Del 21 al 28 de noviembre de 2004


RELATOS
Confesiones negras de una ex policía

Roxana es el nombre ficticio de una destacada ex agente que —según afirma— afrontó problemas de corrupción, prepotencia y acoso sexual en la institución. Ahora está presa en Cárcel de Mujeres porque dejó la ley para coliderar una banda de asaltantes. Esta es la historia que ella compartió con el periodista Juan Carlos Rivas

Vértice
Juan Carlos Rivas

Digo que fui una estúpida y nunca voy a dejar de pensarlo. Nunca se me ocurrió que la DIC (División de Investigaciones Criminales) iba a estar rondando la cuadra.

Esa semana habíamos robado tres tiendas en la misma zona y se me pasó por alto que podían estar recopilando información; así que regresamos. Mientras estábamos en el piso de arriba cometiendo el atraco, la DIC estaba abajo, esperándonos.

Ya teníamos el carro lleno. Mis compañeros estaban dentro mientras yo salía campante. Estaba por llegar al carro cuando aparecieron dos patrullas y dos motos que se atravesaron y nos arrinconaron.

Sabía que iban a golpearme y, como ya estaba embarazada, no opuse resistencia. Por eso, el policía se molestó y quiso golpearme.

Pero yo le dije: “¿por qué me vas a pegar si no me estoy oponiendo?” Entonces les aconsejé a mis compañeros: “déjense esposar y no se resistan”.

Al sitio llegaron los ofendidos de las tres tiendas, aunque sólo uno podía comprobar el robo. El procedimiento fue ilegal, porque el careo se hace con la autorización del juez y ellos lo hicieron en la calle. Aún así, ya estaba preparada sicológicamente para cuando me agarraran.

Nos llevaron a las bartolinas, donde estuvimos cinco días, ahí nos interrogaban y reunían las pruebas, que eran muchas. Entonces empezó el proceso. Al final me dieron 54 años de prisión.

Cuando entré a la cárcel ya se me notaba el estómago. Nadie me hablaba. Tuve problemas desde el primer día porque a la que mandaba yo le había quitado el novio. Ésa me hizo la vida imposible hasta que llegó el día que no aguanté. Entonces le di duro y santo remedio.

Me peleé unas 15 veces, pero fue para adquirir respeto. Y como no tenía nada, dinero ni nada, acepté que me iban a penar y que tenía que hacer algo para sobrevivir. Había aprendido a tejer crochet y decidí dedicarme a hacer ropa y a tejer. Ahora vivo de eso. Le voy a contar cómo empezó todo.

POLICÍAS Y LADRONES

Estudié en el Instituto José Damián Villacorta, de Santa Tecla. Al graduarme no tenía planes, pero un día una amiga me pidió que le acompañara a la Academia Nacional de Seguridad Pública para hacer las pruebas y aspirar a agente. Sólo yo quedé.

Cuando me llamaron, en el año 2000, me adapté sin problemas, quizás porque siempre he andado en la calle. Destaqué en varias áreas como deportes, prácticas de tiro y peleas cuerpo a cuerpo.
Me gradué y pasé a formar parte del PPI, la División de Protección a Personalidades Importantes y fui asignada a la Asamblea Legislativa por un corto tiempo.

Después me pasaron a Seguridad Pública y estuve en varias delegaciones metropolitanas. Ahí comenzaron los problemas de acoso sexual. También vi que en la policía había corrupción, hambre de dinero, pero fue el acoso lo que me desesperó. Yo fui una de las primeras que denunció a un subcomisionado hace años, pero aquí en El Salvador estas cosas no funcionan y no le interesan a nadie. En Joateca, Morazán, otro subcomisionado trató de meterme a un cuarto.

Me aburrí de que las mujeres que ascendían o tenían buenos cargos lo lograban a cambio de sexo. Vi que no podía tener un mejor futuro en la policía a pesar de ser una de las mejores: sobresalía en los operativos y hasta llegué a ser la tiradora número uno de la promoción.

Pero la situación se volvió extrema, el acoso hizo que renunciara a la policía y me quedara en el aire. No sabía qué hacer porque no veía oportunidades de trabajo... hasta que un día me invitaron a robar.

Un amigo que conocía y se dedicaba a eso llegó una tarde y me dijo que se ganaba mucho dinero, que todo se hacía rápido y se trabajaba con base en un plan que consistía en vigilar durante varios días el local seleccionado y luego se aprovechaban las horas de menos movimiento.

EL OTRO LADO


No lo pensé mucho y lo hice. El primer robo fue en el centro de San Salvador. La banda estaba liderada por un señor con bastante experiencia. Tres días después entramos e hice lo que me dijo, por eso todo fue rápido: apuntamos, amenazamos y tomamos el dinero y las cosas. Siempre viajábamos cuatro; tres nos metíamos a las tiendas, el otro vigilaba.

Esa vez, en el momento del robo, pasó un carro con policías. Como recién había dejado la institución, todos los agentes me conocieron y me saludaron. No se dieron cuenta de lo que estábamos haciendo. Eso me pasó muchas veces.

“Me peleé como 15 veces, pero fue para ganarme el respeto. ahora, dios me ha cambiado”

Me di cuenta que robar no era nada del otro mundo, aunque me puse un poco tensa porque ya estaba del otro lado. De alguna forma me sorprendí de cómo era posible que se cometieran robos con la policía enfrente. Entonces pensé: ¿cuántas veces estuve parada así y no me di cuenta? Después de eso no volví a ponerme nerviosa.

