Del 19 al 26 de diciembre de 2004


REPORTAJE
Adictos a la guerra

En la guerra la realidad es otra. No todo el mundo está preparado para enfrentar el miedo y la posibilidad de morir. En esos momentos de máxima desesperación el destino hace recordar parte del dicho que en la guerra todo se vale... hasta drogarse. Vértice habló con ex combatientes de ambos bandos que recurrieron a esos métodos para sobrevivir en la incertidumbre diaria

Juan Carlos Rivas
Juan Carlos Rivas
Ilustración EDH/ Juan José


“En el momento que me quitaron el pelo se dio un giro en mi vida y quise ser militar. Pero uno nunca está preparado para la dura experiencia que es la guerra.

En una ocasión tuve que cargar cuatro mochilas y una hamaca con muertos, terminé con calentura por el cansancio. Nos pasaba de todo: aguantadas de hambre y frío, caminatas, desvelos, miedo. Pero uno se adapta, se vuelve una especie de hermandad con los compañeros y se comparte lo que se tiene y se aprende a sobrevivir.

En esos momentos duros nos vimos en la necesidad de tomar algo para tranquilizarnos, ya sea café, pastillas como las tiaminas, cigarros o los puritos. Habían unas cápsulas que las daba el ejército y venían enfrascadas dentro del rancho en una bolsa plástica junto a las 15 latas de comida y las dos de cóctel de fruta.

Era lo mejor que había, igual que 4 a 6 cajetillas de cigarros. No recuerdo el nombre de las pastillas, pero eran blancas, venían 15 en un frasquito café. Lo mantenían a uno despierto día y noche, activo. Recuerdo que me quedaba al 'as' de un pino, pendiente con el fusil y ni pispileaba, en la noche el oído se afinaba, se experimentaba fuerza y al mismo tiempo furia para encontrar al enemigo y acabarlo.

Podría decir sin temor a equivocarme que hasta se veía mejor, como si le pusieran disciplina de tiro, se abarcaba un buen campo visual y se sentía la presencia del enemigo.

Tuve la oportunidad también de consumir el tabaco pero me causó problemas en el sistema nervioso: dolor de cabeza, temblores, desesperación, etc. no era nada fácil estar así si tomamos en cuenta que eran 48 horas de operación.

En cierta ocasión tuve la oportunidad de combatir al lado de un grupo de recondos (patrulla de reconocimiento de avanzada) y comandos, eran grupos de 14 elementos que salíamos sólo con un cuchillo y granadas.

Esa noche íbamos a hacer una emboscada. Yo nunca había tenido la experiencia de la marihuana pero un comando que la consumía nos ofreció para tranquilizarnos, pero las reacciones en cada ser humano son diferentes, a mí me causó malestar, debilidad en todo el cuerpo, dolor de cabeza, desde entonces no la volví a probar.

Mis compañeros me decían que las reacciones de la marihuana eran buenas, de tranquilidad y relajamiento y de claridad en la mente, pero a mí me dio una mala experiencia.

Eso sí, le puse énfasis a no caer en el mismo error y es que habían muchos compañeros que tenían una adicción a todo tipo de drogas.

Cuando no teníamos nada hacíamos un café al que llamábamos 'amor en seco', consistía en 6 a 7 sobres con una cucharada de azúcar hasta que hiciera espuma, eso lo tomábamos como droga, nos ponía inquietos. También probé la nervotiamina con Coca Cola; la mayoría las consumíamos sobre todo en los patrullajes largos cuando caminábamos de noche y dormíamos de día en los cerros altos.

Se dieron muchos casos de muertos por andar drogados.
En otra ocasión tuve la oportunidad de conocer a miembros del batallón Atlacatl, que era un batallón donde todos, en términos generales, andaban su droga; si no utilizaban lo mismo que nosotros, utilizaban otras.

Andaban más agresivos, quizás en los cursos experimentaban la droga porque, dígame, no cualquiera resiste tres meses de operativo así nomás. A mí el tabaco fue lo que me afectó, llegué a cambiar los cigarros por latas de comida porque no aguanté, lo que ahora recomiendo a quienes están de alta es que se alejen de las drogas y sean militares con visión a futuro. La droga a la larga no lleva a nada bueno”.

Con esas palabra, el ex soldado Humberto M. quien sirvió cuatro años en la 4ª Brigada de Infantería en Chalatenango, termina su relato sobre un tema que ha sido secreto a voces: durante el pasado conflicto armado, las drogas fueron -en muchos casos- compañeros inseparables de los combatientes.

Operativos. Podían durar de 15 días a 3 meses montaña adentro y eran sumamente intensos y extremos. Foto EDH/Archivo

Un secreto a voces

Así como Humberto, cientos de comandos que participaron en las Fuerzas Especiales tuvieron que buscar ayuda en los estimulantes para poder soportar lo traumático del conflicto.

