27 de junio de 2004


REPORTAJE

La pensión no tiñe canas

El desconocimiento y consecuente incumplimiento de un proceso
administrativo de control congeló el ingreso mensual de José Ovidio
. Cada año unos 120 pensionados del Instituto de Previsión Social de
la Fuerza Armada se enfrentan a una suspensión

Texto: Leyre Ventas
Fotos: Herbert Saravia
vertice@elsalvador.com

La destartalada camisa anaranjada dificulta imaginar que
un día se uniformó de verde olivo.

Sabe de sobra que no volverá a ser morena. Y es que las canas de Mariana Jesús López no son gratuitas.

La mitad de las hebras blancas de su larga cabellera se la debe a José Ovidio Ramírez López, la otra a Nelson Heriberto. También las arrugas de su frente.

Hace 17 años que José Efraín Ramírez se solidarizó con su esposa. Sólo las gotas de sudor derramadas superan en número los cabellos plateados que el agricultor esconde bajo el sombrero café.

El matrimonio es natural de San Rafael Cedros, y allá mora, en el kilómetro 42.5 de la carretera a Ilobasco, junto a dos de sus hijos. De los otros cuatro les quedan las visitas eventuales y unos cuantos nietos, pero ninguna ayuda económica. “Trabajan para ellos mismos”, explica, sin maquillajes, la matriarca.

Era jueves y, como a diario, Mariana frotaba la ropa en el lavadero y José Ovidio, el mayor, la observaba de reojo. Supervisaba. Se había percatado de la extraña presencia .

Luchamos para que ellos fueran algo. Ahora sufren sus dolores,
nosotros la angustia de verlos”.
José Efraín Ramírez

Apoyada la espalda en la fachada de la construcción principal, el vigilante se entretenía con una revista. Leer es una de las actividades del día. “A veces agarra la Biblia y espera la hora de comer, o la de dormir”, informaba su madre. No le gusta platicar, pero ya no reacciona tan agresivo.

José Ovidio tiene las uñas largas y oscuras, y presenta la inconveniente costumbre de rascarse constantemente con ellas. Hace meses que se le inflamó el ojo izquierdo. Casi no queda rastro de blanco ni de pupila en el rojo sangre.

La rota camisa anaranjada y el destartalado pantalón de lona que aquel jueves conformaban su atuendo dificultaba imaginar que un día se uniformó de verde olivo. José Ovidio fue miembro del batallón Atlacatl hasta que, en un operativo en Cabañas, pateó una mina.
Por aquel entonces brotó la primera cana en la cabeza de Mariana.

“Me lo sacaron muerto”, hace memoria José Efraín. La detonación le dejó de recuerdo, según un informe médico del 27 de abril de 1987, tres dedos de menos en el pie izquierdo y la prescripción de una pensión vitalicia a partir de la fecha.

Las consecuencias de la guerra no se limitaron al plano físico. Revisando el expediente del ex soldado, el jefe de División Médica del Hospital Militar Central, Joaquín Iván Anaya de Paz, se encontró con otro diagnóstico.

“Me lo sacaron muerto”, dice Mariana, al recordar el día que su hijo pateó una mina en un operativo.

A los 13 meses del primer certificado, en mayo de 1988, se le detectó un marco paranoide y, exactamente un año después, José Ovidio sufrió una reacción psicótica aguda.

En 1993 el expediente número 2063-87 tenía una página más en la carpeta, y un plus el informe del ya pensionado por invalidez del Instituto de Previsión Social de la Fuerza Armada, (IPSFA).

“Esquizofrenia”, se matizaba.


En la por entonces gris melena de la matriarca también brillaban nuevos hilos de plata.

Pero fue en noviembre de 2003 cuando se aceleró el otoño en el cabello de Mariana Jesús. Medio año sin más ingresos que lo que José Efraín conseguía de sus esporádicos trabajos en el campo, no alcanzaba. El jueves 3 de junio de 2004 la pensión llevaba seis meses retenida.
Control administrativo

“Tan pronto como el señor Ramírez López se presente en las oficinas centrales del IPSFA o haga representar legalmente con la documentación respectiva, se le activará el pago, reintegrando los meses retenidos”.

Matar las horas leyendo. José Ovidio espera la hora de almuerzo o cena entretenido con un libro.

El jefe del Centro de Comunicaciones y Protocolo de las Fuerzas Armadas, Eduardo Antonio Figueroa Angulo, se muestra tajante. El gerente general del ente aludido, Jorge Alberto Muñoz Henríquez, lo confirma: El IPSFA no quita ni pone pensiones; “en todo caso se suspenden, y siempre por razones normativas”, insiste.

Según el Artículo 16 del Reglamento General de la Ley del IPSFA , “el instituto podrá en cualquier tiempo ordenar la verificación y la autenticidad de los documentos y la justificación de los hechos que hayan servido de base para conceder una prestación”.

Por ello, el afiliado debe personarse cada año, el mes de su cumpleaños, en las dependencias que la entidad tiene en San Salvador, Santa Ana o San Miguel. En caso de que el interesado estuviera
incapacitado, el trámite lo podría llevar a cabo un familiar en funciones de tutor.

No hubo noviembre sin espera. José Ovidio, obediente, hizo fila año tras año para recordar que seguía vivo y que le debían pagar por ello. Fue correcto, puntual como el que más, hasta 2002. “Con esa pinta no lo pudimos llevar más”. Mientras se arregla el moño ceniza, Mariana hace referencia a la resistencia de su hijo a bañarse y vestirse.

