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VIDAS
AJENAS
Engañando
al destino
Mi nombre es Nadie
“¿Quién
soy yo? ¿Dónde voy? Cuando estoy fuera de mí.
¿De dónde vengo? Dime dónde voy” (Franco
Battiato, Chan-son
egocentrique, Ecos de danzas sufí, 1985).
“¿Quiénes sómos?
¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?”
(Siniestro Total, ¿Cuándo se come aquí?, 1982-2002).
No hace falta ser el delicado cantautor electrónico italiano
o los irreverentes punks galaicos para haberse hecho alguna vez estas
preguntas.
Todo el mundo ha querido en algún momento “salirse de uno”,
dejar de ser el que se es y cambiar las circunstancias que parecen asfixiarle.
Muchos nunca se han atrevido, otros conservan en sus armarios espirituales
diminutos esqueletos de sus fantasías calcificadas y, por último,
hay quien se ha lanzado al vacío con una red de pequeñas
mentiras. Siempre hay un lado oscuro, que puede o no aflorar, que puede
o no ser descubierto, que puede o no ser justificado.
Un caso espectacular por su impacto mediático fue la aventura
nocturna del actor británico Hugh Grant con una pobre y desgarbada
prostituta negra que de divino sólo tenía el nombre.
¿Qué puede impulsar a un joven artista en la cumbre de
su fama y figura, cuya compañera del momento y eterna novia era
Elizabeth Hurley, una de las actrices y modelos más despampanantes
y deseadas del planeta, arriesgarse al consiguiente arresto de la hipócrita
e hiperviolenta policía de Los Ángeles y al ridículo
y a la degradación pública globales? En su autobiografía
(My Life, 2004) el presidente Bill Clinton sólo responde un lacónico
y ambiguo “porque podía” a la pregunta universal
de cómo pudo ser que pusiera en peligro la más alta magistratura
imperial y la pasión de su vida (obviamente no me refiero a Hillary,
sino a la política, entendida en el sentido honorable de la palabra)
por otra fugaz aventura sexual con una regordeta y probadamente poco
higiénica becaria.
Fantasma en un espejo
Pero lo fascinante es cuando ese deseo de ser otro es tan fuerte
que lleva a saltar desde su sombra a usurpar su personalidad.
En enero de este año, una sociedad acostumbrada
a cualquier situación surrealista como es la salvadoreña
digirió con relativo sosiego la noticia que hubiera dejado atónita
a una más pacata. A raíz de una investigación de
la sección de Deportes de El Diario de Hoy, se descubrió
que supuestamente Roger Barberena Garay, el influyente director de la
Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut), no era
quien decía ser, sino un antiguo jugador de béisbol nicaragüense
llamado Asunción Avilés.
El verdadero titular de su nombre y apellido sería un viejo conocido
suyo, comerciante de artículos de oficina en Granada. El pasaporte
falsificado habría sido utilizado para entrar por Guatemala el
17 de junio de 1967, por lo que su portador llevaría a la sazón
viviendo al menos ¡36 años! bajo una identidad supuesta.
Durante ese período prosperó, se casó y tuvo hijos.
¿Sabía su mujer quién era relamente? ¿Y
sus hijos? ¿Cómo tomaron una y otros la revelación?
En España, el caso más destacado sería el de Luis
Roldán, el desafortunado primer director no militar de la Guardia
Civil. Cuando ya era perseguido por la Interpol por ser uno de los mayores
corruptos (o el chivo expiatorio más conveniente) de la etapa
socialista, se descubrió que todo su currículum, incluyendo
sus estudios superiores, estaba formado por mentiras.
Pena que sus fotos en calzoncillos (chucos) en una fiesta privada aireadas
en una revista de gran tirada y su rocambolesca detención en
eln aeropuerto de, Ventiane, Laos, le restaran toda poesía a
su peculiar escapada existencial.
El “topo de topos”
Siempre me he preguntado cómo vive la mujer de una sombra su
paso a la luz.
Por ejemplo, la de Harold Adrian Russell (1912-1988), más conocido
para el siglo como el maestro de espías británico Kim
Philby.
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Sus compañeros del Quinteto de Cambridge, Maclean,
Burgess, Blunt (el espía al que una poco menos que miope Reina
Isabel convirtió en Sir) y Cairncross (algo así como el
“quinto Beatle” del grupo) eran casi todos homosexuales,
pero él se casó hasta cinco veces.
La primera, Alice Friedman, que le acompañó desde 1934
a 1941, siempre supo que él era un comunista convencido pese
a hacerse pasar por prohitleriano y cubrir la Guerra Civil española
para The Times desde el bando del general Franco, ya que ella fue desde
el inicio de su relación sincera sobre su propio trabajo como
agente bolchevique.