Aunque la costumbre se hizo de manera generalizada, también se hizo lejos de los cuarteles, en la mayoría de los casos ocultándose de los oficiales y comandantes. Pero ¿si las patrullas o grupos de asalto eran hermandades compuestas por 15 miembros, no tendría el oficial a cargo que avalar indirectamente el consumo?

El ex sargento E. Rivera, quien sirvió en la 1ª Brigada de Infantería, la Policía de Hacienda y los Comandos de las Fuerzas Especiales opina al respecto: “Mire, en las Fuerzas Especiales hay un control estricto con eso, a veces algunos tomaban pastillas para poder aguantar, otros fumaban marihuana que, aparte de ayudarlo a mantenerse despierto, lograba tranquilizarlo.

Pero lo que hacíamos los que no utilizábamos nada era hacer un café muy fuerte, concentrado, y con eso nos manteníamos. Yo fui suboficial y nunca nos dieron nada. Quienes lo hacían era por sus propios medios. En la guerra se prueba de todo, yo probé de todo, pero al igual que muchos compañeros no me gustó. La marihuana también fue una buena ayuda para los que la usaron pero como le repito, lo hacía quien quería, el ejército no nos dio drogas nunca”.

Por su parte el ministro de Defensa, General Otto Romero Orellana es enfático al decir: “Común no era, si uno de nuestros oficiales encontraba a un soldado con drogas lo levantaba un metro. Nuestra guerra no la hicimos así, ya que la clave del éxito fue nuestra disciplina”.

Sin embargo los testimonios de ex soldados y ex guerrilleros hablan de una práctica “normal”, sobre todo cuando encontraban sembradíos para proveerse. De igual forma compraban en las tiendas tanto las nervotiaminas (que fueron muy usadas) como el diazepán.

En algunos casos tenemos referencias de soldados que usaron alcohol, pastillas y tabaco, y, al faltar éstos, recurrían a medidas extremas como ingerir pólvora de sus municiones o cocer las hojas de floripondio, que si bien les ayudaba un momento, les heredaba malas experiencias.

Los guerrilleros. Encontraban sembradíos de marihuana y tomaban la dósis necesaria para resistir la presión. Foto EDH/Archivo

Pese a la prohibición, los combatientes las usaron (hay referencias de soldados que utilizaron la morfina de los botiquines).

Pero los entrevistados concuerdan en un punto: drogas suaves como la marihuana y el café fueron de mucha ayuda para mantener la perspectiva; no obstante, muchos de ellos que probaron por primera vez sustancias narcóticas quedaron enganchados y crearon una adicción que antes no había.

El licenciado Luis Alfaro, terapeuta de Fundasalva (Fundación Salvadoreña Antidrogas) ha atendido alrededor de diez casos —la mayoría soldados— que presentaron los síntomas de estrés postraumático y adicción creada durante el conflicto.

“Lo que facilitaba el consumo era el estrés, el insomnio, la impulsividad, agresividad, pesadillas, terror nocturno y síntomas depresivos. En estos casos la adicción venía a ser consecuencia”, sostiene.

Por su parte, la directora del Programa de Tratamiento y Rehabilitación de Fundasalva, Dra. Mercedes Aldana, agrega: “La adicción es un patrón repetitivo de conductas de consumo de sustancias que provocan alteraciones en las personas, así como problemas de todo tipo en el diario vivir. Al inicio de la Fundación recibimos muchos combatientes con adicciones, sobre todo adictos de la post guerra”.

Para Alfaro, “una persona sana emocionalmente puede probar o experimentar con sustancias y es bien difícil que logre una adicción, pero los que presentan estrés post traumático pueden llegar a tener una adicción crónica que los lleva a la marginación, mendicidad y pérdida de la personalidad y falta de valores”.

Droga para todos


El uso de estimulantes no fue exclusivo de soldados. Los guerrilleros también recurrieron a estas sustancias para vencer el miedo.

Jesús Pérez, un ex combatiente del FMLN que solicita no publicar su verdadero nombre, relata que él y varios de sus compañeros hicieron frente a los momentos cruentos de la guerra con una pequeña “ayuda”.

