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INTERNACIONAL
La
sombría travesía
de un inmigrante por mar
En
los últimos cuatro años, unos 250 mil ecuatorianos han
zarpado
ilegalmente rumbo a Estados Unidos, utilizando como vía las aguas
del Pacífico. Esto ha disparado el servicio de coyotes, al igual
que ha
ocurrido en las ganancias.

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Embarcaciones
como éstas transportan cada año a centenares de
indocumentados ecuatorianos rumbo a la gran nación estadounidense. |
Pedernales, Ecuador. Una luz roja, apenas visible en
el horizonte, hacía que el capitán del William se volviera
malo como el diablo.
Era el cuarto día de un viaje ilegal por mar. Héctor Segura
estaba en la punta de un chirriante bote pesquero, sobrecargado con
205 pasajeros: todos inmigrantes provenientes de Ecuador, todos con
la esperanza de llegar a Estados Unidos. El titileo distante, pensó
Segura, era la ley que los venía siguiendo.
Héctor se apresuró a llevar su contrabando humano a la
sucia y atestada oscuridad debajo de la cubierta y les advirtió
que no salieran. A partir de esa noche, les redujo las raciones de comida
y agua porque le preocupaba que, para evitar su captura, Segura pudiera
tener que permanecer durante más tiempo en el mar de lo planeado,
y él quería hacer que duraran los magros recursos de la
embarcación.
Con dolor de estómago, sus lenguas escaldadas, algunos de los
inmigrantes empezaron a referirse al capitán como El Diablo.
La mayoría, con todo, lo aceptaba como un mal necesario.
Para ellos, él era un coyote, o coyotero, integrante de una cadena
de traficantes que conducen a inmigrantes desde las montañosas
tierras de Ecuador hasta la Costa del Pací-fico, a Guatemala,
para después cruzar México por tierra y por fronteras
desérticas para entrar a Estados Unidos. A bordo de esta nave,
muchos de los que emprendieron esta jornada se dirigían a Nueva
York.
En colaboración con el New York Times, un reportero de El Tiempo,
diario en Cuenca, Ecuador, efectuó el viaje de ocho días,
cubriendo 1,100 millas náuticas desde una bahía cerca
de este dilapidado centro vacacional de Ecuador hasta la costa norte
de Guatemala.
Su travesía como uno de los cientos de traficantes, y a veces,
como rehén proporciona una inusual mirada al interior de una
pequeña parte de la vasta red que, cada año, transporta
cifras desconocidas de inmigrantes hacia Estados Unidos.
De cerca, típico inmigrante no se parece en nada al sofisticado
y violento autor intelectual que describen oficiales de la ley en Estados
Unidos. La mayoría nunca cursó el bachillerato. A menudo
van desarmados. Los motiva la misma pobreza a salir de sus países
de origen.

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Los coyotes dirigen un negocio construido por los pobres
y para los pobres, dependiendo del poder de la voluntad y los botes
de madera para desplazar a miles de personas. Ellos no siempre andan
al acecho de los inmigrantes. Su negocio se fundamenta en la confianza
que está muy arraigada en comunidades que han enviado a trabajadores
migratorios a Estados Unidos por varios decenios.
David Kyle, experto en tráfico ilegal de inmigrantes en la Universidad
de California, en Davis, dijo que gobiernos latinoamericanos se han
vuelto dependientes del dinero que los inmigrantes envían a sus
poblados natales, participan en simbólicas luchas en contra de
los coyotes e incluso celebraron a los inmigrantes indocumentados como
héroes nacionales.
En Estados Unidos, el combate en contra del tráfico ilegal de
personas choca con poderosos intereses económicos, los cuales
dependen de trabajadores indocumentados.
Peter Andreas, autor del libro “Border Games: Policing the U.S-Mexico
Divide” (Juegos fronterizos: vigilancia de la frontera entre Esta-dos
Unidos y México) tildó los esfuerzo en la frontera como
“el fracaso de una política que fue exitosa en términos
políticos”. Exitosa al transmitir la imagen de una acción
decisiva, pero un fracaso en lo tocante a disuadir tanto a los traficantes
como a los inmigrantes.
