23 de mayo de 2004


TESTIGO DE SU TIEMPO

Fotohistoria/ Álvaro López
Diseño de entrega/ Juan Duran

vertice@elsalvador.com


Álvaro López es uno de los mejores porque siempre hace lo mismo: busca empinados atajos para encontrar los grandes temas periodísticos.

Entiendo, y me gusta comprender, a gente como él, porque odian hacer más de lo mismo en un oficio que dura más de 400 años y donde algunos podrían pensar, equivocadamente, que ya todo está hecho. Álvaro no piensa así.

Por eso es que, muchas veces, se mueve como fantasma por la redacción de EL DIARIO DE HOY y por la realidad de su país, hasta que encuentra algo que siempre le hace diferente. Ése es su estilo y lo será siempre.

Al fin y al cabo, así caminan algunos de los que acaban moviéndole las hormonas a esto que llamamos periodismo.

Álvaro López nos enseña hoy una nueva muestra de su extraordinaria obra fotográfica.Todo comenzó, hace algún tiempo, cuando decidió infiltrarse en una pandilla juvenil en la que muchos de sus miembros decidieron seguir un régimen de readaptación, apoyados por quienes, verdaderamente, desean ayudarles.

Durante semanas convivió con ellos. Aprendió sus secretos. Sus códigos de honor. Su sicología social. Sólo él sabrá si, por momentos, trabajó más como lo hace un antropólogo que como fotoperiodista. Es probable que mezclara los dos métodos.

También aprendió a comprender cómo se mueve cada uno de los miembros de esa mara en un submundo en el que ningún joven debería colocar sus adicciones personales si, al final del camino, quiere salvar, al menos, su pellejo.

Poco a poco, con su sonrisa seráfica, Álvaro se convirtió en testigo de su tiempo.

Cheros. Aunque no pertenecen a las pandillas, muchos simpatizan con los mareros. Más vale un amigo...
Zona controlada. En muchas comunidades, las grafitos son tan comunes como la pelota con la que juegan en esos espacios reducidos. A falta de una cancha, dos rieles.

También fraguó parte de su mejor talento en fotografías blanco y negro, los tonos que más se ajustan a las historias humanas como las que hoy nos presenta.

Su permanencia y ligazón con miembros de la Mara 18 puso, por momentos, en vilo la seguridad personal de Álvaro.

Los mismos muchachos le advirtieron, un buen día, que se largara un tiempo, porque otra pandilla juvenil lo tenía “vigiado” y le podía matar.

Entonces, se fue. Luego volvió. Y regresó, porque si se hubiera marchado, definitivamente, su obra habría quedado inconclusa.

Quería llegar a la plenitud de acción sin una caída, sin un desmayo.

A Indro Montanelli, ese extraordinario periodista italiano que murió, hace poco tiempo, le preguntaron, en una ocasión, la fórmula que siguió hasta convertirse en uno de los mejores que ha conocido el mundo. “Yo no he decidido nada, respondió.

El periodismo decidió por mí”.

Cuando observemos las pardas y blancuzcas fotografías de Álvaro, podemos entender qué es lo que hace el periodismo por gente como él, que sabe, y siempre sabrá, cómo puede ser diferente en esto que amamos.

Lafitte Fernández
Gerente de Redacción



El último adiós. Las bajas se cuentan a menudo. Ante el sepulcro, el pacto de la lealtad se renueva con el de la venganza.

Aquel ataúd café que lleva adentro el cuerpo de Antonio, lo deslizan, suavemente, hacia el fondo de la fosa. Leonel, su amigo, mira aquello con sus ojos llenos de lágrimas.

Está impactado con la muerte de Antonio. Sus manos le tiemblan. Prefiere meterlas en el bolsillo y apretarlas, ahí adentro, con dureza.

