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TESTIGO DE SU TIEMPO
Álvaro López es uno de los mejores porque
siempre hace lo mismo: busca empinados atajos para encontrar los grandes
temas periodísticos.
Entiendo, y me gusta comprender, a gente como él, porque odian
hacer más de lo mismo en un oficio que dura más de 400
años y donde algunos podrían pensar, equivocadamente,
que ya todo está hecho. Álvaro no piensa así.
Por eso es que, muchas veces, se mueve como fantasma por la redacción
de EL DIARIO DE HOY y por la realidad de su país, hasta que encuentra
algo que siempre le hace diferente. Ése es su estilo y lo será
siempre.
Al fin y al cabo, así caminan algunos de los que acaban moviéndole
las hormonas a esto que llamamos periodismo.
Álvaro López nos enseña hoy una nueva muestra de
su extraordinaria obra fotográfica.Todo comenzó, hace
algún tiempo, cuando decidió infiltrarse en una pandilla
juvenil en la que muchos de sus miembros decidieron seguir un régimen
de readaptación, apoyados por quienes, verdaderamente, desean
ayudarles.
Durante semanas convivió con ellos. Aprendió
sus secretos. Sus códigos de honor. Su sicología social.
Sólo él sabrá si, por momentos, trabajó
más como lo hace un antropólogo que como fotoperiodista.
Es probable que mezclara los dos métodos.
También aprendió a comprender cómo se mueve cada
uno de los miembros de esa mara en un submundo en el que ningún
joven debería colocar sus adicciones personales si, al final
del camino, quiere salvar, al menos, su pellejo.
Poco a poco, con su sonrisa seráfica, Álvaro
se convirtió en testigo de su tiempo.
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| Cheros.
Aunque no pertenecen a las pandillas, muchos simpatizan con los
mareros. Más vale un amigo... |
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| Zona
controlada. En muchas comunidades, las grafitos son tan comunes
como la pelota con la que juegan en esos espacios reducidos. A falta
de una cancha, dos rieles. |
También fraguó parte de su mejor talento
en fotografías blanco y negro, los tonos que más se ajustan
a las historias humanas como las que hoy nos presenta.
Su permanencia y ligazón con miembros
de la Mara 18 puso, por momentos, en vilo la seguridad personal de Álvaro.
Los mismos muchachos le advirtieron, un buen día,
que se largara un tiempo, porque otra pandilla juvenil lo tenía
“vigiado” y le podía matar.
Entonces, se fue. Luego volvió. Y regresó, porque si se
hubiera marchado, definitivamente, su obra habría quedado inconclusa.
Quería llegar a la plenitud de acción
sin una caída, sin un desmayo.
A Indro Montanelli, ese extraordinario periodista
italiano que murió, hace poco tiempo, le preguntaron, en una
ocasión, la fórmula que siguió hasta convertirse
en uno de los mejores que ha conocido el mundo. “Yo no he decidido
nada, respondió.
El periodismo decidió por mí”.
Cuando observemos las pardas y blancuzcas fotografías de Álvaro,
podemos entender qué es lo que hace el periodismo por gente como
él, que sabe, y siempre sabrá, cómo puede ser diferente
en esto que amamos.
Lafitte
Fernández
Gerente de Redacción
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| El
último adiós. Las bajas se cuentan a menudo. Ante
el sepulcro, el pacto de la lealtad se renueva con el de la venganza. |
Aquel ataúd café que lleva adentro el
cuerpo de Antonio, lo deslizan, suavemente, hacia el fondo de la fosa.
Leonel, su amigo, mira aquello con sus ojos llenos de lágrimas.
Está impactado con la muerte de Antonio. Sus
manos le tiemblan. Prefiere meterlas en el bolsillo y apretarlas, ahí
adentro, con dureza.
Junto a Leonel está su hermana. Ella lo mira tan frágil
y desamparado, que lo abraza. Ambos se estrechan, mientras el ataúd
llega a su destino final en el que la vida parece ser sólo de
tres, cuatro o cinco días.