La Patrulla Fronteriza de Estados Unidos informó en junio que
el número de inmigrantes detenidos a lo largo de la frontera
con México, en un periodo de seis meses hasta abril, había
aumentado drásticamente a casi 660 mil, respecto de los 505 mil
detenidos un año antes. El gobierno estadounidense a menudo cita
cifras sobre detenidos como una forma de mediar la inmigración
ilegal.
“Esencialmente, estamos papando moscas”, dijo un oficial
de alto nivel del Departamento de Seguridad Territorial de Estados Unidos.
“Estamos completamente abrumados por las cifras. Sencillamente
(los inmigrantes) nos están pasando por encima”
.
Tráfico millonario
A lo largo de América Latina, los negocios van viento en popa
para los coyotes como el capitán del William, pese a una severa
represión multimillonaria de seguridad en la frontera con Estados
Unidos tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, o más
bien, debido a ello.
Los inmigrantes, impulsados por economías titubeantes
en casa y confrontados con los controles reforzados en la frontera,
aunado a la seguridad aeroportuaria a lo largo de todo el camino hasta
el Río Grande (Bravo, en México) están volviendo
la mirada a los coyotes para que los conduzcan por rutas cada vez más
peligrosas y remotas.

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Los
inmigrantes ecuatorianos arrancan su travesía desde distintas
playas situadas a lo largo de la costa del Pacífico. |
Oficiales tanto de Estados Unidos como de México,
informan de un marcado aumento en el número de brasileños
que viaja a Ciudad de México y después se transporta por
vía terrestre hasta Estados Unidos.
El flujo de cubanos que intenta llegar a Estados Unidos, donde obtienen
asilo casi de manera automática, ya empezó a crecer en
rutas que atraviesan los atestados centros vacacionales de México
en la península de Yucatán.
Funcionarios de inmigración también ya empezaron a encontrar
europeos orientales entrando a cuenta gotas por el norte de México,
con rumbo a Los Angeles. Entre estas rutas del tráfico ilegal,
según autoridades de inmigración y las fuerzas armadas
de Estados Unidos, la travesía ecuatoriana por mar es una de
las menos visibles y de mayor crecimiento.
En los últimos cuatro años, cuando menos 250,000 personas
han salido de Ecuador abordo de embarcaciones pesqueras, afirman. Eso
equivaldría a casi 10 veces los 27,000 haitianos que se embarcaron
hacia Estados Unidos durante los '90.
A medida que se ha disparado la demanda por los servicios de coyotes,
lo mismo ha ocurrido con las ganancias. Autoridades de inmigración
en Ecuador, México y Estados Uni-dos estiman que el tráfico
ilegal de personas en el hemisferio genera 20,000 millones de dólares
al año, apenas por debajo de lo que genera el narcotráfico.
Los ecuatorianos típicamente pagan de $10,000 a $12,000 por su
pasaje hasta Estados Unidos, a menudo poniendo sus hogares o pequeñas
parcelas en garantía para usureros, conocidos en algunos lugares
como chulqueros, mismos que cobran intereses exorbitantes.
Para muchos, la travesía de un mes inicia con ocho a diez días
en el mar.
Los inmigrantes parten desde playas a lo largo de la
costa de Ecuador, que tiene escasa vigilancia, se dirigen hacia las
Islas Galápagos, para después ir al norte, hacia Guatemala,
donde la geografía y la corrupción rampante lo vuelven
tan popular como México, en uno de los puntos de trasbordo para
drogas, armas y personas.
La travesía es peligrosa. En poblados a lo largo del sur de Ecuador
abundan los relatos de personas que salieron hacia Estados Unidos y
desaparecieron. Hace tres años, oficiales ecuatorianos realizaron
una inusual investigación sobre los ahogamientos de al menos
26 personas frente a las costas guatemaltecas.
En su mayor parte, los informes de muertes sencillamente son ignorados.
Cientos de cadáveres no identificados, muchos de los cuales se
creía que eran ecuatorianos, han aparecido en las costas de Guatemala
y han sido enterrados por residentes en tumbas junto al mar, tan sólo
marcadas como “XX”.
