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LA
COLUMNA

Tener...
los puestos
Creer o no creer como Tomás, el
apóstol. Si el papel aguanta con todo, la internet tiene una
virtud y un defecto. Por un lado la información fluye con una
rapidez sin límites y, por otro, ahí cabe de todo un poco;
desde fotomontajes hasta tremendas mentiras e ineludibles verdades.
Por eso es comprensible la disyuntiva que enfrenta el gobierno de un
país como El Salvador, que tiene su propia idiosincracia y una
manera muy particular de analizar el mundo. ¿Qué puede
hacer frente a la amenaza terrorista que circula en la internet desde
hace unas semanas? Las opciones que quedan son pocas si nos ponemos
a comparar nuestra tecnología -en la lucha antiterrorista- con
el mundo desarrollado.
Por el momento, está claro que la estrategia salvadoreña
se resume en una palabra: esperar. Pero, esperar... ¿qué?
¿un atentado? ¿información de la embajada estadounidense?
Pues, basta con esperar e... imaginar. Por ejemplo, si la amenaza fuera
en serio, ¿cuál sería el lugar de los hechos? Sin
duda, bajo la lógica de las torres gemelas, en Nueva York, y
la estación de trenes de Atocha, en Madrid, no queda otro camino
que trazar cualquier posible escenario donde haya aglomeraciones y eso
no es difícil en el país si traemos a cuenta que somos
alrededor de seis millones los que peleamos por un espacio cada día
de nuestras vidas. Ahora, después de la carnicería en
el Penal La Esperanza, cualquier terrorista sabe que en El Salvador
no es necesario tener kilos de dinamita para organizar una masacre.
Basta con tener las cárceles llenas.
¿Y si buscan dañar el corazón de la economía?
Eso está más difícil porque quien nos sostiene
es el salvadoreño que reside en el exterior, ese concepto tan
amorfo que sólo se traduce cuando vienen las remesas familiares
envueltas en papel bancario. ¿Cómo atentar contra tres
millones de compatriotas que pululan en el mundo?
Lo cierto es que mientras pasa esta aciaga espera no hay mejor alternativa
que machacar un poco más a la izquierda, que da motivos de sobra.
Por ejemplo, todos conocen su pasado guerrillero y el hecho que siempre
viva sumida en sucesivas luchas intestinas. ¿Qué más
se puede pedir? Además, no hay que olvidar sus amistades revolucionarias
en la Europa oriental, el sudeste asiático y el Oriente Medio,
y etcétera, etcétera. En resumen. Está claro que
si algo estalla en San Salvador, ya sabremos hacia dónde se dirigirán
las primeras indagaciones y acusaciones.
Por eso no hay como vivir en un país donde todos, toditos, desde
el jefe de estado hasta el último policía y vigilante
privado, sabe que ante la amenaza terrorista hay que tenerlos puestos.
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