 |  |
PIEDRA
DE TOQUE
Un
liberal en el Siglo de Oro
Don Quijote de la Mancha es, al mismo tiempo que una
novela sobre la ficción, un canto a la libertad. Conviene detenerse
un momento a reflexionar sobre la famosísima frase de Don Quijote
a Sancho Panza: La libertad, Sancho, es uno de los más
preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden
igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por
la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar
la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede
venir a los hombres (II, 58).
Detrás de la frase, y del personaje de ficción que la
pronuncia, asoma la silueta del propio Miguel de Cervantes, que sabía
muy bien de lo que hablaba. Los cinco años que pasó cautivo
de los moros en Argel, y las tres veces que estuvo en la cárcel
en España por deudas y acusaciones de malos manejos cuando era
inspector de contribuciones en Andalucía para la Armada, debían
de haber aguzado en él, como en pocos, un apetito de libertad,
y un horror a la falta de ella, que impregna de autenticidad y fuerza
a aquella frase y da un sesgo particular a la historia del Ingenioso
Hidalgo.
 |
¿Qué idea de la libertad se hace Don Quijote?
La misma que, a partir del siglo XVIII, se harán en Europa los
llamados liberales: la libertad es la soberanía de un individuo
para decidir su vida sin presiones ni condicionamientos, en exclusiva
función de su inteligencia y voluntad. Es decir, lo que varios
siglos más tarde, un Isaías Berlin definiría como
libertad negativa, la de estar libre de interferencias y
coacciones para pensar, expresarse y actuar. Lo que anida en el corazón
de esta idea de la libertad es una desconfianza profunda de la autoridad,
de los desafueros que puede cometer el poder, todo poder.
Recordemos que el Quijote pronuncia esta alabanza exaltada de la libertad
apenas parte de los dominios de los anónimos Duques, donde ha
sido tratado a cuerpo de rey por ese exuberante señor del castillo,
la encarnación misma del poder. Pero, en los halagos y mimos
de que fue objeto, el Ingenioso Hidalgo percibió un invisible
corsé que amenazaba y rebajaba su libertad porque no lo
gozaba con la libertad que lo gozaría si (los regalos y la abundancia
que se volcaron sobre él) fueran míos. El supuesto
de esta afirmación es que el fundamento de la libertad es la
propiedad privada, y que el verdadero gozo sólo es completo si,
al gozar, una persona no ve recortada su capacidad de iniciativa, su
libertad de pensar y de actuar.
Porque las obligaciones de las recompensas de los beneficios y
mercedes recibidos son ataduras que no dejan campear al ánimo
libre. ¡Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo de pan,
sin que le quede obligación de agradecerlo a otro que al mismo
cielo!. No puede ser más claro: la libertad es individual
y requiere un nivel mínimo de prosperidad para ser real. Porque
quien es pobre y depende de la dádiva o la caridad para sobrevivir,
nunca es totalmente libre.
Es verdad que hubo una antiquísima época, como recuerda
el Quijote a los pasmados cabreros en su discurso sobre la Edad de Oro
(I, 11) en que la virtud y la bondad imperaban en el mundo,
y que en esa paradisíaca edad, anterior a la propiedad privada,
los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de
tuyo y mío y eran todas las cosas comunes.
Pero, luego, la historia cambió, y llegaron nuestros detestables
siglos, en los que, a fin de que hubiera seguridad y justicia,
se instituyó la orden de los caballeros andantes, para
defender a las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos
y menesterosos.
El verdadero caballero
El Quijote no cree que la justicia, el orden social, el progreso, sean
funciones de la autoridad, sino obra del quehacer de individuos que,
como sus modelos, los caballeros andantes, y él mismo, se hayan
echado sobre los hombros la tarea de hacer menos injusto y más
libre y próspero el mundo en el que viven. Eso es el caballero
andante: un individuo que, motivado por una vocación generosa,
se lanza por los caminos, a buscar remedio para todo lo que anda mal
en el planeta. La autoridad, cuando aparece, en vez de facilitarle la
tarea, se la dificulta.
¿Dónde está la autoridad, en la
España que recorre el Quijote a lo largo de sus tres viajes?
Tenemos que salir de la novela para saber que el rey de España
al que se alude algunas veces es Felipe III, porque, dentro de la ficción,
salvo contadísimas y fugaces apariciones, como la que hace el
gobernador de Barcelona mientras Don Quijote visita el puerto de esa
ciudad, las autoridades brillan por su ausencia. Y las instituciones
que la encarnan, como la Santa Hermandad, cuerpo de justicia en el mundo
rural, de la que se tiene anuncios durante las correrías de Don
Quijote y Sancho, son mencionadas más bien como algo lejano,
oscuro y peligroso.
Don Quijote no tiene el menor reparo en enfrentarse a la autoridad y
en desafiar las leyes cuando éstas chocan con su propia concepción
de la justicia y de la libertad. En su primera salida, se enfrenta al
rico Juan Haldudo, un vecino del Quintanar, que está azotando
a uno de sus mozos porque le pierde sus ovejas, algo a lo que, según
las bárbaras costumbres de la época, tenía perfecto
derecho. Pero este derecho es intolerable para el manchego, que rescata
al mozo reparando así lo que cree un abuso (apenas parte, Juan
Haldudo, pese a sus promesas en contrario, vuelve a azotar a Andrés
hasta dejarlo moribundo) (I,4). Como en éste, la novela está
llena de episodios donde la visión individualista y libérrima
de la justicia lleva al temerario hidalgo a desacatar los poderes, las
leyes y los usos establecidos, en nombre de lo que es para él
un imperativo moral superior.
