21 de marzo de 2004


INTERNACIONAL

Haití: Un nuevo capítulo en la misma historia

En un cálido día de febrero de 2001, cuando tomó posesión para un segundo
mandato como Presidente de Haití, Aristide se detuvo en medio de su discurso
cuando un ave blanca se posó, casi mágicamente, sobre su atril.

Por Mike Willeam
WASHINGTON.- PUERTO PRINCIPE, Haití.-

vertice@elsalvador.com
El régimen del ex Presidente de Haití, Jean-Bertrand Aristide es un misterio imposible de descifrar a simple vista.

Los periodistas no supieron si el animal era una paloma o un pichón, pero el simbolismo no pasó desapercibido mientras el ex presidente con voz suave predicaba a las masas sobre “construir un país con amor”. Miles de empobrecidos haitianos asomaban la cabeza a través de la reja de hierro alrededor del palacio nacional, para mirar al hombre al que muchos llamaban salvador.
Poco más de tres años después, la plaza frente al palacio donde Aristide pronunció ese discurso se encontraba totalmente desierta.

Disparos, saqueos y confusión se escucharon en todo Puerto Príncipe en días pasados, luego de que Aristide partió con el amanecer al exilo por segunda vez como Presidente de Haití, dejando atrás no un país construido, sino resquebrajado nuevamente por el derramamiento de sangre, el resentimiento y el caos.

Una bandada de pichones blancos era la única señal de vida en torno al palacio.
Fue otro violento cambio de gobierno en Haití.

Este desafortunado país ha soportado 32 golpes en 200 años de atribulada historia, y Aristide proclamó 33, afirmando que Estados Unidos lo expulsó a punta de pistola, acusación que el gobierno del Presidente Bush niega sonoramente. Sin contar esta afirmación, el triste promedio del país es un golpe cada 6.25 años.

A donde irá Haití a partir de ahora es motivo de especulación. Si la historia sirve de guía, el futuro es poco prometedor. Aristide es un misterio y ciertamente un asterisco en la historia, uno de los pocos jefes de estado depuestos del poder por la fuerza en dos ocasiones.

¿Era Aristide verdaderamente la mejor oportunidad que tuvo Haití de construir una democracia auténtica y funcional, que por primera vez trabajó y habló en favor de la empobrecida mayoría del país?

¿O cayó en el patrón aparentemente inevitable de mal gobierno, corrompido por el poder, la avaricia y posiblemente la paranoia, descendiendo de las orgullosas alturas como el primer presidente libremente electo de la nación hasta la ignominia como un dictador mezquino y violento con sangre en las manos?
Como para todo en Haití, no hay una respuesta clara y simple. Probablemente son ciertos elementos de ambas situaciones.

Aristide está en Jamaica refugiado.

En el confuso salón de los espejos que es la política haitiana, muchos creen aquí que, de celebrarse una nueva elección presidencial, Aristide sería el probable triunfador.

A excepción de ese hecho, su extraña danza con las fuerzas armadas de este país -y con una serie de presidentes estadounidense- deja un gran material para la interpretación histórica.

Legado complicado

Lo que deja para Haití no es tan alentador. Electo entre grandes promesas en 1990, Aristide provocó nerviosismo en el presidente George H. W. Bush, un radical que proclamaba una teología de la liberación que rayaba en el socialismo. El primer Bush no tuvo que soportarlo por mucho tiempo: Aristide huyó de un golpe militar en 1991, luego de solamente siete meses en el poder.

Se estableció en Estados Unidos, y atrajo un gran espectro de apoyo por parte de miembros africano-estadounidenses del Congreso y grupos de pensadores liberales. Tras un éxodo al sur de Florida de miles de haitianos que huían de la opresión del gobernante militar Raul Cedras, el gobierno de Clinton se involucró ampliamente en el caos haitiano en 1994, y envió al entonces senador Sam Nunn y al ex presidente Jimmy Carter para convencer a Cedras de marcharse. Varios barcos de guerra repletos con 20,000 marines estadounidenses anclados frente a la costa de Haití apoyaron su caso.

Aristide regresó triunfal. Uno de sus primeros actos fue desmantelar el ejército, un golpe maestro de relaciones públicas que encajó con su autoproclamada imagen de profeta de la paz. A fin de cuentas, pudo ser una decisión estratégica que provocó su caída.

Poder tras el trono

Solamente cumplió una breve parte de su primer mandato En 1995, su fiel aliado Rene Preval se postuló en su lugar y ganó la presidencia, pero muy pronto se hizo evidente que Aristide conservaba el poder.

Ex colaboradores afirman que fue durante el período de Preval que Aristide comenzó a contratar a jóvenes maleantes para hacer cumplir su voluntad política, una práctica extrañamente reminisciente de los temidos “tontons macoutes”, sangrientos ejecutores durante la dictadura de los Duvalier, que gobernó Haití de 1957 a 1985.

