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PIEDRA
DE TOQUE
El
futuro incierto de América Latina
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En un solo tema se puede asegurar enfáticamente
que América Latina está ahora mucho mejor que hace veinticinco
años: hay menos dictaduras y, con la excepción de Colombia,
las guerras civiles han cesado y una convivencia, a menudo tensa y precaria,
ha reemplazado a las antiguas matanzas.
Pero, salvo Chile, en ninguno de los países latinoamericanos
se advierte un desarrollo real, ni en términos macroeconómicos
ni mucho menos en cuanto a disminución de la pobreza en que se
hallan sumidas las grandes mayorías o a un aumento de las oportunidades
que se ofrecen a los latinoamericanos de los estratos más bajos
para romper la camisa de fuerza que los mantiene confinados en el subdesarrollo.
Es verdad que, excluyendo la interminable dictadura cubana de Fidel
Castro y la muy deteriorada democracia venezolana de Hugo Chávez,
en el resto de América Latina se celebran elecciones, hay parlamentos
más o menos representativos, se respeta la libertad de prensa
y se puede decir que existen Estados de Derecho.
Pero lo cierto es que el sostén social de esas imprescindibles
instituciones es lánguido y declinante, y que cada vez hay síntomas
más inquietantes de una desafección, que, como se vio
en la Bolivia donde las masas defenestraron al presidente Sánchez
de Losada, en cualquier momento puede convertirse en hostilidad a un
sistema al que cada vez más gente considera menos apto para resolver
las demandas urgentes de la ciudadanía: trabajo, seguridad, educación,
salud, y oportunidades para progresar.
Esta descalificación del sistema democrático es lamentable
pero no gratuita, pues en todos estos asuntos, siempre con la excepción
de Chile, todos los países latinoamericanos están ahora
peor que hace un cuarto de siglo, aunque las manipuladas estadísticas
de los gobiernos y de las organizaciones internacionales pretendan a
veces lo contrario.
Desde luego, la democracia no tiene la culpa de que gobernantes ineptos,
corruptos, demagogos o cobardes desaprovechen las inmensas posibilidades
que el mundo de hoy ofrece a los países en vías de desarrollo
para progresar, como lo han hecho ese puñado de países
asiáticos Taiwan, Corea del Sur, Singapur, India, entre
otros que en las últimas cinco décadas han dado
unos saltos de gigante en la modernización de sus economías
y en su integración al mundo, creando de este modo millones de
puestos de trabajo, atrayendo inversiones masivas, permitiendo el rápido
crecimiento de esa clase media que es el factor básico de la
estabilización y el funcionamiento de las instituciones.
Pero, a diferencia de lo que ocurrió en el Asia, en América
Latina el establecimiento de regímenes democráticos no
trajo consigo una drástica reforma del Estado que lo purgara
de lo que ha pasado a ser, luego del final de las guerras y del terrorismo,
la principal fuente de la inoperancia de la democracia: la corrupción.
De un extremo a otro del continente, ésta se extiende como un
fango pútrido en el que quedan paralizados, ensuciados o asfixiados
todos los empeños modernizadores y es la razón principal
para el desaliento y la frustración que impulsa cada año
a miles de latinoamericanos a emigrar a Estados Unidos, a Europa, al
Asia y a Oceanía.
Uno de los efectos más nefastos de la corrupción ha sido
el de desnaturalizar medidas como la privatización del sector
público, indispensables para el despegue de un país, que
ahora encuentra por doquier una resistencia popular creciente. No es
de extrañar: en países como en la Argentina, bajo el Gobierno
de Carlos Menen, y en el Perú bajo la dictadura de Fujimori,
las privatizaciones, en vez de servir para abrir mercados, estimular
la competencia, bajar los precios y mejorar los servicios, fueron operaciones
concebidas para privilegiar a determinados grupos particulares y para
encubrir cuantiosos latrocinios que desviaron cientos de millones de
dólares hacia los paraísos fiscales.
el narcotráfico se beneficia
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La democracia no tiene
la culpa de que gobernantes ineptos, corruptos o cobardes desaprovechen
las posibilidades
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El gran despegue económico
de Chile ha tenido lugar después y no
antes de la democratización
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El desprestigio que estos saqueos de los recursos públicos
han impuesto a la idea de la privatización se extiende por todo
el continente y sirve de combustible al renaciente populismo que lleva
a muchos gobiernos latinoamericanos a descartar de plano la sola idea
de transferir al sector privado unas empresas públicas que son
casi siempre gigantescas, ineficientes, impulcras y, por lo mismo, un
pesado lastre para el crecimiento de un país.
Las industrias ilegales, en cambio, como el narcotráfico, han
aprovechado en algunos casos mucho mejor que los gobiernos la globalización
y las nuevas tecnologías para descentralizar sus operaciones
y encubrirse tras fachadas legales, de tal manera que en la mayor parte
de los países de América Latina operan con una movilidad
y eficacia que les garantizan casi total impunidad.
