18 de abril de 2004


REPORTAJE

Ser mujer en El Salvador...

Cuando de paridad de oportunidades y beneficios sociales se trata, la brecha entre
hombres y mujeres parece ser insalvable. Ellas son mayoría de acuerdo al último
padrón electoral. El sector femenino, por ejemplo, decidió el rumbo del país hace
unas semanas; pero no hay una política nacional que la favorezca .

Lilian Martínez, Alicia Miranda Duke y
Erick L. Lemus

vertice@elsalvador.com
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Las vidas de Sandra y Julia Esperanza tienen muchas cosas en común, a pesar de que ellas viven a kilómetros de distancia y tienen -al menos- 25 años de por medio.

Sandra reside en los alrededores de Teotepeque, en la costa del departamento de La Libertad, y Julia en los cantones que están en las faldas del volcán de San Salvador, allá donde soplan los vientos. Jamás han intercambiado palabras, bromas o regaños; pero sus vidas son tan coincidentes como los instrumentos que utilizan para trabajar cada día de la semana.

Sandra es madre de tres niños y no sobrepasa los 22 años de edad. Julia casi tiene 49 y es una veterana en el tema de las parturientas. Ambas tienen el mismo nivel de escolaridad y giran su mundo laboral en torno a las tareas de limpieza y oficios varios en los vecindarios de clase media de Santa Tecla, Ciudad Merliot y la colonia Escalón.

Son dos vidas fusionadas en una historia tan común que no ocupa más que unas cuantas líneas en la agenda pública. Pero ellas representan un porcentaje relevante cuando se habla de pobreza, desde la perspectiva de la equidad de género en el país.

La última investigación sobre desarrollo humano se ha concentrado en el tema género no por una tendencia o moda de los organismos internacionales. No.

El estudio, de hecho, establece aportes reveladores sobre el universo femenino en el nuevo siglo que vivimos donde si bien hay un poco de flote hay un tanto de lastre.

La pobreza sigue siendo un tema de agenda nacional en tanto hay una de tipo absoluta y otra de corte relativo. ¿Diferencias? Más allá de las técnicas, a nivel práctico, la primera redunda en “aquellas personas y hogares con ingresos inferiores al costo de su canasta básica de alimentos”.

En tanto, la pobreza relativa, menos crítica, pero igual presente, está “en las personas u hogares con ingresos suficientes para adquirir la canasta básica de alimentos, pero insuficientes para financiar la satisfacción de otras necesidades básicas”, como el vestuario, la vivienda, la salud, la educación, es decir, ¿bienes suntuarios?

El Banco Mundial (BM) es muy práctico cuando de establecer un concepto se trata. Aquella persona que consigue un dólar diario, vive por debajo de la línea de la pobreza absoluta. Está en la picota económica, prácticamente; mientras que otro que sume dos dólares diarios, pertenece a la segunda clasificación.

Cosas de pobreza

Y en El Salvador, con todo y el éxito que el proceso democrático ha ofrecido, la pobreza sigue siendo uno de los factores que vulnera -en términos de género- a hombres y mujeres por igual y tiene sus variantes según la geografía, las condiciones socio económicas o la suerte.

En el área de Medicina la cuota de universitarias ha aumentado, aunque predominan carreras como fisioterapia y enfermería.

Pero el documento, que fue elaborado por el área de Género del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo
(PNUD) y el departamento de Economía de la UCA, sentencia una relación inevitable en el nivel de ingreso entre hombres y mujeres a lo largo del año 2002.

La mujer percibe 16.3% menos que un hombre, por ejemplo; pero, la diferencia se acentúa en el área urbana, donde la brecha se amplía al 30%. Si partimos de que en países como El Salvador la gente es su principal riqueza (la agricultura sigue deprimida y nuestros recursos naturales son limitados), el documento enuncia una preocupación: “ser pobre limita a las personas a ampliar sus capacidades para poder así aprovechar plenamente sus opciones y oportunidades”.

Al regresar a las coincidencias entre Esperanza y Sandra, la madre joven, traemos a colación un elemento simbiótico a la pobreza en nuestro país: el nivel educativo.

El Fondo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) fue contundente hace cuatro años al señalar que “la educación es esencial para mejorar los niveles de vida de las mujeres y permitir ejercitar una mayor voz en la toma de decisiones en el ámbito familiar, comunitario, laboral y político”.

Al respecto, el estudio del PNUD afirma que la evidencia empírica “ha demostrado consistentemente que la educación es un factor vital para el empoderamiento de las mujeres, que les permite mejorar sus condiciones de vida y romper con el círculo vicioso de la pobreza”.

