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INTERNACIONAL
La
añoranza de la tierra perdida
La
semana pasada, el presidente de los Estados Unidos sugirió a
los refugiados a
prepararse para un futuro en un estado palestino truncado y renunciar
a sus
pretensiones de regresar a sus antiguas tierras. Las declaraciones no
sentaron bien.
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Residentes
de la Ribera Occidental, en Israel, rechazan las declaraciones
del presidente estadounidense George W Bush.
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Mustafá Jualeh, de 66 años de edad, ha
vivido en la misma casa ordenada por más de medio siglo, construyéndola
con su propio sudor para albergar a sus ocho hijos y 10 nietos, varios
de los cuales siguen viviendo en casa. Pese a tener una casa que refleja
décadas de cuidado amoroso, Jualeh aún se describe a sí
mismo como un refugiado en un campamento temporal.
El jueves pasado, se sentó en el sofá de su sala con una
taza de té endulzado y censuró al presidente Bush por
sugerir que los refugiados palestinos deberían prepararse para
un futuro en un estado palestino truncado y renunciar a la noción
de regresar a su antigua tierra, la cual ahora forma parte de Israel.
Bush vertió sus comentarios después de una sesión
en la Casa Blanca sostenida con el Primer Ministro israelí, Ariel
Sharon, convirtiéndose en el primer mandatario estadounidense
en asumir una posición tan definida en lo concerniente al tema,
que es sumamente delicado.
Él no tiene derecho a decir eso, dijo Jualeh, cuya
familia estuvo entre los 75 mil palestinos que, según estimados,
huyeron o fueron expulsados de sus hogares en la guerra de Oriente Medio,
entre 1948 y 1949.
Nunca aceptaré una decisión por parte de Bush, ni
siquiera de Yasser Arafat, en cuanto a que yo deba renunciar a mi tierra,
agregó.
Para muchos palestinos, ningún tema genera una respuesta tan
visceral como las conversaciones de tierra familiar que se perdió
durante la guerra, la cual fue iniciada por los árabes con la
fundación de Israel.
La nostalgia
Familiares de refugiados (cuatro millones de palestinos están
diseminados a lo largo de Oriente Medio) siguen conservando llaves oxidadas
y amarillentos derechos de propiedad de sus hogares, aun cuando muchas
de las casas ya fueron destruidas desde hace mucho tiempo. Los refugiados
afirman que incluso si ellos no regresan, las generaciones futuras sí
lo harán, sueño que han fomentado desde hace mucho dirigentes
políticos de los palestinos.
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George
W Bush dio un espaldarazo a la política de Ariel Sharon
al recomendar a los palestinos a renunciar a regresar a sus tierras
en Israel.
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Los israelíes se muestran prácticamente
unánimes para denunciar ese anhelo palestino como una fantasía.
A lo largo del espectro, políticos israelíes dicen que
ellos nunca permitirían un retorno masivo de refugiados, los
cuales podrían abrumar a Israel en términos demográficos,
borrando el carácter judío del estado. Los árabes
que permanecieron después de la guerra, junto a sus descendientes,
actualmente rondan una cifra cercana a los 1.2 millones y conforman
casi el 20 por ciento de la población de Israel.
Para muchos israelíes, la declaración de Bush dio la impresión
de meramente reconocer la realidad. Con todo, líderes palestinos
se han resistido desde hace mucho a sostener discusiones públicas
sobre un compromiso.
Sin importar cuán improbable sea el retorno de los refugiados,
el tema es considerado como una de las mejores fichas de negociación
para los palestinos.
Los palestinos afirman que su derecho a regresar está
consagrado en la Resolución 194 de la ONU, aprobada por la Asamblea
General en 1948, la cual dice que a los refugiados se les debería
permitir volver a lo que eran sus hogares o recibir una compensación.
