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Especial
Cárceles
saturadas
Tras
las rejas, sigue siendo una población que vive bajo un misterioso
código de conducta y que muestra complejas necesidades emocionales.
La respuesta adecuada de las autoridades hondureñas se vuelve todo
un reto.
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La sensación que se tiene en el interior de una
penitenciaria hondureña es como dar una vuelta equivocada en
un barrio estadounidense realmente malo.
El denominado rap gangsta suena a todo volumen y lleno de
furia. Los perímetros de máxima seguridad están
cubiertos con graffiti. Inquietos jóvenes deambulan como leones
enjaulados. Visten pantalones muy holgados, llevan la cabeza rapada
y la mirada endurecida.
Sus cuerpos están tatuados con números verdosos y letras
que dan la impresión de haber sido garrapateados por la mano
del diablo. Se saludan entre sí con extrañas señales
y entre ellos se llaman homies (barrios). Y cuando se presentan
a sí mismos, asumen posiciones altaneras y usan apodos como Sly,
Killer y Lucifer.
Afuera le van a decir que no somos unos angelitos, que nosotros
acuchillamos a la gente y dejamos sus cabezas en la calle, dijo
Lucifer, cuya fría mirada y su barba de candado, meticulosamente
cuidada, dejaron en claro cómo se había ganado su mote.
Pero, nosotros no somos monstruos.
Solamente lastimamos a la gente que nos quiere hacer daño.
La penitenciaría federal de Tamara, aproximadamente a media hora
de la capital hondureña, Tegucigalpa, fue construida en el decenio
de los '90 para una población máxima de 1,800 presos.
La población actual equivale a casi el doble de esa cifra.
El inspector policial Nazir López Orellana ayuda en la administración
de la cárcel con dinero apenas suficiente para cubrir el costo
de la comida -aproximadamente 46 centavos de dólar al día
por cada prisionero- ya no digamos seguridad apropiada, recreación
o rehabilitación. La clave para controlar el aumento en el número
de pandilleros, explicó, consiste en mantener a los integrantes
de cada pandilla en extremos opuestos de la prisión.
En mayo, había 201 mara salvatruchas en la prisión y 237
integrantes de la Mara 18. Es una población que vive bajo un
misterioso código de conducta, dijo, mostrando complejas necesidades
emocionales. Y él no tiene medios reales para ayudarlos.
Queremos dejar muy en claro que no tenemos la capacidad para darles
el tratamiento que ellos necesitan, acotó.
Uno de los reos se presenta a sí mismo en el idioma inglés
como Ricky Alexander Zelaya. Dijo que era originario de Honduras, producto
de correccionales en California y que vivía una pesadilla internacional.
Él es un hombre corpulento, viste una camiseta de los San Diego
Chargers y sus tatuajes son tan elaborados que dan más la impresión
de ser murales. La policía local lo arrestó, relató,
por robarse un automóvil y portar una ametralladora ilegal. Sin
embargo, ya ha estado en prisión muchísimas veces más
en el pasado.
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Marlon Enrique Fuentes jala un banquito de plástico
y se sienta junto a Zelaya. Su apariencia es similar a la de la mayoría
de los maleantes de la Mara 18 en este bloque de celdas: desesperado
por una comida decente, una ducha caliente y una buena cama.
Se le distingue por los tatuajes sobre su rostro. Las palabras Pruébame
están tatuadas sobre su mejilla derecha. En la izquierda, lleva
tatuadas las palabras Llórame.
¿Qué significa eso? Fuentes baja la cabeza, asume la mirada
de pandillero y pasa del español al inglés para responder.
Significa que yo no me ando con juegos, dijo, clavando la
mirada, y después sonriendo como tratando de sacarle el veneno
a sus palabras.
La amargura regresa cuando él empieza a hablar sobre su vida.
Fuentes dijo que su madre murió antes de que él empezara
a caminar. Relató que su padre gastaba todo el dinero en licor
y prostitutas, y tan pronto como fue capaz, Fuentes huyó y se
aventuró solo a través de cinco fronteras para llegar
con unos parientes que viven en Los Angeles.
Narró cómo su tía lo recibió en su hogar,
pero nunca en su corazón.
Ella siempre hacía cosas por su hija pasando por encima
de mí, dijo Fuentes. La triste familia vivía en
una sección pobre de Hollywood, donde, según Fuentes,
encontró respeto y propósito en una pandilla llamada Calle
18.
Para cuando llegó a la adolescencia, prosiguió, ya estaba
vendiendo droga y participando en tiroteos desde automóviles
en marcha, rebotando entre las calles y la cárcel, hasta que
Estados Unidos lo deportó, en compañía de otros
inmigrantes criminales, de vuelta a su país natal.
