20 de junio de 2004


LA EDAD PERDIDA

Herederos de una guerra

Chiyo, Rufino, Helio y Edgar llegaron al campamento guerrillero antes de los 10 años. Ahí, además de leer y escribir, se prepararon para asumir un rol que nada tenía que ver con su edad: empuñar un arma y disparar.

Liliam Martínez
vertice@elsalvador.com

Hace casi 20 años dejaron la escuela y se transforma-ron en niños combatien-tes...Hace 12 dejaron el campo de batalla y se incorporaron a la vida civil.

Lucio Atilio Vásquez Díaz tiene 34 años y trabaja digitalizando vídeos grabados durante la guerra.

“Chiyo, quitate la gorra”, se oye gritar a un camarógrafo en uno de esos documentales. “Me grita a mí”, dice Lucio, “salgo a la par del trapiche, pero no se me mira la cara”.

Él, como otros cientos de niños y niñas, formaron parte de las fuerzas del FMLN durante la guerra, y tuvo que elegir un nombre de combate, uno para la vida en la clandestinidad. Así, Lucio se convirtió en Chiyo; Misael, en Edgar; y Neftalí, en Helio.

Todos nacieron en diversos puntos de Morazán: cantón Agua Blanca, cantón Guachipilín y Osicala.

NIÑOS DE LA GUERRA

Edgar, pensionado
A los 12 años ingresó a la 4a Sección del ERP. Como resultado de un combate, en el que una bala rozó su cabeza, perdió la vista en el ojo izquierdo y tiene dificultades para hablar.

Chiyo, sin pensión
Tras la guerra fue asistente de cámara en México. El Fondo de Lisiados resolvió en el 2003 que sus lesiones no se relacionan con la guerra y lo calificó “no elegible” para recibir prestaciones.

Rufino, pensionado
A los 12 años se incorporó en el área de las comunicaciones y luego a las fuerzas especiales de la ERP. Fue becado para compartir su experiencia con lisiados de guerra de EE. UU.

Todos eran hijos de familias numerosas (con seis u ocho hijos). Y todos rondaban los 8 años cuando se empezó a escribir la página más dolorosa de sus vidas. Por una razón u otra sus familias se sintieron amenazadas y eligieron la violencia como un medio para sobrevivir.

“Miren, estos hijos de tantas nos van a matar, pero no nos van a matar de brazos cruzados.

Nos van a matar peleando”, dijo Valeriano Vásquez, padre de Chiyo, a su prole, luego de que su hija Teodora y su esposa fueran asesinadas. “A los días preparamos la mochilita con algo de ropa”, recuerda Chiyo.

Fue así como la familia Vásquez Díaz abandonó su casa, sus cultivos y pasó a la cladestinidad.

Desde ese momento Chiyo no volvió a tener una cena alrededor de la mesa con su familia ni una conversación con sus hermanos. Los Vásquez se dispersaron, los mayores tomaron las armas, el padre se refugió en Honduras y Chiyo entró a la Escuela de Menores Luis Hernández Ramos.

Al llegar al campamento, con ocho años de edad, ya sabía leer y escribir, pero en la escuela le enseñaron mucho más. “Ortografía, gramática, ciencias naturales”, recuerda. Ahí, compartió el rústico salón de clases con Helio, Rufino, Walter, Edgar...

Por la escuela pasaron casi 150 niños de los cuales muy pocos sobrevivieron al conflicto, pues al llegar a la edad de 12 ó 14 años se les pedía que eligieran en cuál área querían “trabajar”: Comunicaciones, correíto, cocina o combatiendo, según Rufino.

expuestos a la muerte

Para estos niños el aprendizaje no consistió sólo en dominar las letras. Con fusiles de palo, piedras y granadas de ceniza jugaban a la guerra, la que no siempre sería un juego...

A los 12 años, Rufino creyó que quería dedicarse a las comunicaciones, pero no le gustó. Entonces pasó a las fuerzas guerrilleras que tenían por misión infiltrarse en los cuarteles la Fuerza Armada. Para un niño de su edad, cada misión era una cita con el miedo y la posibilidad de morir si acaso era descubierto.

Fue así, como en uno de los tantos recorridos durante la madrugada llegó a encontrarse cuerpo a cuerpo con un soldado. En lo oscuro, ninguno supo que tenía en frente al enemigo, ambos se preguntaron “¿quién sos?” y al no obtener respuesta se comenzaron a disparar.