La segunda, Aileen Furse, que vivió con él desde 1942
hasta su muerte en 1957, ya es otro cantar. Hija de una acaudalada familia
debió de sufrir una devastadora decepción ya que al final
de su vida su marido ya estaba bajo la lupa de la contrainteligencia
(investigación de la que sería exculpado inicialmente
por el clasista criterio de que no podía ser ya que era “uno
de los nuestros” según la élite anglosajona).
Pese a ello, Philby, uno de los hombres que, paradójicamente,
ayudó a los estadounidenses a fundar la CIA, aún tuvo
tiempo en 1958 de enamorar y casarse con la mujer del corresponsal del
New York Times en Beirut, Eleanor Brewer, ¡ella misma a su vez
presunta espía del servicio norteamericano de inteligencia que
“el tercer hombre” había inspirado cuando dirigía
el MI5! Curiosamente, el gentleman era hijo del aristocrático
agente británico Saint John Philby, que se convertiría
en el primer gran “traidor” de la familia, el “anti
Lawrence de Arabia”, al convertirse al islam y luchar por liberar
de la monarquía y del imperialismo anglosajón a la misma
Arabia Saudí que ayudó a crear con el propio T.E. Lawrence.
Sus últimos años en Rusia reflejan su doble personalidad
o su coherencia interna (que quien quiera le juzgue): el legendario
personaje que robó los más grandes secretos para lo que
defendió como el Paraíso de la Clase Obrera nunca se desprendió
de su corbata del Trinity College, uno de los más elitistas habidos
y por haber en la Gran Bretaña.
En este caso, pese a que Kim fue proclamado Héroe de la Unión
Soviética tras su defección en 1963 y enterrado al lado
de Nikita Kruschev a su muerte, y curiosamente es uno de los dos invitados
nuestros de hoy que cuenta con un sello de correos propio, sus hijos
(de forma ¿acertada?, ¿equivocada?) se despojaron de su
apellido y del de su abuelo y desaparecieron del mapa.
Jinetes en la tormenta
Hubo otros que destacaron en el arte de convertir en paradigma
de superviviencia el cambio de identidades como Leopold Trepper (1904-1982).
Este genial judio se convirtió en la Alemania
nazi en el mítico director de la Orquesta Roja, la red que operó
bajo las mismas barbas de los alemanes en toda la Europa ocupada y que
sirvió en bandeja anticipadamente a un sordo Stalin todos los
detalles de la Operación Barbarroja.
Acosado, llegaría a actuar de agente triple. Es decir, remitía
información falsa a los rusos para obtener la confianza de los
teutones y distraerles del hecho de que su ocupación real era
precisamente... la de pasar información auténtica y vital
a los soviéticos.
Increiblemente, Trepper sobrevivió a la guerra para, a su vuelta
a Moscú en 1945, caer en desgracia con el dictador georgiano
e ir a parar a un campo de exterminio en Siberia del que saldría,
tras la agonía del tirano, con sus principios intactos como si
nada hubiera pasado.
Para no cansar con aquellos tiempos turbulentos en los que nadie era
quien decía ser, dejemos de lado al que fuera el tercer as de
Stalin en la manga del Eje, Richard Sorge (1895-1944), quien desde Tokio
también avisó al líder de hierro del inminente
ataque pardo y además salvó a la URSS en Stalingrado,
ya que el nieto del amigo y colaborador de Marx, Adolf Sorge, siempre
quiso mantener su deslumbradoramente encantadora identidad, incluso
en el juicio sumarísimo japonés en que el sátrapa
de Moscú le traicionaría como a todos los demás
en su vida.
Frente a todos estos creyentes, Frank Abagnale Jr., inmortalizado por
Leonardo Di Caprio en la película Catch me if you can (Steven
Spielberg, 2002), simplemente estaba aburrido y no quiso elegir entre
residir con su padre o su madre cuando estos se divorciaron. De los
16 a los 21 años se hizo pasar con éxito por piloto de
aerolínea, aprobó los exámenes de la barra de abogados
sin tener ningún tipo de estudios de derecho... y hasta ejerció
de pediatra en un hospital.
Falsificador de talento (encontró un sencillo método con
tinta electrónica por el que cada vez que alguien ingresaba un
cheque de caja -de los que están en los contadores de las sucursales-
en un banco le endosaba a él la cantidad apuntada en el mismo),
en ese corto pero intenso lustro hizo dos millones de dólares
y viajó por 26 países antes de ser detenido, pasar otros
cinco años en la cárcel y aceptar una sustancial oferta
para convertirse en el consultor de seguridad del Gobierno que es hoy
en día.
