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Mate,
que nada pasa
Números
rojos
Esclarecer
todos los asesinatos que ocurren en el país es una empresa complicada.
La parte investigadora argumenta insuficiencia de recursos y dificultad
para reunir evidencias y testigos. Los críticos señalan
negligencia, incapacidad o administración inadecuada. Pero, los
muertos siguen contando.
Los primeros rayos de luz del pasado 2 de mayo descubrieron
una escena dantesca. Dos cuerpos calcina-dos yacían en la vere-da
de un cañaveral en Aguilares.
Era domingo. Pocas horas antes, ese lugar había sido la escena
del homicidio de Blanca Lidia Ángel y Evelyn Arelí Guillén,
de 18 y 19 años respectivamente. La fiscal de turno de la regional
de Apopa, Lucrecia Padilla, recuerda haber recibido la denuncia a través
de una llamada telefónica. Estaban tan quemadas que el
médico forense, Rodolfo Zetino Chicas, tuvo que recolectar elementos
que nos ayudaran a saber quiénes eran, asegura.
La brutalidad del hecho dificultaba la identificación de ambas
jóvenes, lo que planteaba el primer reto para la autoridades.
La fiscal Padilla asegura que en un primer paso solicitó a la
Policía Nacional Civil (PNC) información sobre todas las
personas desaparecidas para que los familiares se acercaran a Medicina
Legal. Se presentaron dos mujeres, Anselma Guillén Orellana
y Presentación Ángel Orozco, reclamando la maternidad
de las víctimas, recuerda la fiscal.
Tras una autorización del Juzgado de Paz de Aguilares, para que
se practicara una prueba de ADN, se logró identificar a las víctimas.
La primera de las preguntas sobre el crimen estaba resuelta. Pero el
caso era complicado. En la primera inspección la Fiscalía
no había logrado establecer a un testigo que pudiera señalar
a los culpables de ambos homicidios. Un caso entre muchos que están
en lista de espera.
Según un reporte preparado por el Sistema de Seguimiento de Expedientes
en Tribunales de Sentencia, el año pasado estos seis tribunales
emitieron 132 fallos condenatorios a nivel de homicidios agravados y
simples, contra 80 absoluciones y 2 sobreseimientos definitivos.
Hasta el 9 de septiembre de este año, estas instancias judiciales
han emitido 115 condenas, 60 absoluciones y 4 sobreseimientos definitivos
en procesos por homicidios agravados, simples y culposos.
En total, entre 2003 y el 9 de septiembre de este año, han procesado
509 casos de homicidios, incluyendo los tipificados como atentatorios
y aquellos que han sido suspendidos.
Aunque faltaría ver cuántos casos más se han ventilado
en el resto de los 21 tribunales que existen en todo el país,
esta muestra permite hacer una relación entre los procesos judiciales
abiertos y el número personas asesinadas.
Al colocarlos en una balanza la desproporción es grande. El juez
Rivera encuentra una justificante y es la enorme carga de
trabajo que pesa sobre los hombros de la Fiscalía.
La fría realidad
El fiscal Gendrix Flores, de la Unidad de Delitos contra la Vida, confirma
la recarga de trabajo que pesa sobre ellos.
El panorama es realmente grave, dice cuando trae a cuenta
los 4 homicidios que atienden cada noche como promedio.
Esa incapacidad de investigar la totalidad de homicidios puede explicar
el bajo número de ingresos de causas por homicidio en los registros
nacionales de la CSJ. En 2003 contabilizó 387 homicidios, entre
agravados, simples y culposos. Este año, hasta el 30 de junio,
suman 204.
Pero a la par de esto, está otro punto, y es
hacer la relación fallos condenatorios y los absolutorios y de
sobreseimiento, cuya diferencia no es tan grande.
El juez Rivera no quiere opinar sobre la desproporción entre
número de procesos judiciales y número de homicidios,
pero sí lamenta que en un alto porcentaje de absoluciones que
emite su tribunal, obedezcan a una mala investigación, la cual
corresponde a Fiscalía y Policía.
