Del 22 al 29 de agosto de 2004


VIDAS AJENAS

Engañando al destino
Mi nombre es Nadie

“¿Quién soy yo? ¿Dónde voy? Cuando estoy fuera de mí.
¿De dónde vengo? Dime dónde voy” (Franco Battiato, Chan-son
egocentrique, Ecos de danzas sufí, 1985).

José Iglesias Etxezarreta
Fotos Manuel Orellana
vertice@elsalvador.com

“¿Quiénes sómos? ¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos?” (Siniestro Total, ¿Cuándo se come aquí?, 1982-2002). No hace falta ser el delicado cantautor electrónico italiano o los irreverentes punks galaicos para haberse hecho alguna vez estas preguntas.

Todo el mundo ha querido en algún momento “salirse de uno”, dejar de ser el que se es y cambiar las circunstancias que parecen asfixiarle. Muchos nunca se han atrevido, otros conservan en sus armarios espirituales diminutos esqueletos de sus fantasías calcificadas y, por último, hay quien se ha lanzado al vacío con una red de pequeñas mentiras. Siempre hay un lado oscuro, que puede o no aflorar, que puede o no ser descubierto, que puede o no ser justificado.

Un caso espectacular por su impacto mediático fue la aventura nocturna del actor británico Hugh Grant con una pobre y desgarbada prostituta negra que de divino sólo tenía el nombre.

¿Qué puede impulsar a un joven artista en la cumbre de su fama y figura, cuya compañera del momento y eterna novia era Elizabeth Hurley, una de las actrices y modelos más despampanantes y deseadas del planeta, arriesgarse al consiguiente arresto de la hipócrita e hiperviolenta policía de Los Ángeles y al ridículo y a la degradación pública globales? En su autobiografía (My Life, 2004) el presidente Bill Clinton sólo responde un lacónico y ambiguo “porque podía” a la pregunta universal de cómo pudo ser que pusiera en peligro la más alta magistratura imperial y la pasión de su vida (obviamente no me refiero a Hillary, sino a la política, entendida en el sentido honorable de la palabra) por otra fugaz aventura sexual con una regordeta y probadamente poco higiénica becaria.


Fantasma en un espejo
Pero lo fascinante es cuando ese deseo de ser otro es tan fuerte que lleva a saltar desde su sombra a usurpar su personalidad.

En enero de este año, una sociedad acostumbrada a cualquier situación surrealista como es la salvadoreña digirió con relativo sosiego la noticia que hubiera dejado atónita a una más pacata. A raíz de una investigación de la sección de Deportes de El Diario de Hoy, se descubrió que supuestamente Roger Barberena Garay, el influyente director de la Federación Salvadoreña de Fútbol (Fesfut), no era quien decía ser, sino un antiguo jugador de béisbol nicaragüense llamado Asunción Avilés.

El verdadero titular de su nombre y apellido sería un viejo conocido suyo, comerciante de artículos de oficina en Granada. El pasaporte falsificado habría sido utilizado para entrar por Guatemala el 17 de junio de 1967, por lo que su portador llevaría a la sazón viviendo al menos ¡36 años! bajo una identidad supuesta. Durante ese período prosperó, se casó y tuvo hijos. ¿Sabía su mujer quién era relamente? ¿Y sus hijos? ¿Cómo tomaron una y otros la revelación?

En España, el caso más destacado sería el de Luis Roldán, el desafortunado primer director no militar de la Guardia Civil. Cuando ya era perseguido por la Interpol por ser uno de los mayores corruptos (o el chivo expiatorio más conveniente) de la etapa socialista, se descubrió que todo su currículum, incluyendo sus estudios superiores, estaba formado por mentiras.

Pena que sus fotos en calzoncillos (chucos) en una fiesta privada aireadas en una revista de gran tirada y su rocambolesca detención en eln aeropuerto de, Ventiane, Laos, le restaran toda poesía a su peculiar escapada existencial.


El “topo de topos”
Siempre me he preguntado cómo vive la mujer de una sombra su paso a la luz.
Por ejemplo, la de Harold Adrian Russell (1912-1988), más conocido para el siglo como el maestro de espías británico Kim Philby.

Sus compañeros del Quinteto de Cambridge, Maclean, Burgess, Blunt (el espía al que una poco menos que miope Reina Isabel convirtió en Sir) y Cairncross (algo así como el “quinto Beatle” del grupo) eran casi todos homosexuales, pero él se casó hasta cinco veces.

