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EL
PODER DEL VOTO FEMENINO
El largo camino hacia el voto femenino
Este
día de elecciones presidenciales, muchas salvadoreñas
presentarán su DUI
ante una mesa electoral, marcarán la bandera de su preferencia
en una papeleta y
contribuirán, con su democrática participación,
a elegir al próximo gobernante del país.
Tras esa sencilla operación hay una larga historia y muchas cuotas
de sacrificio.
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Para
la historia. Por primera vez, en 1950,
las mujeres pueden emitir su voto.
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Durante los siglos de gobierno español, las vidas
de las mujeres criollas, mestizas, indígenas y negras esclavas
se desarrollaron entre el hogar, la iglesia, el hospital y la labranza.
Privadas de asistencia médica ginecológica y de acceso
masivo a la educación elemental, salvo que se educaran mediante
el sacrificio de su libertad al ingresar a alguno de los conventos de
monjas de la región centroamericana, muchas de esas mujeres dependían
de los hombres de su casa padres, hermanos, esposos, cuñados
para escribir o leer documentos personales y judiciales.
Los hombres eran los únicos que poseían los rudimentos
necesarios para leer, escribir y hablar en Castilla, el
lenguaje importado por las tropas europeas de conquista y colonización.
Pese a ello, las leyes imperiales ibéricas cobraban tributo a
las mujeres, por lo que les permitían realizar transacciones
de fuertes sumas monetarias por tierras o por hatos de ganado, a la
vez que les negaban derechos políticos como participar en las
elecciones periódicas de autoridades municipales o de la intendencia.
Por estas y otras razones, no resulta extraño que las mujeres
hayan tomado parte en muchos de los más importantes motines y
alzamientos populares que hubo en la provincia sansalvadoreña
y sonsonateca entre los siglos XVI y XVIII. Abrigaban la esperanza de
que los cambios radicales les legaran una nueva sociedad que reconociera
sus aspiraciones femeninas y les abrieran, de lleno, las puertas de
la política, la educación y de la historia.
Aunque la participación política directa de las mujeres
era casi nula en la Intendencia de San Salvador y en la Alcaldía
Mayor de Sonsonate, la población femenina no se mantenía
indiferente a los afanes por separarse de la corona española.
Influidas por un fuerte sentido libertario, algunas exaltadas
mujeres como las definieron los informes judiciales de la
época tomaron parte en las acciones independentistas de
noviembre y diciembre de 1811, realizadas en San Salvador, Metapán
y Sensuntepeque.
Entre aquellas olvidadas mujeres destacan las metapanecas Juana de Dios
Arriaga, Úrsula Guzmán, Gertrudis Lemus, Micaela Arbizú,
Sebastiana Martínez, Manuela Marroquín, Patricia Recinos,
Rosa Ruiz, María Isabel Fajardo, Luciana Vásquez, Juana
Vásquez, Juliana Posada, Feliciana Ramírez, Petrona Miranda,
Teresa Sánchez, Eusebia Josefa Molina y María Teresa Escobar,
al igual que las santanecas Juana Ascencio, Dominga Fabia Juárez
de Reina, Juana Evangelista, Inés Anselma Ascencio de Román,
Cirila Regalado, Irene Aragón, Romana Abad Carranza, María
Nieves Solórzano y Teodora Martín Quezada.
Estos grupos estuvieron encabezados por la viuda María Madrid
y la joven Francisca de la Cruz López, quienes, tras ser capturadas
y sometidas a largos interrogatorios y acusaciones de alta traición
contra el imperio ibérico, fueron liberadas gracias al indulto
promulgado el 3 de marzo de 1812.
Pero también hubo bajas en el sector libertario femenino. Así,
María Feliciana de los Ángeles Miranda fue procesada y
ejecutada, en público, en la plaza central de la ciudad de San
Vicente de Austria y Lorenzana, a inicios de 1812. Hasta la fecha, es
la única independentista salvadoreña que ha sido reconocida
como prócer, mediante un decreto legislativo de noviembre de
1976.
