27 de junio de 2004


INTERNACIONAL

La sombría travesía
de un inmigrante por mar

En los últimos cuatro años, unos 250 mil ecuatorianos han zarpado
ilegalmente rumbo a Estados Unidos, utilizando como vía las aguas
del Pacífico. Esto ha disparado el servicio de coyotes, al igual que ha
ocurrido en las ganancias.

Primera entrega
The New York Times

Ginger Thomson y Sandra Ochoa
vertice@elsalvador.com

Embarcaciones como éstas transportan cada año a centenares de indocumentados ecuatorianos rumbo a la gran nación estadounidense.

Pedernales, Ecuador. Una luz roja, apenas visible en el horizonte, hacía que el capitán del William se volviera malo como el diablo.

Era el cuarto día de un viaje ilegal por mar. Héctor Segura estaba en la punta de un chirriante bote pesquero, sobrecargado con 205 pasajeros: todos inmigrantes provenientes de Ecuador, todos con la esperanza de llegar a Estados Unidos. El titileo distante, pensó Segura, era la ley que los venía siguiendo.

Héctor se apresuró a llevar su contrabando humano a la sucia y atestada oscuridad debajo de la cubierta y les advirtió que no salieran. A partir de esa noche, les redujo las raciones de comida y agua porque le preocupaba que, para evitar su captura, Segura pudiera tener que permanecer durante más tiempo en el mar de lo planeado, y él quería hacer que duraran los magros recursos de la embarcación.

Con dolor de estómago, sus lenguas escaldadas, algunos de los inmigrantes empezaron a referirse al capitán como El Diablo. La mayoría, con todo, lo aceptaba como un mal necesario.

Para ellos, él era un coyote, o coyotero, integrante de una cadena de traficantes que conducen a inmigrantes desde las montañosas tierras de Ecuador hasta la Costa del Pací-fico, a Guatemala, para después cruzar México por tierra y por fronteras desérticas para entrar a Estados Unidos. A bordo de esta nave, muchos de los que emprendieron esta jornada se dirigían a Nueva York.

En colaboración con el New York Times, un reportero de El Tiempo, diario en Cuenca, Ecuador, efectuó el viaje de ocho días, cubriendo 1,100 millas náuticas desde una bahía cerca de este dilapidado centro vacacional de Ecuador hasta la costa norte de Guatemala.

Su travesía como uno de los cientos de traficantes, y a veces, como rehén proporciona una inusual mirada al interior de una pequeña parte de la vasta red que, cada año, transporta cifras desconocidas de inmigrantes hacia Estados Unidos.

De cerca, típico inmigrante no se parece en nada al sofisticado y violento autor intelectual que describen oficiales de la ley en Estados Unidos. La mayoría nunca cursó el bachillerato. A menudo van desarmados. Los motiva la misma pobreza a salir de sus países de origen.

 

Los coyotes dirigen un negocio construido por los pobres y para los pobres, dependiendo del poder de la voluntad y los botes de madera para desplazar a miles de personas. Ellos no siempre andan al acecho de los inmigrantes. Su negocio se fundamenta en la confianza que está muy arraigada en comunidades que han enviado a trabajadores migratorios a Estados Unidos por varios decenios.

David Kyle, experto en tráfico ilegal de inmigrantes en la Universidad de California, en Davis, dijo que gobiernos latinoamericanos se han vuelto dependientes del dinero que los inmigrantes envían a sus poblados natales, participan en simbólicas luchas en contra de los coyotes e incluso celebraron a los inmigrantes indocumentados como héroes nacionales.

En Estados Unidos, el combate en contra del tráfico ilegal de personas choca con poderosos intereses económicos, los cuales dependen de trabajadores indocumentados.

Peter Andreas, autor del libro “Border Games: Policing the U.S-Mexico Divide” (Juegos fronterizos: vigilancia de la frontera entre Esta-dos Unidos y México) tildó los esfuerzo en la frontera como “el fracaso de una política que fue exitosa en términos políticos”. Exitosa al transmitir la imagen de una acción decisiva, pero un fracaso en lo tocante a disuadir tanto a los traficantes como a los inmigrantes.