La mujer no pierde la oportunidad de susurrarle al oído a su
hermano, con su voz entrecortada: “cuidate, ya ves lo que ha pasado.Cuidate”.
Las palabras las repite una y otra vez. No quiere llevar a Leonel hasta
el panteón y, por eso, la advertencia es recurrente.
Con tierra despiden a Antonio. Muchos lloran. Otros cantan, con resignación,
“el pescador de hombres”. Hay quienes se esconden detrás
de los nichos: prefieren no mirar aquello.
Yo estoy ahí, con mi cámara en las manos. La vida me ha
convertido en testigo de excepción.
El periodismo también.
De pronto, unas manos temblorosas y tatuadas recogen un poco de tierra.
La dejan caer, suavemente. Otros tres hombres palean con fuerza. No
sé si lo hacen por la furia que les provocó la muerte
de Antonio o porque quieren salir de aquello, lo más rápido
posible.
Unos jóvenes de “vestir tumbado”
y con tatujajes en sus cuerpos, se apartan de los demás. Luego
se sientan en un nicho.
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| Iniciados.
Más de allá de lo que algunos piensan, muchos jóvenes
ingresan a diario a esta pandilla. El rito de iniciación,
al que le llaman “brincarse”, incluye una paliza que
dura 18 segundos. Luego de este proceso, se le considera un hermano,
un “homeboy”, que jura lealtad hasta que la muerte
lo sorprenda. |
“Lo acababa de ver en la cantina y le dije que
no se quedara ahí porque sería un regalo para los mierdosos”,
recrimina alguien.
Otro comenta, en voz baja:“ No hacía caso. Por andar tomando
se descuidó”.
“Yo ví el carro en que iban los que le dispararon. Era
blanco. Les rifé el barrio y les dije: Tu madre". Creo que
algo presentí”.
Antonio murió el 9 de octubre pasado. Tres balazos
disparados por presuntos miembros de la pandilla Salvatrucha, acabaron
con él.
Este es el cuarto pandillero asesinado de la mara 18, que entierran
en el cementerio municipal de la zona Norte de San Salvador.
El velorio de Antonio estuvo rodeado de tensiones. Soldados y policías
están a escasos diez metros del sótano de un mercado municipal.
Ahí se improvisó la funeraria. No había dinero.
Cada vez que alguien intenta acercarse al velorio, las autoridades gritan:"alto".
A cualquiera que sea- aun los familiares- los registran minuciosamente.
Los prolongados silencios únicamente los rompe el “Yo Pecador”
que una anciana decide pronunciar. Nadie de los miembros de la pandilla
quiere que le apresen, por el plan Mano Dura. Quieren tregua para despedir
a un “homeboy”.
Al amanecer
Es la mañana siguiente. La policía no abandona los alrededores.
Están cerca de la iglesia donde se oficiará una misa para
el difunto.
Después parte el funeral. Algunos prefieren
largarse. Dos de los pandilleros que se quedan acompañando el
féretro son detenidos. “Abran las piernas”, “papeles
en mano”, les ordenan con voz fuerte.
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| “El
súper”. “La mota” es compartida entre
pandilleros y otros, como esta mujer, que no pertenecen a la 18.
Más allá del estereotipo, algunos no consumen alcohol
ni fuman. |
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“La
haina”. Cuando la compañera cumple años, se
le celebra con una “malteada” y mucho afecto. |
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“el
meeting”. En la obligada reunión, la organización
aborda temas que les afectan, como el Plan Mano Dura y la situación
de los compañeros que están presos. |
Las piernas del “grandulón” tiemblan
como si tuviese una de esas fiebres, que les mandan a la cama. Está
bañado en sudor.
Suda más que cuando lo vi jugando un partido de fútbol.
“Somos los que estamos en rehabilitación en la casa de
la cultura”, dice al policía, mientras el ataúd
sigue su marcha hacia el cementerio. La autoridad ignora las advertencias.
