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LA
COLUMNA

Absurdas
tradiciones
Cada fin de año es igual. Las celebraciones
de Navidad y año nuevo terminan siempre cargadas de accidentados,
asesinados y los eternos quemados por la pólvora. La lectura
siempre se centra en cifras dramáticas y casos lamentables. Los
pequeños Milton y Claudia son un botón de la muestra del
listado de víctimas de la pólvora. Ambos permanecen en
el Hospital Bloom con graves quemaduras. La niña, por ejemplo,
necesitará injertos de piel para recuperar la apariencia normal
de su brazo que resultó dañado después que un silbador
incendiara su casa.
Parece que los mensajes para prevenir este tipo de casos aún
no han terminado de calar en la población. Al final preferimos
lamentar que prevenir. Pero la lección tampoco ha sido aprendida
por las autoridades involucradas. Por eso las propuestas de los ministerios
de Defensa y de Medio Ambiente, Cuerpo de Bomberos, Comures y Apropisa,
que consiste en prohibir la fabricación y distribución
de silbadores, fulminantes y morteros de alta potencia, me parecen acertadas.
Aunque, al parecer, un grupo de legisladores recibió la propuesta
con agrado, han prometido estudiarla. A mí me parece -y con el
perdón de los fabricantes y comerciantes de la pólvora-
que ese tipo de medidas es conveniente. Si bien los padres de familia
son responsables de que sus niños resulten quemados por la pólvora,
la autoridades también tienen su parte al permitir que productos
de alta potencia como los morteros se comercialicen cual si fueran dulces.
¿Es que no hay otro tipo de productos pirotécnicos menos
peligrosos que se puedan permitir? ¿Es que sólo con silbadores
y morteros se puede celebrar la llegada de un año nuevo? Creo
que hay que anteponer a esas tradiciones absurdas y peligrosas, la seguridad
de nuestros niños.
Pero, en este país también hay otras tradiciones igualmente
incoherentes como disparar al aire y competir con la pólvora
cada 31 de diciembre. Este país de clima violento no es el adecuado
para leyes tan permisivas como la de tenencia y uso de armas de fuego.
Un padre hizo girar recientemente un correo vía electrónica
contando cómo una de sus hijas se salvó el 1 de enero
pasado de que una bala disparada por algún irresponsable le perforara
la cabeza. O el caso de Melvin, de 8 años de edad, que recibió
un disparo durante una persecución de pandilleros y fue enterrado
la semana pasada. La muerte de este niño, la pequeña que
se salvó de morir o las decenas de menores que quedaron a merced
de la pirotecnia, invitan a una reflexión. Ojalá que propuestas
como la de prohibir productos pirotécnicos peligrosos pasen más
allá de las discusiones legislativas.
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