25 de enero de 2004


LA COLUMNA

Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Estado rico pobre estado

“Es lamentable e inhumano que mientras los tratados de libre comercio abren las fronteras para el capital, se sigan cerrando para los seres humanos, a nosotros que venimos a vender nuestra fuerza laboral”. Las palabras son del campesino mexicano Lucas Benítez, que llegó indocumentado a Estados Unidos en 1992. Un paria. Un frijolero. Un hombre, de 29 años, que lidera la Coalición de Trabajadores de Immokalee del norte de Florida.

Benítez y los guatemaltecos Julia Gabriel y Romeo Ramírez ganaron el premio Robert F. Kennedy de derechos humanos el 20 de noviembre pasado por defender a miles de trabajadores sin papeles que son el núcleo del desarrollo agrícola de Florida.

El testimonio de estos tres latinoamericanos, espalda mojadas, ilegales, puede iniciar las páginas de un libro que nos lleve a uno de los miles de dramas que han marcado la historia de los hispanos en el suelo del “sueño americano”; pero, al margen de ellos, el mundo está cambiando radicalmente y la brecha entre estados pobres y estados ricos cada día nos llega al plato (durante la hora del almuerzo) o a través de la pantalla del televisor durante las noticias de la noche. No solo es el efecto posterior al 11 de septiembre de 2001.

No. La pobreza, ese mal endémico, incómodo, que echa al traste los sueños de los empresarios y gobiernos que duermen pensando en autopistas y mercados evolucionados hacia la inversión sin fronteras, hace que despierten aturdidos como cuando -al otro lado del parabrisas- hay unas caritas de huelepegas y crackeros limpiando con un paño sucio.

¿Por qué la gente, al ser interrogada para una encuesta, sigue pensando en partir de El Salvador? “La crisis”, se dice; pero ¿cuál crisis? En diciembre, el consumo aturdió los centros comerciales y todavía no hay fin de semana donde la bohemia se apodere de la noche. ¿Es un efecto burbuja? ¿El fruto de los dólares con sangre?

Pero el mundo cambia; se cierra.

Por ejemplo, España puso en vigor una reforma a la Ley de Extranjería que obliga a las aerolíneas a informar sobre los pasajeros que viajan allá y después no utilizan el boleto de retorno. El objetivo es evitar que quienes entran como turistas decidan quedarse irregularmente en la península.

Nadie quiere a los pobres; generan problemas, recargas los servicios de salud, quieren trabajo y para rematar siempre tienen hambre. Los países en desarrollo, aunque sean los mejores artesanos del mundo, siempre estarán de más; a menos que vuelvan a las bases y construyan una sociedad basada en el trabajo, la cultura y el conocimiento, y dejen -de una vez por todas- de depender del trabajo del hermano que cruzó la frontera.


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