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PIEDRA
DE TOQUE
La
agonía de occidente
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En un bello artículo, Los terroristas y
el fin de Europa (El PAÍS, 8/4/2004), el escritor italiano
Pietro Citati recuerda, con ácida nostalgia, que en 1939, cuando
medio continente europeo abría los brazos, se rendía o
se resignaba a Hitler, Inglaterra, liderada por Churchill, pese a su
inferioridad bélica se enfrentaba a las hordas nazis y atajaba
un proceso que hubiera podido acabar con la cultura de Occidente. Ahora
no ve nada equiparable en unos gobiernos y dirigentes políticos
europeos acomodaticios e hipnotizados por la coyuntura inmediata, ciegos
para el largo plazo y dispuestos a hacer todas las concesiones con tal
de retener su pequeña parcela de poder.
Evocando la curiosidad y entusiasmo de la cultura occidental por las
otras culturas del mundo, a las que ha estudiado, asimilado o ayudado
a promover, Pietro Citati exhorta a los europeos a hacer algunos sacrificios
a cambio del derecho de pasear y ejercer la imaginación
ante la catedral de Chartres, en el gran prado de la universidad de
Cambridge o entre las columnas salomónicas del palacio real de
Granada.
Toda defensa de la cultura occidental debería partir, como lo
hizo Raymond Aron en su Plaidoyer pour lEurope décadent
(Alegato por la Europa decadente), del reconocimiento de
la responsabilidad asumida por Europa en buena parte de los horrores
e iniquidades de la historia moderna. El colonialismo europeo devastó
medio planeta, destruyó civilizaciones y culturas en África,
América y Asia y dejó en esos tres continentes unas absurdas
demarcaciones nacionales que en muchos lugares siguen siendo fuente
de conflictos fronterizos y desgarramientos étnicos irresolubles.
En Europa nacieron las ideologías totalitarias que más
atrocidades han causado en la historia de la humanidad: el nazismo,
el fascismo y el comunismo. Los seis millones de judíos sacrificados
por los nazis son también consecuencia de una deletérea
aberración que en ninguna parte prendió y floreció
con tanta fuerza como en Europa: el anti-semitismo. Y el nacionalismo,
que ha pasado a ser en nuestros días, junto con el fundamentalismo
religioso, la simiente principal de la violencia política y el
mayor desafío para la cultura democrática, es asimismo,
por desgracia, hechura europea.
Pero estos yerros no bastan para condenar a Occidente, porque, además
de haberlos pagado en carne propia con terrible dureza, la cultura occidental
tiene otra vertiente que puede exhibir sin el menor sonrojo y afirmar
que gracias a ella la humanidad ha progresado de manera inequívoca
en los dominios de la convivencia, los derechos humanos, el progreso
técnico y científico y la democracia. Su mérito
mayor, el que tal vez constituya un caso único en el vasto abanico
de las culturas del mundo, lo que le ha permitido una y otra vez levantarse
de sus propias ruinas cuando parecía condenada a la extinción,
ha sido su capacidad autocrítica. Ninguna otra civilización
se ha despellejado a sí misma con la ferocidad con que lo ha
hecho Occidente y por eso ninguna otra ha sido capaz de renovarse tantas
veces y de manera tan radical, muchas veces para bien y, algunas, para
mal.
Toda una movilización
Hoy, la colonización y la conquista de pueblos débiles
por países poderosos es una iniquidad que rechaza todo el mundo;
pero ¿cuántos casos hay en la historia comparables al
de un Bartolomé de las Casas y sus feroces catilinarias, en plena
colonización, contra los abusos y crímenes que se cometían
contra los indios y las culturas aborígenes de América?
La denuncia de Las Casas no fue un hecho aislado: su campaña
removió al imperio español, obligó a la Iglesia
y a la Corona a debatir sobre el tema y a que se dictaran unas leyes
de protección y respeto a los indígenas (que, este es
otro tema, no se cumplieron y provocaron rebeliones de encomenderos
y conquistadores).
Durante la guerra de Argelia, me tocó vivir en
Francia, y ver de cerca la manera como un amplio sector de la sociedad
francesa apoyó con sus críticas y su militancia la lucha
del FLN por la independencia argelina, a la vez que la prensa y las
vanguardias políticas e intelectuales denunciaban la tortura
y los abusos que cometía el Ejército francés contra
los rebeldes.
Pero, probablemente, el caso emblemático en este dominio sea
la movilización, en todo el mundo occidental, empezando por los
Estados Unidos, contra la guerra de Vietnam. Esta guerra la Casa Blanca
hubiera podido ganarla si, como lo hubieran hecho sin duda Hitler, Stalin
o Sadam Husein, no hubiera vacilado en descargar contra ese pequeño
país asiático que resistía con uñas y dientes
la intervención extranjera, todo su inmenso poderío militar,
bombas atómicas incluidas como lo hizo en Hiroshima, provocando
un genocidio.
No pudo hacerlo por el inmenso rechazo que esa guerra despertaba entre
el propio pueblo norteamericano, que puso en acción todos los
mecanismos que le permitía el sistema para manifestarse y exigir
el fin de las operaciones. Esa guerra, al final, la ganaron los norvietnamitas,
desde luego, pero esa victoria hubiera sido muy difícil, acaso
imposible, sin el apoyo decisivo que recibieron de la prensa y la opinión
pública de todo el mundo occidental.