El policía está interesado en saber si a los dos pandilleros
que tiene en frente, los requieren las autoridades judiciales. Habla
por un radio de comunicación en espera de alguna señal
para detenerlos.
Pasan 20 minutos. “El grandulón”
no deja de sudar. Tampoco de temblar. Su compañero insiste: “estamos
en rehabilitación”, dice una y otra vez.
Poco después, ambos están libres. Alguien les dice “perros”.
Los dos se marchan sin mirar atrás. Pasa el tiempo. El funeral
acaba. Alguien convoca a un “meeting” (reunión) a
todos los miembros de la clica. El encuentro será el domingo
siguiente.
Unos y otros comienzan a llegar al lugar acordado. Mientras
comienza la reunión, algunos discuten los alcances del Plan de
Mano Dura. Otros prefieren fumar marihuana.
Empieza el “meeting”. Se separan en grupos para no crear
sospechas. Esa es la orden de uno de los “homeboy”, que
dirige aquel encuentro.
Estoy ahí, entre ellos. No sé qué hacer. Después
hacen una señal y me incorporan al encuentro, celebrado en una
quebrada. En la misma donde los conocí, mientras se bañaban
en unos pozos de agua natural.
Comienzan las discusiones. Me piden que me quede a unos cuatro metros.
Apenas puedo escuchar lo que dicen. Creo que discuten mi presencia,
hasta que alguien me dice: “ venite, vos, que sos de la familia”.
Una vez junto a ellos, conozco los temas de agenda: la inasistencia
de algunos “homeboys” a las reuniones.
Los cortes de pelo que no van de acuerdo con el estilo de la clica.
Quienes tienen más experiencia, aconsejan a sus compañeros
estar más atentos.
La muerte de Antonio es un ejemplo de descuido.
También hablan de los “homeboys” presos en Chalatenango.
Discuten las clases de albañilería y serigrafía
que les dan en la Casa de la Cultura.
Uno de ellos tiene una idea: cobrar un dólar por cada “meeting”
para ayudar a los detenidos. La propuesta es aceptada.
La gorra de uno de los muchachos sirve de recipiente para recolectar
la ayuda. Así se cierra la reunión. Después, se
retiran con la misma cautela. Esa es la orden final.
Las clases
Diez de la noche de un día de enero de 2004. Pocas personas deambulan
por la calle principal del municipio.
Los “homeboy” asisten a un mitin de Schafik Handal, en ese
momento candidato presidencial. Creen que deben apoyarlo porque no les
aplicaría el Mano Dura.
Trato de encontrar respuestas a la decisión de cada uno de ellos,
para incorporarse a una clica. Casi todos me dicen que así restituyen
el cariño que no obtienen en la familia.
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| Secuelas.
Los “homeboys” no sólo exhiben sus tatuajes,
sino también las cicatrices de heridas recibidas. En esta
guerra la huida es frecuente. |
Cuando acaba el mitin, alguien propone una reunión
de emergencia para ajustar cuentas con el Chino. Dicen que no asiste
a las clases de serigrafía y albañilería que les
dan en la Casa de la Cultura, lo que significa para ellos, un camino
de rehabilitación.
“A este descontémosle”, dice alguien. Eso significa
que le darán entre 18 y 36 segundos de paliza por violar las
reglas impuestas. Otros le ofrecen el beneficio de la duda. “Habría
que escuchar porqué no asiste”, asegura como si fuese un
buen juzgador.
De pronto, aparece el Chino. Está afligido. Escucha
lo que se habla de él. Cruza los brazos y los aprieta con fuerza.
Oculta su verdadero miedo con una sonrisa nerviosa.
Yo lo miro desde lejos. La sentencia de la clica es clara: si no tiene
excusas, debe soportar 36 segundos de patadas.
El Chino se defiende. Dice que el problema es su trabajo. Pero no le
creen. Por el contrario, lo acusan de vagabundear por el mercado municipal.
“Ya no hablemos. Procedamos”, dice un joven con mucha autoridad.
