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INTERNACIONAL
Haití:
Un nuevo capítulo en la misma historia
En
un cálido día de febrero de 2001, cuando tomó posesión
para un segundo
mandato como Presidente de Haití, Aristide se detuvo en medio
de su discurso
cuando un ave blanca se posó, casi mágicamente, sobre
su atril.
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El
régimen del ex Presidente de Haití, Jean-Bertrand
Aristide es un misterio imposible de descifrar a simple vista.
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Los periodistas no supieron si el animal era una paloma
o un pichón, pero el simbolismo no pasó desapercibido
mientras el ex presidente con voz suave predicaba a las masas sobre
construir un país con amor. Miles de empobrecidos
haitianos asomaban la cabeza a través de la reja de hierro alrededor
del palacio nacional, para mirar al hombre al que muchos llamaban salvador.
Poco más de tres años después, la plaza frente
al palacio donde Aristide pronunció ese discurso se encontraba
totalmente desierta.
Disparos, saqueos y confusión se escucharon en todo Puerto Príncipe
en días pasados, luego de que Aristide partió con el amanecer
al exilo por segunda vez como Presidente de Haití, dejando atrás
no un país construido, sino resquebrajado nuevamente por el derramamiento
de sangre, el resentimiento y el caos.
Una bandada de pichones blancos era la única señal de
vida en torno al palacio.
Fue otro violento cambio de gobierno en Haití.
Este desafortunado país ha soportado 32 golpes en 200 años
de atribulada historia, y Aristide proclamó 33, afirmando que
Estados Unidos lo expulsó a punta de pistola, acusación
que el gobierno del Presidente Bush niega sonoramente. Sin contar esta
afirmación, el triste promedio del país es un golpe cada
6.25 años.
A donde irá Haití a partir de ahora es motivo de especulación.
Si la historia sirve de guía, el futuro es poco prometedor. Aristide
es un misterio y ciertamente un asterisco en la historia, uno de los
pocos jefes de estado depuestos del poder por la fuerza en dos ocasiones.
¿Era Aristide verdaderamente la mejor oportunidad que tuvo Haití
de construir una democracia auténtica y funcional, que por primera
vez trabajó y habló en favor de la empobrecida mayoría
del país?
¿O cayó en el patrón aparentemente inevitable de
mal gobierno, corrompido por el poder, la avaricia y posiblemente la
paranoia, descendiendo de las orgullosas alturas como el primer presidente
libremente electo de la nación hasta la ignominia como un dictador
mezquino y violento con sangre en las manos?
Como para todo en Haití, no hay una respuesta clara y simple.
Probablemente son ciertos elementos de ambas situaciones.
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Aristide
está en Jamaica refugiado.
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En el confuso salón de los espejos que es la
política haitiana, muchos creen aquí que, de celebrarse
una nueva elección presidencial, Aristide sería el probable
triunfador.
A excepción de ese hecho, su extraña danza con las fuerzas
armadas de este país -y con una serie de presidentes estadounidense-
deja un gran material para la interpretación histórica.
Legado complicado
Lo que deja para Haití no es tan alentador. Electo entre grandes
promesas en 1990, Aristide provocó nerviosismo en el presidente
George H. W. Bush, un radical que proclamaba una teología de
la liberación que rayaba en el socialismo. El primer Bush no
tuvo que soportarlo por mucho tiempo: Aristide huyó de un golpe
militar en 1991, luego de solamente siete meses en el poder.
Se estableció en Estados Unidos, y atrajo un gran espectro de
apoyo por parte de miembros africano-estadounidenses del Congreso y
grupos de pensadores liberales. Tras un éxodo al sur de Florida
de miles de haitianos que huían de la opresión del gobernante
militar Raul Cedras, el gobierno de Clinton se involucró ampliamente
en el caos haitiano en 1994, y envió al entonces senador Sam
Nunn y al ex presidente Jimmy Carter para convencer a Cedras de marcharse.
Varios barcos de guerra repletos con 20,000 marines estadounidenses
anclados frente a la costa de Haití apoyaron su caso.
Aristide regresó triunfal. Uno de sus primeros actos fue desmantelar
el ejército, un golpe maestro de relaciones públicas que
encajó con su autoproclamada imagen de profeta de la paz. A fin
de cuentas, pudo ser una decisión estratégica que provocó
su caída.
Poder tras el trono
Solamente cumplió una breve parte de su primer mandato En 1995,
su fiel aliado Rene Preval se postuló en su lugar y ganó
la presidencia, pero muy pronto se hizo evidente que Aristide conservaba
el poder.
Ex colaboradores afirman que fue durante el período de Preval
que Aristide comenzó a contratar a jóvenes maleantes para
hacer cumplir su voluntad política, una práctica extrañamente
reminisciente de los temidos tontons macoutes, sangrientos
ejecutores durante la dictadura de los Duvalier, que gobernó
Haití de 1957 a 1985.