Junto a Leonel está su hermana. Ella lo mira tan frágil y desamparado, que lo abraza. Ambos se estrechan, mientras el ataúd llega a su destino final en el que la vida parece ser sólo de tres, cuatro o cinco días.

La mujer no pierde la oportunidad de susurrarle al oído a su hermano, con su voz entrecortada: “cuidate, ya ves lo que ha pasado.Cuidate”. Las palabras las repite una y otra vez. No quiere llevar a Leonel hasta el panteón y, por eso, la advertencia es recurrente.

Con tierra despiden a Antonio. Muchos lloran. Otros cantan, con resignación, “el pescador de hombres”. Hay quienes se esconden detrás de los nichos: prefieren no mirar aquello.

Yo estoy ahí, con mi cámara en las manos. La vida me ha convertido en testigo de excepción.

El periodismo también.

De pronto, unas manos temblorosas y tatuadas recogen un poco de tierra. La dejan caer, suavemente. Otros tres hombres palean con fuerza. No sé si lo hacen por la furia que les provocó la muerte de Antonio o porque quieren salir de aquello, lo más rápido posible.

Unos jóvenes de “vestir tumbado” y con tatujajes en sus cuerpos, se apartan de los demás. Luego se sientan en un nicho.

Iniciados. Más de allá de lo que algunos piensan, muchos jóvenes ingresan a diario a esta pandilla. El rito de iniciación, al que le llaman “brincarse”, incluye una paliza que dura 18 segundos. Luego de este proceso, se le considera un hermano, un “homeboy”, que jura lealtad hasta que la muerte lo sorprenda.

“Lo acababa de ver en la cantina y le dije que no se quedara ahí porque sería un regalo para los mierdosos”, recrimina alguien.

Otro comenta, en voz baja:“ No hacía caso. Por andar tomando se descuidó”.

“Yo ví el carro en que iban los que le dispararon. Era blanco. Les rifé el barrio y les dije: Tu madre". Creo que algo presentí”.

Antonio murió el 9 de octubre pasado. Tres balazos disparados por presuntos miembros de la pandilla Salvatrucha, acabaron con él.

Este es el cuarto pandillero asesinado de la mara 18, que entierran en el cementerio municipal de la zona Norte de San Salvador.

El velorio de Antonio estuvo rodeado de tensiones. Soldados y policías están a escasos diez metros del sótano de un mercado municipal. Ahí se improvisó la funeraria. No había dinero.
Cada vez que alguien intenta acercarse al velorio, las autoridades gritan:"alto". A cualquiera que sea- aun los familiares- los registran minuciosamente.

Los prolongados silencios únicamente los rompe el “Yo Pecador” que una anciana decide pronunciar. Nadie de los miembros de la pandilla quiere que le apresen, por el plan Mano Dura. Quieren tregua para despedir a un “homeboy”.

Al amanecer

Es la mañana siguiente. La policía no abandona los alrededores. Están cerca de la iglesia donde se oficiará una misa para el difunto.

Después parte el funeral. Algunos prefieren largarse. Dos de los pandilleros que se quedan acompañando el féretro son detenidos. “Abran las piernas”, “papeles en mano”, les ordenan con voz fuerte.

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“El súper”. “La mota” es compartida entre pandilleros y otros, como esta mujer, que no pertenecen a la 18. Más allá del estereotipo, algunos no consumen alcohol ni fuman.
“La haina”. Cuando la compañera cumple años, se le celebra con una “malteada” y mucho afecto.
 
“el meeting”. En la obligada reunión, la organización aborda temas que les afectan, como el Plan Mano Dura y la situación de los compañeros que están presos.

Las piernas del “grandulón” tiemblan como si tuviese una de esas fiebres, que les mandan a la cama. Está bañado en sudor.

Suda más que cuando lo vi jugando un partido de fútbol.

“Somos los que estamos en rehabilitación en la casa de la cultura”, dice al policía, mientras el ataúd sigue su marcha hacia el cementerio. La autoridad ignora las advertencias.

