22 de febrero de 2004


INTERNACIONAL

El caos reina a manos de jefe
rebelde en Haití

Gonaives es el centro de la rebelión que amenaza con derrocar al gobierno
del ex sacerdote Jean-Bertrand Aristide. El foco de la rebelión constituye atisbos
poco alentadores para la estabilidad de esta nación caribeña.

Mike Williams
GONAIVES, Haití.

vertice@elsalvador.com

El temor a los saqueos y los asesinatos indiscriminados tiene en vilo a la población haitiana desde hace semanas.

El caos tiene rostro. Es un hombre iracundo con las mejillas manchadas de hollín como pintura de guerra, el cual da la bienvenida a los visitantes que llegan a esta agobiada ciudad con un rifle automático en las manos. Detrás de él, una pandilla de animados jóvenes obstruye la entrada a la ciudad con barricadas humeantes, erigidas con piedras puntiagudas y los restos carbonizados de vehículos destruidos.

Personas hambrientas vagan por las calles, mendigando comida o dinero, al tiempo que miles de sus vecinos han huido hacia áreas rurales o se marcharon a otras ciudades, temerosos de un inminente baño de sangre. El hospital se está cerrado debido a que los médicos están demasiado atemorizados para venir a trabajar, después de que los rebeldes y la policía se enfrentaron en un intenso tiroteo.

La mayoría de los establecimientos comerciales siguen cerrados y una importante gasolinera, con sus tanques aparentemente vacíos, revela una escena de confusión.

“Mi bebé llora porque no tengo comida”, dijo Jeanette Pierre, de 19 años de edad, inclinada contra el pilar del complejo con piso de tierra que habita. “Sí hay comida, pero los precios son muy altos y de todas formas no tengo dinero”.

Tambores de guerra

A lo largo de un kilómetro y medio, la autopista que conduce a la ciudad está cubierta por una hilera tras otra de improvisadas barricadas hechas con piedras, cristales rotos, pilas de basura y vehículos destruidos, levantadas con el fin de repeler un supuesto contraataque gubernamental.

A pesar de lo que da la impresión de ser una anarquía, existe cierta jerarquía de mando, y este desordenado desfile es encabezado por un joven rudo, quien declaró ante algunos periodistas que sería el Presidente de Haití. Su nombre es Buteur Metayer, y su reclamo del poder se basa, al parecer, en el hecho de que su hermano Amiot, quien en alguna época fue un leal y autoproclamado esbirro del asediado presidente Jean-Bertrand Aristide, murió el año pasado luego de distanciarse de Aristide, convirtiéndose en un mártir local.

Da la impresión de ser un raciocinio dudoso para el poder, la cual sólo se refuerza por el caos que plaga actualmente a Gonaives, la cuarta ciudad más grande de Haití y normalmente el hogar de más de 200,000 personas.

Lograr una audiencia con Metayer es un arreglo muy delicado. Se mantiene encerrado en uno de los municipios más pobres de la ciudad, un deprimente barrio formado por dilapidados caseríos que dan al mar, repleto de basura y decrépitas lanchas.

La huella del ‘líder’

“Esta era de Amiot”, dijo, señalando con el brazo como un guía de turistas. En la cercanía, yace la tumba del líder acribillado, otro santuario instantáneo que fue botado justo en la calle, rodeado ahora por una pequeña cerca y coronado por una bandera haitiana y un busto de bronce del héroe. Amiot Metayer, de quien se informó que dirigía Gonaives al estilo de un don de la mafia, calificó alguna vez a su grupo como el “Ejército Caníbal”, pero su hermano, quien actualmente concede entrevistas a la prensa internacional, lo rebautizó como el “Frente de Resistencia Artibonita”, nombre derivado del valle ribereño en los alrededores.

Sin embargo, otras revoluciones han nacido en un ambiente igualmente magro, y los guardias de Metayer sostienen sus rifles con una amenaza casual, sus rostros impasibles aptos para ser asesinos a sueldo.

Metayer hace alarde de que sus hombres tomarán poblado tras población hasta que lleguen a la capital, Puerto Príncipe, cuando enviarían al presidente Jean-Bertrand Aristide rumbo al exilio. Se niega a decir cuántos soldados tiene su harapiento ejército. “En lo personal, no creo que Bush sea mi enemigo, pero se convertirá más en mi amigo cuando se lleve lejos a Aristide”, dijo.


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