Del 19 al 26 de diciembre de 2004


Saqueo a la historia
Despojo a nuestra cultura

Al Gobierno le faltan recursos para cuidar el patrimonio. Una pieza importante fue robada de Joya de Cerén hace poco. Con frecuencia, escondidas entre artesanías, se exportan piezas de gran valor histórico

Nathalie Villarroel
vertice@elsalvador.com

Pérdida. Bajo este montículo -en San Salvador- había una pirámide. El dueño del lugar botó la estructura. En el sitio hubo saqueo de piezas. Foto Cortesia
 


El tráfico de arte precolombino es una vieja práctica que se ha dado desde principios de la Colonia y se ha perfeccionado con el paso del tiempo.

La compra y venta de cerámica, estelas, estatuillas y otras figuras fabricadas por manos indígenas y con miles de años de antigüedad es un negocio lucrativo debido a la excentricidad de las piezas, su belleza y el valor histórico.

El Salvador es poseedor de una gran riqueza arqueológica. “En lugares óptimos, como Chalchuapa, se puede encontrar hasta más de un sitio arqueológico por kilómetro”, explicó el arqueólogo Paúl Amaroli, de la Fundación Nacional de Arqueología (Fundar).

Además de exponer la importancia de preservar estos sitios, Amaroli asegura: “los entierros y ciudades antiguas poseen importante evidencia histórica que debe ser descubierta por especialistas para que puedan narrar el pasado y legado cultural de esa zona”.

Pero el robo de tales piezas, además de ser ilegal, es un verdadero atentado a la identidad de nuestro pueblo porque impide que el rompecabezas de la historia pueda ser completado.

Luego del saqueo, las piezas pasan a ser vendidas a precios risibles dentro del país y a exorbitantes costos en el extranjero.

De acuerdo con personas vinculadas a la preservación cultural, que pidieron anonimato por temor a represalias, con frecuencia salen, de nuestras fronteras, piezas de incalculable valor histórico que son hurtadas para alimentar una red de tráfico ilícito de bienes culturales que luego se venden al mejor postor.

El precio varía según la pieza cambia de dueño; así, el saqueador recibe una cantidad modesta de parte del coyote y éste, a su vez, puede colocarla en manos de un revendedor local por un precio mayor.

“Los más beneficiados son los comerciantes de arte y antigüedades que compran las piezas para llevarlas fuera de la frontera, ya que el precio se dispara sobre todo en Europa y Estados Unidos, donde son consideradas exóticas. De esta manera se pierden para siempre valiosas prendas —parte de nuestro patrimonio— cambiando su valor histórico por un precio puesto en dólares”, comentó Amaroli.

En los alrededores de los sitios arqueológicos más importantes, San Andrés y Tazumal, por ejemplo, vendedores de artesanías comercializan piezas “auténticas” con las personas que parecen estar interesadas en ellas.

Vértice tuvo la oportunidad de indagar sobre un collar de jade encontrado en San Andrés, en un intento de comprobar si había a la venta piezas arqueológicas producto del hurto y saqueo.

¿Jade Maya?

Una mañana de poco movimiento entré en una venta de artesanías de Chalchuapa. En los estantes se exhibían vasos pintados con glifos mayas, collares de jade vistosos y máscaras de barro, entre otros. Era artesanía muy bien hecha, buenas imitaciones de piezas arqueológicas famosas.

El robo más grande a mesoamérica
Los escribas practicaban su arte sobre estucos; dibujaban sus glifos con la ayuda de huesos y colmillos de jaguar. Escribían su historia en pliegos que doblaban en forma de biombos. Los códices fueron considerados malignos e incendiados, pero los tres sobrevivientes fueron llevados a Europa y se exhiben en varios museos. Están en París (Francia), Dresden (Alemania) y Madrid (España).

Luego de unos minutos observando, una vitrina detrás de la puerta de entrada llamó mi atención y una punta de lanza fabricada de obsidiana me obligó a preguntar: -¿Esa es una pieza original, usted sabe, de las que desentierran?
El dueño del establecimiento contestó con gesto afirmativo: “Todo lo que esta allí (en la vitrina) es original”.

Al notar mi interés me mostró varios cuchillos de obsidiana, cinceles de piedra y algunas piezas de cerámica pintada; los precios “para cada ollita” oscilaban entre 50 y 80 dólares, la más barata la daba a ese precio sólo por estar restaurada.

Según el vendedor, algunas procedían de San Andrés y otras de Quelepa, San Miguel. Las “menos valiosas” costaban entre 20 y 30 dólares.

Al preguntarle por algún objeto que fuese realmente especial, el vendedor sacó de una gaveta tres collares formados por cuentas de jade, según dijo, provenientes de San Andrés.

