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Ronda
nocturna con la muerte
Drogas
y calle: Combinación letal
Ajuste
de cuentas. Esa es la hipótesis más fuerte de la División
de Investigaciones de la PNC en torno a los asesinatos de al menos 11
indigentes durante 2004. Lo que en un principio pareció obra
de un sicópata se perfila como sangrientas cancelaciones
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Algunos de los
que duermen en la calle creen que las 11 muertes
que registra la PNC no han sido las únicas ocurridas durante
2004. Foto Jorge Reyes
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Ángel inicia su jornada laboral en la 3ª Calle Poniente mientras
un vigilante ve las 4:30 a.m. en su reloj y suspira porque el relevo
tardará.
A esa hora del 2 de septiembre de 2004, Él todavía
duerme bajo las letras rojas de la cartelera que anuncia a El último
legionario y a Infierno como atracciones del día.
Dos suéteres, un pantalón y una pañoleta estampada
con la leyenda American Motor Cycle son su armadura contra
el frío. Nadie sabe su nombre. Tampoco porta documentos. Sin
embargo, es parte del paisaje matutino del Cine Central, en San Salvador.
Con sigilo, un hombre se aproxima, se inclina sobre él y le toca
el abdomen con la rodilla. Luego, levantándose la camisa, deja
ver el filoso cuchillo de cocina. Y ejecuta su acto.
Segundos después, el asesino corre hacia el parque Hula Hula
y es perseguido por el vigilante. Lo alcanza , lo tira al suelo y le
grita que suelte el cuchillo.
El perseguidor no se ha percatado de que el arma ha quedado en la escena
del crimen poco después de que la punzada provocó el horrible
alarido.
¡Ay! !Ayúdenme! ¡Me puyaron!, fueron
las últimas palabras del barbado indigente, quien cayó
de espaldas sobre la acera, frente a una tienda de electrodomésticos
contigua al Cine Central, y al que Ángel intentó auxiliar...
en vano.
El forense, que llega después de una hora y media, le calcula
unos 23 años de edad al cuerpo tendido cabeza al norponiente,
pies al surponiente.
A tres metros del petrificado pie derecho está el cuchillo con
mango negro que Miguel Ángel López García como
reza en su posterior declaración ante la Policía
usó para su crimen. La autopsia revela lesión de
estructuras intrabdominales importantes provocada por arma blanca.
La defensa de López García alegará que su cliente
atacó al no identificado porque junto a otros tres
individuos le robó 40 dólares. Para vengarse, López
García se dirigió a su casa, agarró un cuchillo,
regresó al lugar del asalto, reconoció al indigente como
uno de los asaltantes y lo apuñaló.
Esta muerte es una de las 11 sucedidas en 2004, en el área metropolitana
de San Salvador. De ellas sólo tres tienen presuntos autores.
Del resto nada se sabe, excepto que andan en la calle y que podrían
atacar de nuevo. Los dictámenes forenses indican: cuatro muertos
por arma de fuego, cinco por arma blanca y dos sin determinar.
Al inicio de las indagaciones, un jefe policial creyó que el
asunto era obra de un asesino en serie; esa fue su hipótesis
inicial cuando, en una reunión dentro del cuartel central de
la PNC reportó las novedades.
Pero la versión, con el paso de las investigaciones, tomó
otro rumbo. Los detectives descartaron al sicópata porque no
hallaron un patrón en los asesinatos. Ampararon su
idea en que las armas usadas eran distintas y que las lesiones no eran
en el mismo lugar del cuerpo.
Entonces surgió la sospecha del narcotráfico. La hipótesis
más fuerte es que, al menos en la mitad de los casos, los indigentes
recibieron crac para comercializarlo, lo consumieron y, al no tener
cómo pagar el valor de la piedra ($1 cada una), cancelaron
con sus vidas. Los policías creen esto por varios motivos.
Le dicen la Pana
Los agentes que patrullan el centro de San Salvador reciben una llamada
del 911.
Son las 4:00 a.m. del 24 de abril de 2004 y deberán conducir
hacia el poniente de la ciudad.
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El
cuerpo de Agentes Metropolitanos hizo un
censo de menores pordioseros entre marzo y junio y
contabilizó 59.
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Allá está ella, al borde de una quebrada.
Quedó tirada en una zona donde no hay luz artificial,
detalle que no preocupa a los inquilinos de este dormitorio al aire
libre donde el paso a desnivel de la Avenida Monseñor Romero
hace de cielo raso. Aquí duermen ellos, un grupo de indigentes
adictos a la pega que atemorizan a vecinos y visitantes del barrio Candelaria.
La mujer, de edad media, está semidesnuda y muerta desde hace
4 ó 6 horas.
La sangre en su mejilla, un mango de plástico negro para
cuchillo de cocina según el reporte policial,
ropa interior y sus huellas, son la única evidencia con la que
policías y fiscales cuentan.
