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Relato
La
historia de una condena a muerte
El
drama de este salvadoreño que emigró a los Estados Unidos
en 1980 está lejos de su desenlace, pero por primera vez en 12
años la esperanza ha llegado a su vida. El nudo de una conspiración
desarrollada por un fiscal corrupto y un falso testigo empieza a desatarse
en un tribunal de Nueva Orleans, en el Estado de Louisiana.
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Manuel Ortiz Arévalo (derecha)
junto al comisario de Jefferson Parish, Harrison Lee, previo a
su detención, en 1992. Foto EDH /Archivo
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Manuel Adolfo Ortiz Arévalo era hasta 1992 lo que su abogado
describe como un ciudadano modelo.
Un hombre de 35 años, dueño de una tienda de software
en Nueva Orleans, padre de dos hijos, residente en Estados Unidos desde
1979 y recientemente casado con Tracie Williams.
En los avatares de su destino conoció un día a Carlos
Saavedra, un hondureño que le propuso un negocio de transportar
desechos tóxicos a Centroamérica.
Ortiz le dijo que lo pensaría y empezó a investigar de
qué se trataba. Gracias a su hermana y su cuñado, logró
averiguar que se trataba de desechos hospitalarios que serían
trasladados a Centroamérica. Prefirió olvidarse del asunto.
Carlos Saavedra no. Unos días después se enteró
de que la carga tóxica había zarpado del puerto de Nueva
Orleans.
Al hondureño se le ocurrió que Ortiz, originario de San
Salvador, hijo de un coronel salvadoreño retirado y con buenos
contactos con el gobierno de entonces, pudo haberle traicionado y juró
vengarse por el negocio que supuestamente había perdido.
Saavedra entonces acudió al FBI, la poderosa policía federal
estadounidense, y les reveló que Ortiz supuestamente era un narcotraficante.
La DEA, la agencia antidrogas norteamericana, y el FBI concluyeron,
tras una investigación, que las acusaciones eran infundadas y
descartaron la denuncia de Saavedra.
Ortiz se había casado en mayo con Williams. Era su segundo matrimonio.
El salvadoreño había contraído nupcias muy joven
con Ana Iraheta, con la que había procreado un hijo y de la que
se había separado en 1990.
Había llegado a California en 1980 y tras ocho años ahí
se mudó a Louisiana, donde vivían sus padres y sus hermanos.
En ese lugar había establecido su negocio de computadoras, además
conoció a Williams en el suburbio de Kenner, en Nueva Orleans.
También había conocido a Saavedra, un oscuro personaje
con antecedentes penales en su país. Había pertenecido
al ejército hondureño y había participado en grupos
de exterminio de opositores políticos en la década de
los 80.
Saavedra elucubraba su venganza contra Ortiz y un día de tantos,
acudió de nuevo al FBI para decirles que el salvadoreño
le había intentado contratar para asesinar a su esposa. Supuestamente
le había ofrecido $70 mil por matar a la mujer.
En octubre de 1992, mientras Ortiz estaba en El Salvador visitando a
otro hijo que había procreado en una relación extramarital,
recibió una llamada: su esposa había sido brutalmente
asesinada en el apartamento del matrimonio junto a una amiga de ésta.
Todo ocurrió mientras su mujer hablaba telefónicamente
con el sobrino de Ortiz.
Williams fue apuñalada brutalmente y su amiga, Cheryl Mallory,
recibió un balazo mortal.
El FBI desempolvó entonces la denuncia de Saavedra y lo presentó
como testigo clave y sospechó inmediatamente del
salvadoreño.
Ortiz, conmovido por el crimen, tomó el primer avión que
pudo, rumbo a Miami y ahí fue capturado bajo sospechas de haber
planificado el asesinato.
¿El motivo? cobrar un seguro de vida por $900 mil que Williams
había adquirido recientemente.
Un motivo absurdo porque el seguro de vida que Manuel tenía
era aún mayor que el de su esposa, sostiene su abogado,
Nick Trenticosta.
Ahí empezó la pesadilla. Ortiz, un vivaz hombre de negocios
con algún pecadillo de infidelidad, no tenía antecedentes
penales y ni siquiera tenía una multa de tránsito en su
haber.
Una fotografía con el comisario Harrison Lee, jefe de la policía
de Jefferson Parish (el condado o municipio donde residía), adornaba
su escritorio como muestra de su buen comportamiento.
Pero Saavedra y el FBI se fueron con todo y en un juicio que concluyó
en 1994, Ortiz fue sentenciado a muerte.
