18 de enero de 2004


LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

Absurdas tradiciones

Cada fin de año es igual. Las celebraciones de Navidad y año nuevo terminan siempre cargadas de accidentados, asesinados y los eternos quemados por la pólvora. La lectura siempre se centra en cifras dramáticas y casos lamentables. Los pequeños Milton y Claudia son un botón de la muestra del listado de víctimas de la pólvora. Ambos permanecen en el Hospital Bloom con graves quemaduras. La niña, por ejemplo, necesitará injertos de piel para recuperar la apariencia normal de su brazo que resultó dañado después que un silbador incendiara su casa.

Parece que los mensajes para prevenir este tipo de casos aún no han terminado de calar en la población. Al final preferimos lamentar que prevenir. Pero la lección tampoco ha sido aprendida por las autoridades involucradas. Por eso las propuestas de los ministerios de Defensa y de Medio Ambiente, Cuerpo de Bomberos, Comures y Apropisa, que consiste en prohibir la fabricación y distribución de silbadores, fulminantes y morteros de alta potencia, me parecen acertadas.

Aunque, al parecer, un grupo de legisladores recibió la propuesta con agrado, han prometido estudiarla. A mí me parece -y con el perdón de los fabricantes y comerciantes de la pólvora- que ese tipo de medidas es conveniente. Si bien los padres de familia son responsables de que sus niños resulten quemados por la pólvora, la autoridades también tienen su parte al permitir que productos de alta potencia como los morteros se comercialicen cual si fueran dulces. ¿Es que no hay otro tipo de productos pirotécnicos menos peligrosos que se puedan permitir? ¿Es que sólo con silbadores y morteros se puede celebrar la llegada de un año nuevo? Creo que hay que anteponer a esas tradiciones absurdas y peligrosas, la seguridad de nuestros niños.

Pero, en este país también hay otras tradiciones igualmente incoherentes como disparar al aire y competir con la pólvora cada 31 de diciembre. Este país de clima violento no es el adecuado para leyes tan permisivas como la de tenencia y uso de armas de fuego. Un padre hizo girar recientemente un correo vía electrónica contando cómo una de sus hijas se salvó el 1 de enero pasado de que una bala disparada por algún irresponsable le perforara la cabeza. O el caso de Melvin, de 8 años de edad, que recibió un disparo durante una persecución de pandilleros y fue enterrado la semana pasada. La muerte de este niño, la pequeña que se salvó de morir o las decenas de menores que quedaron a merced de la pirotecnia, invitan a una reflexión. Ojalá que propuestas como la de prohibir productos pirotécnicos peligrosos pasen más allá de las discusiones legislativas.


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.