El soldado murió. Lucio resulto herido de bala en el tórax, la cabeza y en su brazo derecho que luego le tuvo que ser amputado. A penas era un adolescente.

Otros corrieron mejor suerte. Helio nunca empuñó un arma de verdad, aunque también vivió en el campamento guerrillero desde pequeño.

Cuando a su familia le ofrecieron refugio en Colomoncagua, Honduras, él no pensó en quedarse, como lo hicieron Chiyo, Rufino y Edgar.

Como refugiado, Helio se dedicó a la música, a componer canciones. Ahora es maestro de música y miembro de un grupo artístico.

- La Escuela de Menores Luis Hernández Ramos funcionó en las tierras altas de l norte de Morazán.

Helio fue la excepción. Carece de huellas físicas del conflicto y ejerció un rol un tanto privilegiado respecto a otros.

Según una investigación realizada por la estadounidense Beth Verhey, con el apoyo de UNICEF y la UCA, entre menores ex miembros de la guerrilla, el 48% de ellos se desempeño como combatiente, el 20.9 % como mensajero, el 12.2% hizo labores de logística, el 7.9% trabajabó en la cocina, el 6.1% en comunicaciones y el 4.7% en el área sanitaria.

La experiencia o la familiaridad con las armas que por tantos años tuvieron desde niños, ha marcado sus vidas. Ahora, muy pocos quieren saber de ello.

“No” a las armas


Ser jefe de seguri-dad de una compañía en México es una oferta que muy pocos hombres familiarizados con las armas rechazarían.

Chiyo tuvo esa oferta, pero no le interesó. “Yo salí de la guerra con la convicción de que no volvería a usar un arma.

Aunque me dijeran ‘te vamos a pagar un millón de dólares’, yo paso”, asegura. Chiyo prefiere que le paguen por barrer y no por jalar del gatillo. “ Hasta ahorita he cumplido”, asegura.

Él, Rufino, Edgar y Helio, reconocen que el país ha cambiado y aseguran que participar en un nuevo conflicto armado no es un posibilidad para ellos.

- Chiyo pasó nueve años en México, regresó hace tres, para reunirse con su familia que no veía desde 1981.

Las labores de Chiyo y Helio en la actualidad se relacionan con la cultura. Edgar ayuda a su madre atendiendo una pequeña tiendita en el cantón Los Quebrachos (Morazán) y Rufino trabaja con diferentes ong’s que ayudan a los más jóvenes.

De los cuatro, los que se quedaron para combatir sufren mayores secuelas.

Chiyo, por ejemplo, divaga en su mirada cuando habla de los familiares que perdió antes y después del conflicto y evita dar detalles sobre los combates y la situaciones más peligrosas que pasó.

No es fácil para él recordar la vez que se orinó en los pantalones a causa del miedo durante un bombardeo cuando apenas tenía doce años y era el radista.

IMÁGENES DEL CONFLICTO

- La mayoría de las niñas guerrilleras empezó a trabajar en el área de comunicaciones.

- Un grupo de niños de un campamento guerrillero en Morazán hacen fila para pedir sus comida.

- Juego y adiestramiento fue habitual entre los niños. Chiyo aparece en el círculo.

-Familia 41%
De niños,
soldados o
guerrilleros , perdió un familiar en la guerra.
- Escuela 18%
Solo ese porcentaje de los
combatientes del FMLN completó la primaria.
de 18 años.

Invalidez al 100%

Entre estos tres niños que perdie-ron su infancia combatiendo en el oriente del país, Edgar es quien se llevó la peor parte.

A los 12 años ingresó al grupo llamado “fuerzas especiales”. Durante un enfrentamiento, una bala rozó su cabeza y le lesionó algunos nervios. Estuvo seis meses inconsciente.

La bala le dejó una herencia: perdió la vista en el ojo izquierdo y tiene dificultades para moverse y para hablar.

“Recordar ese tiempo es bien difícil”, se excusa, cuando se le pide que explique por qué se unió a la guerrilla.

“En esta zona éramos bien reprimidos, la misma represión nos obligó a que nos incorporáramos”, asegura.

