18 de abril de 2004


INTERNACIONAL

La añoranza de la tierra perdida

La semana pasada, el presidente de los Estados Unidos sugirió a los refugiados a
prepararse para un futuro en un estado palestino truncado y renunciar a sus
pretensiones de regresar a sus antiguas tierras. Las declaraciones no sentaron bien.

Por Greg Myre
vertice@elsalvador.com
Residentes de la Ribera Occidental, en Israel, rechazan las declaraciones del presidente estadounidense George W Bush.

Mustafá Jualeh, de 66 años de edad, ha vivido en la misma casa ordenada por más de medio siglo, construyéndola con su propio sudor para albergar a sus ocho hijos y 10 nietos, varios de los cuales siguen viviendo en casa. Pese a tener una casa que refleja décadas de cuidado amoroso, Jualeh aún se describe a sí mismo como un refugiado en un campamento temporal.

El jueves pasado, se sentó en el sofá de su sala con una taza de té endulzado y censuró al presidente Bush por sugerir que los refugiados palestinos deberían prepararse para un futuro en un estado palestino truncado y renunciar a la noción de regresar a su antigua tierra, la cual ahora forma parte de Israel.

Bush vertió sus comentarios después de una sesión en la Casa Blanca sostenida con el Primer Ministro israelí, Ariel Sharon, convirtiéndose en el primer mandatario estadounidense en asumir una posición tan definida en lo concerniente al tema, que es sumamente delicado.

“Él no tiene derecho a decir eso”, dijo Jualeh, cuya familia estuvo entre los 75 mil palestinos que, según estimados, huyeron o fueron expulsados de sus hogares en la guerra de Oriente Medio, entre 1948 y 1949.

“Nunca aceptaré una decisión por parte de Bush, ni siquiera de Yasser Arafat, en cuanto a que yo deba renunciar a mi tierra”, agregó.

Para muchos palestinos, ningún tema genera una respuesta tan visceral como las conversaciones de tierra familiar que se perdió durante la guerra, la cual fue iniciada por los árabes con la fundación de Israel.

La nostalgia

Familiares de refugiados (cuatro millones de palestinos están diseminados a lo largo de Oriente Medio) siguen conservando llaves oxidadas y amarillentos derechos de propiedad de sus hogares, aun cuando muchas de las casas ya fueron destruidas desde hace mucho tiempo. Los refugiados afirman que incluso si ellos no regresan, las generaciones futuras sí lo harán, sueño que han fomentado desde hace mucho dirigentes políticos de los palestinos.

George W Bush dio un espaldarazo a la política de Ariel Sharon al recomendar a los palestinos a renunciar a regresar a sus tierras en Israel.

Los israelíes se muestran prácticamente unánimes para denunciar ese anhelo palestino como una fantasía.

A lo largo del espectro, políticos israelíes dicen que ellos nunca permitirían un retorno masivo de refugiados, los cuales podrían abrumar a Israel en términos demográficos, borrando el carácter judío del estado. Los árabes que permanecieron después de la guerra, junto a sus descendientes, actualmente rondan una cifra cercana a los 1.2 millones y conforman casi el 20 por ciento de la población de Israel.

Para muchos israelíes, la declaración de Bush dio la impresión de meramente reconocer la realidad. Con todo, líderes palestinos se han resistido desde hace mucho a sostener discusiones públicas sobre un compromiso.

Sin importar cuán improbable sea el retorno de los refugiados, el tema es considerado como una de las mejores fichas de negociación para los palestinos.

Los palestinos afirman que su “derecho a regresar” está consagrado en la Resolución 194 de la ONU, aprobada por la Asamblea General en 1948, la cual dice que a los refugiados se les debería permitir volver a lo que eran sus hogares o recibir una compensación.

No obstante, la misma resolución incluye artículos olvidados ya hace tiempo que los palestinos prefieren ignorar, como algunos que ponen a Jerusalén y a Belén bajo el control de Naciones Unidas.

El año pasado, un prominente científico palestino, el doctor Jalil Shikaki, concluyó un sondeo entre 4,500 familias de refugiados que mostraba a muchos de ellos preparados para hacer compromisos. Si bien más del 95 por ciento insistía en que Israel reconociera en principio el derecho a regresar, tan sólo el 10 por ciento exigía la residencia permanente en Israel en lo que solía ser su tierra, en tanto que el 54 por ciento dijo que estaría dispuesto a aceptar una compensación.

Por sus molestias, Shikaki, él mismo un refugiado, fue atacado y su oficina fue saqueada por colegas palestinos al tiempo que divulgaba los hallazgos, en julio pasado.

En su paso por los campamentos palestinos, las tropas israelíes derriban toda estructura que se encuentre en sus pasos. Las escuelas no son la excepción.

La diáspora

La historia de Jualeh empezó en Naan, poblado agrícola que solía yacer al sureste de Tel Aviv, contiguo a varias comunidades agrícolas de judíos. Su familia tenía vacas y gallinas y camellos en sus 1.6 hectáreas de tierra, y, según su propio decir, las relaciones entre los árabes y los judíos de la localidad eran buenas.

Sin embargo, combatientes judíos llegaron al poblado poco después de que estallara la guerra y obligaron a sus residentes a huir hacia el poblado árabe de Ramla, en la vecindad, recordó Jualeh, quien en ese entonces tenía 10 años.

Su padre trató de escabullirse de vuelta a la granja una noche, para cosechar el trigo, pero fue capturado. Se las ingenió para echar una mirada al poblado, y vio que cada estructura, salvo el pozo del lugar, había sido derribada.

Varios meses después, la familia de ocho integrantes fue llevada hasta el poblado de Ramala, en la Ribera Occidental, sobre las colinas al norte de Jerusalén, donde pasaron el invierno viviendo en una escuela. Después de la guerra, fueron ubicados en una tienda de campaña del campamento de refugiados Al Amari.

Hace mucho tiempo que los campamentos desaparecieron, dando paso a poblados con estructuras permanentes, y ya no conjuran imágenes estereotípicas de centros de refugiados, con familias desnutridas viviendo en la miseria y durmiendo en el suelo.

Hoy día, Al Amari es un laberinto de callejones estrechos y un conjunto variopinto de hogares hechos de bloques de cemento prefabricado. Debido a que está en el extremo de Ramala, la ciudad con la mayor clase media de los palestinos, sus residentes están en condiciones ligeramente mejores en comparación con las personas de muchos otros campamentos.

Las protestas palestinas, luego de las declaraciones de Bush, no tardaron.

Incluso así, los campamentos son las áreas más pobres en una sociedad que ha soportado una desaceleración económica durante los últimos tres años de combates en Oriente Medio, además de ser bastiones de militantes palestinos.

A menudo, Israel critica a la enorme Dependencia de Ayuda y Obras de la ONU, la cual proporciona una amplia
diversidad de servicios, desde atención a la salud y educación hasta programas de alimentación. Israel ha argumentado con frecuencia que, de mantenerse el estatus de refugiados para los residentes, se fomentan los sentimientos de injusticia y se alienta el extremismo.

La dependencia dice que sus servicios se necesitan con urgencia y que el tema de los refugiados no se resolverá hasta que los israelíes y los palestinos alcancen una solución política.

Para Jualeh y muchos otros, la única solución está en un regreso a la antigua tierra.

“Los judíos dicen que esta es su tierra y ellos regresaron después de 2,000 años”, dijo. “Yo, mis hijos y mis nietos seguiremos tratando de recuperar nuestra tierra, y algún día lo vamos a lograr”.

 


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