La economía de un coyote
Cada viaje ilegal por mar desde Ecuador involucra varios grupos de traficantes,
los cuales buscan pasajeros y después se unen para contratar
una embarcación. Muchos de los grupos surgen de familias extendidas.

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| Una
economía dolarizada en su país ha reducido el salario
y obligado a emigrar. |
Los vínculos familiares y comunitarios amalgaman
a los jefes, los guías, las tripulaciones de las embarcaciones,
los conductores y los operadores de las casas de seguridad, a medida
que los inmigrantes van avanzando hacia el norte, pasados de mano en
mano a lo largo del camino.
Uno de los grupos de mayor importancia que estuvo involucrado en el
viaje del William, en el mes enero, estaba encabezado por una joven
mujer de nombre Rosa Hipatia Zhingri Angamarca. Ella dirige su negocio
desde Cuenca, excéntrico poblado colonial en las alturas de los
Andes ecuatorianos.
En una entrevista telefónica, Zhingri, de 32 años años
y madre de dos niños, reconoció haber participado en el
tráfico de inmigrantes. No obstante, se describió a sí
misma como una coyote buena. Dijo que se aseguraba de que sus clientes
viajaran de manera segura.
Si su clientela es interceptada por las autoridades
antes de llegar a su destino, aseguró Zhingri, hace arreglos
para que hagan otros dos intentos sin cobro adicional. “Yo sólo
estoy tratando de ayudar a la gente”, dijo. “No lastimarla”.
Hasta hace cinco años, relató, su padre encabezaba una
próspera empresa de autobuses. Una seria crisis en 1999, ocasionada
por el desplome de los precios del petróleo y miles de millones
de dólares en daños a causa de tormentas, dejaron la economía
en ruinas.
Ecuador adoptó el dólar como su divisa nacional como una
forma de ayudarse a detener una inflación por los cielos. Pero
el valor de los sueldos en Ecuador se redujo por la mitad, devastando
a familias que apenas les alcanza para cubrir sus necesidades.
Después, Zhingri contó cómo la empresa de su padre
había terminado en la bancarrota. Algunos de sus amigos lo invitaron
a participar en el pujante tráfico de inmigrantes. Su mismo padre
había sido un inmigrante que había ido y venido a Nueva
York para trabajar en restaurantes. Así que su padre pudo establecer
los contactos que le pudieran ayudar a desplazar a otros.
El negocio del tráfico ilegal ha sido bueno con la familia Zhingri,
y ha traído nuevas señales de vida a una región
que, de lo contrario, estaría muriendo.
El Banco Interamericano de Desarrollo informa que los inmigrantes envían
$1,500 millones al año a Ecuador, lo cual constituye la segunda
fuente de ingresos extranjeros de mayor importancia, después
del petróleo. Ese dinero ha pagado las mansiones al estilo de
Nueva Ingla-terra que se extienden a lo largo de antiguos campos de
papa. Ha pavimentado caminos y cubierto los costos de relucientes vehículos
deportivos.
Aún existen algunos hombres con cuerpos capaces. En su mayoría,
se han dirigido a Estados Unidos en busca de trabajo. Mujeres y niños
actualmente están yendo en tropel.
Pujante negocio
Zhingri dijo que su familia había logrado ingresos decentes pero
no un estilo de vida extravagante. Aseguró que ella había
tomado el control del negocio paterno el año pasado debido a
que su padre contaba 60 años de edad y padecía de diabetes.
Ella accedió a hablar con un reportero estadounidense, explicó,
porque quería dejar en claro que ella no era una reina del tráfico
de indocumentados.

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Coyotes
como Rosa Zhngri, aseguran que el tráfico ilegal de personas
no es rentable cuando detienen a sus clientes en puntos fronterizos
como Guatemala. |
“Los grandes coyotes son los que tienen hoteles
y agencias de viajes, además lujosos automóviles”,
aclaró. “Yo no tengo nada de eso”.