Y cuando se disponen a aplicar la paliza, otro recuerda que el Chino
lleva consigo una carta que consigna que está en rehabilitación.
Se la arrebatan y la queman con un encendedor.
La paliza
Son cuatro los que le propinan la paliza al Chino, un delgaducho hombre
que no tiene ni cuerpo ni cara para aguantar semejante embestida.
Al frente suyo tiene a cuatro fornidos hombres que comienzan, sin nunguna
misericordia, la cadena de patadas. Me cuesta creerlo. Mi boca se seca.
Estoy ansioso y me cuesta asimilar lo que veo.
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| Superación.
Además de la defensa del territorio y de otros menesteres
de la 18, los “homeboys ” deben aplicarse para aprender
un oficio que les dignifique. |
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| Por
renuente. Quienes no asisten a los cursos de superación son
castigados severamente. Con los golpes viene “el descuento”. |
Al Chino lo patean. Aquello no es un juego. El Chino
alza sus brazos y, simplemente, dice: “delen”.
Los primeros dos puntapiés lo mandan al suelo. El Chino se queja.
Trata de ahogar el dolor y de enrollar su cuerpo. Más bien, se
coloca en posición fetal, quizá como una reacción
sicológica primaria.
Las patadas siguen. Cuento los segundos. No sé
cuántos van, pero el Chino deja de hablar. Tampoco se queja,
a pesar de la violencia que resiste su delgado cuerpo.“Le cayó
leña gruesa”, dice alguien. Yo intento soportar aquello.
Es difícil.
Cruel
De pronto, alguien grita: “¡tiempo!”. El Chino sigue
tendido en el suelo, con el rostro inflamado. De su nariz sale sangre.
Sus pómulos están saltados. También le patearon
la cara.
Después, viene el silencio. Nadie habla. Unos caminan alrededor
del Chino. Esperan que se levante. Murmuran: “Se lo merece por
rebelde”.
Como el Chino no reacciona, intentan levantarlo. Pero
no puede dar ni un paso. Sus piernas se arrastran por el suelo. Ahora
sé cuánto daño se puede hacer en pocos segundos.
De nada sirve el agua que le tiran en la cara. “Vámonos,
que se queden dos con él”, decide uno de la clica. Hay
quienes temen que el Chino muera por la golpiza.
Otros justifican la decisión: “ese señor no hace
caso. Siempre pasa sentado en la plaza y ahí es un regalo para
los mierdas. Siempre se descuida. Pero, el Chino sobrevive.
Eso sí, dos meses más tarde, dos sujetos
rivales lo balean desde una motocicleta. Pero el Chino también
soporta aquello. Dicen que es duro de matar.
Pronto, este incidente quedó atrás. No
muy lejos, Noé, impulsor de un proyecto de reinserción,
también cumple su ritual diario.
En el pik up de la alcaldía lleva a los pandilleros para que
asistan a las clases que les dan en la Casa de la Cultura.
El maestro de serigrafía, un hombre de unos 50 años, con
una cola en su cabello, me recuerda al cantante Luis López. Tiene
cara de pocos amigos.
Quizá es así para tratar con los pandilleros.
“Ahora vamos a hacer números”, les dice. A cada uno
de los muchachos les reparte una cartulina para que empiecen a dibujar
los números.
Después, deben trasladarlos a una manta.
“Profe, mire cómo voy. Está bien esto que estoy
pintando?”, pregunta un alumno. “Ya les he dicho que corten
y lo pinten”, responde el hombre con enojo.
Ante eso todos se miran. “Tenga forma de tratar a la gente”,
se atreve a reclamar alguien. Otro prefiere advertir: “No lo topo
porque es de la Casa de la Cultura, pero me quedaré sin paciencia”.
El profesor agacha la cabeza ante la amenaza, aunque luego se enoja
cuando se entera que los “homeboys” únicamente dibujaron
el número ocho. El profe reniega. Minutos después pide
disculpas. “Dame la mano, disculpame”, dice.
La reconciliación, sin embargo, no tiene mucho
éxito. La mayoría de miembros de la clica no tiene más
de tres años de estudio.
