya es impide que se avance hacia ese
objetivo deseado. El lenguaje debe describir el ser como
realmente uno cree que es, el deber ser como cada uno quiera
que sea y los seres humanos, cada uno a su manera, contribuir en su
capacidad para que así sea. Como decía Horkheimer,
que era judío (ver recuadro), tal vez lo más
revolucionario sea devolverle el contenido de Verdad a las palabras.
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TODAS
LAS MINORíAS JUNTAS CONSTITUYEN UNA MAYORíA
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Términos
como Viejo, negro o discapacitado
corren el peligro de convertirse
en insultos y, por tanto, de abandonar el diccionario dejando
de utilizarse en el lenguaje cotidiano
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