La primera, Alice Friedman, que le acompañó desde 1934 a 1941, siempre supo que él era un comunista convencido pese a hacerse pasar por prohitleriano y cubrir la Guerra Civil española para The Times desde el bando del general Franco, ya que ella fue desde el inicio de su relación sincera sobre su propio trabajo como agente bolchevique.

La segunda, Aileen Furse, que vivió con él desde 1942 hasta su muerte en 1957, ya es otro cantar. Hija de una acaudalada familia debió de sufrir una devastadora decepción ya que al final de su vida su marido ya estaba bajo la lupa de la contrainteligencia (investigación de la que sería exculpado inicialmente por el clasista criterio de que no podía ser ya que era “uno de los nuestros” según la élite anglosajona).

Pese a ello, Philby, uno de los hombres que, paradójicamente, ayudó a los estadounidenses a fundar la CIA, aún tuvo tiempo en 1958 de enamorar y casarse con la mujer del corresponsal del New York Times en Beirut, Eleanor Brewer, ¡ella misma a su vez presunta espía del servicio norteamericano de inteligencia que “el tercer hombre” había inspirado cuando dirigía el MI5! Curiosamente, el gentleman era hijo del aristocrático agente británico Saint John Philby, que se convertiría en el primer gran “traidor” de la familia, el “anti Lawrence de Arabia”, al convertirse al islam y luchar por liberar de la monarquía y del imperialismo anglosajón a la misma Arabia Saudí que ayudó a crear con el propio T.E. Lawrence.

Sus últimos años en Rusia reflejan su doble personalidad o su coherencia interna (que quien quiera le juzgue): el legendario personaje que robó los más grandes secretos para lo que defendió como el Paraíso de la Clase Obrera nunca se desprendió de su corbata del Trinity College, uno de los más elitistas habidos y por haber en la Gran Bretaña.

En este caso, pese a que Kim fue proclamado Héroe de la Unión Soviética tras su defección en 1963 y enterrado al lado de Nikita Kruschev a su muerte, y curiosamente es uno de los dos invitados nuestros de hoy que cuenta con un sello de correos propio, sus hijos (de forma ¿acertada?, ¿equivocada?) se despojaron de su apellido y del de su abuelo y desaparecieron del mapa.


Jinetes en la tormenta
Hubo otros que destacaron en el arte de convertir en paradigma de superviviencia el cambio de identidades como Leopold Trepper (1904-1982).

Este genial judio se convirtió en la Alemania nazi en el mítico director de la Orquesta Roja, la red que operó bajo las mismas barbas de los alemanes en toda la Europa ocupada y que sirvió en bandeja anticipadamente a un sordo Stalin todos los detalles de la Operación Barbarroja.

Acosado, llegaría a actuar de agente triple. Es decir, remitía información falsa a los rusos para obtener la confianza de los teutones y distraerles del hecho de que su ocupación real era precisamente... la de pasar información auténtica y vital a los soviéticos.

Increiblemente, Trepper sobrevivió a la guerra para, a su vuelta a Moscú en 1945, caer en desgracia con el dictador georgiano e ir a parar a un campo de exterminio en Siberia del que saldría, tras la agonía del tirano, con sus principios intactos como si nada hubiera pasado.

Para no cansar con aquellos tiempos turbulentos en los que nadie era quien decía ser, dejemos de lado al que fuera el tercer as de Stalin en la manga del Eje, Richard Sorge (1895-1944), quien desde Tokio también avisó al líder de hierro del inminente ataque pardo y además salvó a la URSS en Stalingrado, ya que el nieto del amigo y colaborador de Marx, Adolf Sorge, siempre quiso mantener su deslumbradoramente encantadora identidad, incluso en el juicio sumarísimo japonés en que el sátrapa de Moscú le traicionaría como a todos los demás en su vida.

Frente a todos estos creyentes, Frank Abagnale Jr., inmortalizado por Leonardo Di Caprio en la película Catch me if you can (Steven Spielberg, 2002), simplemente estaba aburrido y no quiso elegir entre residir con su padre o su madre cuando estos se divorciaron. De los 16 a los 21 años se hizo pasar con éxito por piloto de aerolínea, aprobó los exámenes de la barra de abogados sin tener ningún tipo de estudios de derecho... y hasta ejerció de pediatra en un hospital.