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Hace
un siglo este contraste de imágenes sólo habría
existido en sueños.
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Aparte de estas mujeres a las que la historia tradicional
salvadoreña ha alejado del sitial de promotoras de la independencia
centroamericana y fundadoras del Estado salvadoreño, a partir
de 1814 otras mujeres sirvieron como defensoras judiciales de sus esposos,
padres o hermanos, encarcelados en las ciudades de Guatemala y San Salvador,
de las que los liberaron con éxito.
Este fue el caso de María Teresa Escobar, María Felipa
de Aranzamendi y Aguilar, Ana Andrade Cañas y Manuela Antonia
de Arce y Fagoaga.
Mujeres y feminismo
Durante buena parte del Siglo XIX, las salvadoreñas sólo
tuvieron presencia en tres terrenos sociales.
El magisterio, la poesía y los campos de batalla fueron esos
escenarios. Por esto, no es raro encontrar vagas referencias a mujeres
connacionales que, en compañía de los soldados regulares,
defendieron al país y a la ciudad de San Salvador en acciones
bélicas contra el Imperio Mexicano del Septentrión (1822-1823)
o contra las tropas guatemaltecas que invadieron y sitiaron a San Salvador,
en 1863, para derrocar al general Gerardo Barrios.
Como el Siglo XIX estuvo marcado por las guerras centroamericanas y
las revoluciones nacionales, tampoco resulta extraño que una
de las primeras organizaciones de notable presencia femenina fuera la
de la Cruz Roja Salvadoreña, fundada en 1885 y una de cuyas primeras
acciones fue la de auxiliar a los heridos en la batalla de Chalchuapa
de inicios de abril de ese año, librada contra las fuerzas invasoras
guatemaltecas.
Después, los intereses organizativos femeninos se volcarán
hacia la organización y edición de revistas literarias,
como Ramo de violetas, publicada en 1890 en San Salvador,
bajo la dirección de Rafaela Contreras (1869-1893), escritora
que hizo suyo el nuevo lenguaje azulino propuesto por Rubén
Darío, al grado tal que escribió muchos cuentos modernistas
que, por décadas, fueron confundidos con los del escritor nicaragüense.
En junio de 1889 se convirtió en la primera esposa del bardo.
Hacia el fin de esa centuria e inicios del Siglo XX, El Salvador contaba
ya con algunos de los primeros clubes o asociaciones femeninas que trabajaban
por la regeneración social de las mujeres y por obtener el derecho
al voto.
Una de estas organizaciones fue el club feminista Adela de Barrios,
establecido en la ciudad de Ahuachapán en momentos en que comenzaba
a estremecerse la sociedad salvadoreña con la llegada de ideas
femeninas sufragistas, las faldas cortas y los reducidos cortes de pelo.
Eran corrientes que provenían de Europa y Norteamérica
que pronto fueron condenadas por los sacerdotes desde sus púlpitos,
que no tuvieron mucho éxito con las amenazas de excomunión.
¡A las calles!
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De
1950 a 2004, las mujeres han hecho de su voto el más determinante
en elecciones
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En 1890, algunas salvadoreñas de espíritu
combativo iniciaron un proceso que estaba llamado a causar una verdadera
revolución legal en el país.
Se trataba de alcanzar el que fue denominado por la revista La
juventud salvadoreña, como el más importante
y elemental de los derechos del ciudadano en la democracia moderna:
el sufragio o derecho al voto para todas las salvadoreñas, hasta
entonces excluidas de las decisiones políticas del país.
Influidos por las ideas modernas vigentes en otras latitudes, esas mujeres
y algunos intelectuales alabaron los inicios del proceso, que contaba
con fuertes apoyos en la recepción de socias en la Academia de
Ciencias y Bellas Artes de
San Salvador (mayo de 1888) y en la graduación de la primera
universitaria centroamericana, con el doctorado obtenido en septiembre
de 1889 por la salvadoreña Antonia Navarro Huezo (1870-1891).
