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LA
COLUMNA

La
sociedad asquerosa
El sistema judicial es el escenario de
la máxima payasada que hemos merendado esta semana gracias a
la retransmisión televisiva del careo del año,
el juicio más esperado del momento; damas y caballeros ¡con
ustedes... el imputado Nelson García!
Usted se ha preguntado ¿Por qué nadie habla más
que del daño al honor del ex candidato a magistrado en lugar
de ubicar el tema dentro de su contexto? A diario las denuncias por
violaciones a la integridad física y moral de los menores son
un leve eco a través de los medios de comunicación. ¿Acaso
existe los derechos del niño en la mente enferma de nuestra sociedad?
Cuando uno mira circos como el que han montado los simpatizantes del
abogado García, uno sabe que los niños no importan en
este país. Y no estoy hablando de que García sea culpable
o no porque esa será la tarea del tribunal.
Yo hablo del derecho que tienen nuestros niños y adolescentes
a ser respetados por la sociedad. Y tampoco hablo de la decencia que
busca la iglesia porque ese sólo es un ángulo de una madeja
compleja, en un país donde la tasa de embarazos adolescentes
toca tanto a estudiantes de instituciones públicas como privadas.
¿Por qué nadie piensa que es injusto que una joven, con
apenas 14 ó 16 años de edad, sea seducida (con o sin cámara
de video) cualquier día del año en cualquier lugar de
El Salvador y todo el mundo lo vea como la cosa más normal del
mundo?
¿Por qué una quinceañera con minifalda y escote
tiene dotes de meretriz dentro de la estructura machista salvadoreña,
que abarca no sólo a jóvenes -con las hormonas en una
caldera- sino a cientos de viejos verdes con saco y corbata?
¿Por qué el padrastro hace uso del asqueroso derecho de
pernada en la hija de la mujer con que se acuesta y nadie
dice nada?
¿Por qué el religioso, el profesor, puede sobrepasar la
confianza de los escolares y no pasa nada? Porque simple y sencillamente
esa tragedia de vivir en una sociedad asquerosa, deforme e inculta todavía
no ha tocado la puerta de nuestra casa, y sólo cuando el cadáver
está dentro de la sala, nos damos cuenta que el hogar apesta.
Recuerdo que el año pasado, cuando realicé una investigación
independiente sobre abusos a niños de la calle, cada noche que
volvía a conversar con ellos había un nuevo golpe. No
tenían voz. No eran (y lo siguen siendo) más que escoria.
Un día era una lata de cerveza sobre la cabeza; otras, un pederasta
que buscaba carne fresca o policías que ensayaban su fuerza bruta.
Y no pasa nada ¿verdad? Una sociedad asquerosa.
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