No hay testigos. Sólo una indigente que informa a la policía
que La Pana también lo era y que le gustaba consumir
droga.
Si Ruth Maribel Torres Guevara, como la identificaron más tarde,
había o no consumido drogas antes de morir es un misterio, pues
la Fiscalía no ha solicitado un peritaje a Medicina Legal.
Sin embargo, la Policía da por sentado que la mayoría
de indigentes permanecen alcoholizados o bajo los efectos de alguna
droga depresiva como la pega y, en el más comprometedor de los
casos, piedra.
La presunción cobra fuerza con casos como el de César
Balmore, un vagabundo al que Luis Salazar, otro mendigo, encontró
el 8 de noviembre de 2004 en un predio baldío ubicado en la 50ª
avenida Norte y calle antigua a Soyapango.
Luis tenía ganas de orinar y por eso llegó al terreno
abandonado donde halló a Balmore, muerto y con los brazos abiertos,
sobre el zacate. No lo conocía pero la espeluznante escena lo
hizo correr a buscar un teléfono para llamar a la policía.
Cuando los agentes llegaron, Balmore seguía ahí, con su
primer nombre César tatuado en el tórax y
con dos orificios en la parte trasera del cráneo y uno en el
glúteo... Ya no habría oportunidad de demostrar que no
haría mal uso de la libertad que recuperó gracias a un
procedimiento abreviado a su favor, en el que se había declarado
culpable de los cargos de posesión y tenencia de drogas.
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En
el Barrio San Miguelito varios vagabundos duermen
a inmediaciones del comedor para ancianos Mamá Margarita.
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El
hecho que a veces los únicos testigos de los homicidios
sean los mismos indigentes obstaculiza las investigaciones. Al
permanecer la mayoría del tiempo bajo los efectos de alguna
droga depresiva, su testimonio no es de fiar para
las autoridades.
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Posiciones dispares
El jefe de la Delegación Centro de la PNC, Sub Comisionado Vladimir
Alberto Cáceres, asegura haber indagado los antecedentes penales
de los vagabundos que merodean el Barrio San Miguelito, La Rábida
y la colonia Layco. El 90% de ellos tiene antecedentes penales,
asegura.
Cáceres está convencido de que los indigentes son utilizados
por los pandilleros para cometer crímenes y que las muertes de
éstos vagabundos se deben a que tienden a volverse violentos
al consumir (droga) o a consumir lo que les dan para distribuir.
Pero la División Antinarcóticos (DAN) de la misma PNC
no ve a los indigentes como distribuidores, sino como consumidores.
Y el sub inspector Flores, de la DAN, señala que los distribuidores
también los usan como antenas que les avisan cuando
la policía anda cerca.
Por su parte, el Fiscal José Alberto Alas, jefe del Departamento
Antinarcotráfico de la FGR, cree que las hipótesis del
ajuste de cuentas por drogas son erradas.
En opinión del fiscal, la lógica indica que los indigentes,
en lugar de ayudar, serían un problema para los distribuidores
tanto por su dependencia a la sustancia como por la lentitud para llegar
hasta determinado sector y advertir que las autoridades están
cerca.
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Vagabundos
como los de la Calle Rubén Darío admiten que el
alcohol y las riñas entre ellos mismos también causan
tragedias.
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La voz del indigente
Yo me quedo a dormir aquí. Si no le debo nada a nadie, ¿por
qué van a venir a hacerme algo?... Tal vez un maniático.
Esas son las palabras con que José M., un vagabundo del barrio
San Miguelito explica la situación de los asesinatos de mendigos.
Tiene 43 años de vida y desde hace dos duerme en las calle. Él
tiene claro quiénes pueden velarle el sueño: Tengo
muchos amigos que son delincuentes: asaltan, roban y... Pero ese es
problema de ellos, dice excluyéndose.
Como él, los indigentes entrevistados en el Barrio San Miguelito,
a lo largo de la Rubén Darío, San Jacinto y Candelaria
negaron que ellos o alguno de sus compañeros distribuyan droga.
Pero muchos coinciden en que en la calle muere el que se lo busca. ¡Huevean,
pues! La rebusca es permitida, pero honradamente, aclara Diablo,
un hombre de 28 años de los cuales ha dormido siete sobre una
acera.
Ajuste de cuentas del narcotráfico, vengadores o simples riñas
entre los mendigos. Esas son las presunciones más adoptadas por
los investigadores sobre un problema que sigue ahí, en las calles
de San Salvador, donde no llega más que la esperanza de amanecer
vivo.
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LAS CIFRAS DE LA PNC
Y EL CAM
Las autoridades
policiales han indagado los antecedentes penales de los indigentes
de las colonias La Rábida, Layco y barrio San Miguelito.
Mientras, el CAM registró las quejas contra ellos.
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Su pasado
90%
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Quejas
29
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Años
35
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De los indigentes
de dichas zonas tienen antecedentes penales.
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Las que el CAM
recibió en 2004. La más común: por
dormir en aceras de las casas.