Las bandas de Aristide, llamadas chimeres, término
criollo que significa fantasmas o monstruos
establecieron sus propias empresas criminales y de drogas, para extender
su poder y riqueza. Los críticos y políticos de oposición
fueron amenazados, hostigados, atacaron y en algunos casos asesinados.
Aristide seguía hablando de construir un nuevo Haití con
mejores escuelas, caminos y clínicas, e inició algunos
ambiciosos programas, pero llenaba sus propios bolsillos y colocó
a compinches en cada oficina del gobierno, según críticos.
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Una
harapienta oposición depuso al gobernante después
de tres semanas de lucha .
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Las relaciones con Estados Unidos, que hizo uso de su
poderío militar para devolverlo al poder y sostuvo la democracia
en Haití, se agriaron. Se vio cada vez más aislado por
la comunidad internacional, que retuvo cerca de 500 millones de dólares
en asistencia tras las elecciones del 2000, en las cuales el partido
de Aristide se adjudicó varios asientos estatales en una dudosa
votación.
Algunos creen que, sencillamente, se volvió demasiado ambicioso:
su propia elección de manera abrumadora no fue suficiente; deseaba
el control total del Parlamento y la asfixia total de sus rivales políticos.
Su paranoia y la crueldad de sus seguidores crecía al aumentar
su aislamiento, y se convirtió en un delincuente,
en palabras de Evans Paul, ex simpatizante de Aristide que se unió
a la oposición.
estoico en el poder
El año pasado, una creciente corriente de oposición política
inició una serie de protestas pacíficas para pedir su
dimisión. Aristide pareció soportar las protestas, pero
el ciclo se cerró cuando ex soldados inconformes se unieron a
ex miembros de las pandillas de Aristide y barrieron el norte del país,
prácticamente sin oposición de la debilitada policía.
En tres angustiosas semanas, a partir del 5 de febrero, la harapienta
fuerza, con apenas unos cientos de miembros, depuso al Presidente que
amaba las palomas y la retórica de la paz, y cuyo dramático
desmantelamiento del ejército dejó las puertas del palacio
abiertas a sus enemigos.
Mientras se desarrollaba la crisis, Estados Unidos se mantuvo al margen,
ofreciendo solamente un tibio apoyo e intentado mediar un acuerdo para
compartir el poder entre Aristide y la oposición, que pudo haber
terminado con el derramamiento de sangre. El embajador estadounidense
se sumó por momentos con los principales oponentes políticos
de Aristide y por otros con el Presidente, y fue evidente que Washington
abandonaría a Aristide con base en la evidencia de corrupción
y violencia que emanaba de su maquinaria política.
Cada vez más arrinconado, Aristide aceptó compartir el
poder con la oposición, pero había esperado demasiado
tarde. Con el ímpetu y el tiempo de su lado, la oposición
no tenía deseos de un compromiso. Suplicó por solamente
una docena de tropas de paz, el 27 de febrero, pero nadie levantó
el auricular al otro lado de la línea.
Dos días después, se había marchado.
Los interrogantes que rodean su turbulento período en el poder
-13 años, interrumpidos por tres años después del
golpe y nominalmente por cinco años de mandato de Preval- asediarán
el futuro de Haití y las relaciones exteriores de Estados Unidos
durante años. Una vez más, las tropas estadounidenses
están en Haití intentando crear el orden en la anarquía
y engendrar la apariencia de un gobierno democrático pacífico.
La parte más triste de la historia es que muchos haitianos no
se preocupan por una y otra.
Su mayor preocupación es simplemente sobrevivir en un país
casi sin industria, un panorama despojado de recursos naturales, escuelas
que apenas funcionan, instituciones ineficientes y pocos caminos discernibles
para escapar a la desesperante pobreza, a excepción de huir a
otro país, como Estados Unidos.
Hace mucho que los haitianos perdieron la esperanza en todos los
políticos, afirmó Bernard Delatour, un pensativo
hombre de 27 años, quien trabaja en una agencia automotriz en
la capital. Saben que solamente quieren llegar al cargo para obtener
dinero, y esperan que todos roben y pongan a sus amigos en la nómina.
Haití se encuentra nuevamente al borde del abismo. La oposición
política carece de un solo líder carismático y
nunca estuvo suficientemente unida en torno a algún tema, aparte
de su odio a Aristide. Guy Philippe, el comandante rebelde que ayudó
a derrocar a Aristide, ordenó a sus hombres deponer sus armas,
pero también parece decidido a reconstruir al ejército.
Una fuerza de paz internacional, que incluye a los marines, mantendrá
probablemente el orden en Haití durante los próximos meses,
pero encontrar un consenso político que conduzca a un gobierno
efectivo podría ser un desafío demasiado grande. El optimista
plan consiste en crear un consejo de hombres inteligentes que representen
a los restos del gobierno de Aristide.
Pero ¿será posible encontrarlo?
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Hace
mucho que los haitianos perdieron la esperanza en todos los políticos,
afirmó un mecánico de 27 años
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