Del 28 al 5 de diciembre de 2004


LA ARISTA AFILADA

Bush II, Condolezza Rice y América latina

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com


El nombramiento de Condoleezza Rice como Secretaria de Estado no fue una sorpresa en las cancillerías extranjeras. Se veía venir.

Era obvio que Colin Powell no representaba fielmente la visión internacional sostenida por el presidente, que era, en gran medida, la de la doctora Rice, una mujer con la cabeza admirablemente organizada que desde hace treinta años se dedica a reflexionar y escribir sobre cuestiones geoestratégicas.

Ahora, pues, habrá una mayor coherencia entre lo que dispone la Casa Blanca y lo que ejecutará el Departamento de Estado.

En Europa y en América Latina, no obstante, esa coherencia es vista con cierto temor. Los gobiernos de Francia, Alemania y España hubieran preferido la victoria de los demócratas.
El señor Zapatero, incluso, de la manera más imprudente llegó a expresar públicamente sus preferencias. Cuba, Venezuela, Brasil y Argentina les rezaron a todos los santos de izquierda para que el senador Kerry triunfara en la contienda.

Pero, una vez que ganaron los republicanos, por unos días sostuvieron la absurda ilusión de que en su segundo período Bush orientaría su relaciones internacionales con los criterios del partido derrotado.

El nombramiento de la señorita Rice les ha hecho despertar de esos sueños absurdos. Bush II, con ligeros matices, profundizará los rasgos de Bush I.

En América Latina, como ha explicado el ex embajador norteamericano Manuel Rocha, eso quiere decir que Washington se decantará por colaborar y ayudar a lo que llama la “América 1” (México, Centroamérica, Colombia, Chile, Perú y Ecuador, países que han optado por el mercado libre, la globalización, la democracia y una actitud amistosa hacia Estados Unidos), y una meditada indiferencia a la “América II”, formada por naciones que tercamente insisten en la vieja ideología antiamericana y antimercado:

Venezuela, Brasil, Argentina y el Uruguay del señor Tabaré Vázquez.
Si estas naciones insisten en persistir en los errores que mantienen a la mitad de la población en la miseria, allá ellas con sus amados disparates: la doctora Rice es politóloga, no psiquiatra.

Frente a la dictadura cubana habrá más firmeza. En Washington prevalece la idea de que durante los próximos cuatro años Castro morirá o quedará totalmente incapacitado -ya hay síntomas evidentes de decrepitud-, y lo conveniente es reservar los gestos amistosos para quienes hereden el poder del viejo Comandante y busquen fórmulas de transitar hacia la democracia.

El razonamiento es de una lógica indiscutible: “si hoy le hacemos concesiones a un Castro que se niega a moverse un milímetro en dirección de la democracia y las libertades, el mensaje que le enviamos a sus sucesores es que deben persistir en el estalinismo; en cambio, levantaremos el embargo y le daremos ayuda generosa a quienes se atrevan a desmantelar la última tiranía comunista de Occidente”.

La Venezuela de Hugo Chávez será otra fuente de conflictos y, simultáneamente, servirá para subrayar un rasgo muy penoso de la diplomacia latinoamericana: la hipocresía. Una tras otra otra las cancillerías de América Latina se quejan a Washington de la labor subversiva del coronel Chávez en sus respectivos países.

Con sus petrodólares fomenta desórdenes y organiza grupos radicales que ponen en jaque a las débiles democracias de la zona.

Pero, mientras instan al gobierno norteamericano a que “haga algo drástico” para frenar a este pintoresco Napoleón de bolsillo, mantienen vivo el discurso de la no injerencia en los asuntos internos de otras naciones y suelen quejarse del “unilateralismo” de la administración de Bush.

Con esta ambivalencia como trasfondo, por supuesto, la segunda administración de Bush no va a liderar una cruzada contra Chávez, a menos, por supuesto, que se produzca una quiebra formal de la democracia venezolana y una interrupción del flujo de petróleo: un 16% de las importaciones de crudo que recibe Estados Unidos proviene de Venezuela. Con eso no se juega.
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