La Patrulla Fronteriza de Estados Unidos informó en junio que el número de inmigrantes detenidos a lo largo de la frontera con México, en un periodo de seis meses hasta abril, había aumentado drásticamente a casi 660 mil, respecto de los 505 mil detenidos un año antes. El gobierno estadounidense a menudo cita cifras sobre detenidos como una forma de mediar la inmigración ilegal.

“Esencialmente, estamos papando moscas”, dijo un oficial de alto nivel del Departamento de Seguridad Territorial de Estados Unidos. “Estamos completamente abrumados por las cifras. Sencillamente (los inmigrantes) nos están pasando por encima”
.
Tráfico millonario

A lo largo de América Latina, los negocios van viento en popa para los coyotes como el capitán del William, pese a una severa represión multimillonaria de seguridad en la frontera con Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre del 2001, o más bien, debido a ello.

Los inmigrantes, impulsados por economías titubeantes en casa y confrontados con los controles reforzados en la frontera, aunado a la seguridad aeroportuaria a lo largo de todo el camino hasta el Río Grande (Bravo, en México) están volviendo la mirada a los coyotes para que los conduzcan por rutas cada vez más peligrosas y remotas.

Los inmigrantes ecuatorianos arrancan su travesía desde distintas playas situadas a lo largo de la costa del Pacífico.

Oficiales tanto de Estados Unidos como de México, informan de un marcado aumento en el número de brasileños que viaja a Ciudad de México y después se transporta por vía terrestre hasta Estados Unidos.

El flujo de cubanos que intenta llegar a Estados Unidos, donde obtienen asilo casi de manera automática, ya empezó a crecer en rutas que atraviesan los atestados centros vacacionales de México en la península de Yucatán.

Funcionarios de inmigración también ya empezaron a encontrar europeos orientales entrando a cuenta gotas por el norte de México, con rumbo a Los Angeles. Entre estas rutas del tráfico ilegal, según autoridades de inmigración y las fuerzas armadas de Estados Unidos, la travesía ecuatoriana por mar es una de las menos visibles y de mayor crecimiento.

En los últimos cuatro años, cuando menos 250,000 personas han salido de Ecuador abordo de embarcaciones pesqueras, afirman. Eso equivaldría a casi 10 veces los 27,000 haitianos que se embarcaron hacia Estados Unidos durante los '90.

A medida que se ha disparado la demanda por los servicios de coyotes, lo mismo ha ocurrido con las ganancias. Autoridades de inmigración en Ecuador, México y Estados Uni-dos estiman que el tráfico ilegal de personas en el hemisferio genera 20,000 millones de dólares al año, apenas por debajo de lo que genera el narcotráfico.

Los ecuatorianos típicamente pagan de $10,000 a $12,000 por su pasaje hasta Estados Unidos, a menudo poniendo sus hogares o pequeñas parcelas en garantía para usureros, conocidos en algunos lugares como chulqueros, mismos que cobran intereses exorbitantes.
Para muchos, la travesía de un mes inicia con ocho a diez días en el mar.

Los inmigrantes parten desde playas a lo largo de la costa de Ecuador, que tiene escasa vigilancia, se dirigen hacia las Islas Galápagos, para después ir al norte, hacia Guatemala, donde la geografía y la corrupción rampante lo vuelven tan popular como México, en uno de los puntos de trasbordo para drogas, armas y personas.

La travesía es peligrosa. En poblados a lo largo del sur de Ecuador abundan los relatos de personas que salieron hacia Estados Unidos y desaparecieron. Hace tres años, oficiales ecuatorianos realizaron una inusual investigación sobre los ahogamientos de al menos 26 personas frente a las costas guatemaltecas.

En su mayor parte, los informes de muertes sencillamente son ignorados. Cientos de cadáveres no identificados, muchos de los cuales se creía que eran ecuatorianos, han aparecido en las costas de Guatemala y han sido enterrados por residentes en tumbas junto al mar, tan sólo marcadas como “XX”.