“Igualdad” educativa


El indicador de las tasas de matrícula refleja “una situación de igualdad entre mujeres y hombres” gracias a los logros que ha tenido en esta área nuestro sistema en la última década.

Pero la investigación no es exacta en cuanto al nivel de deserción escolar; un fenómeno recurrente, tanto a nivel urbano como rural, que afecta a mujeres y niñas por la inevitable tradición social que las conmina a la vida doméstica.

Los profesorados en educación parvularia y básica se asocian a mujeres.

Sin embargo también hay avances concretos en cuanto a crecimiento. Tomando en cuenta los datos obtenidos por la Encuesta de Hogares de Propósitos Múltiples, en el lapso de 1996 a 2002 “se pudo determinar que hubo una disminución del porcentaje de mujeres con respecto a hombres que no cuentan con algún grado de estudio aprobado”. Sin embargo, la diferencia entre las mujeres que carecen de un grado de estudio aprobado sobrepasa en un 25.9% a los hombres.

El informe del PNUD señala que el deterioro de la situación económica de las familias es un factor que posiblemente explique la disminución en al porcentaje de matrícula femenina en los primeros tres grados de primaria.

En 1999, el porcentaje de niñas matriculadas era de 103.97 y de 93.22 en 2002. “Si el porcentaje de mujeres que ahora asisten a la educación primaria registra una tendencia a ser menor que el porcentaje de hombres, esta desigualdad se reproducirá más adelante en los niveles educativos superiores”.

Las afortunadas que cuentan con más años de estudio enfrentan una paradoja. A mayor escolaridad, más es la diferencia entre la remuneración que reciben hombres y mujeres.
“La mayor brecha salarial entre hombres y mujeres se presenta en el estrato de personas con 13 años de estudio o más, y la menor entre personas sin ningún año de educación”.

Y otro ángulo, por extraño que parezca, es que Sandra y Julia tienen una ventaja por sobre las mujeres que trabajan como secretarias, cajeras o dependientes de almacén.

Las primeras reciben una remuneración por los trabajos domésticos que realizan en casas “ajenas”, mientras que las trabajadoras tanto de empresas privadas como públicas, sí que reciben un pago por el trabajo realizado fuera de sus hogares; pero no por el trabajo doméstico que realizan en sus casas de habitación. ¿Y dónde quedan las mujeres que trabajan inevitablemente en casa? Pues estas son incluidas en el concepto de Población Económicamente Inactiva (PEI).

Según los autores de Equidad de Género en El Salvador “La implementación de programas que contribuyan a la sensibilización de hombres y mujeres” sobre un reparto equitativo de las tareas domésticas podría ayudar a mejorar la condición económica de las mujeres y de los hogares a los que pertenecen.

Aunque se lea mal, es una realidad inevitable que todas aquellas que dedican buena parte de su tiempo a la crianza y educación de sus hijos, limita sus posibilidades de accesar a una mejor educación y a trabajos mejor remunerados.


La violencia: un tema que aún persiste

En El Salvador, los altos índices de violencia contra las mujeres continúan. Y si bien se ha logrado una mayor denuncia ciudadana, esto no significa que se hayan reducido los casos.

El informe sobre la equidad de género del PNUD señala que tanto la violencia intrafamiliar como la sexual siguen siendo una realidad que influye directamente en el pleno desarrollo humano de las mujeres.

En el caso de la violencia intrafamiliar, entendiendola como la que se genera en cualquier relación familiar, sea cercana o no, el Programa de Saneamiento de las Relaciones Familiares (PSRF) del Instituto Salvadoreño de la Mujer (ISDEMU) indica que los casos registrados de este tipo de violencia representan el 91.6% del total para 2002.

La PSRF también registra que en estos casos el 87% de los agresores son los cónyuges o los compañeros de vida; lo que significa que este tipo de violencia proviene de una persona con la que las mujeres tienen que convivir día a día.

Por otro lado, los índices de violencia sexual (que incluye las que violaciones, abusos deshonestos, abuso infantil, incesto y estupro) señalan que se da con más frecuencia en contra de las mujeres. Entre el segundo semestre de 2001 y el primero de 2003, el 88 por ciento de los casos registrados corresponde a mujeres violentadas sexualmente. Según el PSRF, por cada caso de agresión sexual hacia los hombres hay 13 casos contra las mujeres.

Contrario a los casos anteriores, el Instituto de Medicina Legal registra más homicidios hacia los hombres. De cada 10 homicidios, 9 fueron hombres. Los jóvenes entre 15 a 24 años son las víctimas más frecuentes. Esto está relacionado con la aceptación del uso de las armas entre ellos.


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