Algunos dicen que no continuaron en las aulas porque se quedaron solos
desde niños. A pesar
de todo eso, quieren perseverar para graduarse de seragrafistas, en
poco tiempo.
De los 20 que comenzaron con el proyecto de la Casa de la Cultura, algunos
trabajan en el tren de aseo del municipio. Otros, en trabajos de construcción
o en talleres de mecánica.
Mano Dura
Son las dos de la mañana. Un grupo de policías equipados
con armas de grueso calibre camina, rápidamente, por la línea
del tren. Los perros ladran. Presienten peligro.
La PNC realiza un operativo para allanar la casa de “bad boy”.
La casa no es más que una champa de tres metros
cuadrados, construida por los pandilleros con latas viejas y cartón.
El pandillero vive solo. No tiene familia.
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| Los
tatuajes. Este proceso es uno de los rituales más respetados. |
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La
marca. El número 18
no sólo les da sentido de pertenencia, sino también
de poder y respeto entre sus compañeros. |
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¡Gooool!.
Las estrellas del fútbol celebran con besos en un anillo
o un baile. Los “homeboys”,
cada vez que meten un gol, festejan con la seña que identifica
a su mara. |
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El
albañil. Pocos logran un trabajo estable, mientras los
demás se quejan por la falta de oportunidades. |
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Controles.
Soldados y policías recorren el barrio de los pandillero |
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La
huida. Los militares persiguieron durante 45 minutos a este “homeboy”. |
“Abran la puerta”, ordena la policía.
El chasquido de los fusiles perturbó el sueño del “bad
boy” y de otros tres pandilleros que tiene como huéspedes.
Las autoridades desamarran el pedazo de lazo que asegura la puerta,
y los buscados salen con las manos arriba. Inmediatamente, los tiran
al suelo, los esposan y se los llevan a la delegación policial.
Al día siguiente, empleados de la oficina de prensa de la PNC
convocan a los periodistas a la presentación de tres pandilleros,
acusados de homicidiuo y otros delitos.
Los comunicadores llegan puntuales a la cita. La policía presenta
a los detenidos y dice que tiene pruebas de la comisión de los
delitos. Un periodista pregunta: “¿Tienen algo que decir?,
¿Se consideran inocentes?”.
Uno de ellos responde que no sabe por qué está ahí.
Lo único que aceptan es pertenecer a la mara 18.
Al siguiente día, los salvadoreños que
leen los periódicos, o ven los noticiarios de televisión,
recibieron la noticia del arresto de tres pandilleros más, que
forman parte de las 13 mil 295 capturas realizadas desde la aplicación
del Plan Mano Dura, que se inició el 23 de julio de 2003.
De los capturados, 160 son acusados de homicidio agravado y homicidio
simple; 94 están por homicidio en grado de tentativa.
Luego del “efectivo operativo”, cuatro días después,
me encontré a los mismos pandilleros en el lugar donde se reúnen
siempre, comentando lo sucedido: “Viste que no debíamos
nada”, “los perros sólo quieren publicidad”,
criticaron.
Para evitar que los atrapen otra vez, algunos
pandilleros prefieren no salir de sus casas durante el día.
Las historias de encierro son muchas. Cuentan que otro pandillero tiene
el cuerpo tapizado de tatuajes, por lo que pasa todo el día encerrado.
“Cuando el ‘homeboy’ tiene ganas de salir, viaja en
el baúl de un taxi, para evitar ser arrestado”, comentan.
Ese ritmo de vida es similar al que lleva “El Talaje”. Cuando
no tiene trabajo que hacer, pasa todo el día frente al televisor
jugando con un Nintendo.
Sólo hace una pausa para fumarse un puro de marihuana o para
ayudar a barrer o trapear la casa. Como animal nocturno, espera la oscuridad
para encontrarse con su novia o sus amigos.
