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LA
ARISTA AFILADA
Bush
II, Condolezza Rice y América latina
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El nombramiento de Condoleezza Rice como Secretaria
de Estado no fue una sorpresa en las cancillerías extranjeras.
Se veía venir.
Era obvio que Colin Powell no representaba fielmente la visión
internacional sostenida por el presidente, que era, en gran medida,
la de la doctora Rice, una mujer con la cabeza admirablemente organizada
que desde hace treinta años se dedica a reflexionar y escribir
sobre cuestiones geoestratégicas.
Ahora, pues, habrá una mayor coherencia entre lo que dispone
la Casa Blanca y lo que ejecutará el Departamento de Estado.
En Europa y en América Latina, no obstante, esa coherencia es
vista con cierto temor. Los gobiernos de Francia, Alemania y España
hubieran preferido la victoria de los demócratas.
El señor Zapatero, incluso, de la manera más imprudente
llegó a expresar públicamente sus preferencias. Cuba,
Venezuela, Brasil y Argentina les rezaron a todos los santos de izquierda
para que el senador Kerry triunfara en la contienda.
Pero, una vez que ganaron los republicanos, por unos días sostuvieron
la absurda ilusión de que en su segundo período Bush orientaría
su relaciones internacionales con los criterios del partido derrotado.
El nombramiento de la señorita Rice les ha hecho despertar de
esos sueños absurdos. Bush II, con ligeros matices, profundizará
los rasgos de Bush I.
En América Latina, como ha explicado el ex embajador norteamericano
Manuel Rocha, eso quiere decir que Washington se decantará por
colaborar y ayudar a lo que llama la América 1 (México,
Centroamérica, Colombia, Chile, Perú y Ecuador, países
que han optado por el mercado libre, la globalización, la democracia
y una actitud amistosa hacia Estados Unidos), y una meditada indiferencia
a la América II, formada por naciones que tercamente
insisten en la vieja ideología antiamericana y antimercado:
Venezuela, Brasil, Argentina y el Uruguay del señor Tabaré
Vázquez.
Si estas naciones insisten en persistir en los errores que mantienen
a la mitad de la población en la miseria, allá ellas con
sus amados disparates: la doctora Rice es politóloga, no psiquiatra.
Frente a la dictadura cubana habrá más firmeza. En Washington
prevalece la idea de que durante los próximos cuatro años
Castro morirá o quedará totalmente incapacitado -ya hay
síntomas evidentes de decrepitud-, y lo conveniente es reservar
los gestos amistosos para quienes hereden el poder del viejo Comandante
y busquen fórmulas de transitar hacia la democracia.
El razonamiento es de una lógica indiscutible: si hoy le
hacemos concesiones a un Castro que se niega a moverse un milímetro
en dirección de la democracia y las libertades, el mensaje que
le enviamos a sus sucesores es que deben persistir en el estalinismo;
en cambio, levantaremos el embargo y le daremos ayuda generosa a quienes
se atrevan a desmantelar la última tiranía comunista de
Occidente.
La Venezuela de Hugo Chávez será otra fuente de conflictos
y, simultáneamente, servirá para subrayar un rasgo muy
penoso de la diplomacia latinoamericana: la hipocresía. Una tras
otra otra las cancillerías de América Latina se quejan
a Washington de la labor subversiva del coronel Chávez en sus
respectivos países.
Con sus petrodólares fomenta desórdenes y organiza grupos
radicales que ponen en jaque a las débiles democracias de la
zona.
Pero, mientras instan al gobierno norteamericano a que haga algo
drástico para frenar a este pintoresco Napoleón
de bolsillo, mantienen vivo el discurso de la no injerencia en los asuntos
internos de otras naciones y suelen quejarse del unilateralismo
de la administración de Bush.
Con esta ambivalencia como trasfondo, por supuesto, la segunda administración
de Bush no va a liderar una cruzada contra Chávez, a menos, por
supuesto, que se produzca una quiebra formal de la democracia venezolana
y una interrupción del flujo de petróleo: un 16% de las
importaciones de crudo que recibe Estados Unidos proviene de Venezuela.
Con eso no se juega.
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