Del 21 al 28 de octubre de 2004


Niños en depósito
Pequeños Sirvientes

Estos niños, por lo general de procedencia rural, abandonan sus familias para ser “adoptados” por parientes o amigos quienes les brindan techo y comida. Pero la salida de sus hogares implica también dejar de lado los juegos y estudios para enfrentar una vida llena de trabajo arduo y, en algunos casos, la discriminación

Nathalie Villarroel / Alicia Miranda
vertice@elsalvador.com

A muchos niños “adoptados” no les permiten jugar con sus hermanos de crianza. Foto: EDH/Lissette Lemus


Santos Larín, de 70 años, es oriundo de Sonsonate. Su pelo ha encanecido y de su rostro arrugado destaca la nariz respingada.

Es de semblante serio. Es necesario que suceda una ocasión muy divertida para que deje escapar una risita casi ahogada en la que muestra apenas la dentadura, completa y de apariencia sana.

Santos deja entrever una melancolía que, según sus conocidos, mantiene siempre.

A diferencia de muchos septuagenarios para quienes su niñez es apenas un recuerdo vago, Santos no puede olvidar el día que su madre lo entregó a un pariente cercano para que aprendiera a trabajar.

Al inicio no quería relatar su historia. Cuando se decidió, lo hizo con amargura y entre dientes.

“Cuando yo tenía diez años no fui a la escuela del pueblo. Mi mamá creía que aprender un oficio era mejor para mí y, segura de eso, decidió darme al cuidado de mi tío. Lo que ella no sabía era la clase de persona a la que me había entregado”, recuerda.

La estadía en aquella casa rural del cantón El Carrizal, al norponiente de Sonsonate, marca para Santos la experiencia más triste de su niñez. Madrugones, trabajo duro y palizas por casi cualquier cosa, es lo que más repica en su memoria.

“Mi tío nos levantaba a mi primo Edgar y a mí a las cuatro de la mañana a arrear las vacas. Me acuerdo que nos costaba levantarnos porque no habíamos dormido nada... nos acostábamos a las 11 ó 12 de la noche haciendo oficio.

Pero, ¡ay de nosotros si no nos levantábamos al primer aviso! Nos daban duro con una correa, nos marimbeaba como si fuéramos las bestias”, enfatiza.

Acostarse tarde y levantarse temprano, las duras palizas y no poder jugar, dejaron profundas huellas en su vida.
Una de las tareas más difíciles que debía cumplir al inicio de cada día, mientras vivía en casa de su tío, era llevar agua en cántaro desde el río hasta el abrevadero para las vacas y los caballos, y abastecer la casa para el consumo doméstico.

“Apenas si podía con aquellos viajes de agua pues yo era muy delgado, pero ni siquiera tenía derecho a quejarme, mucho menos a descansar por un momento. Ese tiempo fue el más grosero que yo haya vivido. Mi tío ni mi mamá tenían derecho a darme esa vida”, recalca.

“Mi mamá me castigaba duro pero al menos era la que me había parido y aunque vivía en pobreza estaba con ella”, dice mientras decide terminar la conversación.

Santos no había sido el único que sufrió en aquella casa. Según narra, antes de su llegada y después de su partida, muchos otros niños (parientes y particulares) probaron la rigurosa “enseñanza de la vida” que daba el tío Jorge.

Promesas de bienestar


Como el caso de Santos hay muchos más que no han sido contabilizados porque tales situaciones no están registradas como sucede con las adopciones legales.

Desde tiempos remotos muchos niños han sufrido vejámenes por su situación de inestabilidad familiar. Los casos continuarán hasta que las leyes de protección familiar lo impidan.

Ver que otros infantes se divierten mientras a él le toca trabajar es un trauma que persiste a través de la vida. Foto: EDH/Lissette Lemus

El derecho del niño a una familia es inalienable. Sin embargo, la situación de pobreza ha obligado a muchas madres a tomar la dura decisión de dejar a sus hijos al cuidado de una persona que sí puede darles abrigo, comida y educación.

Por esta razón, no es extraño encontrar a un niño que ha nacido en el interior del país, “ayudando con los quehaceres” en las casas de familias capitalinas.

Según los informes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), en la mayoría de estos casos, los infantes son expuestos a maltrato psicológico y no son tratados de la misma forma que los hijos naturales de la familia; a menudo se les considera una “propiedad” y no como a un miembro más del hogar.

“Muchas veces ni siquiera comen lo que come la familia de la casa. La relación con ellos es autoritaria, basada en gritos y golpes, con abuso sexual y verbal-psicológico”, afirma Carmen Moreno, coordinadora regional del IPEC de la OIT. Estos pequeños, en ocasiones suelen perder todo contacto con sus grupos familiares debido a las distancias geográficas.

Heridas invisibles


Los ojitos achinados de Regina lucen siempre cansados, su sonrisa es melancólica.