La economía de un coyote

Cada viaje ilegal por mar desde Ecuador involucra varios grupos de traficantes, los cuales buscan pasajeros y después se unen para contratar una embarcación. Muchos de los grupos surgen de familias extendidas.

Una economía dolarizada en su país ha reducido el salario y obligado a emigrar.

Los vínculos familiares y comunitarios amalgaman a los jefes, los guías, las tripulaciones de las embarcaciones, los conductores y los operadores de las casas de seguridad, a medida que los inmigrantes van avanzando hacia el norte, pasados de mano en mano a lo largo del camino.

Uno de los grupos de mayor importancia que estuvo involucrado en el viaje del William, en el mes enero, estaba encabezado por una joven mujer de nombre Rosa Hipatia Zhingri Angamarca. Ella dirige su negocio desde Cuenca, excéntrico poblado colonial en las alturas de los Andes ecuatorianos.

En una entrevista telefónica, Zhingri, de 32 años años y madre de dos niños, reconoció haber participado en el tráfico de inmigrantes. No obstante, se describió a sí misma como una coyote buena. Dijo que se aseguraba de que sus clientes viajaran de manera segura.

Si su clientela es interceptada por las autoridades antes de llegar a su destino, aseguró Zhingri, hace arreglos para que hagan otros dos intentos sin cobro adicional. “Yo sólo estoy tratando de ayudar a la gente”, dijo. “No lastimarla”.

Hasta hace cinco años, relató, su padre encabezaba una próspera empresa de autobuses. Una seria crisis en 1999, ocasionada por el desplome de los precios del petróleo y miles de millones de dólares en daños a causa de tormentas, dejaron la economía en ruinas.

Ecuador adoptó el dólar como su divisa nacional como una forma de ayudarse a detener una inflación por los cielos. Pero el valor de los sueldos en Ecuador se redujo por la mitad, devastando a familias que apenas les alcanza para cubrir sus necesidades.

Después, Zhingri contó cómo la empresa de su padre había terminado en la bancarrota. Algunos de sus amigos lo invitaron a participar en el pujante tráfico de inmigrantes. Su mismo padre había sido un inmigrante que había ido y venido a Nueva York para trabajar en restaurantes. Así que su padre pudo establecer los contactos que le pudieran ayudar a desplazar a otros.

El negocio del tráfico ilegal ha sido bueno con la familia Zhingri, y ha traído nuevas señales de vida a una región que, de lo contrario, estaría muriendo.

El Banco Interamericano de Desarrollo informa que los inmigrantes envían $1,500 millones al año a Ecuador, lo cual constituye la segunda fuente de ingresos extranjeros de mayor importancia, después del petróleo. Ese dinero ha pagado las mansiones al estilo de Nueva Ingla-terra que se extienden a lo largo de antiguos campos de papa. Ha pavimentado caminos y cubierto los costos de relucientes vehículos deportivos.

Aún existen algunos hombres con cuerpos capaces. En su mayoría, se han dirigido a Estados Unidos en busca de trabajo. Mujeres y niños actualmente están yendo en tropel.

Pujante negocio

Zhingri dijo que su familia había logrado ingresos decentes pero no un estilo de vida extravagante. Aseguró que ella había tomado el control del negocio paterno el año pasado debido a que su padre contaba 60 años de edad y padecía de diabetes. Ella accedió a hablar con un reportero estadounidense, explicó, porque quería dejar en claro que ella no era una reina del tráfico de indocumentados.

Coyotes como Rosa Zhngri, aseguran que el tráfico ilegal de personas no es rentable cuando detienen a sus clientes en puntos fronterizos como Guatemala.

“Los grandes coyotes son los que tienen hoteles y agencias de viajes, además lujosos automóviles”, aclaró. “Yo no tengo nada de eso”.

