18 de enero de 2004


OPINIÓN

La descendencia Arce

Una respuesta obligada y con dedicatoria al autor de un artículo de opinión
publicada en estas páginas hace una semana.

Pedro Antonio Escalante Arce*
vertice@elsalvador.com

El estimado profesional Dr. Héctor Mauricio Arce Gutiérrez desde hace algún tiempo ha escrito y publicado artículos sobre una descendencia del General Manuel José Arce y Fagoaga basada en un proceso llevado a cabo en 1913, con testigos que se presentaron en un Juzgado de San Salvador, a fin de obtener una pensión del Gobierno para cuatro señoras de apellido Arce que deseaban se les reconociese la calidad de miembros de la familia, como nietas del General. El último y confrontativo artículo en “El Diario de Hoy” es del domingo 11 de enero en curso, acompañado de una foto del cuadro original de Arce, propiedad de la familia Escalante Arce.

El señor Gutiérrez ha promovido una campaña para que se le otorgue públicamente tal calidad, así como a su familia, por descender de una de esas respetables señoras. En sus escritos reitera el deseo de que se le tenga por tal, y comprendo su actitud.

Pero yo le rogaría que aclare el nexo que él asegura con el hijo de Manuel José Arce, con Bernardo, es decir dónde vivió, cuándo y dónde murió, cómo constante que Bernardo casó con la señora Juana Aguilar, con la partida eclesiástica de matrimonio y las correspondientes partidas de bautizo de sus hijos, a fin de tener luz sobre ese eslabón nunca explicado, pues un expediente de Juzgado, por muy formal y auténtico que sea no puede dilucidar un asunto genético y de sangre, a pesar de una sentencia en debida forma que sirvió para recibir la pensión mencionada. Sugiero la conveniencia de un examen de ADN con los restos del General que hoy guarda la Fuerza Armada, para mientras se les traslada al monumento-memorial del Zapote.

Así, el estimado Doctor no tendría que estar insistiendo en un parentesco por los periódicos, pues ya quedaría incólume y definitivo que él es de los Arce que le interesan (y no de otros Arce, porque hay otras familias muy honorables con tal apellido).

En cuanto a mi parentesco con el General Manuel José Arce, siempre me he sentido orgulloso de mi descendencia colateral, no directa. Somos sobrinos, descendientes directos de Pedro Arce y Fagoaga, su hermano, y de Manuela Antonia Arce y Fagoaga, su hermana, casada con Domingo Antonio de Lara, mis ascendientes. Es decir Arce por ambos lados y un parentesco absolutamente innegable, patente, desde siempre reconocido. En mi familia se guardan las pocas pertenencias que quedaron del General después de la debacle y su expulsión de Centro América, de su destierro en México y su muerte en San Salvador en 1847, alejado de su íntimo círculo familiar por cuestiones políticas del momento.

Mis rebisabuelos De Lara y Arce, y tíos al mismo tiempo, ya habían muerto en la Antigua Guatemala —de ellos vienen los Rubio y Lara, Arce y Rubio, Díaz Durán y Arce, Valladares y RUbio, Valladares y Aycinena, Beltranena y Valladares y muchos más—, y sólo quedaba en Sonsonate mi tatarabuelo Pedro, casado con Josefa Rascón y Cuéllar, con ancestro mexicano, de San Luis Potosí, con amplia ascendencia en los Arce y Rascón. Mi tatarabuelo Pedro fue quien recogió la memoria de su hermano y atesoró su recuerdo, junto con todo el bagaje de la historia que hemos recibido las familias Arce de sangre: Escalante Arce, Lemus Arce, Vergara Arce, Peña-Fernández Arce, Larrave Arce, García Arce, Arce Bianchi, Arce y Valladares, y otras en El Salvador y Guatemala y aun parientes lejanos en México.