Sus palabras contrastan con los datos expuestos por la investigadora Beth Verhey en su trabajo: “Desmovilización y reintegración de niños soldados.

Caso de estudio: El Salvador”, realizado entre 1998 y 1999.

Según el documento, los motivos por los que los menores de edad se incorporaron al FMLN eran: luchar por una vida mejor (30.6%), por una sociedad libre (20.8%), porque le gustaba (16.5%), por defender al país (6.7%), para ayudar (6.3%), porque perdió algún miembro de su familia (5.9%), porque no tuvo elección (3.1%), porque un amigo lo invitó a unirse (2.7%), por seguir a sus hermanos (5.5%) y por otras razones (2%).

Lo que queda claro es que, el simple hecho de que estos niños empuñaran un arma y se vieran en la disyuntiva de “matar o morir”, violó por completo su derecho a ser protegidos de la violencia y los obligó a asumir responsabilidades enormes para su edad.

Las peores lesiones que recibieron son invisibles.

 

 



LA EDAD PERDIDA

El regreso a la vida civil

Pese a los Acuerdos de Paz, que dieron pie a la creación del Fondo
de Protección de Lisiados, muchos excombatientes tuvieron que
arreglárselas para enfrentar la vida civil. Edgar y Rufino están
pensionados, pero Chiyo fue calificado como “no elegible”
para recibir una pensión.

Liliam Martínez
vertice@elsalvador.com

Cuatro de cada diez combatientes del FMLN eran mujeres. No sólo se trabajaban en las cocinas.

No puede levantar cosas pesadas. Cada vez que se agachaba no se podía mover, y sólo lograba enderezarse poco a poco. “Pasé un mes llorando de ese dolor”, recuerda Chiyo.

La dolencia lo asaltó cuando trabajaba como asistente de cámara para Argos Producciones, empresa mexicana que dio vida a telenovelas como “Demasiado Corazón”, transmitida en nuestro país por Canal 12 poco después de asociarse con TV Azteca.

“Si fuera un problema por lo que hacés aquí la empresa te lo cubriría, pero el médico ya dijo que es algo crónico”, le dijo Epigmenio Ibarra, dueño de Argos, a Chiyo. “Me apoyaron con algo”, recuerda el ex combatiente que necesitaba reunir $7 mil 60 para someterse a una operación.

Al final pudo operarse, pero la prohibición de levantar objetos pesados se le hizo vitalicia. Tras nueve años fuera del país, y siguiendo los consejos de un ex compañero, Chiyo acudió al Fondo de Lisiados en el 2002. “Les dije que anduve en la guerra, que tengo prohibido cargar cosas pesadas y no me creyeron”, afirma.

La versión oficial

En los registros del Fondo se encuentra la solicitud que Chiyo interpuso el 19 de abril de 2002 y la resolución que al respecto emitió la Comisión Técnica Evaluadora del Fondo de Protección de Lisiados el 13 de febrero de 2003.

La resolución decía que “el señor Lucio Atilio Vásquez Díaz (nombre legal de Chiyo), presenta lesiones causadas por epifisitis en los cuerpos vertebrales, con ligera reducción del espacio articular L5-S1, así mismo, presenta evidencia de laminectomía, por lo que no tiene relación o consecuencia directa con el conflicto armado”.

En consecuencia, la Gerencia General del Fondo declaró que “Lucio Atilio Vásquez Díaz, ha sido calificado por la Comisión como NO ELEGIBLE” el 21 de mayo de 2003.

Cuando Chiyo vio los aperos ofrecidos luego de la guerra sintió ganas de morir.

Chiyo insiste, que las lesiones se originaron mientras trabajaba en el área de comunicaciones donde tenía que cargar cosas pesadas a tan corta edad. Sin embargo, la resolución del Fondo no lo ha frustrado.

“Si no hay una respuesta, al fin y al cabo, déjeme decirle que desde niño he hecho mi comida, he lavado mi ropa, estoy hecho para arreglar mi vida solo, y nunca necesité del gobierno, nunca necesité de nadie”, dice sin aparentes resentimientos.

A pesar de no contar con la ayuda del Fondo de Protección, Lucio tuvo la bendición de que un médico mexicano le hablara sobre la posibilidad de ir a estudiar becado a México para terminar el bachillerato y aprende el manejo de las cámaras de vídeo.