No obstante, la misma resolución incluye artículos olvidados
ya hace tiempo que los palestinos prefieren ignorar, como algunos que
ponen a Jerusalén y a Belén bajo el control de Naciones
Unidas.
El año pasado, un prominente científico palestino, el
doctor Jalil Shikaki, concluyó un sondeo entre 4,500 familias
de refugiados que mostraba a muchos de ellos preparados para hacer compromisos.
Si bien más del 95 por ciento insistía en que Israel reconociera
en principio el derecho a regresar, tan sólo el 10 por ciento
exigía la residencia permanente en Israel en lo que solía
ser su tierra, en tanto que el 54 por ciento dijo que estaría
dispuesto a aceptar una compensación.
Por sus molestias, Shikaki, él mismo un refugiado, fue atacado
y su oficina fue saqueada por colegas palestinos al tiempo que divulgaba
los hallazgos, en julio pasado.
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En
su paso por los campamentos palestinos, las tropas israelíes
derriban toda estructura que se encuentre en sus pasos. Las escuelas
no son la excepción.
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La diáspora
La historia de Jualeh empezó en Naan, poblado agrícola
que solía yacer al sureste de Tel Aviv, contiguo a varias comunidades
agrícolas de judíos. Su familia tenía vacas y gallinas
y camellos en sus 1.6 hectáreas de tierra, y, según su
propio decir, las relaciones entre los árabes y los judíos
de la localidad eran buenas.
Sin embargo, combatientes judíos llegaron al poblado poco después
de que estallara la guerra y obligaron a sus residentes a huir hacia
el poblado árabe de Ramla, en la vecindad, recordó Jualeh,
quien en ese entonces tenía 10 años.
Su padre trató de escabullirse de vuelta a la
granja una noche, para cosechar el trigo, pero fue capturado. Se las
ingenió para echar una mirada al poblado, y vio que cada estructura,
salvo el pozo del lugar, había sido derribada.
Varios meses después, la familia de ocho integrantes fue llevada
hasta el poblado de Ramala, en la Ribera Occidental, sobre las colinas
al norte de Jerusalén, donde pasaron el invierno viviendo en
una escuela. Después de la guerra, fueron ubicados en una tienda
de campaña del campamento de refugiados Al Amari.
Hace mucho tiempo que los campamentos desaparecieron, dando paso a poblados
con estructuras permanentes, y ya no conjuran imágenes estereotípicas
de centros de refugiados, con familias desnutridas viviendo en la miseria
y durmiendo en el suelo.
Hoy día, Al Amari es un laberinto de callejones estrechos y un
conjunto variopinto de hogares hechos de bloques de cemento prefabricado.
Debido a que está en el extremo de Ramala, la ciudad con la mayor
clase media de los palestinos, sus residentes están en condiciones
ligeramente mejores en comparación con las personas de muchos
otros campamentos.
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Las
protestas palestinas, luego de las declaraciones de Bush, no tardaron.
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Incluso así, los campamentos son las áreas
más pobres en una sociedad que ha soportado una desaceleración
económica durante los últimos tres años de combates
en Oriente Medio, además de ser bastiones de militantes palestinos.
A menudo, Israel critica a la enorme Dependencia de Ayuda y Obras de
la ONU, la cual proporciona una amplia
diversidad de servicios, desde atención a la salud y educación
hasta programas de alimentación. Israel ha argumentado con frecuencia
que, de mantenerse el estatus de refugiados para los residentes, se
fomentan los sentimientos de injusticia y se alienta el extremismo.
La dependencia dice que sus servicios se necesitan con urgencia y que
el tema de los refugiados no se resolverá hasta que los israelíes
y los palestinos alcancen una solución política.
Para Jualeh y muchos otros, la única solución está
en un regreso a la antigua tierra.
Los judíos dicen que esta es su tierra y ellos regresaron
después de 2,000 años, dijo. Yo, mis hijos
y mis nietos seguiremos tratando de recuperar nuestra tierra, y algún
día lo vamos a lograr.
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