Del 22 al 29 de agosto de 2004



LA COLUMNA

Eric L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Tener... los puestos

Creer o no creer como Tomás, el apóstol. Si el papel aguanta con todo, la internet tiene una virtud y un defecto. Por un lado la información fluye con una rapidez sin límites y, por otro, ahí cabe de todo un poco; desde fotomontajes hasta tremendas mentiras e ineludibles verdades. Por eso es comprensible la disyuntiva que enfrenta el gobierno de un país como El Salvador, que tiene su propia idiosincracia y una manera muy particular de analizar el mundo. ¿Qué puede hacer frente a la amenaza terrorista que circula en la internet desde hace unas semanas? Las opciones que quedan son pocas si nos ponemos a comparar nuestra tecnología -en la lucha antiterrorista- con el mundo desarrollado.

Por el momento, está claro que la estrategia salvadoreña se resume en una palabra: esperar. Pero, esperar... ¿qué? ¿un atentado? ¿información de la embajada estadounidense? Pues, basta con esperar e... imaginar. Por ejemplo, si la amenaza fuera en serio, ¿cuál sería el lugar de los hechos? Sin duda, bajo la lógica de las torres gemelas, en Nueva York, y la estación de trenes de Atocha, en Madrid, no queda otro camino que trazar cualquier posible escenario donde haya aglomeraciones y eso no es difícil en el país si traemos a cuenta que somos alrededor de seis millones los que peleamos por un espacio cada día de nuestras vidas. Ahora, después de la carnicería en el Penal La Esperanza, cualquier terrorista sabe que en El Salvador no es necesario tener kilos de dinamita para organizar una masacre. Basta con tener las cárceles llenas.

¿Y si buscan dañar el corazón de la economía? Eso está más difícil porque quien nos sostiene es el salvadoreño que reside en el exterior, ese concepto tan amorfo que sólo se traduce cuando vienen las remesas familiares envueltas en papel bancario. ¿Cómo atentar contra tres millones de compatriotas que pululan en el mundo?

Lo cierto es que mientras pasa esta aciaga espera no hay mejor alternativa que machacar un poco más a la izquierda, que da motivos de sobra. Por ejemplo, todos conocen su pasado guerrillero y el hecho que siempre viva sumida en sucesivas luchas intestinas. ¿Qué más se puede pedir? Además, no hay que olvidar sus amistades revolucionarias en la Europa oriental, el sudeste asiático y el Oriente Medio, y etcétera, etcétera. En resumen. Está claro que si algo estalla en San Salvador, ya sabremos hacia dónde se dirigirán las primeras indagaciones y acusaciones.

Por eso no hay como vivir en un país donde todos, toditos, desde el jefe de estado hasta el último policía y vigilante privado, sabe que ante la amenaza terrorista hay que tenerlos puestos.


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