-Estos son más valiosos, el precio es alto, valen 400 dólares, cualquiera de los tres -explicó.
-¿Por qué son tan caros? -pregunté. Él dijo que se debía a que el jade era raro encontrarlo y que los collares se iban completando poco a poco a medida que a él le llevaran las cuentas.

Luego de un rato de negociaciones le redujo $50 al precio inicial, aunque aclaró que no era urgente venderlo, ya que si no lo comerciaba de inmediato, se lo entregaría a una persona que se lo encargó para llevarlo a Belice. Salí de la tienda sin concretar el negocio.

En la zona del Lago de Güija, famosa por ser punto de saqueos, fue difícil encontrar a un vendedor de piezas originales, pero con la ayuda de los vecinos logré dar con un señor de edad madura. Él mencionó que ya no vendía sus piezas y que tenía la intención de registrarlas.

“Esto es un vicio, a veces los cipotes de los alrededores me traen las piezas, una piedra de moler, un muñequito, una cabecita y yo se las compro, ya no quiero venderlas”, explicó antes de mencionar que no quería tener problemas con la ley. Aunque, luego de un rato mostró sus valiosas posesiones. Dijo no querer vender, pero al momento de despedirme preguntó cuánto le daría por ellas.

En el Mercado Ex Cuartel de San Salvador me ofrecieron varios objetos polvosos, algunos quebrados, a precios bajos. Se notaba que no eran piezas antiguas. Al verse descubierto, un vendedor me aconsejó ir a la tienda de antigüedades “de Centeno” ya que allí encontraría lo que buscaba.


Saqueo a la historia
Mercaderías atepecidas

Varios folios en la Fiscalía registran los casos denunciados por Concultura. Sólo se ha logrado hacer la recuperación de una colección importante gracias a la firma de un Tratado entre EE.UU. y El Salvador

Cotizadas. Las piezas de cerámica vistosas son muy codiciadas

En junio de 2001, Estados Unidos repatrió a El Salvador una colección de 42 piezas precolombinas decomisadas en el aeropuerto de San Francisco, donde pretendían pasarlas como artesanías pero fueron retenidas por autoridades de Migración.

Una gran parte de los objetos requisados son vasijas y otras figuras humanas. El arqueólogo Paul Amaroli y la antropóloga Karen Bruhns, ambos estadounidenses, hicieron el peritaje de la colección determinando la autenticidad de 39 de las piezas.

El decomiso fue valioso ya que estuvo valuado en 100 mil dólares. Su procedencia se determinó por el remitente, identificado como Cristóbal Alfonso Centeno.

El caso fue bastante famoso ya que Centeno y su esposa son compadres de la entonces encargada del departamento de Patrimonio Cultural, María Isaura Arauz.

La recuperación de las piezas se logró gracias a la firma de un convenio establecido entre Estados Unidos y El Salvador en 1995. Desde entonces, en ese país norteamericano impera una restricción de importaciones de bienes culturales salvadoreños; de esta forma, cualquier objeto que entre por las fronteras estadounidenses sin el debido permiso de parte de las autoridades culturales lo hace de forma ilícita.

“La cerámica maya tipo Copador (nombre por Copán y El Salvador) propia exclusivamente de esta región es vendida comúnmente a buen precio y es muy buscada debido al intenso color de las piezas y su vistosidad”, explica Amaroli.

“Lo que sucede en muchos casos es que las piezas provenientes de zonas arqueológicas salvadoreñas son pasadas a tiendas de subastas como Sotheby’s haciéndolas pasar por hondureñas o guatemaltecas.

Las casas de subastas esquivan el Tratado al decir que la pieza ha ingresado a Estados Unidos antes del año 95”, agregó.
“Sin embargo, es reconfortante ver cómo en muchas ocasiones en esa casa de subastas venden piezas falsas a precios altísimos”, comentó el arqueólogo.

Para el comisionado Douglas Omar García Funes, jefe de Investigaciones de la Policía Nacional Civil, el tráfico de bienes culturales podría ser impulsado por una red criminal.

“Interpol define el crimen organizado como ‘cualquier asociación o grupo de personas que se dedique a una actividad ilícita continuada que tenga por objeto obtener beneficios económicos haciendo caso omiso de las fronteras nacionales’.

Partiendo de esto y dadas las características de los hechos delictivos relacionados con piezas arqueológicas en El Salvador, se puede decir que se trata de crimen organizado”, comentó.

Agregó que la cantidad de dinero que deja el tráfico de patrimonio cultural es comparable con el narcotráfico debido a que una pieza en el extranjero es bien pagada dependiendo del coleccionista que la compre.

Explicó que en el caso de piezas extraviadas, como la reciente pérdida en el museo de Joya de Cerén —una figurilla antropomorfa encontrada en la estructura 12 o casa del hechicero— es Interpol la institución encargada de monitorear y repartir información en las fronteras aéreas, marítimas y terrestres a través de alertas y difusiones que son monitoreadas constantemente por la División.