Como Philby, que sólo confesó su verdadera identidad una
vez -a su madre-, el joven Abagnale sólo se confío una
vez a una mujer, mayor que él, que estuvo a punto de conseguir
su detención... pero sólo porque le consideró un
crío haciendo travesuras.
Compañeras de la penumbra
Sin embargo, las relaciones personales no han sido siempre un obstáculo
para este tipo de artistas de la personalidad.
| LAS
MÁSCARAS DEL ROSTRO |


Póker
de ases. Los cuatro agentes más famoso del Quinteto de
Cambridge plagaron el espionaje ingles |
 
Sorge
y Philiby. La URSS les dedicó sellos |

Hunh
Grant Ficción (Nueve Meses1996)
y realidad (1995) |

Frank
Abagnale Jr. Pese a su
juventud, trajo de cabeza al FBI |

Leo
Di Carpio. Un actor interpretando
a un impostor |
 
Luis
Roldán, Detenido en Laos, y en momentos más felices
|
Algunas de ellas han sido incluso el motivo inicial
de asumir el disfraz fagocitador. Precisamente han sido dos mujeres
las que les han retratado de forma más perfecta: la escritora
de novela negra Patricia Highsmith (1921-1995) en su conocida El talento
de Mr Ripley (obra llevada a la pantalla con gran éxito en 1999
por Anthony Minghella y protagonizada por Matt Damon) y, de forma mucho
más inquietante, Janet Lewis (1899-1998), con The wife of Martin
Guerre.
En esta obra, que inicialmente filmaría Daniel Vigne en 1982
con el título de Le retour de Martin Guerre, con Gerard Depardieu
como Arnaud de Tihl-Martin Guerre y Nathalie Baye como la esposa, Bertrande
de Rols (cinta que vería un deficiente remake hollywodiense en
2002, Sommersby, de Jon Amiel con Richard Gere como Jack Sommersby y
Jodie Foster como su mujer), se relata con preciosismo no sólo
la vuelta de la guerra de un soldado tan cambiado que parece que no
puede ser quien dice ser, sino la aceptación por parte de su
compañera ante el nuevo talante, mucho más delicado y
considerado con ella que el que tenía el que fuera que partió.
Rizando el rizo, el compromiso con su nueva figura llega a ser tal que
Arnaud-Martin-Jack llevará la impersonación hasta sus
últimas consecuencias, prefiriendo morir a ser infiel a su minuciosa
e intensa reconstrucción y perder la recompensa de verse por
fin reflejado con verdadero amor en los ojos de la única persona
que sabe quién es... aunque no pueda ponerle un nombre.
El poder de un nombre
Yes que lo primero que se aprende en un idioma es a decir “Mi
nombre es”, lo que se utiliza en cualquier lenguaje para definir
son los nombres.
En Moscú, París y, sobre todo, Hollywood, la Meca de la
fuente ficción en todos sus sentidos, conocen la fuerza comercial
y propagandística de un buen nombre.
Así, ni Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), ni Stalin (Iosif Dzhugashvili),
ni Trotsky (Lev Bronstein) se llamaban así. Y Michael Douglas
no ha heredado el apellido de su padre Kirk (nacido Issur Danielovitz
Demsky) porque seguramente no sería capaz de pronunciarlo (aunque
peor sería lo de Jack Nicholson, quien creció creyendo
que su abuela era su madre y que su madre era su hermana mayor).
Uno de los casos más ingeniosos fue el de Boris Vian (1920-1959).
Tal vez inspirado en el fotógrafo Robert Capa (1913-1954, que
no era estadounidense ni francés, sino húngaro y se llamaba
André Friedmann), el malogrado y “sicalíptico”
escritor discípulo de Alfred Jarry, autor de obras mágicas
como El otoño en Pekín -escrita en 1947 y que, como no
podía ser de otra manera, ni discurría en otoño
ni en la capital china-, La espuma de los días (1946) o la escalofriante
Escupiré sobre vuestras tumbas, disfrutaba de los seudónimos,
entre ellos Hugo Hochebuisson o Bison Ravi (un anagrama de su propio
nombre), pero fue más lejos cuando se hizo mandar sus escritos
de género policíaco (con títulos muy directos como
Que se mueran los feos o Con las mujeres no hay manera) desde Nueva
York como si fueran de un autor negro norteamericano, el misterioso
Vernon Sullivan, ¡y consagrando a su alter ego como un gran autor
al ser su principal -y obviamente entusiasta- crítico literario!