El síndrome de Vietnam
Parte del fenómeno que llevara al retiro de las tropas estadounidenses se debió al excesivo consumo de drogas y sus repercusiones. Cientos de miles de soldados cayeron en la adicción luego de que el gobierno experimentara drogas sintéticas con el pretexto de contrarrestar los efectos de las armas químicas. Sumado a esto, la proliferación de las mafias en cuanto al tráfico de heroína hizo que muchos soldados se volvieran adictos. A raíz de los cambios que experimentaron los soldados se definió el término, TEPT (Trastorno por estrés postraumático) que actualmente está considerado como una de las principales causas de enfermedad mental entre los veteranos de guerra. Si sumamos el uso o adicción a narcóticos (sobre todo las drogas siquiátricas o de laboratorio) las cifras aumentan.
Se conocen como drogas siquiátricas aquella que alteran el cerebro y la mente. No son como las medicinas normales, son ilegales (cocaína y heroína) y no curan ni sanan. Tal vez parezca que alivian los miedos, los trastornos o las depresiones de una persona pero no curan lo que está causando estos problemas.
El estrés post traumático se caracteriza al revivir experiencias ya sea por el ruido de helicópteros, el olor a gasolina o por ver películas de guerra, éstospueden incrementar el riesgo de un crónico cuadro clínico. pesadillas, recuerdos “intrusos” en el campo de la conciencia, “flashbacks” y percepciones internas y externas.
Desde el punto de vista del diagnóstico, el concepto de trauma se ha expandido a tal punto de evolucionar a niveles crónicos.

Él cuenta: “La mejor ayuda que podíamos tener tanto para tranquilizarnos, quitarnos el miedo y estar alerta era echándonos los puritos... Yo estuve en el Cerro de Guazapa, en la S2 de las FPL, los Comandos Especiales, los más decididos, decían, ya que los que ahí estábamos sólo íbamos a volar verga.

Ahí serví siete años. Conocí toda la parte norte del país, desde Chalate, Potonico hasta Perquín, en esa área me moví. Consumí la marihuana durante cuatro años, pero no la consumíamos para pasarnos sino para tranquilizarnos.

Porque así, a las cabales, habían momentos en que se abatía uno pues, decíamos: ‘Ya nos va a tocar o ya me va a tocar a mí’.

En una ocasión estábamos todos alterados. Un compa que fumaba, al vernos tan desesperados y con miedo nos dijo: 'Miren compas, vamos a tranquilizarnos, van a probar esto’. Entonces lo probé y me hizo sentir bien, esto está suave (pensé) voy a seguir.

Comprobamos que fue una ayuda que nosotros teníamos, así que la empezamos a usar también para agarrar fuerzas. Más que todo la usábamos ‘para cualquier mandadito’, ya que los que volábamos riata éramos nosotros.

Nunca compramos. La encontrábamos en sembradíos o en medio de las milpas quebradas. Siempre tomábamos lo que necesitábamos y dejábamos lo demás.

Eso sí, la cuidábamos porque, como le repito, era una ayuda que teníamos. Y había que tener cuidado, porque una vez usamos floripondia y un compa se pasó de la dosis y enloqueció: no podía ver un bulto porque le disparaba”, finaliza Pérez.

Ambos bandos experimentaron las sustancias narcóticas sin saber de las posteriores consecuencias, muchos combatientes crearon una adicción —en muchos casos crónica— que antes no había. Pero, ¿le interesa a alguien?

La voz del general

“La disciplina militar no permitía el uso de narcóticos y estimulantes; quien lo hizo actuó faltando a los lineamientos”, Otto Romero, ministro de Defensa.

“Yo fui uno de los primeros subtenientes que llegaron en las primeras operaciones y nunca se nos dio nada. No estaba permitido.

De hecho, desde la Escuela Militar estaba prohibido porque era un marco de competencias y no era bueno que los cadetes usaran algún tipo de estimulantes, podía traer consecuencias desastrosas.

Estoy seguro de que todos teníamos estabilidad sicológica y los que participamos en los 12 años de guerra no tenemos ningún trauma.

Puede ser que existieran casos, pero común no era, mucho menos decir que era permitido.

A algunos los pescábamos: en una ocasión encontramos a dos soldados con diazepanes y los castigamos.

Puede que algún vicioso haya llegado al cuartel y haya logrado meter una sustancia, pero siempre los agarrábamos. Uno que otro se enmarihuanaba pero no era sistemático.

En los cuarteles que tuvieron mayor actividad puede que hubiera alguien que tuviera facilidad para dedicarse al vicio.

Pero lo digo con toda honestidad, la Fuerza Armada nunca hizo ningún tipo de experimento ni creo que alguien haya tenido libertad de acción.

Yo le doy una posición oficial al respecto y no tuvimos ese problema. Quien haya dicho lo contrario está fuera de lugar, está mintiendo.

No es bueno que desnaturalicemos la opinión de la sociedad sobre aspectos que pueden ir deformando la idea de cómo fue la dinámica del conflicto. Nuestros oficiales eran rectos.

Teníamos unos sargentos que eran verdaderos símbolos de disciplina y autoridad, no se les iba a ir un salvaje de esos con algún tipo de droga.

Nuestro conflicto, aunque fue duro, siempre tuvimos una causa justa para la guerra, y por eso nos dedicamos a defender la democracia como la defendimos”, comenta el General Otto Romero Orellana, ministro de la Defensa.



Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.