Falsificador de talento (encontró un sencillo método con tinta electrónica por el que cada vez que alguien ingresaba un cheque de caja -de los que están en los contadores de las sucursales- en un banco le endosaba a él la cantidad apuntada en el mismo), en ese corto pero intenso lustro hizo dos millones de dólares y viajó por 26 países antes de ser detenido, pasar otros cinco años en la cárcel y aceptar una sustancial oferta para convertirse en el consultor de seguridad del Gobierno que es hoy en día.

Como Philby, que sólo confesó su verdadera identidad una vez -a su madre-, el joven Abagnale sólo se confío una vez a una mujer, mayor que él, que estuvo a punto de conseguir su detención... pero sólo porque le consideró un crío haciendo travesuras.


Compañeras de la penumbra
Sin embargo, las relaciones personales no han sido siempre un obstáculo para este tipo de artistas de la personalidad.

LAS MÁSCARAS DEL ROSTRO


Póker de ases. Los cuatro agentes más famoso del Quinteto de Cambridge plagaron el espionaje ingles

Sorge y Philiby. La URSS les dedicó sellos

Hunh Grant Ficción (Nueve Meses1996)
y realidad (1995)

Frank Abagnale Jr. Pese a su
juventud, trajo de cabeza al FBI

Leo Di Carpio. Un actor interpretando
a un impostor

Luis Roldán, Detenido en Laos, y en momentos más felices

Algunas de ellas han sido incluso el motivo inicial de asumir el disfraz fagocitador. Precisamente han sido dos mujeres las que les han retratado de forma más perfecta: la escritora de novela negra Patricia Highsmith (1921-1995) en su conocida El talento de Mr Ripley (obra llevada a la pantalla con gran éxito en 1999 por Anthony Minghella y protagonizada por Matt Damon) y, de forma mucho más inquietante, Janet Lewis (1899-1998), con The wife of Martin Guerre.

En esta obra, que inicialmente filmaría Daniel Vigne en 1982 con el título de Le retour de Martin Guerre, con Gerard Depardieu como Arnaud de Tihl-Martin Guerre y Nathalie Baye como la esposa, Bertrande de Rols (cinta que vería un deficiente remake hollywodiense en 2002, Sommersby, de Jon Amiel con Richard Gere como Jack Sommersby y Jodie Foster como su mujer), se relata con preciosismo no sólo la vuelta de la guerra de un soldado tan cambiado que parece que no puede ser quien dice ser, sino la aceptación por parte de su compañera ante el nuevo talante, mucho más delicado y considerado con ella que el que tenía el que fuera que partió.

Rizando el rizo, el compromiso con su nueva figura llega a ser tal que Arnaud-Martin-Jack llevará la impersonación hasta sus últimas consecuencias, prefiriendo morir a ser infiel a su minuciosa e intensa reconstrucción y perder la recompensa de verse por fin reflejado con verdadero amor en los ojos de la única persona que sabe quién es... aunque no pueda ponerle un nombre.

El poder de un nombre
Yes que lo primero que se aprende en un idioma es a decir “Mi nombre es”, lo que se utiliza en cualquier lenguaje para definir son los nombres.


En Moscú, París y, sobre todo, Hollywood, la Meca de la fuente ficción en todos sus sentidos, conocen la fuerza comercial y propagandística de un buen nombre.

Así, ni Lenin (Vladimir Ilich Ulianov), ni Stalin (Iosif Dzhugashvili), ni Trotsky (Lev Bronstein) se llamaban así. Y Michael Douglas no ha heredado el apellido de su padre Kirk (nacido Issur Danielovitz Demsky) porque seguramente no sería capaz de pronunciarlo (aunque peor sería lo de Jack Nicholson, quien creció creyendo que su abuela era su madre y que su madre era su hermana mayor).

Uno de los casos más ingeniosos fue el de Boris Vian (1920-1959). Tal vez inspirado en el fotógrafo Robert Capa (1913-1954, que no era estadounidense ni francés, sino húngaro y se llamaba André Friedmann), el malogrado y “sicalíptico” escritor discípulo de Alfred Jarry, autor de obras mágicas como El otoño en Pekín -escrita en 1947 y que, como no podía ser de otra manera, ni discurría en otoño ni en la capital china-, La espuma de los días (1946) o la escalofriante Escupiré sobre vuestras tumbas, disfrutaba de los seudónimos, entre ellos Hugo Hochebuisson o Bison Ravi (un anagrama de su propio nombre), pero fue más lejos cuando se hizo mandar sus escritos de género policíaco (con títulos muy directos como Que se mueran los feos o Con las mujeres no hay manera) desde Nueva York como si fueran de un autor negro norteamericano, el misterioso Vernon Sullivan, ¡y consagrando a su alter ego como un gran autor al ser su principal -y obviamente entusiasta- crítico literario!