Más allá del dogma
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La democracia es un asunto que suele provocar bostezos
en los países donde existe un Estado de Derecho y los ciudadanos
gozan de libertad de movimiento y de expresión y de un sistema
judicial al que pueden acudir cuando son atropellados. Y lo que más
se resalta en ella, cuando el tema resulta insoslayable, son sus vicios
y carencias: la corrupción que a veces la corroe, las grandes
desigualdades que abriga en su seno, la mediocridad que prohija, sus
derroches y esa burocratización que crece de manera cancerosa
asfixiando a las empresas y a los indefensos ciudadanos. Sin embargo,
y reconociendo que en muchos casos estas críticas son absolutamente
certeras, lo cierto es que, desde la perspectiva de cualquier dictadura
islámica o satrapía tercermundista, la decadente democracia
occidental es poco menos que un paraíso: en ella, pese a las
enormes diferencias de ingreso, las gentes tienen los más elevados
niveles de vida que registra el globo, las mayores oportunidades para
decidir su existencia de acuerdo a su vocación, y donde las mujeres
son menos discriminadas y abusadas y donde las minorías sexuales
van, poco a poco, conquistando sus derechos. No otra es la razón
por la que millones de seres, procedentes de todas las otras culturas
del mundo, tratan, valiéndose a veces de métodos tan trágicos
como el de las pateras, de infiltrarse en los países occidentales
en busca de un futuro o, al menos, de una mera supervivencia que sus
países de origen son incapaces de ofrecerles. Esos desvalidos
inmigrantes tienen, a juzgar por su conducta, un concepto más
alto de la cultura occidental que buen número de occidentales.
Occidente ha prosperado y desarrollado más que otras culturas
porque, gracias a la secularización que fue separando a la Iglesia
del Estado y permitiendo una esfera intelectual y ética laica,
emancipada del dogma, la libertad se desarrolló en su seno como
nunca antes en la historia y surgió el individuo como un ser
soberano, dotado de derechos, lo que hizo posible un prodigioso desarrollo
de las artes y las ciencias. A la vez que fue diversificando a la sociedad
y estableciendo esa convivencia en la diversidad que es el mejor logro
de la cultura democrática, la emancipación del individuo
del todo gregario, es decir, el nacimiento del ciudadano, permitió
que la experimentación y la investigación libres, azuzadas
por la competencia comercial, dispararan los conocimientos y las realizaciones
tecnológicas e industriales de manera meteórica.
Hechas las sumas y las restas, la cultura Occidental tiene muchas cosas
preciosas por las que vale la pena hacer un sacrificio, como recuerda
Pietro Citati, o como demostraba, con su lucidez demoledora, Raymond
Aron en ese hermoso libro que, al publicarse a fines de los años
setenta, pasó casi desapercibido. Las bombas que pulverizaron
las Torres Gemelas de Manhattan y los trenes de Atocha, y las que en
los meses y años venideros seguirán estallando a nuestro
alrededor en América y en Europa porque sería estúpido
engañarse: esta es una historia que apenas comienza- deberían
devolver a ese ensayo una actualidad que nunca perdió. Porque
lo que quieren despanzurrar y hacer añicos las bombas que esos
fanáticos están hoy en día en condiciones de plantar
en aviones, trenes, barcos, teatros, estadios, plazas públicas,
edificios, no son las taras que la afean y de las que todavía
no ha conseguido desprenderse la cultura occidental, sino precisamente
todo lo que hay en ella de positivo y de mejor: su tolerancia política
y religiosa, el derecho de cada ciudadano a la diferencia y a no ser
un mero epígono del grupo étnico, la iglesia, el Estado
o el género, a poder elegir su dios, su lengua, su sexo y sus
costumbres, sus gobernantes y sus jueces, la igualdad de hombres y mujeres,
y la facultad de criticar y de reformar y corregir todo aquello que
le parece injusto y ofensivo por la vía pacífica de las
ánforas.
Leí el artículo de Pietro Citati en Salzburgo, entre dos
conciertos dedicados a Bela Bártok y a Mozart de la Filarmónica
de Berlín, bajo la batuta de sir Simon Rattle, una experiencia
que parecía ir ejemplificando, en cada uno de esos milagrosos
segundos de levitación espiritual que puede producir una creación
musical ejecutada con tan suprema sabiduría y eficacia, todas
las ideas enjundiosas de aquel texto. Y a mí también me
embargó la misma melancolía que lo impregna, al pensar
que, acaso por primera vez en su larga historia, la civilización
occidental podría entrar, esta vez sí, en una agonía
final, desagregada y pulverizada por su propio escepticismo y por su
abulia, dejándose elegantemente derrotar por las bandas de fanáticos
desencadenados contra ella en nombre de sus delirantes utopías
sanguinarias, con la irónica sonrisa en la boca de aquellos príncipes
alemanes que, según el historiador E.J. Hobsbawm, creían,
sin advertir que estaban dando sus últimas boqueadas, que la
peor de las calamidades sociales era el entusiasmo.
© Mario Vargas Llosa, 2004.
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