Asegura que por más que intenta olvidarla, extraña a su mamá. Por eso la nostalgia la acompaña siempre, sobre todo en los efímeros momentos de descanso que tiene desde que fue “adoptada”.

Aunque apenas tiene 10 años, hace dos dejó los juegos para transformarse, involuntariamente, en el personal de servidumbre de un hogar ajeno.

Regina comienza su labor doméstica a las cinco de la mañana cuando se levanta a llenar los cántaros de agua, hacer las tortillas del desayuno, ordenar los estantes de un mini supermercado y asear la casa. Después ayuda con las compras del mercado. Cocina, lava y hace las veces de niñera el resto del día.

La niña fue enviada a la casa de los “patrones”, quienes antes empleaban a su madre, para que ayudara en los oficios a cambio de techo y comida. Según la señora que la ha adoptado. Regina es una más de la familia. Pero la chiquilla no lo vive de esa forma.

“Yo también quiero jugar —dice— no sé por qué yo no puedo y todos los demás sí. Le apuesto que si juego me llaman para que vaya a hacer oficio”.
“Vení”, le dice Regina a una niña un poco mayor que ella tirándola de la blusa. “¡Esperáte mona!”, le responde ésta mientra la empuja y sigue corriendo.

“Estoy aburrida que la Yanirita me pegue”, explica sobándose el brazo. “Me duele, ella no se da cuenta pero pega duro”, añade.

Conversa inquieta y presa de la ansiedad, habla sobre su vida y las faenas que realiza a diario. “Lo que más me cuesta es levantarme a las cinco de la mañana, pero si no lo hago... me levantan”, asegura mientras agita su mano y hace sonar sus dedos.

Al preguntarle por qué no está con su madre, ella responde: “Ah... eso yo no sé; dicen que es porque ella no me puede tener”. Pero luego recapacita y se pregunta “no sé por qué mi mami no me puede tener… yo sé que me quiere pero no sé para qué me mandó aquí”, dice con tristeza.

Un experto de la OIT dijo que es común que a los niños “regalados” no los traten igual que a los hijos naturales. Foto: EDH/Lissette Lemus

“Cuando me regañan me dicen que me van a llevar a la casa para que ande de nuevo llena de ronchas y piojos, pero a mí eso no me da miedo”, agregó antes de mencionar que lo que le gustaba más de su actual casa era que tenía ropa y caía agua potable.

Pero en la casa de su madre tampoco la vida era color de rosa. “Los amigos de mi padrastro son bolos, por eso mi mamá dice que yo estoy bien aquí, pero no es cierto. Aquí soy arrimada”, mencionó Regina mientras se despedía por miedo a un regaño... no podía llevar tarde las tortillas. Se alejó rompiendo las hojas de un árbol cercano y llevándose una ramita para quebrarla en el camino.

La madre adoptiva de Regina es una mujer tranquila pero segura de que las reglas a cumplir y mantenerse ocupado, sin dedicarle tiempo al juego, son el camino para evitar que una jovencita “se pierda”.

“La niña en esa casa (la de su madre) estaba expuesta a que algún hombre mañoso la violara, estaba toda desnutrida y descuidada, siempre andaba descalza y tenía enfermedades en la piel”, aseguró, explicando que su intención es protegerla, pero que debe aprender a ser oficiosa y ayudar a pagar su manutención “aunque sea lavando los platos”.

Agotando recursos


Benjamín Smith, asesor técnico principal de la OIT para El Salvador, explica que la realización de tareas domésticas en hogares de otras personas es muy común entre estos niños salvadoreños.

Agrega que, aunque tal tipo de labores no entran en la definición formal de trabajo, su desempeño durante largas jornadas interfiere en la educación formal de los menores.

“En 2003 se estudió una muestra de 110 casos de explotación doméstica en menores. Pero se detectaron alrededor de 15 mil niños menores de 14 años trabajando en hogares, la cifra es enorme”, comenta Smith.

La OIT lleva a cabo programas de acción para retirar a los niños del trabajo infantil con programas de capacitación para los padres de ellos, con el objetivo de que tengan “armas” para costearse un mejor nivel de vida y no necesitar del ingreso de sus hijos o de entregar a alguno de ellos a otra familia.

“Hay que atacar un poco la subvalorización de las niñas, no es suficiente que aprendan a planchar, cocinar y a hacer oficios domésticos, ellas tienen derecho a estudiar y a jugar”, añade Smith.

Explica además que las niñas que viven estas situaciones no tienen acceso a su familia ni a amigas, viven encerradas trabajando y esto les genera un estrés y daño psicológico que deja secuelas a largo plazo.

“Las niñas ven a los hijos de los patrones jugando y disfrutando pero ellas no pueden hacer lo mismo, eso les causa una baja estima que se agrava críticamente cuando se le suma una abuso sexual, que se ha dado en algunos de los casos”, enfatiza Smith.
Para el Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Niñez y la Adolescencia (Isna) el mejor lugar para un niño es su hogar.