Las bandas de Aristide, llamadas “chimeres”, término criollo que significa “fantasmas” o “monstruos” establecieron sus propias empresas criminales y de drogas, para extender su poder y riqueza. Los críticos y políticos de oposición fueron amenazados, hostigados, atacaron y en algunos casos asesinados.

Aristide seguía hablando de construir un nuevo Haití con mejores escuelas, caminos y clínicas, e inició algunos ambiciosos programas, pero llenaba sus propios bolsillos y colocó a compinches en cada oficina del gobierno, según críticos.

Una harapienta oposición depuso al gobernante después de tres semanas de lucha .

Las relaciones con Estados Unidos, que hizo uso de su poderío militar para devolverlo al poder y sostuvo la democracia en Haití, se agriaron. Se vio cada vez más aislado por la comunidad internacional, que retuvo cerca de 500 millones de dólares en asistencia tras las elecciones del 2000, en las cuales el partido de Aristide se adjudicó varios asientos estatales en una dudosa votación.

Algunos creen que, sencillamente, se volvió demasiado ambicioso: su propia elección de manera abrumadora no fue suficiente; deseaba el control total del Parlamento y la asfixia total de sus rivales políticos. Su paranoia y la crueldad de sus seguidores crecía al aumentar su aislamiento, y se convirtió en un “delincuente”, en palabras de Evans Paul, ex simpatizante de Aristide que se unió a la oposición.

estoico en el poder

El año pasado, una creciente corriente de oposición política inició una serie de protestas pacíficas para pedir su dimisión. Aristide pareció soportar las protestas, pero el ciclo se cerró cuando ex soldados inconformes se unieron a ex miembros de las pandillas de Aristide y barrieron el norte del país, prácticamente sin oposición de la debilitada policía.

En tres angustiosas semanas, a partir del 5 de febrero, la harapienta fuerza, con apenas unos cientos de miembros, depuso al Presidente que amaba las palomas y la retórica de la paz, y cuyo dramático desmantelamiento del ejército dejó las puertas del palacio abiertas a sus enemigos.

Mientras se desarrollaba la crisis, Estados Unidos se mantuvo al margen, ofreciendo solamente un tibio apoyo e intentado mediar un acuerdo para compartir el poder entre Aristide y la oposición, que pudo haber terminado con el derramamiento de sangre. El embajador estadounidense se sumó por momentos con los principales oponentes políticos de Aristide y por otros con el Presidente, y fue evidente que Washington abandonaría a Aristide con base en la evidencia de corrupción y violencia que emanaba de su maquinaria política.

Cada vez más arrinconado, Aristide aceptó compartir el poder con la oposición, pero había esperado demasiado tarde. Con el ímpetu y el tiempo de su lado, la oposición no tenía deseos de un compromiso. Suplicó por “solamente una docena” de tropas de paz, el 27 de febrero, pero nadie levantó el auricular al otro lado de la línea.

Dos días después, se había marchado. Los interrogantes que rodean su turbulento período en el poder -13 años, interrumpidos por tres años después del golpe y nominalmente por cinco años de mandato de Preval- asediarán el futuro de Haití y las relaciones exteriores de Estados Unidos durante años. Una vez más, las tropas estadounidenses están en Haití intentando crear el orden en la anarquía y engendrar la apariencia de un gobierno democrático pacífico.
La parte más triste de la historia es que muchos haitianos no se preocupan por una y otra.

Su mayor preocupación es simplemente sobrevivir en un país casi sin industria, un panorama despojado de recursos naturales, escuelas que apenas funcionan, instituciones ineficientes y pocos caminos discernibles para escapar a la desesperante pobreza, a excepción de huir a otro país, como Estados Unidos.

“Hace mucho que los haitianos perdieron la esperanza en todos los políticos”, afirmó Bernard Delatour, un pensativo hombre de 27 años, quien trabaja en una agencia automotriz en la capital. “Saben que solamente quieren llegar al cargo para obtener dinero, y esperan que todos roben y pongan a sus amigos en la nómina”.

Haití se encuentra nuevamente al borde del abismo. La oposición política carece de un solo líder carismático y nunca estuvo suficientemente unida en torno a algún tema, aparte de su odio a Aristide. Guy Philippe, el comandante rebelde que ayudó a derrocar a Aristide, ordenó a sus hombres deponer sus armas, pero también parece decidido a reconstruir al ejército.

Una fuerza de paz internacional, que incluye a los marines, mantendrá probablemente el orden en Haití durante los próximos meses, pero encontrar un consenso político que conduzca a un gobierno efectivo podría ser un desafío demasiado grande. El optimista plan consiste en crear un consejo de hombres inteligentes que representen a los restos del gobierno de Aristide.

Pero ¿será posible encontrarlo?

“Hace mucho que los haitianos perdieron la esperanza en todos los políticos”, afirmó un mecánico de 27 años

 


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.