Del 18 al 25 de julio de 2004



LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

Los derechos de la juventud

Quiero relatar dos hechos que, quizás, no tengan nada en común y hasta sea un sacrilegio relacionarlos. Miles de kilómetros y 50 años los separan. Son distintos los protagonistas. Al menos los manifestantes. Porque la contraparte es el mismo: El transporte público. Tal vez por eso lo relaciono.

Veamos. En 1955, las autoridades de Montgomery, Alabama, E. U., decidieron arrestar a Rosa Parks por negarse a pasar a la parte trasera del autobús, como disponía la ley.

Su arresto motivó a los afroamericanos a boicotear el servicio de la ciudad durante doce meses y medio, bajo el liderazgo del Dr. Martin Luther King, Jr. Antes de sentarse en la parte trasera de un autobús (y de que les violaran claramente sus derechos), la gente de color tomó la decisión de caminar, compartir autos o taxis hasta que obligaron a las autoridades a ceder. Otra activista de color escribió, después, que había experimentado “un impulso de orgullo al pensar como mi gente se había unido para imponer un cambio. Eso me dio la esperanza de que tal vez las cosas pudieran cambiar…”. Y cambiaron, ese hecho marcó el principio del fin de la segregación racial en ese país modelo para unos.

En 2004, cincuenta años después, un grupo de estudiantes de Santa Ana decide, quizás sin saber el precedente, hacer lo mismo. Sí, es cierto, esta vez a nadie intentaron bajar del bus, como a la señora Parks, esta vez los buseros, sin autorización, con premeditación y alevosía, deciden recetarse un incremento de tres centavos en el pasaje a costa del sacrificio de miles de salvadoreños. ¿Qué son tres centavos? Para estos muchachos que apenas van con un dólar a la escuela—los más afortunados— es un dineral.

Sacan sus bicicletas, patinetas, los que tienen, los que no, deciden caminar. Varios días después, deciden hacer una manifestación, lastimosamente con algunos arrebatos de violencia. Ese hecho me recordó la historia de Rosa Parks y me dio esperanzas de que, también yo sin saber lo que habían dicho hace 50 años, las cosas podían cambiar. Pero no cambiaron. Ahora los estudiantes se enfrentan a “severas sanciones” porque salieron a las calles “evidentemente” manipulados por algún partido político. Qué lástima. ¿Por qué tenemos la manía de politizar todo? ¿Por qué no dejar a la juventud tomar sus propias decisiones y hacer valer sus derechos? Señora ministra, dialogue con ellos y luego saque sus conclusiones. No caiga en el error de ignorar a la juventud. Ellos son el futuro del país. Haga que nos sintamos orgullosos de ellos, al menos de algunos de ellos. Si los castigamos por defender sus derechos, enviamos un mal mensaje. ¿No cree?


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