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LA
COLUMNA

Hombres
de filigrana
Fue hacia el Siglo V, en la capital de la Grecia
clásica, justamente donde se celebrarán los próximos
Juegos Olímpicos, en Atenas, donde nació ese concepto
político que rige nuestro estilo de vida occidental. La democracia,
el sistema de gobierno en el que la soberanía pertenece al pueblo.
Esa lectura textual es la meta del llegar a ser.
Los países que se precian democráticos son de dos tipos:
aquellos con instrumento directo, donde los ciudadanos participan por
medio de asambleas decisorias y el uso de delegados que acaten la decisión
colectiva; y, por otro lado, la visión representativa, formal
o delegada, donde el pueblo sólo interviene en la elección
de sus representantes escogidos, que están en los partidos políticos.
Acá, la máxima expresión es la emisión del
voto, el apetecido sufragio.
Sin embargo, si nuestro sistema está siendo criticado, ¿no
será porque el votante se está cansando de que después
del voto nadie se acuerda de sus demandas? Es decir, el elector no tiene
otra opción más que confiar en las promesas hechas durante
la campaña electoral. Se la juega a cara o cruz. Pero echemos
un vistazo a las bases del modelo que nos rige (la democracia). Sí,
leamos al buenazo de Aristóteles y su obra elemental, Política,
quien define que en democracia, los pobres son soberanos porque
son el mayor número, y porque la voluntad de la mayoría
es ley, a lo que agrega,
La igualdad en el Estado pide que los pobres no tengan más
poder que los ricos, que no sean ellos los únicos soberanos,
sino que lo sean todos en la proporción del número existente
de unos y otros o dicho en buen salvadoreño: los ricos,
al participar en el gobierno de la polis, siempre serán minoría
por una lógica indubitable: existen más pobres que ricos.
Pero eso no es nada nuevo; el panorama se complica cuando una clase
no escucha a la otra; entonces, habrá un problema de convivencia,
que cuestiona el espíritu de lo filosofado por Aristóteles.
Si el sistema empieza a ser criticado por gordos o flacos, trigueños
o mestizos, lumpen proletario o clase media ascendente, indocumentado
o residente, es la señal inequívoca de que algo pasa en
el ambiente y, sin ser demasiado sabuesos en la búsqueda de respuestas,
caeremos en la cuenta de que la mala percepción redunda en los
yerros humanos de nuestros representantes y modelos públicos
que evocan más vergüenza que orgullo. Si no lo capta, haga
una revisión a nuestra clase política, esos hombres de
filigrana, ese fruto orfebre hecho con mucha delicadeza con hilos de
oro y plata; pero cuya consistencia es tan sólida como un algodón
de azúcar a la venta en el parque infantil.
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