En 1999 hubo un hurto en el antiguo museo de Joya de Cerén de dos cuentas de jade encontradas en la estructura siete. Este caso no se ha resuelto todavía y la extracción se efectuó en la misma forma que la figurilla: levantando la vitrina y sustrayendola con facilidad.

Además, en la tienda de artesanías El Mesías, ubicada en carretera a Chalatenango, la Policía decomisó, este año, 533 piezas auténticas que serían comercializadas.

La Interpol estima en 5 mil millones de dólares anuales el valor del comercio ilegal de artefactos y obras de arte en todo el mundo, sólo superado por los mercados de drogas ilícitas y de armamentos.

Para Federico Hernández Aguilar, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y el Arte (Concultura) lo más importante para prevenir el saqueo es concienciar a los salvadoreños para que cuiden su patrimonio.

“Los salvadoreños deben volverse guardianes de la cultura. Por su parte, el Estado se basa en el marco legal, que ha funcionado muy bien, ya que el saqueo, años atrás, era desmesurado. Ahora eso no se da más; hay saqueo pero no en esas proporciones”, explicó.

Y agregó que es muy difícil poner un vigilante en cada zona arqueológica del país. “Se han contabilizado más de 600 sitios arqueológicos y otros 300 en potencia; es más, no hay país del mundo, por más rico que sea, que pueda cuidar todo el bien cultural que tiene El Salvador”, dijo.

Luego aseguró que el problema se resume en la falta de recursos.
Además, incentivó a que los coleccionistas privados registren sus piezas sin temor: “Nadie va a quitarles las piezas pero es importante que Concultura tenga un registro de ellas”, finalizó.

Grave pérdida
Saqueo roba el testimonio

Los arqueólogos Claudia Ramírez, encargada del sitio Joya de Cerén y Paul Amaroli coinciden en que una pieza, por más interesante que sea, fuera de su contexto arqueológico se vuelve “muda”.

“Dependiendo del lugar y en dónde sea encontrada, la pieza puede contar una historia. Si se encuentra en un entierro, el lugar en que colocaban el cadáver, la posición, el embalaje y los objetos que depositaban en la cámara funeraria es lo que permite a los arqueólogos y antropólogos determinar la posición social, económica o religiosa de esa persona”, explicó Ramírez.

No obstante, si una pieza sale de las fronteras debe darse por perdida ya que es muy rara la ocasión que logra ser repatriada o recuperada.

Paul Amaroli concordó en que el saqueo destruye el contexto arqueológico del sitio, por tanto no se puede saber mucho del lugar.

“Aquí están seguras”

El poseedor de la colección de piezas arqueológicas privada más extensa de El Salvador aceptó que visitáramos su casa bajo la condición de no revelar su nombre ni la dirección.

Allí, mientras mostraba los objetos, planteó su postura. “En los museos las piezas se pierden, dicen que están en bodegas y nunca más se vuelven a ver. Aquí las cuido, las limpio, y la pieza que no se puede obtener la reproduzco”, dijo mientras mostraba un objeto a medio restaurar y una piedra de jade que convertirá en una máscara.

“Los coleccionistas somos depositarios de los bienes patrimoniales”, argumentó. “La mayoría de mis piezas fueron rescatadas de construcciones y siembras, los campesinos me guardaban lo que hallaban, yo iba seguido a buscarlas, mi colección la inicié a los siete años con una carita que encontré entre unas piedras, ahora, a mis cincuenta, tengo 20 mil piezas”, asegura el coleccionista.

Largo camino
Las piezas son extraídas por personas, generalmente campesinos o vecinos de los sitios. Luego se las venden a “coyotes” a precios muy bajos y éstos se encargan de mercarlas directamente con un coleccionista o un distribuidor que la saca del país para revenderlas en subastas.
SAQUEOS
Las cercanías del parque San Andrés, que son privadas, tienen visitas constante de saqueadores que abren
orificios para
extraer las piezas.
ARREGLOS
Luego de un
saqueo, muchas
piezas son
encontradas
fragmentadas y
deben ser restauradas. También son reparadas las halladas en sembradíos.
VALOR
Las figurillas
antropomorfas
(forma humana) son populares en el mercado, siendo las más valiosas las que representan a dioses como Tlaloc y Xipetotec.
PÉRDIDA
Las piezas que no son pintadas o
grabadas son
dejadas de lado, muchas veces
rotas. La de la foto es una urna de gran tamaño
despedazada.
DESTINO
Las piezas únicas, muchas veces
son robadas de
museos por
encargo de
coleccionistas.
En el mercado negro adquieren un
precio elevado.



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