Del 22 al 29 de agosto de 2004


LA ARISTA AFILADA

El Salvador
Entre Rudy Giuliani y William Glasser

Carlos Alberto Montaner
vertice@elsalvador.com

Tony Saca, el joven y muy popular presidente salvadoreño, ha presentado al Congreso una ley conocida como “Super mano dura”. Pretende con ella hacerle frente a las feroces bandas juveniles que aterrorizan el país. Presumiblemente, tiene el apoyo de la mayor parte de la sociedad, cansada de que la policía detenga a los jóvenes criminales, mientras los jueces, atados por la legislación vigente, los ponen en libertad a los pocos días o los condenan a penas muy breves.

Lo que sucede en El Salvador no es excepcional. En casi toda América Latina hay un aumento galopante de la delincuencia juvenil y adulta y los gobiernos parecen impotentes ante el fenómeno. La policía, mal pagada, a veces corrupta, carece de medios para investigar y perseguir a los criminales. Cuando los capturan, la legislación es totalmente inadecuada para sancionarlos.

El sistema judicial suele ser torpe, lento y venal. Las facultades de Derecho generalmente son deficientes y no preparan buenos abogados ni jueces competentes. Las cárceles son tenebrosas y escasas, verdaderos infiernos que sólo sirven para estimular la comisión de más crímenes y para empeorar el comportamiento de los reclusos.

Naturalmente, cuando los presos cumplen sus sentencias no existen planes de reinserción social. O sea, en casi toda América Latina ha fracasado algo más que el poder judicial: no funciona el Estado de derecho o, como dicen los angloparlantes, “the rule of law”. Se ha atascado casi totalmente el modo de solucionar los inevitables conflictos y las violaciones de la ley que existen en toda sociedad, lo que las precipita a la inseguridad, el empobrecimiento y, eventualmente, al caos y la desintegración.

La fórmula New York

Ante esta gravísima situación la solución más frecuente ha sido invitar a Rudy Giuliani, el famoso ex alcalde, a que explique cómo redujo el crimen a la mitad en New York. Una iniciativa perfectamente razonable, dado que Giuliani, en efecto, fue un super policía que colocó a los delincuentes a la defensiva y en un breve periodo logró que New York dejara de ser una de las ciudades más peligrosas de Estados Unidos, de manera que siempre será útil y práctico escucharlo.

Pero los neoyorquinos -y, en general, los norteamericanos- se enfrentaban a un problema puntual (el aumento de la delincuencia) y no a un colapso general del Estado de derecho. Giuliani, en consecuencia, diseñó una buena estrategia policíaca y tuvo éxito. Lo que América Latina necesita, en cambio, es la revitalización urgente de todo el sistema legal, algo que va mucho más allá del acoso y apresamiento de los delincuentes.

Pero, si la tarea que hay que realizar es gigantesca y costosísima, ¿por dónde se empieza? Tal vez en esta desastrosa fase en que se encuentra América Latina al experto norteamericano al que hay que pedirle asesoría no es a Rudy Giuliani sino al Dr. William Glasser, un siquiatra que hace cuarenta años desarrolló su “Terapia de realidad”, precisamente para modificar el comportamiento antisocial de muchachas delincuentes internadas en cárceles de menores.

Posteriormente, Glasser encuadró su método terapéutico en lo que llamó “Teoría de la elección” o “Choice Theory”. Glasser no pretendía perfeccionar el Estado de derecho, reformar la injusta sociedad o encontrar las raíces profundas de la conducta del delincuente, sino algo mucho más modesto: demostrarle al presidiario que mediante decisiones racionales es posible y conveniente cambiar el modo de actuar para ser más feliz o menos desdichado colocándose bajo la autoridad de la ley.

Es una regla universal que casi siempre los delincuentes comienzan a desviarse en la adolescencia. El asaltante de bancos de 25 años seguramente comenzó a los 14 por arrancarle el bolso a una señora. Si a esa edad, junto con el castigo impuesto por los tribunales hubiera recibido algún tipo de terapia sicológica como la que propone Glasser, tal vez habría abandonado su carrera delictiva. No es seguro, pero sí probable.

¿Es muy caro o irreal este enfoque psicológico al problema de la delincuencia? No lo creo. Modificar la legislación, reformar el poder judicial o mejorar el sistema penitenciario son labores enormes, costosísimas y de muy larga duración, mientras que adiestrar en un probado método terapéutico a unos cuantos cientos o hasta miles de psicólogos, médicos y trabajadores sociales para que rescaten a los adolescentes delincuentes en la etapa inicial de sus actividades criminales parece ser más económico, práctico y asequible. No es un error llamar a Giuliani. Pero acaso sería sabio escuchar también a Glasser.

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