Del 19 al 26 de septiembre de 2004



LA COLUMNA

Erick Lombardo Lemus
vertice@elsalvador.com



La sociedad asquerosa

El sistema judicial es el escenario de la máxima payasada que hemos merendado esta semana gracias a la retransmisión televisiva del “careo” del año, el juicio más esperado del momento; damas y caballeros ¡con ustedes... el imputado Nelson García!

Usted se ha preguntado ¿Por qué nadie habla más que del daño al honor del ex candidato a magistrado en lugar de ubicar el tema dentro de su contexto? A diario las denuncias por violaciones a la integridad física y moral de los menores son un leve eco a través de los medios de comunicación. ¿Acaso existe los derechos del niño en la mente enferma de nuestra sociedad?

Cuando uno mira circos como el que han montado los simpatizantes del abogado García, uno sabe que los niños no importan en este país. Y no estoy hablando de que García sea culpable o no porque esa será la tarea del tribunal.
Yo hablo del derecho que tienen nuestros niños y adolescentes a ser respetados por la sociedad. Y tampoco hablo de la decencia que busca la iglesia porque ese sólo es un ángulo de una madeja compleja, en un país donde la tasa de embarazos adolescentes toca tanto a estudiantes de instituciones públicas como privadas.

¿Por qué nadie piensa que es injusto que una joven, con apenas 14 ó 16 años de edad, sea seducida (con o sin cámara de video) cualquier día del año en cualquier lugar de El Salvador y todo el mundo lo vea como la cosa más normal del mundo?

¿Por qué una quinceañera con minifalda y escote tiene dotes de meretriz dentro de la estructura machista salvadoreña, que abarca no sólo a jóvenes -con las hormonas en una caldera- sino a cientos de “viejos verdes” con saco y corbata?
¿Por qué el padrastro hace uso del asqueroso derecho de “pernada” en la hija de la mujer con que se acuesta y nadie dice nada?

¿Por qué el religioso, el profesor, puede sobrepasar la confianza de los escolares y no pasa nada? Porque simple y sencillamente esa tragedia de vivir en una sociedad asquerosa, deforme e inculta todavía no ha tocado la puerta de nuestra casa, y sólo cuando el cadáver está dentro de la sala, nos damos cuenta que el hogar apesta.

Recuerdo que el año pasado, cuando realicé una investigación independiente sobre abusos a niños de la calle, cada noche que volvía a conversar con ellos había un nuevo golpe. No tenían voz. No eran (y lo siguen siendo) más que escoria. Un día era una lata de cerveza sobre la cabeza; otras, un pederasta que buscaba carne fresca o policías que ensayaban su fuerza bruta. Y no pasa nada ¿verdad? Una sociedad asquerosa.


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