La Fiscalía tiene su propia percepción y explicación.
Gendrix Flores dice que si bien trabajan de manera coordinada con Medicina
Legal y Policía, enfrentan una insuficiencia de recursos para
la importante cantidad de asesinatos que se registran en el país.
Pero Flores no olvida señalar que una de las principales dificultades
para esclarecer un homicidio es uno de los delitos más difíciles
de investigar porque la evidencia no está a la vista.
El caso Guillén
Al analizar el asesinato de las hermanas Guillén en retrospectiva
salta a la vista el hecho de que hay proceso más rápidos
que otros.
Pero, a estas alturas, más que saber el motivo del asesinato,
pesa otra interrogante: ¿Quién las mató? La fiscal
regional de Apopa, Lucrecia Padilla, asegura que trabajan en coordinación
con la PNC. Hemos logrado ubicar a una persona que, bajo el régimen
de protección a testigos que puede ubicar con quienes fueron
vistas las víctimas poco antes de desaparecer de una fiesta.
La fiscal Padilla asegura que la investigación arroja por hoy
una probabilidad: que los autores pueden ser pandilleros de la Mara
Salvatrucha (MS), ya que una de las jóvenes (Evelyn Arelí
Guillén) estaba vinculada a la banda contraria, la 18.
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Han pasado cuatro meses y pese al testigo, la Fiscalía
no ha logrado individualizar el hecho. Si no se logra esto, el homicidio
de estas jóvenes se archivará y pasará a ser una
estadística más.
De hecho, los registros policiales y de Medicina Legal, por ejemplo,
están abultados de otros tantos crímenes que por ahora
navegan en la impunidad.
Entre enero y agosto de este año, la policía dice que
han sido asesinadas un total de 1,797 personas. Un 59.7% de estos asesinatos
se registraron en la zona urbana y el resto en el área rural.
Pero los cálculos de la policía ofrecen un panorama de
cuántos mueren pero también de cómo y por
qué mueren tantos salvadoreños. Siete de cada cien personas
sufrió violencia y de este número un 82.3% tenían
menos de 40 años. De los 2,388 casos contabilizados en e 2003
por Medicina Legal, un 83.5% de los asesinados tenía edades entre
los 15 y los 40 años.
Ambos registros también revelan que los salvadoreños mueren
en más de un 70% por armas de fuego, seguida de las armas blancas.
Esto puede explicarse por la gran cantidad de armas de fuego en posesión
de civiles. Un estudio del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) las estimó en más de 450 mil.
Pero esos números también revelan que el motivo por el
cual se asesina en El Salvador es, además de variado, en muchos
casos ilógico. Resistirse al robo puede que resulte más
comprensible como causa de muerte que la enemistad o los líos
amorosos.
Pero cuando se hace un repaso de las causas de homicidios,
la delincuencia común es la que pesa de manera abrumadora.
De los homicidios registrados el año pasado por Medicina legal,
el 57.37% fue por esa causa.
Una de las tantas víctimas de la delincuencia ocurrida hace dos
semanas es Manuel Antonio López Hernández, un próspero
vendedor de lotería que operaba en el centro de Soyapango, el
tercer municipio más violento del país según Medicina
Legal.
La vida de este trabajador terminó en un abrir y cerrar de ojos
la tarde del 8 de septiembre, cuando supuestos asaltantes lo esperaban
en su casa ubicada en la colonia Floresta.
En la escena del crimen fueron encontrados varios casquillos
y un arma que se supone pertenecía a la víctima.
El móvil del crimen en este hombre corpulento y de piel morena
pudo deberse al robo, aunque eso lo determinará la investigación
que lleva a cabo la fiscalía de Soyapango. Este no es un caso
excepcional, en municipios como Soyapango, San Salvador, Santa Ana y
Sonsonate es una constante. Pero si la cantidad de asesinados que contabiliza
la policía y Medicina Legal son preocupantes, las de la Fiscalía
lo son aún más. En sus cuentas, el año 2003 heredó
5,090 homicidios.
