22 de febrero de 2004


LA COLUMNA

Erick L. Lemus
vertice@elsalvador.com

Hombres de filigrana

Fue hacia el Siglo V, en la capital de la Grecia clásica, justamente donde se celebrarán los próximos Juegos Olímpicos, en Atenas, donde nació ese concepto político que rige nuestro estilo de vida occidental. La democracia, el sistema de gobierno en el que la soberanía pertenece al pueblo. Esa lectura textual es la meta del llegar a ser.

Los países que se precian democráticos son de dos tipos: aquellos con instrumento directo, donde los ciudadanos participan por medio de asambleas decisorias y el uso de delegados que acaten la decisión colectiva; y, por otro lado, la visión representativa, formal o delegada, donde el pueblo sólo interviene en la elección de sus representantes escogidos, que están en los partidos políticos. Acá, la máxima expresión es la emisión del voto, el apetecido sufragio.

Sin embargo, si nuestro sistema está siendo criticado, ¿no será porque el votante se está cansando de que después del voto nadie se acuerda de sus demandas? Es decir, el elector no tiene otra opción más que confiar en las promesas hechas durante la campaña electoral. Se la juega a cara o cruz. Pero echemos un vistazo a las bases del modelo que nos rige (la democracia). Sí, leamos al buenazo de Aristóteles y su obra elemental, Política, quien define que “en democracia, los pobres son soberanos porque son el mayor número, y porque la voluntad de la mayoría es ley”, a lo que agrega,

“La igualdad en el Estado pide que los pobres no tengan más poder que los ricos, que no sean ellos los únicos soberanos, sino que lo sean todos en la proporción del número existente de unos y otros” o dicho en buen salvadoreño: los ricos, al participar en el gobierno de la polis, siempre serán minoría por una lógica indubitable: existen más pobres que ricos. Pero eso no es nada nuevo; el panorama se complica cuando una clase no escucha a la otra; entonces, habrá un problema de convivencia, que cuestiona el espíritu de lo filosofado por Aristóteles.

Si el sistema empieza a ser criticado por gordos o flacos, trigueños o mestizos, lumpen proletario o clase media ascendente, indocumentado o residente, es la señal inequívoca de que algo pasa en el ambiente y, sin ser demasiado sabuesos en la búsqueda de respuestas, caeremos en la cuenta de que la mala percepción redunda en los yerros humanos de nuestros representantes y modelos públicos que evocan más vergüenza que orgullo. Si no lo capta, haga una revisión a nuestra clase política, esos hombres de filigrana, ese fruto orfebre hecho con mucha delicadeza con hilos de oro y plata; pero cuya consistencia es tan sólida como un algodón de azúcar a la venta en el parque infantil.


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