Esto lo lleva a trabajar a Argos, donde aprendería el trabajo de producción con derecho a viáticos y alimentación durante su estadía en tierra azteca. Su trabajo ahí no era sencillo, afortunadamente su “trabajo” durante el conflicto armado le resultó inesperadamente útil.

Pues en las novelas de Argos no faltaban las escenas donde la policía se enfrentaba con delincuentes y Chiyo daba la asesoría necesaria para que todo se grabara como si fuera una escena real.

A pesar del trabajo, le sobrevinieron la enfermedad en su columna, luego llegó la operación quirúrgica y también la nostalgia. Desde que abandonó junto a su familia Osicala, Chiyo no había vuelto a reunirse con su padre. Tras nueve años en México regresó a El Salvador. Sin dinero, pero con experiencias y conocimientos que ahora le sirven para trabajar.

Los afortunados

Rufino y Edgar sí recibieron ayuda oficial. El primero dice haber recibido tres manzanas de tierra; el segundo, dos y media. Ambos reciben además una pensión. Aunque la de Edgar es un poco más elevada que la de Rufino porque, según lineamientos del Fondo, el primero sufre total discapacidad.

La Ley del Fondo estipula que los beneficiarios son los familiares o huérfanos de combatientes (de la FAES o del FMLN) fallecidos durante el conflicto y los lisiados a raíz de la guerra (civiles o combatientes).

Hasta junio de 2004, el Fondo asegura haber recibido 32.500 solicitudes de potenciales beneficiarios, entre lisiados y familiares de combatientes fallecidos. De todos esos, resultaron beneficiados 4,077 huérfanos de guerra, de los que actualmente siguen recibiendo la pensión 1,163 (mientras no cumplan 18 años).

Muchas niñas murieron en combate.

En cuanto a los ex combatientes, 17,600 resultaron beneficiados entre lisiados y discapacitados del FMLN, la FAES y la población civil.

Mientra que 15,100 reciben beneficios en calidad de familiares de combatientes fallecidos. Según el Gerente del Fondo, Vinicio Arroyo, para cumplir este punto de los Acuerdos de Paz el Estado salvadoreño ha desembolsado un total de 134 millones de dólares.

Las críticas

Sin embargo, no todo es color de rosa. A pesar de que la reforma del Decreto 416 posibilitó un nuevo censo de lisiados de guerra, la Asociación de Lisiados de Guerra de El Salvador (ALGES), que aglutina a 5,775 afiliados, expresó su preocupación porque de las 5,413 solicitudes presentadas entre enero y septiembre de 2002 ante el Fondo, a la fecha sólo 2,242 tienen un dictamen de la Comisión Técnica Evaluadora del Fondo. De éstas, 1,053 han tenido un dictamen favorable y el resto han sido calificadas con un 0% de discapacidad.

Según ALGES, hasta julio de 2003, faltaban 439 dictámenes de personas ya evaluadas, mientras que a 1,380 les faltaba terminar su proceso de evaluación; cuando según la reforma del 416, todas las solicitudes se tendrían que haber resuelto en un año “y van dos”, dice Armando Martínez, presidente de la gremial.

Según el dirigente, se han recibido denuncias de personas que tras ocho años de recibir pensión han sido notificadas que su pensión ha sido reducida o se las han suspendido porque “ya están rehabilitados” o que su lesión “no tiene relación con el conflicto”.

“Ninguna discapacidad disminuye”, reclama Martínez, su única defensa ante lo que le parece ilógico e injusta esta medida que afecta a decenas de hombres y mujeres que sirvieron durante la guerra.

MENORES COMBATIENTES EN CIFRAS

Rufino perdió su antebrazo derecho en un combate cuando tenía apenas era un adolescente.

- EN EL FMLN 20%
De combatientes eran menores de 15 años para 1991, según la Creative Associates International (CREA).

- EN LA FAES 9%

De los soldados de las Fuerzas Armadas eran menores de edad para 1991, según CREA.

- FILAS REBELDES 44%

Tenía entre 15 y 20 años de edad; el 29% tenía entre 21 y 24, mientras que el 7% tenía 25 años o más.

- Revisión 3%
solicitantes de pensión han pedido una revisión del caso dspués que el Fondo los rechazara.

- A favor 0.5%
De las resoluciones han sido modificacadas por el Fondo de Pensiones.



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