La sobredemanda
Si al escaso número de investigaciones se suma el tiempo que
se invierte y los resul-tados, la justicia luce distante.
Las cifras son abultadas, independientemente desde donde se miren, pero
escasos son los casos que llegan a someterse a un proceso judicial.
Aunque en unos más que en otros, la muerte violenta de salvadoreños
es una realidad dura de combatir y por eso la impunidad reina en la
mayoría de expedientes. La Fiscalía es clara al decir
que al mes ven un promedio de 4 a 6 casos de homicidio.
La
interrogante es clara también: ¿Cuántas muertes
no son investigadas? Partiendo de los números de la Fiscalía,
en 2003 se abrió expediente a una ínfima cantidad de homicidios
con respecto a las seis que ocurren a diario, según la policía.
¿Cuánto tiempo puede tardar la investigación de
un crimen? La fiscal Lucrecia Padilla asegura que ellos mismos establecen
un tiempo determinado para que el investigador de la policía
rinda los resultados que va obteniendo. Debería de hacerse
lo antes posible, responde.
Sin embargo, no se atreve a dar un plazo para llevar
el caso ante el Juez de Paz, lo cual implicaría -en el caso del
homicidio de Evelyn y Blanca- que entren a un debido proceso judicial.
López Hernández, el vendedor amable y emprendedor, murió;
pero las investigaciones de su asesinato están estancadas. La
Fiscalía de Soyapango dice que falta recoger las declaraciones
de la esposa e hijo, quienes se recuperan de heridas graves.
Mientras tanto, los crímenes siguen su curso, una realidad imparable
que colapsaría todo el sistema judicial si todos ellos fueran
llevados hasta los tribunales.
Sergio Luis Rivera, presidente del Tribunal Sexto de Sentencia, dice
que al igual que la Fiscalía no da abasto para atender todos
los casos de homicidio, tampoco ellos podrían.
En el tribunal que preside Rivera se ventilan entre tres a cuatro casos
de homicidio cada mes. Mirar la cantidad de juicios en proporción
al número de homicidios que ocurren al mes, la justicia queda
corta.
Resolver los casos de crímenes no es tarea fácil en un
país donde la tasa de homicidios, únicamente un día
domingo cualquiera, según la policía, gira alrededor de
18.1%.
De los centenares de casos, unos cuantos llegan hasta las cortes. Esto
lo reflejó el informe estadístico trazado a nivel de seis
tribunales de Sentencia de San Salvador, dos de San Miguel y uno de
Sonsonate, que fue brindado a Vértice por la Corte Suprema de
Justicia.
Pero la interrogante persiste: ¿Cuántas muertes seguirán
en la impunidad antes que el sistema funcione sin retrasos?
La
Fiscalía en remojo
El
éxito o el fracaso en la investigación de un homicidio
depende, muchas veces, de la actuación que tome un fiscal, algunas
de las cuáles fueron cuestionadas por Edgardo Amaya, de Fundación
de Estudios para la Aplicación del Derecho (FESPAD), y Benjamín
Cuellar, director del IDHUCA.
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| La
fiscalía no logra individualizar muchos homicidios por lo
que se archivan sin poder determinar a los culpable |
ECuántos casos introduce la Fiscalía a
un proceso penal y se archivan? ¿Cuántos de los que entran
a procesos penales llegan hasta juicio? ¿Y cuántos de
los que llegan a juicio son condenados?
Edgardo Amaya, coordinador de investigaciones de seguridad pública
y justicia penal de FESPAD, asegura que si se pudiera contabilizar esa
información resultarían datos escandalosos.
El abogado señala que la Fiscalía General de la República
tendría que hacer públicos los datos para evaluar el desempeño
de la institución.
Pero, más allá de la transparencia, Amaya sostiene que
el primer problema que tiene que superar la FGR es que hay una saturación
de expedientes y que no todos necesitan la atención que requiere
un caso de un homicidio.
Para esto hay que crear una política que permita mejorar
el manejo de los casos que entran a la Fiscalía, asegura.