La aventura donde Don Quijote lleva su espíritu libertario a
un extremo poco menos que suicida -delatando que su idea de la libertad
anticipa también algunos aspectos de la de los pensadores anarquistas
de dos siglos más tarde- es una de las más célebres
de la novela: la liberación de los doce delincuentes, entre ellos
el siniestro Ginés de Pasamonte, el futuro maese Pedro, que fuerza
el Ingenioso Hidalgo, pese a estar perfectamente consciente, por boca
de ellos mismos, que se trata de rufiancillos condenados por sus fechorías
a ir a remar a las galeras del rey.
Las razones que aduce para su abierto desafío a la autoridad
no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los
otros hombres disimulan apenas, en su vaguedad, las verdaderas
motivaciones que transpiran de una conducta que, en este tema, es de
una gran coherencia a lo largo de toda la novela: su desmedido amor
a la libertad, que él, si hay que elegir, antepone incluso a
la justicia, y su profundo recelo de la autoridad, que, para él,
no es garantía de lo que llama de manera ambigua la justicia
distributiva, expresión en la que hay que entrever un anhelo
igualitarista que contrapesa por momentos su ideal libertario.
En este episodio, como para que no quede la menor duda de lo insumiso
y libre que es su pensamiento, el Quijote hace un elogio del oficio
del alcahuete, oficio de discretos y necesarísimo
en la república bien ordenada, indignado de que se haya
condenado a galeras por ejercerlo a un viejo que, a su juicio, por practicar
la tercería debería más bien haber sido enviado
a mandallas y a ser general de ellas (I, 22).
 |
La España vasta
Quien se atrevía a rebelarse de manera tan manifiesta contra
la corrección política y moral imperante era un loco
sui generis, que no sólo cuando hablaba de las novelas de caballerías
decía y hacía cosas que cuestionaban las raíces
de la sociedad en que vivía.
¿Cuál es la imagen de España que se levanta de
las páginas de la novela cervantina? La de un mundo vasto y diverso,
sin fronteras geográficas, constituido por un archipiélago
de comunidades, aldeas y pueblos, a los que los personajes dan el nombre
de patrias. Es una imagen muy semejante a aquella que las
novelas de caballerías trazan de los imperios o reinos donde
suceden, ese género que supuestamente Cervantes quiso ridiculizar
con Don Quijote de la Mancha (más bien, le rindió un soberbio
homenaje y una de sus grandes proezas literarias consistió en
actualizarlo, rescatando de él, mediante el juego y el humor,
todo lo que en la narrativa caballeresca podía sobrevivir y aclimatarse
a los valores sociales y artísticos de una época, el siglo
XVII, muy distinta de aquella en la que había nacido).
A lo largo de sus tres salidas, el Quijote recorre la Mancha y parte
de Aragón y Cataluña, pero, por la procedencia de muchos
personajes y referencias a lugares y cosas en el curso de la narración
y de los diálogos, España aparece como un espacio mucho
más vasto, cohesionado en su diversidad geográfica y cultural
y de unas inciertas fronteras que parecen definirse en función
no de territorios y demarcaciones administrativas, sino religiosas:
España termina en aquellos límites vagos, y concretamente
marinos, donde comienzan los dominios del moro, el enemigo religioso.
Pero, al mismo tiempo que España es el contexto y horizonte plural
e insoslayable de la relativamente pequeña geografía que
recorren Don Quijote y Sancho Panza, lo que resalta y se exhibe con
gran color y simpatía es la patria, ese espacio concreto
y humano, que la memoria puede abarcar, un paisaje, unas gentes, unos
usos y costumbres que el hombre y la mujer conservan en sus recuerdos
como un patrimonio personal y que son sus mejores credenciales.
Los personajes de la novela viajan por el mundo, se podría decir,
con sus pueblos y aldeas a cuestas. Se presentan dando esa referencia
sobre ellos mismos, su patria, y todos recuerdan esas pequeñas
comunidades donde han dejado amores, amigos, familias, viviendas y animales,
con irreprimible nostalgia. Cuando, al cabo del tercer viaje, después
de tantas aventuras, Sancho Panza divisa su aldea, cae de rodillas,
conmovido, y exclama: Abre los ojos, deseada patria, y mira que
vuelve Sancho Panza tu hijo... (II, 72).
Como, con el paso del tiempo, esta idea de patria iría
desmaterializándose y acercándose cada vez más
a la idea de nación (que sólo nace en el siglo XIX) hasta
confundirse con ella, conviene precisar que las patrias
del Quijote no tienen nada que ver, y son más bien írritas,
a ese concepto abstracto, general, esquemático y esencialmente
político, que es el de nación y que está en la
raíz de todos los nacionalismos, una ideología colectivista
que pretende definir a los individuos por su pertenencia a un conglomerado
humano al que ciertos rasgos característicos la raza, la
lengua, la religión habrían impuesto una personalidad
específica y diferenciable de las otras. Esta concepción
está en las antípodas del individualismo exaltado del
que hace gala Don Quijote y quienes lo acompañan en la novela
de Cervantes, un mundo en el que el patriotismo es un sentimiento
generoso y positivo, de amor al terruño y a los suyos, a la memoria
y al pasado familiar, y no una manera de diferenciarse, excluirse y
elevar fronteras contra los otros.
La España del Quijote no tiene fronteras y es un mundo plural
y abigarrado, de incontables patrias, que se abre al mundo de afuera
y se confunde con él a la vez que abre sus puertas a los que
vienen a ella de otros lares, siempre y cuando lo hagan en son de paz,
y salven de algún modo el escollo (insuperable para la mentalidad
contrarreformista de la época) de la religión (es decir,
convirtiéndose al cristianismo).
© Mario Vargas Llosa, 2004.
© Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados
a Diario El País, SL, 2004.
Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular. | |