En países como Colombia y México pero desde luego
que no son los únicos la producción y comercialización
de la droga da de comer a tanta gente, asegura la existencia de tantos
negocios y empleos honorables y es el sustento de tantos profesionales,
funcionarios y políticos que no es exagerado decir que el narcotráfico
se halla poco menos que consubstanciado con la sociedad y que la idea
de acabar con él ha pasado a ser, en un futuro más o menos
previsible, una quimera.
Un país no puede modernizarse y progresar si sus ciudadanos viven
en la inseguridad, con la perpetua sospecha de que en cualquier momento
pueden ser atracados, secuestrados, estafados, y de que los policías
y los jueces no sólo son, en la mayoría de los casos,
incapaces de defenderlos, sino, muy a menudo, cómplices de quienes
los atropellan y violentan porque éstos pueden sobornarlos o
intimidarlos.
Esa sensación de impotencia y fatalismo niebla la visión
del futuro, debilita el entusiasmo y propaga en los sectores sociales
más desvalidos e indefensos una especie de anomia vital. Y ése
es, por desgracia, un estado muy generalizado en América Latina
entre millones de gentes que sienten cerradas todas las puertas del
futuro y del que escapan, a veces, en estallidos de violencia.
¿Cambiarán las cosas en un futuro próximo? Quisiera
equivocarme pero no soy muy optimista, en verdad, pese a que hay, en
algunos puntos de América Latina, como Centroamérica,
realidades muy positivas: es la primera vez en su historia que los cinco
países de la región están pacificados, colaboran
entre sí y sus economías crecen.
Pero ni siquiera en América Central, donde las cosas han mejorado
visiblemente en relación con el pasado reciente, las economías
crecen al ritmo que permitiría crear puestos de trabajo y abrir
oportunidades que trastocaran la terrible tendencia de que, con la sola
excepción chilena, es presa todo el continente: la de que cada
día hay más pobres y de que, en vez de reducirse, aumentan
las diferencias entre los que tienen mucho y los que tienen poco o nada.
América Latina tendría que crecer como lo están
haciendo China y la India a lo largo de muchos años para que
aquella tendencia revertiera, y nadie que no sea ciego o loco puede
augurar semejante cambio radical en un futuro próximo.
a evitar el derrumbe
A juzgar por lo que ocurre en la actualidad, lo que cabe esperar y
trabajar porque ello sea así es que las imperfectas e incompetentes
democracias que tenemos no se desplomen, porque sin ellas todo empeoraría
y habría más corrupción y más violencia.
Pero no es seguro que ellas vayan a sobrevivir de manera indefinida,
a menos que cambien de rumbo.
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Una inquietante perspectiva es que el mal ejemplo del
comandante Chávez el militar felón que, luego de
insubordinarse contra el Gobierno democrático de su país
fuera legitimado en las urnas por una sociedad obnubilada cunda
y los caudillos uniformados, ahora en desuso, vuelvan a levantar cabeza
y restablezcan el golpismo de siniestra memoria.
Otra, que caudillos populistas como el boliviano Evo Morales arrastren
tras de sí un movimiento callejero que dé el puntillazo
final a los vacilantes gobiernos democráticos. En todo caso,
aquello, si ocurre, no ocurrirá en todos los países ni
de la misma manera. En los que las cosas andan menos mal, la democracia
sin duda continuará su mediocre y difícil existencia,
con breves respiros que en la mayor parte de los casos vendrán
determinados no por méritos propios sino por circunstancias exteriores
favorables, como el aumento en los mercados internacionales de los precios
de ciertas materias primas.
El único país que en América Latina parece haber
salido de este círculo de fuego es Chile, un caso del que se
habla poco, porque mencionarlo les parece a algunos que es como justificar
la dictadura de Pinochet. Eso es absurdo. Es cierto que algunas de las
reformas económicas importantes que han beneficiado a Chile se
hicieron cuando el país vivía bajo la bota militar de
ese general, que, como ahora se ha comprobado de manera inequívoca,
era tan corrupto en lo personal como todos sus congéneres, los
espadones del continente.
Pero lo cierto es que el gran despegue económico de Chile ha
tenido lugar después y no antes de la democratización
del país y gracias a un consenso sostenido del que participan
hasta ahora todas las fuerzas políticas, en favor de un modelo
económico liberal que todas ellas siguen defendiendo a pesar
de las grandes rivalidades y diferencias que las oponen. Es este consenso
el que ha dado al país austral el formidable dinamismo que le
ha permitido quemar etapas y progresar al ritmo de los países
asiáticos.
Ese progreso ha beneficiado a todos los sectores sociales, y ha hecho
retroceder la marginalidad y la extrema pobreza de una manera que no
tiene precedentes en América Latina. Pese a ello, el caso chileno
no sirve de modelo a nadie en América Latina pues no hay un solo
gobierno que tenga la entereza moral y política de imitarlo.
El único que lo ha intentado, el de Uribe en Colombia, ve sus
esfuerzos frenados por el desgaste de una guerra difícil, en
la que un Estado pobre, débil y corroído se ve enfrentado
a unas guerrillas financiadas por el todopoderoso narcotráfico
y las no menos prósperas industrias del secuestro y el crimen.
Todo parece señalar que en los próximos veinticinco años
América Latina seguirá siendo el continente del
futuro.
© Mario Vargas Llosa, 2004.
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