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REPORTAJE
Ser
mujer en El Salvador...
Cuando
de paridad de oportunidades y beneficios sociales se trata, la brecha
entre
hombres y mujeres parece ser insalvable. Ellas son mayoría de
acuerdo al último
padrón electoral. El sector femenino, por ejemplo, decidió
el rumbo del país hace
unas semanas; pero no hay una política nacional que la favorezca
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Las vidas de Sandra y Julia Esperanza tienen muchas
cosas en común, a pesar de que ellas viven a kilómetros
de distancia y tienen -al menos- 25 años de por medio.
Sandra reside en los alrededores de Teotepeque, en la costa del departamento
de La Libertad, y Julia en los cantones que están en las faldas
del volcán de San Salvador, allá donde soplan los vientos.
Jamás han intercambiado palabras, bromas o regaños; pero
sus vidas son tan coincidentes como los instrumentos que utilizan para
trabajar cada día de la semana.
Sandra es madre de tres niños y no sobrepasa los 22 años
de edad. Julia casi tiene 49 y es una veterana en el tema de las parturientas.
Ambas tienen el mismo nivel de escolaridad y giran su mundo laboral
en torno a las tareas de limpieza y oficios varios en los vecindarios
de clase media de Santa Tecla, Ciudad Merliot y la colonia Escalón.
Son dos vidas fusionadas en una historia tan común que no ocupa
más que unas cuantas líneas en la agenda pública.
Pero ellas representan un porcentaje relevante cuando se habla de pobreza,
desde la perspectiva de la equidad de género en el país.
La última investigación sobre desarrollo humano se ha
concentrado en el tema género no por una tendencia o moda de
los organismos internacionales. No.
El estudio, de hecho, establece aportes reveladores sobre el universo
femenino en el nuevo siglo que vivimos donde si bien hay un poco de
flote hay un tanto de lastre.
La pobreza sigue siendo un tema de agenda nacional en tanto hay una
de tipo absoluta y otra de corte relativo. ¿Diferencias? Más
allá de las técnicas, a nivel práctico, la primera
redunda en aquellas personas y hogares con ingresos inferiores
al costo de su canasta básica de alimentos.
En tanto, la pobreza relativa, menos crítica, pero igual presente,
está en las personas u hogares con ingresos suficientes
para adquirir la canasta básica de alimentos, pero insuficientes
para financiar la satisfacción de otras necesidades básicas,
como el vestuario, la vivienda, la salud, la educación, es decir,
¿bienes suntuarios?
El Banco Mundial (BM) es muy práctico cuando de establecer un
concepto se trata. Aquella persona que consigue un dólar diario,
vive por debajo de la línea de la pobreza absoluta. Está
en la picota económica, prácticamente; mientras que otro
que sume dos dólares diarios, pertenece a la segunda clasificación.
Cosas de pobreza
Y en El Salvador, con todo y el éxito que el proceso democrático
ha ofrecido, la pobreza sigue siendo uno de los factores que vulnera
-en términos de género- a hombres y mujeres por igual
y tiene sus variantes según la geografía, las condiciones
socio económicas o la suerte.
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En
el área de Medicina la cuota de universitarias ha aumentado,
aunque predominan carreras como fisioterapia y enfermería.
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Pero el documento, que fue elaborado por el área
de Género del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) y el departamento de Economía de la UCA, sentencia una
relación inevitable en el nivel de ingreso entre hombres y mujeres
a lo largo del año 2002.
La mujer percibe 16.3% menos que un hombre, por ejemplo; pero, la diferencia
se acentúa en el área urbana, donde la brecha se amplía
al 30%. Si partimos de que en países como El Salvador la gente
es su principal riqueza (la agricultura sigue deprimida y nuestros recursos
naturales son limitados), el documento enuncia una preocupación:
ser pobre limita a las personas a ampliar sus capacidades para
poder así aprovechar plenamente sus opciones y oportunidades.
Al regresar a las coincidencias entre Esperanza y Sandra, la madre joven,
traemos a colación un elemento simbiótico a la pobreza
en nuestro país: el nivel educativo.
El Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) fue contundente
hace cuatro años al señalar que la educación
es esencial para mejorar los niveles de vida de las mujeres y permitir
ejercitar una mayor voz en la toma de decisiones en el ámbito
familiar, comunitario, laboral y político.
Al respecto, el estudio del PNUD afirma que la evidencia empírica
ha demostrado consistentemente que la educación es un factor
vital para el empoderamiento de las mujeres, que les permite mejorar
sus condiciones de vida y romper con el círculo vicioso de la
pobreza.
