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LA
COLUMNA

La
democracia que vivimos
Después de más de un año
en prisión, una de las 75 voces opositoras al gobierno cubano,
fue liberada la reciente semana. El periodista y poeta Manuel Vásquez
Portal, es la décima persona excarcelada por “razones médicas”
desde el pasado 14 de abril.
¿Una razón justa y apegada a la verdad? No lo creo. Las
críticas de detractores y de simpatizantes eternos del gobierno
de Fidel Castro, ante la encarcelación de 75 personas que simplemente
no están de acuerdo con sus políticas, ha tenido una resonancia
sin precedentes y ha ejercido presión más que nunca, igual
como ocurrió con el juicio sumarísimo y posterior ejecución
de dos isleños que junto a otros secuestraron una embarcación
con turistas a bordo, para emigrar a la otra Cuba.
Pero a Vásquez Portal no lo acallaron. “Me han sugerido
que no tropiece dos veces en la misma piedra y que me vaya del país.
Pero yo voy a quedarme y a seguir escribiendo”, dijo al salir
de la cárcel.
Pero el gobierno de Fidel Castro no es la única institución
en el mundo que pretende silenciar cualquier voz disonante con sus políticas
o decisiones. Y son de derecha, de centro o de izquierda. No hay diferencia.
Se levantan muchas veces como paladines de la democracia pero no la
conocen o la ignoran.
Es interesante ver como en estos días se le define, como se le
limita a un proceso electoral, por ejemplo, en el que nos pintan que
más que un derecho a elegir libremente a nuestras autoridades,
es un privilegio que debemos agradecer.
No, eso no es así. Como tampoco el hecho que la degrademos cada
vez que la envolvemos en una simple retórica, en un mero discurso,
muy alejada de la práctica. ¿Qué tipo de democracia
vivimos?
Si aterrizamos en la realidad nacional, el ejemplo más claro
es el contexto en que ocurren las expulsiones de Roberto Hernández
e Isaac Ábrego, ambos ex coordinadores departamentales del partido
FMLN para San Salvador.
Cinco más, que piden a gritos una democratización interna
de su partido, tienen expediente abierto en el que se les procesa de
cualquier cosa, pero nadie ignora que eso suena a reprimenda por desafiar
una especie de dictadura que al parecer ha perdido la brújula,
la armonía con la pluralidad que tanto han pregonado y que la
han desvanecido.
Si decimos que vivimos en una democracia, no es posible que no hayamos
aprendido a tolerar o a respetar la opinión de otros, aún
cuando ésta disienta con lo que yo pienso, con lo que yo quiero
o con lo que a mí me conviene.
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