Del 19 al 26 de diciembre de 2004


Relato
La historia de una condena a muerte

El drama de este salvadoreño que emigró a los Estados Unidos en 1980 está lejos de su desenlace, pero por primera vez en 12 años la esperanza ha llegado a su vida. El nudo de una conspiración desarrollada por un fiscal corrupto y un falso testigo empieza a desatarse en un tribunal de Nueva Orleans, en el Estado de Louisiana.

Álvaro Cruz Rojas
vertice@elsalvador.com

Manuel Ortiz Arévalo (derecha) junto al comisario de Jefferson Parish, Harrison Lee, previo a su detención, en 1992. Foto EDH /Archivo


Manuel Adolfo Ortiz Arévalo era hasta 1992 lo que su abogado describe como “un ciudadano modelo”.
Un hombre de 35 años, dueño de una tienda de software en Nueva Orleans, padre de dos hijos, residente en Estados Unidos desde 1979 y recientemente casado con Tracie Williams.

En los avatares de su destino conoció un día a Carlos Saavedra, un hondureño que le propuso un negocio de transportar desechos tóxicos a Centroamérica.

Ortiz le dijo que lo pensaría y empezó a investigar de qué se trataba. Gracias a su hermana y su cuñado, logró averiguar que se trataba de desechos hospitalarios que serían trasladados a Centroamérica. Prefirió olvidarse del asunto.

Carlos Saavedra no. Unos días después se enteró de que la carga tóxica había zarpado del puerto de Nueva Orleans.

Al hondureño se le ocurrió que Ortiz, originario de San Salvador, hijo de un coronel salvadoreño retirado y con buenos contactos con el gobierno de entonces, pudo haberle traicionado y juró vengarse por el negocio que supuestamente había perdido.

Saavedra entonces acudió al FBI, la poderosa policía federal estadounidense, y les reveló que Ortiz supuestamente era un narcotraficante.

La DEA, la agencia antidrogas norteamericana, y el FBI concluyeron, tras una investigación, que las acusaciones eran infundadas y descartaron la denuncia de Saavedra.

Ortiz se había casado en mayo con Williams. Era su segundo matrimonio. El salvadoreño había contraído nupcias muy joven con Ana Iraheta, con la que había procreado un hijo y de la que se había separado en 1990.

Había llegado a California en 1980 y tras ocho años ahí se mudó a Louisiana, donde vivían sus padres y sus hermanos.

En ese lugar había establecido su negocio de computadoras, además conoció a Williams en el suburbio de Kenner, en Nueva Orleans.

También había conocido a Saavedra, un oscuro personaje con antecedentes penales en su país. Había pertenecido al ejército hondureño y había participado en grupos de exterminio de opositores políticos en la década de los 80.

Saavedra elucubraba su venganza contra Ortiz y un día de tantos, acudió de nuevo al FBI para decirles que el salvadoreño le había intentado contratar para asesinar a su esposa. Supuestamente le había ofrecido $70 mil por matar a la mujer.

En octubre de 1992, mientras Ortiz estaba en El Salvador visitando a otro hijo que había procreado en una relación extramarital, recibió una llamada: su esposa había sido brutalmente asesinada en el apartamento del matrimonio junto a una amiga de ésta.

Todo ocurrió mientras su mujer hablaba telefónicamente con el sobrino de Ortiz.
Williams fue apuñalada brutalmente y su amiga, Cheryl Mallory, recibió un balazo mortal.
El FBI desempolvó entonces la denuncia de Saavedra y lo presentó como “testigo clave” y sospechó inmediatamente del salvadoreño.

Ortiz, conmovido por el crimen, tomó el primer avión que pudo, rumbo a Miami y ahí fue capturado bajo sospechas de haber planificado el asesinato.

¿El motivo? cobrar un seguro de vida por $900 mil que Williams había adquirido recientemente.
“Un motivo absurdo porque el seguro de vida que Manuel tenía era aún mayor que el de su esposa”, sostiene su abogado, Nick Trenticosta.

Ahí empezó la pesadilla. Ortiz, un vivaz hombre de negocios con algún pecadillo de infidelidad, no tenía antecedentes penales y ni siquiera tenía una multa de tránsito en su haber.

Una fotografía con el comisario Harrison Lee, jefe de la policía de Jefferson Parish (el condado o municipio donde residía), adornaba su escritorio como muestra de su buen comportamiento.

Pero Saavedra y el FBI se fueron con todo y en un juicio que concluyó en 1994, Ortiz fue sentenciado a muerte.
La vida ha sido dura para Manuel Adolfo desde entonces. En el corredor de la muerte de la prisión de Angola, en Louisiana, ha pasado los últimos diez años. Nunca salió.

