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LA
COLUMNA

Estado
rico pobre estado
Es lamentable e inhumano que mientras los
tratados de libre comercio abren las fronteras para el capital, se sigan
cerrando para los seres humanos, a nosotros que venimos a vender nuestra
fuerza laboral. Las palabras son del campesino mexicano Lucas
Benítez, que llegó indocumentado a Estados Unidos en 1992.
Un paria. Un frijolero. Un hombre, de 29 años, que lidera la
Coalición de Trabajadores de Immokalee del norte de Florida.
Benítez y los guatemaltecos Julia Gabriel y Romeo Ramírez
ganaron el premio Robert F. Kennedy de derechos humanos el 20 de noviembre
pasado por defender a miles de trabajadores sin papeles que son el núcleo
del desarrollo agrícola de Florida.
El testimonio de estos tres latinoamericanos, espalda mojadas, ilegales,
puede iniciar las páginas de un libro que nos lleve a uno de
los miles de dramas que han marcado la historia de los hispanos en el
suelo del sueño americano; pero, al margen de ellos,
el mundo está cambiando radicalmente y la brecha entre estados
pobres y estados ricos cada día nos llega al plato (durante la
hora del almuerzo) o a través de la pantalla del televisor durante
las noticias de la noche. No solo es el efecto posterior al 11 de septiembre
de 2001.
No. La pobreza, ese mal endémico, incómodo, que echa al
traste los sueños de los empresarios y gobiernos que duermen
pensando en autopistas y mercados evolucionados hacia la inversión
sin fronteras, hace que despierten aturdidos como cuando -al otro lado
del parabrisas- hay unas caritas de huelepegas y crackeros limpiando
con un paño sucio.
¿Por qué la gente, al ser interrogada para una encuesta,
sigue pensando en partir de El Salvador? La crisis, se dice;
pero ¿cuál crisis? En diciembre, el consumo aturdió
los centros comerciales y todavía no hay fin de semana donde
la bohemia se apodere de la noche. ¿Es un efecto burbuja? ¿El
fruto de los dólares con sangre?
Pero el mundo cambia; se cierra.
Por ejemplo, España puso en vigor una reforma a la Ley de Extranjería
que obliga a las aerolíneas a informar sobre los pasajeros que
viajan allá y después no utilizan el boleto de retorno.
El objetivo es evitar que quienes entran como turistas decidan quedarse
irregularmente en la península.
Nadie quiere a los pobres; generan problemas, recargas los servicios
de salud, quieren trabajo y para rematar siempre tienen hambre. Los
países en desarrollo, aunque sean los mejores artesanos del mundo,
siempre estarán de más; a menos que vuelvan a las bases
y construyan una sociedad basada en el trabajo, la cultura y el conocimiento,
y dejen -de una vez por todas- de depender del trabajo del hermano que
cruzó la frontera.
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