Los lunes al sol
Para finalizar este pedregoso recorrido, me permito robar el excelente título de la película de Fernando León sobre los desempleados urbanos de la ría de Vigo para apuntar una nueva tendencia surgida a raíz de la crisis de los años 70.

Desde entonces, una de las categorías fundamentales del sistema capitalista, el “trabajo”, ha ido perdiendo paulatinamente su importancia debido básicamente a que, con la robotización, la digitalización y la emigración de la producción industrial a la búsqueda de salarios inferiores y condiciones laborales peores, la oferta excede con mucho la demanda.

Hasta ahora, nuestros “héroes” eran mayoritariamente excéntricos, espías, guerreros, oportunistas, movidos por el dinero, el poder, la información o los principios. Como todo lo demás, este campo se ha “democratizado” y se ha extendido (tanto que ya parece una nueva “leyenda urbana”) surgiendo un nuevo tipo de personaje motivado por una emoción tan poderosa como las citadas, la vergüenza: el desempleado que miente a todo su entorno y prácticamente a sí mismo saliendo todas las mañanas con normalidad como si fuera a un puesto de trabajo que sabe extinguido.

Esta figura se vislumbraba ya en la cultura popular que permeaba el film The Full Monty (Peter Cattaneo, 1997), en el que el personaje que interpreta el veterano histrión Tom Wilkinson mantiene la rutina de acudir a su viejo empleo ante su mujer, ya que cree que ésta no soportará la idea de perder su estatus. En España, José Coronado dio vida, nunca mejor dicho, a Emilio, un ejecutivo que nunca existió, en La vida de nadie (Eduard Cortés, 2002).

Tal vez lo mejor de esa cinta era su eslogan publicitario: “Todo empezó con una pequeña mentira”. Lo interesante de esta nueva figura (triste situación más común de lo que creemos) es que expone lo que subyace al aparente romanticismo de la anterior: donde se cree ver un rebelde o un marginal, un poeta o un idiota (en el magistral sentido dostoievskiano -perdón- de la palabra) hay realmente un idólatra de la integración social (aunque sea por sobrevivir como en el caso de los espías), al que le pierde la consideración de los demás aun a costa de encerrar a su auténtico yo, aullando por salir, entre las cuatro paredes yermas de su cerebro... de por vida.
¿Quién soy yo? Yo soy la imagen que tienen los demás de mí, vienen a decir. Pero, ya se sabe que, como decía el existencialista francés Jean Paul Sarte, “el Infierno son los demás”.


VIDAS AJENAS

En el laberinto de la memoria
La tortura de la ética

Quedan avisados de que la siguiente es una historia antiperiodística, la no revelación de una verdad, la historia de una no entrevista con un personaje que tal vez no exista, y de las dudas morales que suscita... y de la luz que éstas pueden arrojar. Todo comenzó con un viaje en el que fuimos a resolver un misterio y volvimos con un enigma.

El origen del anterior reportaje era precisamente la fascinación que ejerció sobre el autor en enero de este año el contar con un caso tangible y en territorio nacional de lo que se suponía que era el epítome local de la especie de camaleones humanos que queríamos estudiar (mejor dicho indexar, ya que cada uno es un mundo que da para muchos ensayos y novelas).

De entrada, a(l hombre que mantiene la identidad de) Roger Barberena valor no le falta. En primer lugar, y a diferencia de muchos otros notables protagonistas de escándalos en El Salvador (notorios por poner frontera de por medio a la primera imputación), el ex dirigente deportivo sigue viviendo como siempre en Santa Ana y, por tanto, está plenamente a disposición de lo que la justicia nacional dictamine en su caso. En segundo, en dos llamadas telefónicas confirmó que concedía una entrevista a este diario, un medio que sostiene que le ha tratado mal.

Tal vez comprendía que era una oportunidad inmejorable para hacer pública -literalmente- su versión como le habíamos ofrecido.

Esa versión que reclama desde enero, mes en que se alejó de los cargos que tuvo en el entramado federativo del deporte que tanto le apasiona: el fútbol.

Así fue que, a su invitación, acudimos a su propio domicilio, bastante más modesto de lo que esperábamos. Sin embargo, al cruzar la puerta lo que era una pequeña historia se convirtió en un gran drama doméstico. Encontramos una familia fuertemente impactada a nivel emocional por lo que consideran un acoso injusto de los medios de comunicación aunque se ve que tratan de vivirlo con entereza.