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Es la edad promedio
delos indigentes que han sido asesinados en 2004.
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Zonas peligrosas
Seis homicidios
sucedieron en zonas que la DAN identifica comoDE INCIDENCIA
de droga: san jacinto, candelaria, lourdes, ciudad delgado y las
tutunichapas I, II, III y IV.
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24
de abril
La Pana, una indigente
consumidora de drogas, es acuchillada varias veces en las cercanías
del Barrio Candelaria. No hay testigos ni sospechosos.
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3
de septiembre
Un desconocido que dormía frente al Cine Central es
acuchillado en el abdomen. El agresor es atrapado por un vigilante
de la zona y espera audiencia.
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22
de septiembre
Un menor de entre 10 y 12 años de edad recibe varios disparos
de arma de fuego en la 19a. Calle Oriente de la Comunidad Tutunichapa
IV.
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26
de septiembre
Un hombre no identificado es asesinado frente al Viceministerio
de Transporte. No se ha identificado a la víctima ni a
ningún sospechoso.
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Ronda
nocturna con la muerte
Los
riesgos de la mendicidad
Los
homicidios y las muertes violentas de indigentes en 2004 no son los
primeros que se registran en nuestro país. Piedras, machetes
y armas de fuego han sido utilizados para agredir a quienes pernoctan
en las calles. Mareros y vigilantes habrían sido los agresores
más comunes a los que suelen enfrentar
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20
de enero. Una
vaganbunda, supuestamente enferma, muere sobre la Calle Delgado,
entre la 10a y 12a Av. Sur.
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Adán duerme a un costado de la delegación
de la PNC en San Jacinto. Tiene 80 años y llegó allí
hace dos meses después de que la policía impidiera que
unos ladrones lo golpearan frente al ex Cine Capitol.
La situación antes era mejor -se queja- no como ahora,
con mareros, ladrones y huelepegas.
Él no es el único que se lamenta por la violencia en las
calles. Un montón de veces me han asaltado y me han dejado
sin zapatos, sin cincho y sin nada, dice José M., indigente
del Barrio San Miguelito.
Pero los que viven en las calles no sólo son agredidos mientras
duermen. Algunos, según afirman, han sido atacados a tiros por
vigilantes que los acusan de pretender robar los sitios que ellos cuidan.
Pero un vigilante de una venta de respuesto sobre la calle Rubén
Darío explica que el problema es que ellos (los indigentes)
sólo rondan la zona, pero si hallan a alguien que le agarró
la noche, lo asaltan.
Casos confusos
La lluvia les jugó una mala pasada a Héctor Alcides Arias
Aguilar, de 25 años, y a Carlos Augusto Velásquez, de
24.
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14
de junio. María
Ester Alfaro sobrevive al ataque de dos perros pitbull en Santa
Ana. Perdió ambos pies.
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Mientras intentaban protegerse del aguacero en un edificio
del Centro de Gobierno, llamaron la atención de los vigilantes.
Estos, al considerarlos sospechosos, les dispararon y acertaron dos
veces en las piernas de Arias y tres en la pierna derecha de Velásquez.
Una vez en el Hospital Rosales, los indigentes acusaron a los vigilantes
de agredirlos y los uniformados fueron detenidos.
El suceso, ocurrido en agosto de 2003, pareció repetirse cinco
meses después, cuando el vigilante de la Universidad Cristiana
Víctor Manuel Serrano, ubicada en la 2ª Avenida Norte y 27 Calle
Poniente del Barrio San Miguelito, disparó a quemarropa
contra un pordiosero que supuestamente ingresó a las instalaciones
del centro educativo para robar. Aún así, Serrano está
acusado de homicidio y el caso sigue siendo investigado por la PNC.
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4
de enero. Un
indigente es asesinado dentro de la Universidad Cristiana donde
supuestamente iba a robar.
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Eso es lo malo, que la policía y la gente
civil juzga sin saber y se guía por apariencias, pero hechos
legales no los tienen, reacciona José M., quien asegura
no tener antecedentes penales: Gracias a Dios nunca he pisado
una cárcel.
Pero los vigilantes no tienen la exclusividad en cuanto a ejercer la
presunta violencia contra los indigentes.
Beto un vagabundo que dormía en la antigua estación
de trenes de Quezaltepeque se negó a entregar la limosna del
día a dos jóvenes con aspecto de mareros. Pero lo que
no quiso entregar por las buenas se lo quitaron a fuerza de puñetazos
y puntapiés.
Fue el 9 de marzo de 1997 y la muerte de Beto no es la primera
ni la última atribuida a miembros de maras. En septiembre de
2000 otro indigente murió a machetazos en el Barrio El Ángel,
de Santa Ana.
Entre las hipótesis de la policía en esa ocasión
se encontraban dos posibles motivos esgrimidos durante 2004: que el
homicido era parte de un exterminio de este tipo de personas
o que había sido por venganza.
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