El policía está interesado en saber si a los dos pandilleros que tiene en frente, los requieren las autoridades judiciales. Habla por un radio de comunicación en espera de alguna señal para detenerlos.

Pasan 20 minutos. “El grandulón” no deja de sudar. Tampoco de temblar. Su compañero insiste: “estamos en rehabilitación”, dice una y otra vez.

Poco después, ambos están libres. Alguien les dice “perros”. Los dos se marchan sin mirar atrás. Pasa el tiempo. El funeral acaba. Alguien convoca a un “meeting” (reunión) a todos los miembros de la clica. El encuentro será el domingo siguiente.

Unos y otros comienzan a llegar al lugar acordado. Mientras comienza la reunión, algunos discuten los alcances del Plan de Mano Dura. Otros prefieren fumar marihuana.

Empieza el “meeting”. Se separan en grupos para no crear sospechas. Esa es la orden de uno de los “homeboy”, que dirige aquel encuentro.

Estoy ahí, entre ellos. No sé qué hacer. Después hacen una señal y me incorporan al encuentro, celebrado en una quebrada. En la misma donde los conocí, mientras se bañaban en unos pozos de agua natural.

Comienzan las discusiones. Me piden que me quede a unos cuatro metros. Apenas puedo escuchar lo que dicen. Creo que discuten mi presencia, hasta que alguien me dice: “ venite, vos, que sos de la familia”.

Una vez junto a ellos, conozco los temas de agenda: la inasistencia de algunos “homeboys” a las reuniones.

Los cortes de pelo que no van de acuerdo con el estilo de la clica. Quienes tienen más experiencia, aconsejan a sus compañeros estar más atentos.

La muerte de Antonio es un ejemplo de descuido.

También hablan de los “homeboys” presos en Chalatenango. Discuten las clases de albañilería y serigrafía que les dan en la Casa de la Cultura.

Uno de ellos tiene una idea: cobrar un dólar por cada “meeting” para ayudar a los detenidos. La propuesta es aceptada.

La gorra de uno de los muchachos sirve de recipiente para recolectar la ayuda. Así se cierra la reunión. Después, se retiran con la misma cautela. Esa es la orden final.

Las clases

Diez de la noche de un día de enero de 2004. Pocas personas deambulan por la calle principal del municipio.

Los “homeboy” asisten a un mitin de Schafik Handal, en ese momento candidato presidencial. Creen que deben apoyarlo porque no les aplicaría el Mano Dura.

Trato de encontrar respuestas a la decisión de cada uno de ellos, para incorporarse a una clica. Casi todos me dicen que así restituyen el cariño que no obtienen en la familia.

Secuelas. Los “homeboys” no sólo exhiben sus tatuajes, sino también las cicatrices de heridas recibidas. En esta guerra la huida es frecuente.

Cuando acaba el mitin, alguien propone una reunión de emergencia para ajustar cuentas con el Chino. Dicen que no asiste a las clases de serigrafía y albañilería que les dan en la Casa de la Cultura, lo que significa para ellos, un camino de rehabilitación.

“A este descontémosle”, dice alguien. Eso significa que le darán entre 18 y 36 segundos de paliza por violar las reglas impuestas. Otros le ofrecen el beneficio de la duda. “Habría que escuchar porqué no asiste”, asegura como si fuese un buen juzgador.

De pronto, aparece el Chino. Está afligido. Escucha lo que se habla de él. Cruza los brazos y los aprieta con fuerza. Oculta su verdadero miedo con una sonrisa nerviosa.

Yo lo miro desde lejos. La sentencia de la clica es clara: si no tiene excusas, debe soportar 36 segundos de patadas.

El Chino se defiende. Dice que el problema es su trabajo. Pero no le creen. Por el contrario, lo acusan de vagabundear por el mercado municipal.