Sobre mi apellido

En cuanto a que yo use el Escalante Arce como apellido compuesto en el mundo de la historia, tengo pleno derecho, aunque por supuesto mi madre, y con el mayor orgullo y cariño, es una Mena Ariz y yo un Escalante Mena. Son usos y costumbres antañosas, de respeto por los antepasados, que se comprenden cuando no hay nada que turbe la cadena familiar, sin interrogantes ni angustias, sin fantasmas ni complejos, y que no pretenden violentar normas legales, sólo honrar la pertenencia y la identidad. Los apellidos, además de obligación de la herencia biológica, son especiales y particulares claves y símbolos de la historia e intimidad de las familias. Por supuesto, no hay ninguna intención de lesionar el derecho a ser un Arce de los nuestros que el Dr. Héctor Mauricio Arce podría demostrar plenamente con pruebas incontestables y con el ADN.

Los Escalante Arce y los Arce de sangre no necesitamos pregonar sobre nosotros, el linaje es sin sobresaltos y tan claro como la luz del día, se desliza suavemente en las generaciones como en una límpida patena. Y esto lo escribo así con alguna reticencia, sólo obligado por las circunstancias. Y en cuanto a la Academia Salvadoreña de la Historia, honrosa y respetable institución, con muy dignos miembros, ella no tiene en absoluto por qué inmiscuirse en batiburrillos de descendencias,y en todo caso, si lo hace, será en base a fondos documentales de absoluta validez y con certero criterio.

Si por esta primera y única oportunidad comento —a pesar de mí mismo— sobre este embrollo muy penoso, porque estas interrogantes familiares no son para aburridos y cansados aspavientos y constituyen un verdadero y pretensioso irrespeto para los lectores, por mucho que el General Arce sea una figura de primera magnitud en nuestra historia independentista, si lo hago es con el deseo de dar respuesta a las inquietudes del Dr. Arce Gutiérrez sobre los Escalante Arce y los Arce de sangre. Creo que no hago mella en sus fervientes deseos de parentesco con nosotros, al contrario, invito al respetado Doctor polemista a que, además del ADN, aclare documental y contundentemente la vida de Bernardo Arce, hijo de Manuel José, de quien dice descender, pues no la conozco y siempre fue una interrogante en mi familia qué sucedió con los hijos del General después de haber residido juntos en México, en la hacienda de Galindo, en las cercanías de Querétaro, y un período en Churubusco.

Además de otros hijos fallecidos, en 1860 vivían José María, Teresa y Juana en Guatemala, y sólo una hija de nombre Isabel se menciona en San Salvador. Pero no tenemos mayores detalles, excepto algo sobre los Roca Arce guatemaltecos. Otro hijo, Salvador, quedó en México, pero no hay nada de Bernardo, y hay indicios por la tradición familiar de que puede haber muerto en la República Mexicana. En todo caso para 1860 ya no existía. Los investigadores han tenido discrepancia sobre esto, pero me baso en una “Gaceta de Guatemala” de ese año. Sobre el resto de la familia Arce están los apuntes genealógicos de varios autores.

Espero haber satisfecho las alusiones a los Escalante Arce y a los Arce de sangre. No es propio de nosotros poner públicamente estas cosas en papel, ni pregonar a los cuatro vientos asuntos de familia, ni recargar las tintas en esos nexos cuando no hay necesidad, ya que puede ser hasta una falta de elemental educación e incluso rondar en la bajeza de espíritu. No hay ningún objetivo racional en antagonizar cuando se tiene plena conciencia de lo que se es —a menos que exista una subyacente animadversión, que no es nuestro caso—, y yo no deseo polemizar con nadie, mucho menos con la familia del Dr. Arce Gutiérrez, que tiene mi respeto y para algunos de sus miembros un verdadero y grande afecto. Si alguna vez se puede confirmar que realmente además de amigos somos parientes por la sangre, con pruebas documentales fehacientes y la seguridad científica del ADN, no porque lo diga un expediente de Juzgado, entonces me dará mucho gusto aceptarlo. Hasta ese día, más vale la amistad y espero conservarla.

*Historiador


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