Los lunes al sol
Para finalizar este pedregoso recorrido, me permito robar el excelente
título de la película de Fernando León sobre los
desempleados urbanos de la ría de Vigo para apuntar una nueva
tendencia surgida a raíz de la crisis de los años 70.
Desde entonces, una de las categorías fundamentales
del sistema capitalista, el “trabajo”, ha ido perdiendo
paulatinamente su importancia debido básicamente a que, con la
robotización, la digitalización y la emigración
de la producción industrial a la búsqueda de salarios
inferiores y condiciones laborales peores, la oferta excede con mucho
la demanda.
Hasta ahora, nuestros “héroes” eran mayoritariamente
excéntricos, espías, guerreros, oportunistas, movidos
por el dinero, el poder, la información o los principios. Como
todo lo demás, este campo se ha “democratizado” y
se ha extendido (tanto que ya parece una nueva “leyenda urbana”)
surgiendo un nuevo tipo de personaje motivado por una emoción
tan poderosa como las citadas, la vergüenza: el desempleado que
miente a todo su entorno y prácticamente a sí mismo saliendo
todas las mañanas con normalidad como si fuera a un puesto de
trabajo que sabe extinguido.
Esta figura se vislumbraba ya en la cultura popular que permeaba el
film The Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), en el que el personaje que
interpreta el veterano histrión Tom Wilkinson mantiene la rutina
de acudir a su viejo empleo ante su mujer, ya que cree que ésta
no soportará la idea de perder su estatus. En España,
José Coronado dio vida, nunca mejor dicho, a Emilio, un ejecutivo
que nunca existió, en La vida de nadie (Eduard Cortés,
2002).
Tal vez lo mejor de esa cinta era su eslogan publicitario: “Todo
empezó con una pequeña mentira”. Lo interesante
de esta nueva figura (triste situación más común
de lo que creemos) es que expone lo que subyace al aparente romanticismo
de la anterior: donde se cree ver un rebelde o un marginal, un poeta
o un idiota (en el magistral sentido dostoievskiano -perdón-
de la palabra) hay realmente un idólatra de la integración
social (aunque sea por sobrevivir como en el caso de los espías),
al que le pierde la consideración de los demás aun a costa
de encerrar a su auténtico yo, aullando por salir, entre las
cuatro paredes yermas de su cerebro... de por vida.
¿Quién soy yo? Yo soy la imagen que tienen los demás
de mí, vienen a decir. Pero, ya se sabe que, como decía
el existencialista francés Jean Paul Sarte, “el Infierno
son los demás”.
VIDAS
AJENAS
En
el laberinto de la memoria
La tortura de la ética
Quedan
avisados de que la siguiente es una historia antiperiodística,
la no revelación de una verdad, la historia de una no entrevista
con un personaje que tal vez no exista, y de las dudas morales que suscita...
y de la luz que éstas pueden arrojar. Todo comenzó con
un viaje en el que fuimos a resolver un misterio y volvimos con un enigma.
El origen del anterior reportaje era precisamente la
fascinación que ejerció sobre el autor en enero de este
año el contar con un caso tangible y en territorio nacional de
lo que se suponía que era el epítome local de la especie
de camaleones humanos que queríamos estudiar (mejor dicho indexar,
ya que cada uno es un mundo que da para muchos ensayos y novelas).
De entrada, a(l hombre que mantiene la identidad de) Roger Barberena
valor no le falta. En primer lugar, y a diferencia de muchos otros notables
protagonistas de escándalos en El Salvador (notorios por poner
frontera de por medio a la primera imputación), el ex dirigente
deportivo sigue viviendo como siempre en Santa Ana y, por tanto, está
plenamente a disposición de lo que la justicia nacional dictamine
en su caso. En segundo, en dos llamadas telefónicas confirmó
que concedía una entrevista a este diario, un medio que sostiene
que le ha tratado mal.
Tal vez comprendía que era una oportunidad inmejorable para hacer
pública -literalmente- su versión como le habíamos
ofrecido.
Esa versión que reclama desde enero, mes en que se alejó
de los cargos que tuvo en el entramado federativo del deporte que tanto
le apasiona: el fútbol.
Así fue que, a su invitación, acudimos a su propio domicilio,
bastante más modesto de lo que esperábamos. Sin embargo,
al cruzar la puerta lo que era una pequeña historia se convirtió
en un gran drama doméstico. Encontramos una familia fuertemente
impactada a nivel emocional por lo que consideran un acoso injusto de
los medios de comunicación aunque se ve que tratan de vivirlo
con entereza.