La vida ha sido dura para Manuel Adolfo desde entonces. En el corredor
de la muerte de la prisión de Angola, en Louisiana, ha pasado
los últimos diez años. Nunca salió.
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Ilustración:
José Santos
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Hasta la semana pasada cuando su abogado consiguió
una audiencia que revise su caso y probablemente logre un segundo juicio
que le evite ser ejecutado por inyección letal.
Nick Trenticosta asegura que Manuel es inocente. No es el único
que lo cree. El embajador salvadoreño en Washington, René
León, y la célebre activista contra la pena de muerte,
Helen Prejean, también están convencidos de que Ortiz
es víctima de una injusticia.
Prejean, una monja católica que escribió un famoso libro
convertido en película Dead Man Walking, se ha convertido
en la guía espiritual del salvadoreño desde hace cinco
años.
¿Por qué tanta gente confía en su inocencia?
El fiscal que acusó a Manuel, Ronald Bodenheimer, es ahora el
centro de una acusación de obstruir la justicia, tras ocultar
evidencias y actuar negligentemente en el caso.
Además, los abogados del salvadoreño creen que el fiscal
es culpable de un conflicto de intereses porque tras lograr la condena
de Ortiz, fue abogado de la familia Williams para recuperar los $900
mil del seguro de vida. Por sus servicios recibió más
de $200 mil en honorarios.
Además, Bodenheimer siguió representando al estado contra
Ortiz hasta enero de 1995, aunque era ya el abogado de la familia Williams
desde 1994.
Bodenheimer guarda prisión actualmente por cargos de chantaje
e irregularidades en su posición de juez, lograda tras su paso
por la Fiscalía. Su condena es de 42 meses.
Pero además, el célebre Carlos Saavedra, en su lecho de
muerte en 2000, confesó a su mujer que él había
falsificado el testimonio que llevó a la condena a muerte de
Manuel.
Saavedra murió de complicaciones cardíacas, diabéticas
y renales en Honduras. En su agonía, le confesó a su mujer
que buscaba venganza porque Ortiz le había hecho trampas en un
negocio.
Sé que me decía la verdad porque estaba llorando,
relató la mujer ante un tribunal de Nueva Orleans.
En la audiencia estaba presente Ortiz. Tras 12 años de una pesadilla
que puede durar aún varios años más, respiró
tranquilo.
Estaba rebosante de alegría y esperanza, relató
su abogado, al referirse a la reacción de Ortiz en el tribunal.
El terrible nudo de una conspiración empezó a desatarse.
Un fiscal corrupto junto a un testigo clave cegado por la venganza han
convertido a Ortiz en un reo en espera de su fecha de ejecución.
Esta es una tragedia para un hombre inocente que fue víctima
de un embuste, de una trampa, de una emboscada, dice el embajador
León, quien en junio pasado visitó a Ortiz en prisión,
durante dos horas.
Nuestro objetivo no sólo es lograr un nuevo juicio, sino
lograr su libertad. Eso sería lo ideal, agrega el diplomático.
Para León está claro Manuel es un hombre muy sincero
y muy genuino. Al conocerlo, me reafirmé en mi creencia que es
inocente.
Ahora el otro problema que afrontan los abogados es que el FBI se niega
a revelar todas las denuncias que Saavedra hizo contra Ortiz, una prueba
irrefutable de la ira y la sed de venganza que el hondureño tenía
contra éste.
Manuel pasará su duodécima Navidad en prisión este
diciembre y verá venir el decimotercer año de su condena.
Desde esa celda se ha enterado de la muerte de sus padres, dolidos con
la tragedia que su hijo sufre.
Pero tiene esperanzas: el próximo 20 de enero un juez de Nueva
Orleans reabrirá las audiencias para su caso.
Todo puede pasar de ahora en adelante, pero si hay algo que el abogado
Nick Trenticosta no hará es darse por vencido.
Él es absolutamente inocente, no hay ninguna duda al respecto,
dice Trenticosta.
Por eso el defensor insiste: si nos dan un nuevo juicio, sé
que la Fiscalía apelará; si nosotros perdemos, vamos a
apelar hasta el final.
Y esas apelaciones pueden durar años. Sabemos que este
tipo de juicio es lento, es una etapa complicada, pero nos corresponde
a nosotros apoyarlo, subraya León.
Mientras tanto, Manuel deberá pasar sus días en la prisión
de Angola, donde sólo se le permite dejar su celda una hora al
día, para recibir sol.
Es una dramática ironía del destino y de la historia.
La prisión de Angola lleva ese nombre porque era el lugar donde
los esclavos negros llegaban desde su África natal para ser vendidos
en América e iniciar ellos su propia pesadilla.
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