“Cada vez que se presenta un caso a la institución, de cualquier tipo, lo primero que se hace es una evaluación del menor y su núcleo familiar. El Isna agota todos los recursos con la familia del niño antes de tomar la decisión de llevarlo a un albergue”, explica Alma Arias, quien trabaja en el área de atención psicológica de esa entidad.

Según la experta, la mayoría de los casos que la institución recibe se da en familias que viven en extrema pobreza. “Aunque es verdad que las cosas materiales son imprescindibles, los seres humanos, antes que nada necesitamos afecto, si el niño crece rodeado de su familia, no importando si es de bajos recursos, estará mejor”, dice.

Arias explica que los niños no ven el aspecto material como lo vemos los adultos: “El niño juega con cualquier cosita que encuentra en su camino, no es consciente de una situación económica”.

Niños de regalo

La diferencia

Pero no todas las historias de estos “cenicientos” modernos son tristes.
Por ejemplo, en Valle Encantado, Sensuntepeque, vive Noelia Abigaíl Amaya, de 7 años, junto a su tía Sarita, quien se esmera en su cuidado y en realizar todos los sueños de “su niña”.

Noelia es una historia feliz. Ha llenado el vacío de su tía, doña Sara Meléndez, quien tiene grandes esperanzas para la chiquilla. Foto: EDH/Lissette Lemus

“Yo soy mayor, pero no quiero que la niña piense que está con una vieja solterona y amargada, por eso trato de ser alegre, de saber qué ropa está a la moda para vestirla”, explica sonriente doña Sara Meléndez Mendoza, de 48 años, mientras muestra una sencilla blusa que acaba de coserle a Noelia.

Ella tiene presente que aunque la niña no es su hija natural, no se priva de serlo espiritualmente: “Desde que vino, a la edad de dos años, llenó de felicidad mi vida”.

La menor llegó a casa de su tía Sara después de que sus padres se separaron y formaron nuevas familias.
“Su madre es bien pobre por eso fue que en un principio entregó la niña a su padre y después a mí ...”, dice. “Pero el papá sí adora a Noelia y le ayuda con los gastos. Está pendiente de todo lo que ella necesite”.

“Llegó en el mejor momento, como una bendición. Todo lo que gano como costurera es para ella. Somos pobres pero mi sobrino (el padre de Noelia) y mi hermana, que vive en Estados Unidos, me ayudan. Las dos ayuditas nos sirven para vivir”, explica.

Noelia es una niña que proyecta vida, es extrovertida, inquieta y juguetona. Corre de un lado para otro en su humilde casa mientras Sara la sigue con la mirada.

“Esta blusa me la hizo mi tía, para que vaya bien bonita a la fiesta de la escuela”, dice dando brincos en un solo ladrillo.
Sara sueña en grande cuando se trata de Noelia. “Aunque le voy a enseñar a coser, quisiera que ella fuera enfermera o ingeniera. Este año no salió bien en la escuela y creo que si la pasan de año le van a hacer un daño. ¿Verdad que el año que viene vas a salir mejor?”, interroga a la menor.

“Ella es lo más importante que tengo”, asegura Sara quien además confiesa que con la presencia de la niña, su miedo a la oscuridad dejó de atormentarla. “Me imagino que es como un angelito que está a la par mía”, dice sonriente. Noelia abraza a su tía al escuchar esas palabras. “Yo soy feliz con mi tía”, dice mientras le toma el rostro a Sara entre sus manos.

Por fortuna, en algunos casos estos niños regresan a sus hogares, donde quizá los espere la pobreza... pero ¿qué es eso comparado con el amor de una madre?

Ley a favor de menores

Las medidas legales son limitadas

En El Salvador hay más de 15 mil niños menores de 14 años que viven del trabajo doméstico en casas particulares según informa la Organización Internacional del Trabajo (OIT). Por lo general han dejado sus hogares entre los nueve y los 11.

Esto se determinó en una muestra de 103 pequeños encuestados para un estudio de la OIT. El marco legal de esta situación es confuso. Según la jueza de Menores Marleni Benavides, cuando se trata de “arreglos entre partes” (los padres con los patronos) no se pueden controlar los casos, a excepción de los denunciados.

Mientras tanto, los derechos de los infantes son vulnerados, a pesar de que el Código de Familia estipula, en el Art. 203, que el niño debe vivir en el seno de su familia sin que pueda separársele de sus padres sino por causas legales.

Y el Art. 36 de la Constitución reza que los hijos nacidos dentro o fuera del matrimonio y los adoptivos tienen iguales derechos frente a sus progenitores. Es obligación de éstos dar a sus hijos protección, asistencia, educación y seguridad.



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