“Ya no hablemos. Procedamos”, dice un joven con mucha autoridad. Y cuando se disponen a aplicar la paliza, otro recuerda que el Chino lleva consigo una carta que consigna que está en rehabilitación. Se la arrebatan y la queman con un encendedor.

La paliza

Son cuatro los que le propinan la paliza al Chino, un delgaducho hombre que no tiene ni cuerpo ni cara para aguantar semejante embestida.

Al frente suyo tiene a cuatro fornidos hombres que comienzan, sin nunguna misericordia, la cadena de patadas. Me cuesta creerlo. Mi boca se seca. Estoy ansioso y me cuesta asimilar lo que veo.

Superación. Además de la defensa del territorio y de otros menesteres de la 18, los “homeboys ” deben aplicarse para aprender un oficio que les dignifique.
Por renuente. Quienes no asisten a los cursos de superación son castigados severamente. Con los golpes viene “el descuento”.

Al Chino lo patean. Aquello no es un juego. El Chino alza sus brazos y, simplemente, dice: “delen”.

Los primeros dos puntapiés lo mandan al suelo. El Chino se queja. Trata de ahogar el dolor y de enrollar su cuerpo. Más bien, se coloca en posición fetal, quizá como una reacción sicológica primaria.

Las patadas siguen. Cuento los segundos. No sé cuántos van, pero el Chino deja de hablar. Tampoco se queja, a pesar de la violencia que resiste su delgado cuerpo.“Le cayó leña gruesa”, dice alguien. Yo intento soportar aquello. Es difícil.

Cruel

De pronto, alguien grita: “¡tiempo!”. El Chino sigue tendido en el suelo, con el rostro inflamado. De su nariz sale sangre. Sus pómulos están saltados. También le patearon la cara.

Después, viene el silencio. Nadie habla. Unos caminan alrededor del Chino. Esperan que se levante. Murmuran: “Se lo merece por rebelde”.

Como el Chino no reacciona, intentan levantarlo. Pero no puede dar ni un paso. Sus piernas se arrastran por el suelo. Ahora sé cuánto daño se puede hacer en pocos segundos.

De nada sirve el agua que le tiran en la cara. “Vámonos, que se queden dos con él”, decide uno de la clica. Hay quienes temen que el Chino muera por la golpiza.

Otros justifican la decisión: “ese señor no hace caso. Siempre pasa sentado en la plaza y ahí es un regalo para los mierdas. Siempre se descuida. Pero, el Chino sobrevive.

Eso sí, dos meses más tarde, dos sujetos rivales lo balean desde una motocicleta. Pero el Chino también soporta aquello. Dicen que es duro de matar.

Pronto, este incidente quedó atrás. No muy lejos, Noé, impulsor de un proyecto de reinserción, también cumple su ritual diario.

En el pik up de la alcaldía lleva a los pandilleros para que asistan a las clases que les dan en la Casa de la Cultura.

El maestro de serigrafía, un hombre de unos 50 años, con una cola en su cabello, me recuerda al cantante Luis López. Tiene cara de pocos amigos.

Quizá es así para tratar con los pandilleros. “Ahora vamos a hacer números”, les dice. A cada uno de los muchachos les reparte una cartulina para que empiecen a dibujar los números.

Después, deben trasladarlos a una manta.

“Profe, mire cómo voy. Está bien esto que estoy pintando?”, pregunta un alumno. “Ya les he dicho que corten y lo pinten”, responde el hombre con enojo.

Ante eso todos se miran. “Tenga forma de tratar a la gente”, se atreve a reclamar alguien. Otro prefiere advertir: “No lo topo porque es de la Casa de la Cultura, pero me quedaré sin paciencia”.

El profesor agacha la cabeza ante la amenaza, aunque luego se enoja cuando se entera que los “homeboys” únicamente dibujaron el número ocho. El profe reniega. Minutos después pide disculpas. “Dame la mano, disculpame”, dice.

