Del 25 al 1 de agosto de 2004



LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Consumidor bajo riesgo

“Por ningún motivo hay que firmar pagarés en blanco”, dijo esta semana la Comisionada Presidencial para la Defensoría del Consumidor, Evelyn Jacir de Lovo, al comentar sobre ciertas prácticas que siguen algunas emisoras de tarjetas de crédito.

Firmar documentos en blanco es un riesgo. Eso está claro, pero no para muchos. En la edición del pasado domingo, Vértice publicó una extensa historia sobre la ingenuidad en la que un grupo de cooperativistas cayó porque no se fijaron si los acuerdos tomados en asambleas generales eran los que sus dirigentes escribían en el papel y terminaron hipotecando sus tierras al primer postor.

Recuerdo una serie de denuncias que hicieron el año pasado algunos lectores sobre contratos que habían firmado sin siquiera analizarlos antes y luego se dieron cuenta que esas empresas promotoras de paquetes turísticos les estaban cobrando altas sumas de dinero por practicamente brindarles información sobre lugares para vacacionar.

En estos tiempos y ante el acecho de tantos timadores, no podemos comprometernos tan fácilmente. “Le hemos preaprobado un crédito por su excelente expediente crediticio”, me dijo vía telefónica una amable empleada de una institución bancaria.

No recuerdo la cantidad que ofrecían pero sí recuerdo que para obtener el dinero solamente tenía que firmar en las oficinas del banco y no necesitaba fiadores. Hasta allí, resultaba atractivo. ¿A quién no le gustaría evitarse los engorrosos trámites que suelen exigir en los bancos para conseguir un préstamo? Lo curioso del caso fue que de aquel crédito, sólo me otorgarían un porcentaje en efectivo y el otro porcentaje a través de una tarjeta de crédito.

¿Estrategias de mercadeo? Son válidas pero me parecen injustas. Es acá donde el consumidor debe abrir bien los ojos, pero los ojos del entendimiento para analizar cuál negocio es el más conveniente y no lamentar después. “Me gustó una blusa blanca pero estaba sucia, pedí por tanto que me rebajaran la prenda. No querían en el almacen porque dijeron que era de marca.

Les alegué que aunque fuera de marca estaba sucia y que aunque me la lavaran no valía lo mismo”, me contó una amiga y consiguió que le revaloraran la prenda. Una lección digna de aprender.

Como consumidores tenemos derechos, somos los que pagamos y a cambio debemos recibir lo justo. Pero muchos salvadoreños somos incautos a la hora de comprar, a la hora de cerrar un trato porque aún nos engañan las palabrerías mercadológicas. Basta ya de ser tan pasivos.


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