21 de marzo de 2004


CARTAS

Redacción Vértice
vertice@elsalvador.com

¡Agua en Marte!
Un día de éstos le decía a un amigo en El Salvador, bueno, en realidad le escribía un correo electrónico: “hay pruebas de que hubo agua en Marte”. Yo, por supuesto, todo emocionado. Y la respuesta: “son pajas de los gringos” y me imagino que es un tipo de respuesta que me darían ¿qué?, 9 de cada 10 personas.
Me parece increíble, hablando específicamente de nuestro país, que nadie, pero, nadie —en lo más absoluto— ha dicho nada al respecto.
Los periódicos y las noticias siempre con lo mismo, crimen por todos lados, marufiadas a todo nivel, los desórdenes de las elecciones, las maras, etc. Y claro que entiendo ese tipo de actitud. Aquellos son temas importantes; pero a puras penas se mencionó el descubrimiento.
Me pongo a pensar, aunque hayan sido simplemente sulfatos, las ramificaciones son inimaginables.
Y aunque no recibimos la foto de un pescado marciano nadando en el charco, si hubo agua... pudo haber habido vida.
¿Lo habrán siquiera discutido en nuestros colegios y universidades? ¿Seremos los únicos en el universo?
Y si dejamos a un lado la filosofía y la religión, ¿qué iremos a hacer si de verdad de aquí a unos 50 años hay, de verdad, pruebas de que existe vida afuera de nuestro planeta?

Jorge E. Zapparoli
jorge.zapparoli@lmco.com

Visita a cárcel de Jucuapa
El domingo 23 de febrero fui a la cárcel de Jucuapa, Usulután, a visitar a un parroquiano. Aparqué el carro y me dispuse ingresar. El guardia de la puerta pidió que esperara, pues tenía que quedar registrado.

A los cinco minutos llegó el escribiente. Me pidió el DUI, el nombre de la persona que llegaba a visitar, como también qué relación había con el imputado: amigo, familiar, abogado u otro. Pasé la primera puerta y de nuevo tuve que esperar. Al momento, sin decir nada, estaban registrándome por la espalda. Esta situación me incómodo, pues al menos tenían que decirme que iban a registrarme para ver si llevaba armas o algo prohibido.

Luego pasé a entregar mis documentos y todo lo que llevaba en las bolsas de mi
pantalón. Me hicieron pasar a un cuartito que tenía una cortina. Uno de los guardias del penal llevaba guantes y pidió que me quitara la camisa, el pantalón y el calzoncillo. Eso no me agradó mucho y le pregunté por qué razón. “Esa es la ley”, me dijo un poco disgustado porque le cuestionaba la acción que me mandaba hacer. ¿Cuál ley? ¿En qué ley dice que tengo que quitarme la ropa y violentar mi integridad física y mi pudor para entrar de visita a una cárcel?, le pregunté. No respondió a mis preguntas, solo dijo que ese era el procedimiento.


Se acercó otro guardia, parecía el jefe, y un poco enfadado dijo: “si no se quiere dejar registrar no lo dejés entrar, pero ni las mujeres reclaman como este maitro”. Y en efecto, al salir del cuartito observé a una joven de 14 años que la ingresaron a la habitación de la par. Luego salía la mujer guardia con una toalla sanitaria, la muchacha estaba en su periodo menstrual, y en el escritorio rompieron con un cuchillo la toalla.

Dentro del recinto, hablando con familiares y amigos de la faena que había pasado en la entrada, me di cuenta que conmigo habían sido benevolentes. El guardia sólo pidió que me quitara la ropa. A los familiares del parroquiano les abrían las piernas, los obligaban a hacer tres sentadillas y a las mujeres las hacían pasar por un espejo que estaba en el piso.

La plática con los presos me hizo perder la noción del tiempo. Había llegado a las 11:00 a.m. y a las 12:10 quise salir del penal, pero no pude. Estaba cerrada la puerta de ingreso de las visitas y abrían hasta la una de la tarde. Estuve preso 50 minutos. Al salir de la cárcel llamé a un abogado. Lo primero que me dijo “es que usted se viera presentado como sacerdote”, como si esa era la solución y dejaran de importarme los demás. Y agregó: “esos son los procedimientos”.

Si quieren evitar el ingreso de armas, el penal debería contar con un detector de metal y para que no ingrese droga por lo menos debería tener un perro entrenado ¿Quién nos puede asegurar que no son los guardias los que introducen la droga o las armas? Yo vi entrar a unos guardias con sus maletines y no fueron registrados.

Esta situación debe discutirse en la Asamblea Legislativa, en los grupos religiosos que trabajan en los Centros
Penales, en los Medios de Comunicación, las universidades, en la PDDH, como también las autoridades de los Centros Penales y ver si esos “procedimientos” respetan la dignidad de las personas.

Pbro. Alcides Ernesto Herrera
alcidesh@elsalvador.com

 

¡Qué pena!
Soy salvadoreño de nacimiento y me gusta leer la noticias en El Diario de Hoy, siempre sueño con mi país, mi gente y aquí en Los Angeles, California, trato de poner por alto a mi país en todos los aspectos; pero al leer este caso del “Negro” perdón, digo, Prieto me da náuseas al ver el sistema legal.

Antonio Fuentes
juan316v4@verizon.ne


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