Igualdad educativa
El indicador de las tasas de matrícula refleja una situación
de igualdad entre mujeres y hombres gracias a los logros que ha
tenido en esta área nuestro sistema en la última década.
Pero la investigación no es exacta en cuanto al nivel de deserción
escolar; un fenómeno recurrente, tanto a nivel urbano como rural,
que afecta a mujeres y niñas por la inevitable tradición
social que las conmina a la vida doméstica.
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Los
profesorados en educación parvularia y básica se
asocian a mujeres.
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Sin embargo también hay avances concretos en
cuanto a crecimiento. Tomando en cuenta los datos obtenidos por la Encuesta
de Hogares de Propósitos Múltiples, en el lapso de 1996
a 2002 se pudo determinar que hubo una disminución del
porcentaje de mujeres con respecto a hombres que no cuentan con algún
grado de estudio aprobado. Sin embargo, la diferencia entre las
mujeres que carecen de un grado de estudio aprobado sobrepasa en un
25.9% a los hombres.
El informe del PNUD señala que el deterioro de la situación
económica de las familias es un factor que posiblemente explique
la disminución en al porcentaje de matrícula femenina
en los primeros tres grados de primaria.
En 1999, el porcentaje de niñas matriculadas era de 103.97 y
de 93.22 en 2002. Si el porcentaje de mujeres que ahora asisten
a la educación primaria registra una tendencia a ser menor que
el porcentaje de hombres, esta desigualdad se reproducirá más
adelante en los niveles educativos superiores.
Las afortunadas que cuentan con más años de estudio enfrentan
una paradoja. A mayor escolaridad, más es la diferencia entre
la remuneración que reciben hombres y mujeres.
La mayor brecha salarial entre hombres y mujeres se presenta en
el estrato de personas con 13 años de estudio o más, y
la menor entre personas sin ningún año de educación.
Y otro ángulo, por extraño que parezca, es que Sandra
y Julia tienen una ventaja por sobre las mujeres que trabajan como secretarias,
cajeras o dependientes de almacén.
Las primeras reciben una remuneración por los trabajos domésticos
que realizan en casas ajenas, mientras que las trabajadoras
tanto de empresas privadas como públicas, sí que reciben
un pago por el trabajo realizado fuera de sus hogares; pero no por el
trabajo doméstico que realizan en sus casas de habitación.
¿Y dónde quedan las mujeres que trabajan inevitablemente
en casa? Pues estas son incluidas en el concepto de Población
Económicamente Inactiva (PEI).
Según los autores de Equidad de Género en El Salvador
La implementación de programas que contribuyan a la sensibilización
de hombres y mujeres sobre un reparto equitativo de las tareas
domésticas podría ayudar a mejorar la condición
económica de las mujeres y de los hogares a los que pertenecen.
Aunque se lea mal, es una realidad inevitable que todas aquellas que
dedican buena parte de su tiempo a la crianza y educación de
sus hijos, limita sus posibilidades de accesar a una mejor educación
y a trabajos mejor remunerados.
La violencia: un tema que aún
persiste
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En El Salvador, los altos índices de violencia
contra las mujeres continúan. Y si bien se ha logrado una mayor
denuncia ciudadana, esto no significa que se hayan reducido los casos.
El informe sobre la equidad de género del PNUD señala
que tanto la violencia intrafamiliar como la sexual siguen siendo una
realidad que influye directamente en el pleno desarrollo humano de las
mujeres.
En el caso de la violencia intrafamiliar, entendiendola como la que
se genera en cualquier relación familiar, sea cercana o no, el
Programa de Saneamiento de las Relaciones Familiares (PSRF) del Instituto
Salvadoreño de la Mujer (ISDEMU) indica que los casos registrados
de este tipo de violencia representan el 91.6% del total para 2002.
La PSRF también registra que en estos casos el 87% de los agresores
son los cónyuges o los compañeros de vida; lo que significa
que este tipo de violencia proviene de una persona con la que las mujeres
tienen que convivir día a día.
Por otro lado, los índices de violencia sexual (que incluye las
que violaciones, abusos deshonestos, abuso infantil, incesto y estupro)
señalan que se da con más frecuencia en contra de las
mujeres. Entre el segundo semestre de 2001 y el primero de 2003, el
88 por ciento de los casos registrados corresponde a mujeres violentadas
sexualmente. Según el PSRF, por cada caso de agresión
sexual hacia los hombres hay 13 casos contra las mujeres.
Contrario a los casos anteriores, el Instituto de Medicina Legal registra
más homicidios hacia los hombres. De cada 10 homicidios, 9 fueron
hombres. Los jóvenes entre 15 a 24 años son las víctimas
más frecuentes. Esto está relacionado con la aceptación
del uso de las armas entre ellos.
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