Un segundo señalamiento es en referencia a las rotaciones de
personal. Sucede muchas veces que un fiscal atiende una gran cantidad
de casos y, por ende, una serie de actividades relacionadas con cada
uno que le pueden chocar en la agenda.
Cuando
hay coincidencias en los horarios el fiscal tiene que delegar el caso
a otro colega y puede ser que este último ni siquiera sepa a
quién va a representar. Y así sigue el efecto como en
una rueda de caballitos. Puede darse en casos pequeños
y en otros de gran escala, explica Amaya.
Los errores
Las críticas hacia la fiscalía también son a la
dirección funcional de una investigación.
Tengo la percepción de que no se están realizando
investigaciones con la calidad suficiente como para sustentar algunos
casos. Para el representante de FESPAD una de las debilidades
en la Fiscalía son de tipo técnico.
Pero Benjamín Cuéllar, director del Instituto Universitario
de Derechos Humanos de la UCA (IDHUCA), no comparte la misma opinión.
Desde que comienzo la nueva normativa (reforma al Código
Penal y Procesal Penal en 1998) fueron bien capacitados, sostiene
Cuéllar; pero no deja de reconocer que en cuestión de
manejo de escenas del delito y recolección de pruebas no fueron
los suficientemente capacitados.
Te queda la duda de que la fiscalía pueda estar trabajando
mal por falta de capacidad, por negligencia o por mala administración.
O, lo que es peor, la mezcla de factores, concluye.
¿El
mismo método, distintos resultados?
Los
brazos de la Justicia no siempre alcanzan para esclarecer la gran cantidad
de casos de homicidios que ocurren en nuestro país. Por distintas
razones, unas familias tienen -quizá- mejor suerte que otras.
Dos casos ejemplifican cuánto puede avanzar un caso respecto
a otro: mientras el secuestro y asesinato de un joven universitario
se dilucidó en poco más de un año; del homicidio
de tres hermanas oriundas de Zaragoza, no se tiene mayores indicios
a pesar de que fueron asesinadas hace tres años.
LEn una mañana del 25 de mayo de 1999, los sueños
de un joven universitario fueron truncados.
Mientras hacía sus ejercicios cerca de su casa ubicada en la
exclusiva zona residencial Santa Elena, en Antiguo Cuscatlán,
Eduardo Ernesto Álvarez Villacorta, un estudiante de la Universidad
Albert Einstein, es forzado por varios sujetos a subir a un vehículo.
En segundos, se dirigen hacia el escondite: una casa en la finca El
Carmen, en Santa Tecla. Después es trasladado a una primera casa,
ubicada en la colonia Jardines del Volcán, y luego a otra, en
la comunidad San José del Pino.
Ese mismo día piden a la familia el pago de un millón
de colones para liberarlo en el término de 27 horas. Tras una
negociación convienen en una suma menor: $250 mil en efectivo
y $50 mil más en joyas.
El padre de la víctima llega al lugar indicado, en el Café
de Don Pedro de Ciudad Merliot. ¿Tío, me traes el
encargo?, le dijo un joven montado en bicicleta. El dinero fue
entregado; pero el joven no fue liberado. Un día después
fue hallado muerto, atado de pies y manos y con señales de tortura
en el cantón Primavera, de Quezaltepeque.
¿Quién o quiénes lo asesinaron? Las respuestas
llegaron bastante rápido. Empleados de una distribuidora de agua
embotellada habían presenciado el secuestro y un menor que estaba
preso, y que había pertenecido al grupo de secuestradores, eran
los testigos claves del proceso.
Así, el 15 de octubre de 1999, la Fiscalía acusaba ante
los tribunales de justicia a seis personas: Miguel Ángel Hurtado,
José Roberto Martínez, William Eduardo Villalta, Daysi
de los Ángeles Ruiz y Dionisio Arístides Umanzor, apodado
El Sirra, y Fredy Roberto Cruz.
Hurtado habría sido el cerebro del secuestro; Daysi la encargada
de recopilar nombres de personas secuestrables; Fredy era
el informante que se valía de su acceso a una base de datos de
la DAN (División Antinarcotráfico de la policía);
El Sirra habría ejecutado a Álvarez.