Los que no están marcados, dedican parte del
día a tatuarse. La máquina para realizarlos, hecha por
el “Shadow”, es sencilla: no es más que un artefacto
que une un lapicero vacío, cuerdas de guitarra y el motor de
una casetera de automóvil.
Con ese aparato dibuja el barrio (número 18) en el pectoral del
“Pelón”. La cara de éste no muestra ni una
mueca de dolor, pero sus ojos están fijos.
Los demás permanecen como espectadores del “artista”
de la clica, que luego de cada pinchón limpia con un paño
húmedo la sangre y la tinta, que emanan de la piel de su compañero.
“Después me hacés el barrio en los labios”,
“a mí repintámelo, porque se me ha arruinado”,
le piden sus colegas.
El “Shadow” es el más callado del grupo. Cuenta que
aprendió a tatuar durante sus días de encierro en una
penitenciaría del país.
Ahí mismo perfeccionó la técnica,
considerada un arte para algunos y para otros un sello de delincuentes.
Para los miembros de la clica, pintarse el 18 es uno de los ritos más
solemnes. Una vez impreso en su cuerpo, les acompañará
hasta la muerte.
Pero esas marcas pueden volverse en una señal de muerte. Así
es difícil pasar inadvertido frente a los policías y ante
los pandilleros rivales.
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| El
final. El pandillero terminó en esta barranca, cuando ya
no pudo más. |
La “Kitty” lo sabe perfectamente, ella ingresó
a la pandilla cuando tenía 16 años. Ahora, a los 26, es
madre de dos hijos, una niña de dos años y un bebé
de dos meses.
Sus intentos por llevar una vida normal son sólo
eso, intentos. Sus marcas en la cara no le permiten disfrutar a plenitud
la alegría de ser madre.
Cuenta que ingresó a la clica porque le gustó
como “vacilaba la mara”. Con el tiempo y como consecuencia
de su “vida loca”, permitió que su piel fuera usada
como lienzo para que otros dibujaran letras y números que opacan
la belleza del verde de sus ojos.
Ella pasa todo el tiempo metida en su pequeña casa, que no es
más que una champa. Allí, La “Kitty” oculta
el miedo porque sabe que en la calle está expuesta a que atenten
contra su vida o que sea apresada.
Hace menos de un año, los enemigos la atacaron
a balazos, cuando estaba con su compañero, quien trabaja como
ayudante de albañilería, a pesar de estar enlistado en
la pandilla.
De milagro quedaron vivos, aunque ella quedó lisiada de una pierna.
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| Acusado.
En el puesto de la policía, las penas se sobrellevan con
un pedazo de caña. |
“A mí me da miedo que me maten”,
comenta, mientras abraza a su bebé de dos meses de nacido, a
quien le dice suavemente: “ya te voy a cambiar, porque va a venir
tu papá de trabajar”.
Al rato, la puerta de la champa se abre, llega su compañero de
vida con claras muestras que el día fue duro.
Su camisa aún está empapada de
sudor. Me saluda con un “qué ondas”.
Se sienta en la cama, sonríe, sostiene el niño en sus
brazos y le persigna con los dedos aún húmedos.
Muchos de los miembros de la clica que conocí durante todo este
tiempo fueron capturados, salían libres y volvían a caer
presos nuevamente.
A muchos no les he vuelto a ver, porque aún están en prisión.
Desde la aplicación del Plan Mano Dura, la policía ha
capturado a 13 mil 295 pandilleros. El 25.5 por ciento es reincidente.
Sin embargo, sólo 665 guardan prisión a la espera de que
transcurra su juicio.
El debate entre la policía y el Órgano
Judicial se ha mantenido desde la entrada en vigencia de la ley. Los
aplicadores aducen que la ley es inconstitucional.
La discusión aún no acaba. Mientras tanto, la solución
al problema de las pandillas aún está pendiente.
La vida en la 18 transcurre...
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Algunas
pandilleras, no activas, dedican sus días a cuidar a sus
retoños.
Otros mareros prefieren el encierro en sus casas a la cárcel.
Sobrellevan la soledad con sus familiares. |
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