Para muchos de sus contemporáneos masculinos, esos esfuerzos
fueron atrevidos, pioneros, abanderados o locos, según quien
los interpretara.
Incluso, algunos llegaron a tildarlos de descabellados, cuando los diputados
de tres países centroamericanos, reunidos en la capital hondureña,
promulgaron la última Constitución Federal del Istmo,
en septiembre de 1921. Allí, en letra muerta desde el inicio
mismo de su redacción, quedó consignado el derecho al
voto para las guatemaltecas, salvadoreñas y hondureñas.
Ciudadanía y sufragio
En San Salvador este logro fue celebrado con repique
de campanas, misas solemnes de acción de gracias y otros eventos
sociales.
Después de eso, el silencio electoral fue evidente.
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María
García Herrera fue una de las primeras mujeres privilegiadas
en lograr una profesión universitaria en 1943.
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Estimulada por aquella acción legal, el 19 de
abril de 1922, una salvadoreña de ascendencia colombiana, María
Solano Álvarez de Guillén Rivas, fundó la Sociedad
Confraternidad de Señoras de la República de El Salvador,
la que contó con el apoyo de la Liga de Mujeres Neoyorquinas.
En una de sus primeras marchas por el centro capitalino, realizada el
día de Navidad para apoyar al candidato presidencial de la oposición,
doctor Miguel Tomás Molina, la respuesta gubernamental fue de
fuego y sangre: uniformadas de azul, veintidós de las participantes
murieron acribilladas a tiros.
Sin embargo, el baño de sangre no detuvo los ímpetus y
afanes de las organizaciones de mujeres sufragistas, pues el fin era
lograr apoyo político para alcanzar el derecho al voto y el reconocimiento
a su ciudadanía. Por entonces toda mujer nacida en suelo salvadoreño
estaba privada de nacionalidad propia, por lo que al casarse con un
extranjero adoptaba, de inmediato, la nacionalidad de su esposo. Así
lo denunció la escritora Alice Lardé de Venturino en una
carta dirigida a su cuñado Salarrué, la cual le remitió
desde Buenos Aires, en enero de 1928: Amo a mi patria hasta el
dolor. Amo a esta patria mía que me niega por sus leyes
arbitrarias y crueles, a esta patria mía que me ha visto
crecer, y que ha presenciado los terribles sacudimientos de amor y dolor
con que me abrió los ojos a la Verdad, el Destino, y que, a pesar
de todo esto, por sus leyes antipatrióticas, me niega el derecho
de llamarme suya, de llamarme salvadoreña, que al casarme, por
una cláusula que deben abolir cuanto antes, perdí o quieren
que pierda y que yo, a pesar de todo esto, grito con más amor
que nunca: ¡Soy salvadoreña! ¡Soy salvadoreña!
Que mi grito tremendo llegue hasta el corazón de mi patria y
al ser conmovido por él, griten los salvadoreños en mi
nombre para que reformen la ley, aboliendo esta cláusula que
hace perder a la mujer su derecho de nacionalidad patria.
El sufragismo femenino internacional había cobrado presencia
en países anglosajones y europeos, al grado tal que España
había ya consignado el voto femenino en su legislación,
a partir del primer día de octubre de 1931, gracias a las encendidas
intervenciones hechas por la activista y diputada Clara Campoamor (1888-1972).
Cuatro años más tarde, en enero de 1935, las capitalinas
Emma Aguilar, Nelly Hernández, Irene Chicas, Amanda Rodríguez,
Paula Alvarenga, Juana Araujo, Dominga López y Elvira Vidal se
convirtieron en las primeras salvadoreñas en ejercer el voto,
aunque, por decisión del Dr. José Casimiro Chica, presidente
de la junta electoral de San Salvador, sus papeletas les fueron tomadas
en forma honoraria, pero sin que contaran para el escrutinio final,
en franca violación al Artículo 180 de la Constitución
de 1886 y a las listas de personas electoras del municipio capitalino.