José Efraín es padre, pero faltó que un notario o algún juez de familia lo reconociera como tutor. En noviembre de 2003, el marco legal no permitió que representara a su hijo. Fue un mes sin movimientos en la cuenta que José Ovidio posee en el Banco Agrícola; tampoco los hubo en diciembre, ni a los cinco meses.

Dentro de la media

Rincón favorito. Es fácil encontrar al ex militar sentado en una banca.

El de la familia Ramírez López no es un caso único. En mayo el IPSFA retuvo la pensión a 16 afiliados, “un número que entra en la media” según la gerente de Prestaciones del IPSFA, Dina María Saca Olivares.

El instituto presta servicio social a unos 21,000 pensionados y beneficiarios; a juicio del ente, “demasiados expedientes para controlarlos personalmente”. Por lo tanto, y siempre que no sean casos especiales, la relación que une al IPSFA con sus afiliados se basa en un sistema bancario.

José Ovidio es, a partir del jueves 10 de junio de 2004, un caso especial. Se acabó el compromiso anual con las largas filas. Dos trabajadoras sociales se encargarán de visitar cada noviembre el hogar de los Ramírez y dar fe de que no hay cambios.

La reintegración de la pensión no le devolverá lo moreno. Mariana seguirá peinando canas. Pero quizá el poder compartirlas le deje chance de acordarse de que, al fin y al cabo, sólo tiene 57 años.


Encadenados a un encadenado

Fue una muerte anunciada. Una madrugada de domingo dividió
las ataduras de los Ramírez López

Texto: Leyre Ventas
Fotos: Herbert Saravia
vertice@elsalvador.com

Un refugio de bambú y duralita. Nelson Heriberto pasó los últimos meses en una champa, cubierto con una manta.

A nueve cuartos de profundidad, medidas de la alcaldía, dejó el matrimonio Ramírez López la otra mitad de sus pesares.

Nelson Heriberto, sin derecho a elegir, cambió el techo de duralita sostenido por bambúes que le protegía de la intemperie por la eterna caja de madera.

En el cementerio de San Rafael Cedros las mujeres del pueblo arropan a Mariana Jesús, sentada a tres tumbas del hoyo recién abierto. El padre del fallecido tampoco se acercó, reposa la espalda en una cruz ajena. Con una expresión gemela, pero próxima al escenario, Sara Marlene arroja flores al último lecho de su hermano.

Lo velaron toda la noche. Le vieron agonizar y, a las 2:40, la madrugada del domingo 20 de junio fusionó el dolor y el alivio: Nelson Heriberto había muerto. “Ahora descansamos de una pena”. José Efraín pudo traducir el momento en palabras.

Durante un mes, el color amarillento de la piel de Nelson pidió a gritos atención médica. Vivía sobre una tabla de madera, desnudo y demasiado seco para nada bueno. Su madre confirmó lo evidente: “no le para la diarrea, tampoco le baja la temperatura”. La convalecencia obligaba a Mariana Jesús a cuidarle como a un bebé. Al fin optó por no vestirle. Demasiado trabajo para una mujer de 57 años que luce canas de 80.

“Ya no reacciona tan agresivo” , expresa el matrimonio. Ovidio, con aspecto tranquilo, les observa de reojo.

El 3 de junio hacía 30 días que no le amarraban. La enfermedad amansó lo que, en 1989, la droga había empezado a enfurecer. “Cuando se ponía agresivo lo encadenábamos”, explica el padre, mientras se apresura por aclarar que no se resistía a los hierros.

Hubo días en los que Nelson paseaba libre por la colonia. Fue un policía quien, movido por las quejas de la vecindad, recomendó a la familia que adoptara tal medida de seguridad.

Nelson Heriberto no coordinaba. A “cómo te sentís” respondía con un “a saber”. También le costaba recordar nombres, pero identificaba a su padre. “Te voy a dar un par de cuetazos”, fue lo último que le dedicó.

“La droga le dejó así”. La familia atribuye a la cantidad de substancias consumidas, cuando trabajó en una fábrica de la capital, la culpa del estado mental de Nelson. “Era tan vicioso que hasta la flor de tierra se comía”, dice su madre, sin rastro de tristeza ya. “Incluso floripundia y
dormilona”, matiza José Efraín.

El último adiós. La familia presidió la procesión fúnebre hasta el cementerio de San Rafael Cedros.

José Dimas, de apodo Micaela, tampoco lo niega. “Cuando traía de fumar sólo me tocaba la puerta”, recuerda tiempos pasados. No se ha tomado el tiempo de eliminar la evidencia. La tierra del cementerio sigue en su pantalón, y también en las ropas de los seis jóvenes que ayudaron a José Efraín a cavar la tumba de su hijo.

Al igual que su hermano esquizofrénico, a quien el Hospital Militar perdió como paciente en 1996, Nelson no siguió un tratamiento médico. “Estuvo cuatro veces en el psiquiátrico, pero nos dijeron que era por gusto”, se apena Mariana. Los 25 dólares por consulta en el hospital de Soyapango y las sesiones de rehabilitación no fueron buena inversión. Siempre se negó a ingerir los medicamentos.

Hiede a descuido. Las sepulturas luchan por no desaparecer entre la maleza, y las flores de papel sobrevivieron en color a las naturales. Los Ramírez López dejaron en casa, inútiles ya, las cadenas de Nelson Heriberto. Las suyas yacen, medida de la alcaldía, nueve cuartos bajo sus pies.

La agresividad que nelson mostraba para con los vecinos llevó a la familia a encadenarle

Demasiado delgado para nada bueno. La piel amarillenta de Nelson evidenciaba su enfermedad.

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