El propio cabeza de familia muestra una imagen muy desmejorada, abatido, dolido, hasta cierto punto aún perplejo por lo que le ha sucedido, pero no acabado, refugiado en la protección de sus parientes y de los amigos que permanecen a su lado.

Siguieron casi dos horas de conversación, informal, errática, a veces desafiante, pero reveladora. La conclusión final produce cierta desazón: todo lo hablado queda sujeto al off the record ya que desde el principio le habíamos planteado que la entrevista, no versaría sobre ningún otro caso abierto, sólo, como se le reiteró con sinceridad desde el comienzo de todo el asunto, sobre el tema de su identidad y de como la vive, y que su resolución dependía de él.
El nicaragüense afincado en El Salvador (eso al menos está claro) se escuda en que todo está en las manos de la Fiscalía, irresuelto, subjudice.

En el tintero se quedan pues las respuestas a preguntas aparentemente sencillas pero que en este caso parece que abrirían un absimo: ¿cómo se llama? ¿de dónde es? ¿a dónde va? ¿quién siente que es? ¿por qué hizo lo que hizo, si lo hizo? ¿cómo llamaría a lo que hizo? Llegamos al compromiso de que no se publicaría nada del contenido de lo conversado, pero que podíamos utilizar las fotos y describir la situación.

Sorprende, o no, que todo su entorno reafirme la existencia de una identidad clara, “yo sé quien es él” afirman todos los allegados, “yo sé quien soy yo” añade él, pero nadie resuelve con rotundidad lo que sería la lógica conclusión, “(por tanto) yo soy...”. Esa parte nunca se formula, nunca se dice en alto.

Por otra parte, es un hombre que se muestra en todo momento como el resultado de sus acciones, de hacer más que de ser, y de hacer cosas que el cree positivas para la comunidad, más que en una descripción mediante palabras o adjetivos. ¿No hay que juzgar pues a la gente por lo que hace en vez de por lo que dice?

Sin embargo, muestra una inquietante costumbre de rodearse de indicadores externos de su identidad, como si hubiera alguna razón por la que ésta necesitara de muletas materiales. Ofrece un currículum expurgado de sus primeras páginas, las que usualmente nos situan ante la esencia de la existencia de un interlocutor; recuesta sobre la mesa una montaña de diplomas que atestiguan sus obras y conocimientos y donde el nombre que no oiremos ni una vez de su boca se repite casi obsesivamente, como el eco en una película de suspense, “Roger Barberena Garay, “Roger Barberena Garay, Roger Barberena Garay”, pero tan inmaterial y falto de perdurabilidad como el rebote del sonido contra las paredes; pone frecuentemente a Dios por testigo de la bondad de sus acciones y como refugio de su entereza; se rodea de fotos donde se le ve, multiplicado hasta su desaparición, posando con grandes figuras mundiales, pero en esa insistente repetición también acaba recordando a los retratos grises del camaleónico Zelig (1983) del director Woody Allen.

Con su estilo agradable, pausado, humilde hasta cierto punto, clama haber sido destrozado por la prensa (¿o tal vez por sus propias equivocaciones reflejadas por la prensa?). He aquí el dilema. Toda mi vida he puesto como ejemplo del horror que pueden inflingir los medios la exhasutiva obra sobre el tema del Premio Nobel alemán Heinrich Boll (1917-1985), El honor perdido de Katarina Blum (1974, llevada al cine por Volker Schloendorff en 1975) y he tratado de regirme por ella. Tener la, frágil, honorabilidad de alguien en mis manos no es ni ha sido nunca uno de mis objetivos profesionales. Es algo tan difícil de construir como simple de arruinar.

La ética periodística obliga a no repetir lo que se ha dicho en “off the record” y a no citarle si al final no concede la entrevista, como sucedió. La ética obliga a no dañar a una familia ya damnificada por el sensacionalismo, pero la ética, como se le explica a un preocupado allegado en un momento dado, también obliga a utilizar su caso como exponente local, y destacado por tanto, a no ocultarlo ante el lector ni aun por la piedad que provoca el hecho cierto de que la mera, sin juicios, respetuosa, exposición de nuevo del tema y el personaje ante el público puede volver a herir. ¡Y nosotros que hasta ahora teníamos a la ética por una guía sencilla, maniquea incluso, un mapa de ruta en blanco y negro y fácil de seguir!


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