Por la creciente presión social, el 5 de diciembre de 1938 la
Asamblea Legislativa emitió una ley en la que reconoció
que tenían derecho al voto las casadas mayores de 25 años,
que presentaran su cédula de vecindad y su acta matrimonial,
mientras que las solteras debían tener más de 21 años
de edad y un título profesional o ser mayores de 30 años
y poseedoras, al menos, del certificado de sexto grado de escolaridad.
Así quedó consignado en la Constitución Política
de 1939, aunque tuvo poca aplicación práctica.
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El
aporte Prudencia Ayala ayudó a allanar
el camino hacia el voto femenino.
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Frente a la dictadura
Durante el régimen dictatorial de 1931 a 1944, algunas salvadoreñas
se dedicaron al periodismo como profesión.
Asimismo cultivaron las letras, las artes y las ciencias; algunas veces
a través de medios de moda, como la radiodifusión.
Allí se consolidaron nombres de escritoras y sufragistas, como
Lydia Valiente, María Loucel, Ana Rosa Ochoa, Claudia Lars,
Lilian Serpas, Lavinia de Flores, Margarita de Nieva, Rosa América
Herrera, Laura de Paz, Mercedes Maití de Luarca, Rosa Amelia
Guzmán, Clara Luz Montalvo, Tránsito Huezo Córdova
de Ramírez y Mercedes de Altamirano.
En sus programas de radio, estas mujeres abarcaban temas propios de
su momento: discusiones en torno al sufragio femenino parcial, los derechos
ciudadanos de las mujeres, la prostitución, la violencia intrafamiliar,
la educación femenina formal e informal, el alcoholismo, la mortalidad
infantil, la maternidad y paternidad irresponsables, la delincuencia
organizada, el trabajo femenino y otros más.
Estas escritoras y periodistas, en su mayoría jóvenes,
contaban con el apoyo del semanario capitalino Azogue, editado
en febrero de 1938 con la misión de contribuir al mejoramiento
social de la mujer salvadoreña, entendida no sólo
como mantenedora del hogar, sino como opinante y como fuerza social,
que se puso de manifiesto en las acciones cívico-militares de
abril y mayo de 1944, cuando varios sectores del pueblo salvadoreño
se organizaron y derrocaron la dictadura del general Maximiliano Hernández
Martínez.
Tras superar muchos prejuicios, las mujeres que luchaban por el voto
universal y los demás derechos femeninos contaron con poderosos
aliados en los gremios obreros y en el ambiente prodemocrático
creado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial. Esto condujo a una
toma colectiva de conciencia, en especial en organizaciones como la
Juventud Democrática Salvadoreña (1941) y el Frente Democrático
Femenino, cuyas acciones serían decisivas en la lucha antitotalitaria
de abril y mayo de 1944, que condujo al derrocamiento del régimen
martinista.
Pese a que, en septiembre de 1944, millares de mujeres marcharon por
las calles de San Salvador para solicitar la puesta en marcha del voto
irrestricto, el Poder Ejecutivo declaró que ese no era un tema
de su competencia, sino de la Asamblea Legislativa. El voto universal
aún tendría que esperar mejores momentos políticos.
Tras nuevas discusiones, en enero de 1946, el derecho y deber ciudadano
al voto fue universalizado hasta que entró en vigencia la nueva
Constitución política, promulgada en septiembre de 1950.
Por entonces hacía ya varios meses que funcionaba la Liga Femenina
Salvadoreña y estaba en circulación su fuerte órgano
informativo titulado, El heraldo femenino, que fue fundado
el 14 de julio de 1950. Sin embargo, el trabajo publicitario por la
igualdad de derechos entre hombres y mujeres en El Salvador fue realizado
por la Liga desde 1947, mediante las páginas editoriales de periódicos
como El Diario de Hoy, La Tribuna y Tribuna
Libre.