La reconciliación, sin embargo, no tiene mucho éxito. La mayoría de miembros de la clica no tiene más de tres años de estudio.

Algunos dicen que no continuaron en las aulas porque se quedaron solos desde niños. A pesar
de todo eso, quieren perseverar para graduarse de seragrafistas, en poco tiempo.

De los 20 que comenzaron con el proyecto de la Casa de la Cultura, algunos trabajan en el tren de aseo del municipio. Otros, en trabajos de construcción o en talleres de mecánica.

Mano Dura

Son las dos de la mañana. Un grupo de policías equipados con armas de grueso calibre camina, rápidamente, por la línea del tren. Los perros ladran. Presienten peligro.
La PNC realiza un operativo para allanar la casa de “bad boy”.

La casa no es más que una champa de tres metros cuadrados, construida por los pandilleros con latas viejas y cartón. El pandillero vive solo. No tiene familia.

Los tatuajes. Este proceso es uno de los rituales más respetados.
La marca. El número 18
no sólo les da sentido de pertenencia, sino también de poder y respeto entre sus compañeros.
¡Gooool!. Las estrellas del fútbol celebran con besos en un anillo o un baile. Los “homeboys”,
cada vez que meten un gol, festejan con la seña que identifica a su mara.
El albañil. Pocos logran un trabajo estable, mientras los demás se quejan por la falta de oportunidades.
Controles. Soldados y policías recorren el barrio de los pandillero
La huida. Los militares persiguieron durante 45 minutos a este “homeboy”.

“Abran la puerta”, ordena la policía. El chasquido de los fusiles perturbó el sueño del “bad boy” y de otros tres pandilleros que tiene como huéspedes.

Las autoridades desamarran el pedazo de lazo que asegura la puerta, y los buscados salen con las manos arriba. Inmediatamente, los tiran al suelo, los esposan y se los llevan a la delegación policial.

Al día siguiente, empleados de la oficina de prensa de la PNC convocan a los periodistas a la presentación de tres pandilleros, acusados de homicidiuo y otros delitos.

Los comunicadores llegan puntuales a la cita. La policía presenta a los detenidos y dice que tiene pruebas de la comisión de los delitos. Un periodista pregunta: “¿Tienen algo que decir?, ¿Se consideran inocentes?”.

Uno de ellos responde que no sabe por qué está ahí. Lo único que aceptan es pertenecer a la mara 18.

Al siguiente día, los salvadoreños que leen los periódicos, o ven los noticiarios de televisión, recibieron la noticia del arresto de tres pandilleros más, que forman parte de las 13 mil 295 capturas realizadas desde la aplicación del Plan Mano Dura, que se inició el 23 de julio de 2003.

De los capturados, 160 son acusados de homicidio agravado y homicidio simple; 94 están por homicidio en grado de tentativa.

Luego del “efectivo operativo”, cuatro días después, me encontré a los mismos pandilleros en el lugar donde se reúnen siempre, comentando lo sucedido: “Viste que no debíamos nada”, “los perros sólo quieren publicidad”, criticaron.

Para evitar que los atrapen otra vez, algunos pandilleros prefieren no salir de sus casas durante el día.

Las historias de encierro son muchas. Cuentan que otro pandillero tiene el cuerpo tapizado de tatuajes, por lo que pasa todo el día encerrado.

“Cuando el ‘homeboy’ tiene ganas de salir, viaja en el baúl de un taxi, para evitar ser arrestado”, comentan.

Ese ritmo de vida es similar al que lleva “El Talaje”. Cuando no tiene trabajo que hacer, pasa todo el día frente al televisor jugando con un Nintendo.

Sólo hace una pausa para fumarse un puro de marihuana o para ayudar a barrer o trapear la casa. Como animal nocturno, espera la oscuridad para encontrarse con su novia o sus amigos.