Ilustración: José Santos

Hasta la semana pasada cuando su abogado consiguió una audiencia que revise su caso y probablemente logre un segundo juicio que le evite ser ejecutado por inyección letal.

Nick Trenticosta asegura que Manuel es inocente. No es el único que lo cree. El embajador salvadoreño en Washington, René León, y la célebre activista contra la pena de muerte, Helen Prejean, también están convencidos de que Ortiz es víctima de una injusticia.

Prejean, una monja católica que escribió un famoso libro convertido en película “Dead Man Walking”, se ha convertido en la guía espiritual del salvadoreño desde hace cinco años.

¿Por qué tanta gente confía en su inocencia?
El fiscal que acusó a Manuel, Ronald Bodenheimer, es ahora el centro de una acusación de obstruir la justicia, tras ocultar evidencias y actuar negligentemente en el caso.

Además, los abogados del salvadoreño creen que el fiscal es culpable de un conflicto de intereses porque tras lograr la condena de Ortiz, fue abogado de la familia Williams para recuperar los $900 mil del seguro de vida. Por sus servicios recibió más de $200 mil en honorarios.
Además, Bodenheimer siguió representando al estado contra Ortiz hasta enero de 1995, aunque era ya el abogado de la familia Williams desde 1994.

Bodenheimer guarda prisión actualmente por cargos de chantaje e irregularidades en su posición de juez, lograda tras su paso por la Fiscalía. Su condena es de 42 meses.

Pero además, el célebre Carlos Saavedra, en su lecho de muerte en 2000, confesó a su mujer que él había falsificado el testimonio que llevó a la condena a muerte de Manuel.

Saavedra murió de complicaciones cardíacas, diabéticas y renales en Honduras. En su agonía, le confesó a su mujer que buscaba venganza porque Ortiz le había hecho trampas en un negocio.

“Sé que me decía la verdad porque estaba llorando”, relató la mujer ante un tribunal de Nueva Orleans.
En la audiencia estaba presente Ortiz. Tras 12 años de una pesadilla que puede durar aún varios años más, respiró tranquilo.

“Estaba rebosante de alegría y esperanza”, relató su abogado, al referirse a la reacción de Ortiz en el tribunal.
El terrible nudo de una conspiración empezó a desatarse. Un fiscal corrupto junto a un testigo clave cegado por la venganza han convertido a Ortiz en un reo en espera de su fecha de ejecución.

“Esta es una tragedia para un hombre inocente que fue víctima de un embuste, de una trampa, de una emboscada”, dice el embajador León, quien en junio pasado visitó a Ortiz en prisión, durante dos horas.

“Nuestro objetivo no sólo es lograr un nuevo juicio, sino lograr su libertad. Eso sería lo ideal”, agrega el diplomático.
Para León está claro “Manuel es un hombre muy sincero y muy genuino. Al conocerlo, me reafirmé en mi creencia que es inocente”.

Ahora el otro problema que afrontan los abogados es que el FBI se niega a revelar todas las denuncias que Saavedra hizo contra Ortiz, una prueba irrefutable de la ira y la sed de venganza que el hondureño tenía contra éste.

Manuel pasará su duodécima Navidad en prisión este diciembre y verá venir el decimotercer año de su condena. Desde esa celda se ha enterado de la muerte de sus padres, dolidos con la tragedia que su hijo sufre.

Pero tiene esperanzas: el próximo 20 de enero un juez de Nueva Orleans reabrirá las audiencias para su caso.
Todo puede pasar de ahora en adelante, pero si hay algo que el abogado Nick Trenticosta no hará es darse por vencido.

“Él es absolutamente inocente, no hay ninguna duda al respecto”, dice Trenticosta.
Por eso el defensor insiste: “si nos dan un nuevo juicio, sé que la Fiscalía apelará; si nosotros perdemos, vamos a apelar hasta el final”.

Y esas apelaciones pueden durar años. “Sabemos que este tipo de juicio es lento, es una etapa complicada, pero nos corresponde a nosotros apoyarlo”, subraya León.

Mientras tanto, Manuel deberá pasar sus días en la prisión de Angola, donde sólo se le permite dejar su celda una hora al día, para recibir sol.

Es una dramática ironía del destino y de la historia. La prisión de Angola lleva ese nombre porque era el lugar donde los esclavos negros llegaban desde su África natal para ser vendidos en América e iniciar ellos su propia pesadilla.

 


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