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LA
ARISTA AFILADA
Torrijos
y la tentación revolucionaria
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El primero de septiembre Panamá estrenó
presidente. Se trata del economista Martín Torrijos, un agradable
joven de cuarenta años, educado en una universidad de Texas,
hijo del ex dictador Omar Torrijos, un militar carismático e
inescrupuloso muerto en 1981 en un sospechoso accidente de aviación.
Martín, al margen de haber desarrollado una buena campaña,
en la que proyectó una personalidad amable y un suficiente dominio
de los grandes temas nacionales, le debe a su apellido la nominación
por su partido y la posterior victoria electoral.
Una buena parte de los panameños recuerda con gratitud al general
Torrijos, un tipo apuesto e ingenioso con fama de parrandero, al que
le atribuyen dos aciertos de mucho peso: la firma en 1977-1978 de los
tratados que pusieron fin al control norteamericano del Canal y de la
zona aledaña, devolviéndole al país la total soberanía
sobre su territorio, y la elevación a la condición de
gran actor político de los sectores más pobres de la sociedad.
Omar Torrijos rompió con la tradicional hegemonía de los
grupos dominantes, lo que en ese país llaman los rabiblancos,
y buscó su legitimidad en el apoyo de las clases populares.
Naturalmente, el legado de Torrijos también incluía un
enorme componente negativo. Su ascenso al poder fue mediante un injustificable
golpe militar dado en 1968.
Su gobierno fue una cleptocracia populista, a veces brutal, con frecuencia
arbitraria, que recurrió al crimen y a la tortura cuando lo creyó
necesario, convirtiendo a la Guardia Nacional en el corazón de
un poder siniestro y corrompido en el que se incubara la figura abominable
de Manuel Antonio de Noriega, el narcodictador convertido en hombre
fuerte tras la muerte de Torrijos, preso en una cárcel federal
norteamericana tras la invasión de diciembre de 1989.
El hijo de un... héroe
Es, pues, muy importante, que el presidente Martín Torrijos entienda
exactamente y con una desapasionada objetividad la doble naturaleza
de la herencia que recibe de su padre. Para muchos panameños
el general fue un héroe. Para otros muchos, fue un dictador cruel
y corrupto. Pero tan importante como llegar a esa realista conclusión,
es darse cuenta de que el general Omar Torrijos vivió, actuó
y murió en medio de la atmósfera de la Guerra Fría,
cuando Estados Unidos era derrotado en Vietnam, el capitalismo parecía
hundirse en medio de la inflación y los altísimos intereses
bancarios, y el discurso antidemocrático de la izquierda comunista,
representado por Fidel Castro y el Che Guevara en América Latina,
auguraban a la humanidad un triste destino de corte soviético
y abundantes paredones y calabozos. El Panamá que gobernará
Martín Torrijos está instalado en un mundo absolutamente
diferente.
Hoy no existe alternativa razonable a la democracia y a la economía
de mercado, se observa una fuerte tendencia a la integración
internacional del comercio -la llamada globalización-, y Estados
Unidos, con una economía cifrada en 10 trillones de dólares
y un aparato militar imbatible, es la única superpotencia dominante
en el planeta. Datos que no parecen inquietar a los panameños,
a juzgar por las encuestas anuales de Latinobarómetro, en las
que este país comparece como el más pronorteamericano
de toda la región, con un grado de simpatía por sus poderosos
vecinos que excede al setenta por ciento del censo, y en el que el radicalismo
político nacional ha quedado reducido a unos cuantos rencorosos
estalinistas permanentemente atónitos ante una realidad que les
resulta indescifrable.
Nostalgia del pasado
Es muy conveniente que Martín Torrijos tenga en cuenta esta perspectiva.
Fue muy preocupante, por ejemplo, el júbilo con que las narcoguerrillas
comunistas de las FARC colombianas saludaron su triunfo. Dentro del
partido que lideró su padre, el PRD, y en su vecindario ideológico,
todavía existe un pequeño grupo de la izquierda nostálgica
que intentará arrastrar a su gobierno al eje formado por Caracas-La
Habana-Buenos Aires-Brasilia, con la promesa de revivir la etapa revolucionaria
de los gloriosos años setentas, ahora revitalizada por los petrodólares
de Chávez.
Ese sería el camino del desastre. Panamá tiene por delante
tres tareas clave y todas pasan por la moderación política,
la prudencia económica y la colaboración decidida con
el primer mundo. En primer término, remodelar el Canal, que ya
ha cumplido un siglo, y adecuarlo a las dimensiones de los barcos actuales,
una obra enorme, tanto en el terreno técnico como financiero.
En segundo lugar, frenar tajantemente la corrupción, mejorar
la calidad de la administración pública y perfeccionar
el deficiente Estado de Derecho, lo que conlleva el fortalecimiento
de las muy magulladas instituciones republicanas. Por último,
luchar contra la pobreza con las únicas armas realmente efectivas
con que cuenta un gobierno responsable: fortalecer la educación
pública, atraer inversiones extranjeras, y estimular enérgicamente
la creación de empresas en el sector privado capaces de reducir
el desempleo. Si pierde el foco y se deja arrastrar al manicomio de
la izquierda delirante, provocará una catástrofe. Si resiste
la tentación revolucionaria, triunfará.
©FIRMAS PRESS 2004
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