El 18 de octubre, el Juzgado de Paz de Antiguo Cuscatlán, celebra
la audiencia para determinar la responsabilidad de los acusados de secuestro
y homicidio. El 13 de abril de 2000 se reconstruye el hecho como prueba
documental y capturan a Carlos Ramos Mancía, otro implicado.
El 4 de mayo el Juzgado 2o. de Instrucción de Santa Tecla determina
que los acusados deben ir a juicio. Así el 13 de septiembre de
2000. El Sirra y Hurtado son condenados a 30 años
de prisión y a indemnizar a la familia Álvarez con ¢200
mil. Villalta es condenado a 20 años de cárcel y a pagar
¢50 mil. Al resto se les impone pagar entre ¢10 y ¢25
mil, y diez años en prisión.
¿Una
investigación efectiva? Eso es lo que parece, aunque uno de los
implicados, Adán Ramos, dijo que la condena sentaba un mal precedente
porque al menos él se encontraba trabajando en el momento del
secuestro.
Pero el caso de tres hermanas, asesinadas entre 2001 y 2002, es la otra
cara de la moneda.
Sin respuesta
Marlene, Sandra y Yubi Orellana fueron asesinadas con absoluta impunidad.
El domingo 12 de mayo de 2002, Vértice publicó un relato
construido con base en los testimonios de varios testigos que descubrían
a un posible sospechoso de participar en los homicidios de dos de las
hermanas Orelllana.
Spyder, un proxeneta de las hermanas menores: Sandra (17
años) y Yubi (de 15 años), habría amenazado de
muerte a la primera. Según uno de los relatos, él la tenía
sometida y amenazada porque estaba obsesionado con ella. La misma testigo
aseguraría a Vértice que Spyder le habría
ordenado a Sandra y a Yubi a que atendieran a unos sujetos recién
llegados a la gasolinera Texaco, ubicada sobre el Bulevar Los Héroes,
donde las Orellana solían esperar clientes.
Por la familiaridad con la que Spyder trataba a los recién
llegados se cree que eran conocidos del proxeneta, no así de
las hermanas que subieron a la camioneta vidrios polarizados.
Esa fue la última noche que las vieron con vida.
Al día siguente, Sandra y Yubi aparecieron asesinadas sobre la
calle al Boquerón.
Para ese entonces, la Fiscalía de Santa Tecla intentaba esclarecer
el asesinato de Marlene, la hermana mayor de Sandra y Yubi, ocurrido
un año antes.
El fiscal del caso, Marcos Aquino, explicaría en esa ocasión
a Vértice que, debido a lo delicado del caso, no podía
ampliar sobre el desarrollo de la investigación. Además,
no había recibido el resultado de las autopsias.
Hoy, a dos años de los homicidios, no se tiene móvil ni
acusados del hecho. Y, aunque el caso no se ha archivado, la Fiscalía
cuenta con una sola respuesta: Sandra Orellana murió de un trauma
craneoencefálico severo, es decir, una herida en la cabeza
producida por arma de fuego. Yubi Orellana tenía una herida en
la sección parcial de arteria carótida primitiva
izquierda (una lesión en el cuello).
Pese a la tardanza en la investigación, Marleni de Recinos, jefa
de la Unidad de Vida de la Fiscalía de Santa Tecla, dijo que
ésta continúa en curso; sin embargo, todavía no
hay pistas fehacientes que conduzcan a determinar a los autores de este
triple homicidio. Lo cierto es que este caso no es aislado.
| “Tres
asesinatos, ninguna respuesta” |
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Marlene Guadalupe Orellana
21 años
Asesinada en marzo de 2001 en Soyapango. Dejó a dos hijos
huérfanos
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Yubi Orellana
15 años
Asesinada en abril de 2002. Su cadáver fue encontrado sobre
la calle Nueva al Boquerón. |
Sandra Janeth Orellana
17 años
Asesinada junto a su hermana Yubi y dejó a un niño
en la orfandad |
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