El propio cabeza de familia muestra una imagen muy desmejorada, abatido,
dolido, hasta cierto punto aún perplejo por lo que le ha sucedido,
pero no acabado, refugiado en la protección de sus parientes
y de los amigos que permanecen a su lado.
Siguieron casi dos horas de conversación, informal, errática,
a veces desafiante, pero reveladora. La conclusión final produce
cierta desazón: todo lo hablado queda sujeto al off the record
ya que desde el principio le habíamos planteado que la entrevista,
no versaría sobre ningún otro caso abierto, sólo,
como se le reiteró con sinceridad desde el comienzo de todo el
asunto, sobre el tema de su identidad y de como la vive, y que su resolución
dependía de él.
El nicaragüense afincado en El Salvador (eso al menos está
claro) se escuda en que todo está en las manos de la Fiscalía,
irresuelto, subjudice.
En el tintero se quedan pues las respuestas a preguntas aparentemente
sencillas pero que en este caso parece que abrirían un absimo:
¿cómo se llama? ¿de dónde es? ¿a
dónde va? ¿quién siente que es? ¿por qué
hizo lo que hizo, si lo hizo? ¿cómo llamaría a
lo que hizo? Llegamos al compromiso de que no se publicaría nada
del contenido de lo conversado, pero que podíamos utilizar las
fotos y describir la situación.
Sorprende, o no, que todo su entorno reafirme la existencia de una identidad
clara, “yo sé quien es él” afirman todos los
allegados, “yo sé quien soy yo” añade él,
pero nadie resuelve con rotundidad lo que sería la lógica
conclusión, “(por tanto) yo soy...”. Esa parte nunca
se formula, nunca se dice en alto.
Por otra parte, es un hombre que se muestra en todo momento como el
resultado de sus acciones, de hacer más que de ser, y de hacer
cosas que el cree positivas para la comunidad, más que en una
descripción mediante palabras o adjetivos. ¿No hay que
juzgar pues a la gente por lo que hace en vez de por lo que dice?
Sin embargo, muestra una inquietante costumbre de rodearse de indicadores
externos de su identidad, como si hubiera alguna razón por la
que ésta necesitara de muletas materiales. Ofrece un currículum
expurgado de sus primeras páginas, las que usualmente nos situan
ante la esencia de la existencia de un interlocutor; recuesta sobre
la mesa una montaña de diplomas que atestiguan sus obras y conocimientos
y donde el nombre que no oiremos ni una vez de su boca se repite casi
obsesivamente, como el eco en una película de suspense, “Roger
Barberena Garay, “Roger Barberena Garay, Roger Barberena Garay”,
pero tan inmaterial y falto de perdurabilidad como el rebote del sonido
contra las paredes; pone frecuentemente a Dios por testigo de la bondad
de sus acciones y como refugio de su entereza; se rodea de fotos donde
se le ve, multiplicado hasta su desaparición, posando con grandes
figuras mundiales, pero en esa insistente repetición también
acaba recordando a los retratos grises del camaleónico Zelig
(1983) del director Woody Allen.
Con su estilo agradable, pausado, humilde hasta cierto punto, clama
haber sido destrozado por la prensa (¿o tal vez por sus propias
equivocaciones reflejadas por la prensa?). He aquí el dilema.
Toda mi vida he puesto como ejemplo del horror que pueden inflingir
los medios la exhasutiva obra sobre el tema del Premio Nobel alemán
Heinrich Boll (1917-1985), El honor perdido de Katarina Blum (1974,
llevada al cine por Volker Schloendorff en 1975) y he tratado de regirme
por ella. Tener la, frágil, honorabilidad de alguien en mis manos
no es ni ha sido nunca uno de mis objetivos profesionales. Es algo tan
difícil de construir como simple de arruinar.
La ética periodística obliga a no repetir lo que se ha
dicho en “off the record” y a no citarle si al final no
concede la entrevista, como sucedió. La ética obliga a
no dañar a una familia ya damnificada por el sensacionalismo,
pero la ética, como se le explica a un preocupado allegado en
un momento dado, también obliga a utilizar su caso como exponente
local, y destacado por tanto, a no ocultarlo ante el lector ni aun por
la piedad que provoca el hecho cierto de que la mera, sin juicios, respetuosa,
exposición de nuevo del tema y el personaje ante el público
puede volver a herir. ¡Y nosotros que hasta ahora teníamos
a la ética por una guía sencilla, maniquea incluso, un
mapa de ruta en blanco y negro y fácil de seguir!
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