Cuando se le preguntó con respecto a si ella había viajado alguna vez a Estados Unidos, Guatemala o México, siguiendo las mismas rutas por las cuales había enviado a tantos otros, ella soltó una carcajada y dijo: “Ni siquiera he estado en Guayaquil”, ciudad portuaria localizada al sur.

Con todo, autoridades estadounidenses de inmigración en Ecuador han vinculado a Zhingri con varias embarcaciones detenidas por traficar con personas que salieron desde Ecuador, y que identificaron a su familia como una de las principales mafias del tráfico ilegal de personas en la provincia de Azuay. En operaciones conjuntas, estiman las autoridades, Zhingri desplaza al menos dos embarcaciones con inmigrantes indocumentados cada mes.

“Desconozco porqué dirían eso de mí”, dijo Zhingri. “Envío personas. No lo niego. Pero no envío el número de personas que ellos afirman. Envío dos, tres, cuatro personas a la vez”.

Al menos 30 personas abordo del William dijeron ser clientes de Zhingri. Una de ellas, llamada Blan-ca Chipre, dijo de la familia Zhingri: “Ellos son millonarios”.

El viaje del William en enero, donde 205 inmigrantes pagaron en promedio $10,000 por persona, equivalía a unos $ 2 millones.

Cuando se le pidió explicar la división de ese dinero, Zhingri dijo que el propietario del barco ganaba aproximadamente $1,200 por pasajero, más que suficiente si la embarcación llegara a ser interceptada y hundida por las autoridades.

Aproximadamente $800 por persona iban a parar a manos de coyotes en Guatemala, dijo, por recoger a los inmigrante de las playas y suministrarles comida y alojamiento.

250 mil ecuatorianos emigran desde las costas del Pacífico cada año a bordo de embarcaciones pesqueras.

1500 millones de dólares son enviadas cada año por indocumentados ecuatorianos a su país, desde Estados Unidos.

Los indocumentados pagan unos $2,000 a guías y operadores de casas de seguridad, para que les ayuden en su paso por México. De cuota final, pagan $5,000, cuando llegan a Los Angeles, centro del tráfico ilegal que se considera el inicio del final de su travesía. A partir de ahí, los inmigrantes abordan aviones, autobuses y automóviles para viajar a distintos destinos en Estados Unidos.

Zhingri aseguró que su tajada ascendía a entre $1,000 y $1,200 por inmigrante. “Es buen dinero si el inmigrante logra cruzar en el primer viaje”, dijo. “Si es detenido y deportado, entonces yo tengo que volverlo a enviar con dinero de mi propio bolsillo, y así casi no gano nada”.

Ningún reportero vio alguna vez a Zhingri durante la planeación del viaje del William efectuado en enero. Empero, los inmigrantes y sus guías hablaron con frecuencia de ella.

El reportero ecuatoriano dispuso el pasaje a través de uno de sus intermediarios, un vendedor de automóviles de nombre Jorge Ordóñez.

El joven Ordóñez tiene gel en el cabello, sus pantalones están arrugados y lleva puesta una elegante chaqueta de piel; pasa sus tardes en un lote de autos sobre la bulliciosa Avenida de las Américas. Sin embargo, él obtiene sus verdaderos ingresos organizando el paso ilegal para quienes aspiran a ser inmigrantes.

El reportero ecuatoriano se reunió con él en enero para reservar un pasaje hasta Guatemala. Negociaron en el asiento posterior de un Jeep. El trato se cerró en menos de 20 minutos.
Ordóñez informó que la cuota por el viaje en barco era de $2,600.

El precio era muy superior a lo que paga la mayoría de los indocumentados, pero que era la única forma, de ubicarse al inicio de una larga lista de espera de personas desesperadas por marcharse. Accedió a recibir dinero en efectivo y cheques de viajero. Cuando se le interrogó acerca de garantías de seguridad de las embarcaciones, él dijo: “No hay nada de qué preocuparse.

Estos barcos no se parecen a nada que usted haya conocido. Son un poco incómodos, pero son seguros. Siempre logran llegar”.


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