Cuando se le preguntó con respecto a si ella había viajado
alguna vez a Estados Unidos, Guatemala o México, siguiendo las
mismas rutas por las cuales había enviado a tantos otros, ella
soltó una carcajada y dijo: “Ni siquiera he estado en Guayaquil”,
ciudad portuaria localizada al sur.
Con todo, autoridades estadounidenses de inmigración en Ecuador
han vinculado a Zhingri con varias embarcaciones detenidas por traficar
con personas que salieron desde Ecuador, y que identificaron a su familia
como una de las principales mafias del tráfico ilegal de personas
en la provincia de Azuay. En operaciones conjuntas, estiman las autoridades,
Zhingri desplaza al menos dos embarcaciones con inmigrantes indocumentados
cada mes.
“Desconozco porqué dirían eso de mí”,
dijo Zhingri. “Envío personas. No lo niego. Pero no envío
el número de personas que ellos afirman. Envío dos, tres,
cuatro personas a la vez”.
Al menos 30 personas abordo del William dijeron ser clientes de Zhingri.
Una de ellas, llamada Blan-ca Chipre, dijo de la familia Zhingri: “Ellos
son millonarios”.
El viaje del William en enero, donde 205 inmigrantes pagaron en promedio
$10,000 por persona, equivalía a unos $ 2 millones.
Cuando se le pidió explicar la división de ese dinero,
Zhingri dijo que el propietario del barco ganaba aproximadamente $1,200
por pasajero, más que suficiente si la embarcación llegara
a ser interceptada y hundida por las autoridades.
Aproximadamente $800 por persona iban a parar a manos de coyotes en
Guatemala, dijo, por recoger a los inmigrante de las playas y suministrarles
comida y alojamiento.
| 250
mil ecuatorianos
emigran desde las costas del Pacífico cada año a
bordo de embarcaciones pesqueras.
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| 1500
millones de dólares
son enviadas cada año por indocumentados ecuatorianos a su
país, desde Estados Unidos. |
Los indocumentados pagan unos $2,000 a guías
y operadores de casas de seguridad, para que les ayuden en su paso por
México. De cuota final, pagan $5,000, cuando llegan a Los Angeles,
centro del tráfico ilegal que se considera el inicio del final
de su travesía. A partir de ahí, los inmigrantes abordan
aviones, autobuses y automóviles para viajar a distintos destinos
en Estados Unidos.
Zhingri aseguró que su tajada ascendía a entre $1,000
y $1,200 por inmigrante. “Es buen dinero si el inmigrante logra
cruzar en el primer viaje”, dijo. “Si es detenido y deportado,
entonces yo tengo que volverlo a enviar con dinero de mi propio bolsillo,
y así casi no gano nada”.
Ningún reportero vio alguna vez a Zhingri durante la planeación
del viaje del William efectuado en enero. Empero, los inmigrantes y
sus guías hablaron con frecuencia de ella.
El reportero ecuatoriano dispuso el pasaje a través de uno de
sus intermediarios, un vendedor de automóviles de nombre Jorge
Ordóñez.
El joven Ordóñez tiene gel en el cabello, sus pantalones
están arrugados y lleva puesta una elegante chaqueta de piel;
pasa sus tardes en un lote de autos sobre la bulliciosa Avenida de las
Américas. Sin embargo, él obtiene sus verdaderos ingresos
organizando el paso ilegal para quienes aspiran a ser inmigrantes.
El reportero ecuatoriano se reunió con él en enero para
reservar un pasaje hasta Guatemala. Negociaron en el asiento posterior
de un Jeep. El trato se cerró en menos de 20 minutos.
Ordóñez informó que la cuota por el viaje en barco
era de $2,600.
El precio era muy superior a lo que paga la mayoría de los indocumentados,
pero que era la única forma, de ubicarse al inicio de una larga
lista de espera de personas desesperadas por marcharse. Accedió
a recibir dinero en efectivo y cheques de viajero. Cuando se le interrogó
acerca de garantías de seguridad de las embarcaciones, él
dijo: “No hay nada de qué preocuparse.
Estos barcos no se parecen a nada que usted haya conocido. Son un poco
incómodos, pero son seguros. Siempre logran llegar”.
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