Si bien es cierto que medio siglo más tarde ese panorama ha cambiado,
aún falta mucho trabajo por hacer y muchos cambios por lograr
para que la igualdad de derechos entre hombres y mujeres sea una realidad
cotidiana en El Salvador. Y, para eso, el voto es una arma poderosa
en manos de hombres y mujeres de cualquier credo, razón social
o ideología política, porque es una de las más
altas expresiones de su libertad y de su apoyo al ejercicio democrático
que el sufragio representa.
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Prudencia
ayala, la pionera
Venida al mundo en una pobre choza indígena de Sonzacate,
el 28 de abril de 1885, logró abrirse un espacio en el
terreno político de su época.
Apenas logró
cursar el segundo grado en Santa Ana, pero esto no le impidió
dedicarse a lecturas y más tarde a difundir sus pensamientos
por medio de los periódicos locales, a partir de 1913.
En sus escritos, se lanzó a la defensa de la unión
centroamericana, de la causa del general Sandino, en Nicaragua,
de la no intervención militar en el istmo y a la crítica
severa de los regímenes políticos de turno en los
países de la región.
Tras sufrir encarcelamientos en Atiquizaya y ciudad de Guatemala,
fue fundadora y redactora del periódico Redención
femenina, aparte de que dio a conocer su folleto Luz
de Orión (1924) y sus desgarbados libros de crítica
y feminismo Inmortal, amores de loca (1925) y Payaso
literario en combate (1928), para cuyas ediciones usó
su propio dinero.
Adivina y oradora en eventos feministas en las plazas y calles
de San Salvador, protagonizó el mayor de sus escándalos
cuando, el 23 de noviembre de 1930 se presentó ante la
Alcaldía Municipal de San Salvador y ante la Corte Suprema
de Justicia a solicitar el voto femenino y su inscripción
como candidata a la Presidencia de la República para las
próximas elecciones.
tropiezo y olvido
Como era de esperarse, el concejo capitalino y el máximo
tribunal nacional le negaron a ella y a las mujeres salvadoreñas
los derechos al voto femenino y a la ciudadanía, por no
estar ambos contemplados en la Constitución y las leyes
por entonces vigentes.
Tras ese resultado y con el apoyo único de Alberto
Masferrer, Prudencia Ayala dio a conocer las líneas principales
de su plan de gobierno, redactado con claridad, sencillez y gran
disposición práctica para la sociedad salvadoreña
de la tercera década del Siglo XX.
En él, se contemplaba no solo el apoyo a los derechos de
la mujer, sino también el estímulo a la labor sindical,
la honradez en la gestión gubernamental, límites
en el uso y abuso del alcohol, el reconocimiento jurídico
de los hijos e hijas nacidos fuera de matrimonio cuyo número
ascendía al setenta por ciento de la población salvadoreña
y la ejecución amplia de la libertad de cultos.
Olvidada por sus contemporáneos, falleció en San
Salvador el 11 de julio de 1936. Su nombre y su obra fueron rápidamente
cubiertos por la desmemoria nacional hasta hace poco, cuando han
sido retomados por una concertación de organismos feministas,
por algunas personas del ámbito académico nacional
e internacional y por el Museo de la Palabra y la Imagen, donde
se custodia su archivo personal.
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EL
PODER DEL VOTO FEMENINO
De partidos y funcionarias
Más
que la emisión del voto, las salvadoreñas han tenido que
luchar muy duro para ganar espacios políticos. Ahora es más
visible su presencia en la vida pública, desde la dirección
municipal hasta diputaciones y magistraturas.
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SALVADOREÑAS
EN LA POLÍTICA
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A
participación de las mujeres en la política se ve
mejor reflejada en la Asamblea Legislativa y en algunas magistraturas
de la Corte Suprema de Justicia.