Días más tarde me pasé con una banda mejor organizada, ahí sí eran violentos, sobre todo el jefe —El Chino— que ahora está preso por dirigir la banda de robafurgones. Él me decía: “disparales, porque si no los matás, te pueden reconocer”.

Mire, yo me hice de una sangre tan fría al andar robando... Después me dediqué a robar por encargo para los coyotes, que me pedían productos de belleza, aros de lentes, televisores, etc. Mis otros amigos me decían que dejara de robar porque era peligroso, pero eso se vuelve una adicción.

Me sentía inmortal. Hasta llegué a trabajar con brujos. Yo tuve un novio que me dijo que me había hecho una protección, que donde yo me metiera a robar no iba a pasarme nada, no iba a morir. Tenía una botella de agua florida con la que nos mojaba antes de empezar. Y mire, era todo tan mental que a quien no le echaba caía preso, o el carro, si no lo mojábamos, lo perdíamos. Y así seguimos un tiempo.

Por esos días caí presa por primera vez, me dieron tres meses por cómplice de un robo menor.
Ahí conocí la cárcel y aprendí a vivir en ella. Todo fue tan tranquilo que hasta llegó a gustarme el ambiente. En ese momento supe que si algún día me atrapaban no la iba a pasar tan mal.

Salí libre y me dediqué a lo mismo. Un día, una muchacha que había conocido estando presa me dijo que le acompañara a Mariona a ver a su novio. Le dije que sí y tomamos el bus.
Cuando llegamos... no puedo explicarlo, pero me enamoré sólo con verle, y empezamos una relación, se lo quité y ahora es el padre de mi hijo.

Volví a la calle. Cada vez era más peligroso. Un día que no teníamos objetivo fuimos a “basurear”, es decir, a cometer atracos menores. No habíamos avanzado mucho cuando vimos a un grupo de jóvenes bien vestidos, con sus cadenas de oro y sus celulares ¡les encañonamos y les quitamos todo!

Pero resultó que dos eran de la Banda Power Ranger y los otros de otra banda robacarros. Recién nos habíamos subido al microbús cuando se nos apostaron tres carros, dos a los extremos y otro por detrás que nos venían golpeando con la intención de sacarnos del camino. Y comenzó la balacera.

Al cumplir cinco años su hijo tendrá que dejar el penal; para esa fecha, Roxana apelará.

De dos carros nos llovían las balas; 9 milímetros y 3.80. No teníamos para defendernos más que dos 9 mm. Cuando estaban a punto de alcanzarnos logramos esquivarlos entre el tráfico, me bajé del carro y empecé a correr hasta que vi una puerta abierta, me metí y le pedí a la señora que ahí estaba que me escondiera porque me andaban persiguiendo ladrones, y me ayudó.

Estuve ahí tres horas. Esa ha sido la vez que más miedo he sentido, porque los tuve muy cerca. En total participé como en diez balaceras y en todas salí sin un rasguño.

LA LUZ EN LAS SOMBRAS


Pero un día nos estaban esperando. Como era tan sencillo cometí el error de regresar a robar al mismo sitio y ahí estaba la DIC, el resto ya lo sabe.

A mí me agarraron por tres robos en dos ópticas y una zapatería. Según la ley son ocho años por cada delito, lo que equivale a 24, pero me separaron tanto los casos que hasta me sumaron los delitos de privación de Libertad en dos vendedores. La fiscal se empeñó en que nos condenaran.

Me capturaron un 7 de junio; el día anterior había cumplido años. A veces siento que caer presa fue como un alivio porque le estaba haciendo daño a muchas personas.

La cárcel me enseñó a madurar. El primer año y medio fue difícil, no me hablaban por lo del novio y me buscaban pleito, pero yo las agarraba como policía y les daba duro, así me hice respetar.

Pero yo quería cambiar y me hablaron del culto, para ese momento medité: ¿Qué necesitamos los seres humanos para cambiar? Aquí viene mucha gente que no aprende y no cambia, ahora siento que ésta (la cárcel) es una manera para que algunos aprendan.

En mi caso, la idea no era que (Dios) me sacara, sino que me cambiara. Llevo dos años sin pelear y portándome bien para solicitar, dentro de tres años, un recurso que me baje la pena.

Por el momento estoy dedicada a mi niño, que ya tiene tres años, sigo con el crochet para juntar dinero y estoy tranquila.

Por suerte tengo acceso al programa materno-infantil y tenemos ciertos privilegios. Por otro lado, sigo con el padre, que pronto va a quedar libre; nos escribimos cartas y aunque tiene un año de no ver a nuestro hijo, pronto alguien me hará el favor de llevárselo. Como le explico, ha sido tan lindo lo que viví con él que no me arrepiento, fue como de novela.

Yo no siento la cárcel porque estoy con mi hijo, quien, aparte de Dios, es mi pilar. Por eso no siento el tiempo. Sé que dentro de dos años se va, lo tendrá mi hermana que lo quiere mucho y lo veré cada ocho días. Sé que nos va a hacer falta dormir juntos pero cuando crezca lo entenderá.

Yo soy fuerte, sé que puedo aguantar mucho y sé que voy a quedar libre antes del tiempo para estar con él. Sé que voy a salir libre”.

 


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.