Los que no están marcados, dedican parte del día a tatuarse. La máquina para realizarlos, hecha por el “Shadow”, es sencilla: no es más que un artefacto que une un lapicero vacío, cuerdas de guitarra y el motor de una casetera de automóvil.

Con ese aparato dibuja el barrio (número 18) en el pectoral del “Pelón”. La cara de éste no muestra ni una mueca de dolor, pero sus ojos están fijos.

Los demás permanecen como espectadores del “artista” de la clica, que luego de cada pinchón limpia con un paño húmedo la sangre y la tinta, que emanan de la piel de su compañero.

“Después me hacés el barrio en los labios”, “a mí repintámelo, porque se me ha arruinado”, le piden sus colegas.

El “Shadow” es el más callado del grupo. Cuenta que aprendió a tatuar durante sus días de encierro en una penitenciaría del país.

Ahí mismo perfeccionó la técnica, considerada un arte para algunos y para otros un sello de delincuentes.

Para los miembros de la clica, pintarse el 18 es uno de los ritos más solemnes. Una vez impreso en su cuerpo, les acompañará hasta la muerte.

Pero esas marcas pueden volverse en una señal de muerte. Así es difícil pasar inadvertido frente a los policías y ante los pandilleros rivales.

El final. El pandillero terminó en esta barranca, cuando ya no pudo más.

La “Kitty” lo sabe perfectamente, ella ingresó a la pandilla cuando tenía 16 años. Ahora, a los 26, es madre de dos hijos, una niña de dos años y un bebé de dos meses.

Sus intentos por llevar una vida normal son sólo eso, intentos. Sus marcas en la cara no le permiten disfrutar a plenitud la alegría de ser madre.

Cuenta que ingresó a la clica porque le gustó como “vacilaba la mara”. Con el tiempo y como consecuencia de su “vida loca”, permitió que su piel fuera usada como lienzo para que otros dibujaran letras y números que opacan la belleza del verde de sus ojos.

Ella pasa todo el tiempo metida en su pequeña casa, que no es más que una champa. Allí, La “Kitty” oculta el miedo porque sabe que en la calle está expuesta a que atenten contra su vida o que sea apresada.

Hace menos de un año, los enemigos la atacaron a balazos, cuando estaba con su compañero, quien trabaja como ayudante de albañilería, a pesar de estar enlistado en la pandilla.
De milagro quedaron vivos, aunque ella quedó lisiada de una pierna.

Acusado. En el puesto de la policía, las penas se sobrellevan con un pedazo de caña.

“A mí me da miedo que me maten”, comenta, mientras abraza a su bebé de dos meses de nacido, a quien le dice suavemente: “ya te voy a cambiar, porque va a venir tu papá de trabajar”.

Al rato, la puerta de la champa se abre, llega su compañero de vida con claras muestras que el día fue duro.

Su camisa aún está empapada de sudor. Me saluda con un “qué ondas”.

Se sienta en la cama, sonríe, sostiene el niño en sus brazos y le persigna con los dedos aún húmedos.

Muchos de los miembros de la clica que conocí durante todo este tiempo fueron capturados, salían libres y volvían a caer presos nuevamente.

A muchos no les he vuelto a ver, porque aún están en prisión.

Desde la aplicación del Plan Mano Dura, la policía ha capturado a 13 mil 295 pandilleros. El 25.5 por ciento es reincidente. Sin embargo, sólo 665 guardan prisión a la espera de que transcurra su juicio.

El debate entre la policía y el Órgano Judicial se ha mantenido desde la entrada en vigencia de la ley. Los aplicadores aducen que la ley es inconstitucional.

La discusión aún no acaba. Mientras tanto, la solución al problema de las pandillas aún está pendiente.

La vida en la 18 transcurre...

Algunas pandilleras, no activas, dedican sus días a cuidar a sus retoños.

Otros mareros prefieren el encierro en sus casas a la cárcel. Sobrellevan la soledad con sus familiares.

 


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