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En diciembre de 1951, Aída Morales fue designada
como la primera tesorera municipal del país. Al año siguiente,
en Berlín (Usulután), fue propuesta Rosaria Lara viuda
de Echeverría, quien se convirtió en la primera alcaldesa
electa de El Salvador.
Pronto la siguió, en diciembre de ese mismo año, la designación
de Matilde Ponce como vicecónsul salvadoreña en Nueva
York.
Por primera vez en la historia salvadoreña, las mujeres pasaban
a ser electoras y también sujetos de elección para cargos
públicos, aunque eso aún estuviera sometido a decisiones
arbitrarias del poder ejecutivo y del partido gobernante. Más
de alguna vez destituyeron o sustituyeron a mujeres en las planillas
electorales o en el ejercicio de sus cargos de elección popular,
con lo que en varias ocasiones se puso en peligro el frágil diálogo
logrado entre las entidades políticas y las ciudadanas organizadas.
Pero las mujeres ya no estaban dispuestas a
volver a quedarse calladas.
¡Nunca más!
Tras ser promulgada la Constitución de 1950, varios grupos de
mujeres emprendieron de lleno la actividad política partidaria.
El instituto político que más provecho obtuvo del sector
femenino nacional fue el Partido Revolucionario de Unificación
Democrática (PRUD), surgido tras la revolución del 14
de diciembre de 1948, que derrocó al general Salvador Castaneda
Castro, conocido por el mote popular de Mica polveada.
El PRUD propuso a Adela van Severén viuda de Contreras para que
fuera la primera alcaldesa de Santa Tecla (1955), mientras que en junio
de 1955 autorizó para que la municipalidad de la ciudad de San
Salvador fuera presidida y administrada a plenitud por la regidora Blanca
de Méndez, debido a que el alcalde titular se encontraba fuera
del país.
Al proliferar las asociaciones de mujeres universitarias y profesionales,
los partidos políticos comenzaron a fijarse en profesoras, ingenieras
y estudiantes para que aparecieran en sus nóminas electorales,
las que entre 1956 y 1962 llevaron a ser electas como alcaldesas a ciudadanas
de Zacatecoluca, San Antonio Masahuat, Chinameca, San Miguel, Berlín,
San Rafael Oriente, San Rafael Cedros, San José Guayabal, Dulce
Nombre de María, San Martín,
Tonacatepeque y Colón.
Otras mujeres más desempeñaron cargos como regidoras en
Sonsonate, Cojutepeque, San Francisco Gotera, Jucuapa, Quezaltepeque,
Panchimalco, Coatepeque, Santiago Nonualco, San Agustín, San
Juan Opico, Atiquizaya, Tacuba, Nejapa, San Vicente, Santa Ana, Concepción
Ataco, Usulután y otras poblaciones.
Para los mismos años, algunos puestos de la Asamblea Legislativa
fueron ocupados por la sufragista Rosa Amelia Guzmán de Araujo,
la profesora Antonia Portillo de Galindo, la médica Dra. María
Isabel Rodríguez, la exalcaldesa temporal capitalina Blanca Alicia
Ávalos de Méndez, la ingeniera Concepción Giammattei,
Margoth Muñoz de Burgos y Juana Cáceres de Vides.
Pese a ello, la cuota política para las mujeres siempre fue insuficiente,
pues nunca pasó de tres puestos legislativos por elección,
por lo que, en julio de 1958, durante el primero de sus dos períodos
legislativos (junio de 1958-mayo de 1962), la diputada Portillo de Galindo
elevó su voz y protestó por la poca importancia que se
le daba al papel femenino al momento de tomar las grandes decisiones
nacionales por parte de los regímenes de turno.
(*) Miembro del Centro de Investigaciones en Ciencias
y Humanidades de la Universidad Dr. José Matías
Delgado y de la Academia Salvadoreña de la Historia, es
autor del calendario Mujeres y política 2004, de
donde se ha extractado mucho del material de este artículo.
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