En el 2001, según prominentes expertos forenses de Honduras,
la tasa de homicidios en Tegucigalpa se disparó hasta 905 asesinatos,
en comparación con los 581 que se registraron el año previo.
El país seguía incapacitado a raíz de los destrozos
del huracán Mitch. El ingreso anual y per cápita que promediaba
la nación equivalía a menos de 3,000 dólares, con
dos tercios de la población viviendo en la pobreza. Sin embargo,
los sondeos de opinión mostraron que la delincuencia había
reemplazado a la pobreza como la inquietud principal del país.
En la contienda presidencial del 2002, el electorado eligió a
un poderoso empresario, Ricardo Maduro, magnate de los supermercados
que se graduó de la Universidad de Stanford, cuyo único
hijo había sido asesinado en un intento de secuestro. Prometió
una severa represión sobre la criminalidad, para luego describir
a las pandillas callejeras como la propia red Al-Qaeda de Honduras.
El Presidente llamó al ejército para ayudar a los 8,000
agentes de la Policía Nacional a librar una guerra en contra
de lo que se estima en 30,000 maras. Con el fin de auxiliar a los fiscales
para que evitaran los obstáculos legales relacionados con demostrar
que los pandilleros eran responsables de crímenes, el Congreso
de Honduras ajustó el Código Penal.
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| El
gobierno de Honduras libra una guerra contra unos 30 mil pandilleros,
según cifras oficiales. |
Con un abrumador respaldo popular, el Congreso modificó
el Artículo 332 para volver ilegal que cualquier persona se vuelva
integrante de alguna pandilla de las calles. La reforma fue moldeada
siguiendo leyes usadas en Europa para combatir a violentas pandillas
nazis.
En Honduras, ese crimen es conocido como asociación ilícita,
y por esa trasgresión los pandilleros pueden recibir hasta seis
años de cárcel, en tanto que los líderes de las
pandillas reciben de nueve a 12 años.
Marcado para el arresto
La policía es la que entabla cargos penales casi enteramente.
Los tatuajes constituyen la prueba de mayor importancia. Las condenas
en prisión dependen tanto del tamaño de los tatuajes de
un pandillero como de sus antecedentes criminales, o falta de ellos.
Diversos agentes de la Policía Nacional de Honduras, quienes
se presentaron como expertos en pandillas, dijeron que mientras
más grande fuera el tatuaje, mayor peligro representaba el pandillero.
Todo parece indicar que esa fue la teoría de la aplicación
de la ley que terminó llevando a Walter Manuel Nolasco a Tamara.
Alto y larguirucho, con un bigote que se parece más a los bigotes
de un gato, Nolasco es conocido como El Gato. Reconoce que él
es integrante de la Mara 18. Se levanta la camisa para revelar el número
18 tatuado sobre su pecho, como los números de un yérsey
de fútbol americano.
Para una corte hondureña, eso fue suficiente para hallar culpable
a Nolasco de asociación ilícita en contra de la
seguridad interna del Estado, y para condenarlo -a él,
que es padre de un hijo a sus 20 años de edad- a 10 años
en prisión.
Nolasco fue uno de los primeros pandilleros en ser arrestados
y condenados formalmente bajo la reforma del Artículo 332. Los
documentos de su juicio y condena proporcionan un atisbo a cómo
funciona la ley.
Fue arrestado el 28 de agosto del 2003, en una redada al estilo comando,
justo al tiempo que iba dejando la cama junto a su esposa embarazada.
Nolasco no tuvo ni tiempo de ponerse una camisa.
Los oficiales vieron sus tatuajes: un guajolote y la cara de un gángster
sobre su brazo derecho, una palomita de Nike en su espalda, así
como el número 18 sobre su pecho. La policía encontró
fotografías de Nolasco haciendo señales con las manos.
Miraron debajo de la cama y encontraron un rifle AK-47. En su proceso
jurídico, la corte llamó a un experto en pandillas,
bajo protección, para explicar qué significaban
los tatuajes de Nolasco.
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| La
muerte de 107 maras salvatruchas este año en un incendio
en una cárcel de San pedro sula, es visto por los reclusos
como un plan de eliminación. |
El testigo no fue nombrado en documentos de la corte,
pero le dijo a la misma que él había recibido entrenamiento
en el extranjero, más probablemente en Estados Unidos, donde
nacieron los maras, en la jerga de las pandillas callejeras, y se había
infiltrado en una pandilla en una ocasión.
Era el número 18 sobre su pecho lo que marcaba a Nolasco como
un integrante de la pandilla, señaló el testigo, diciéndole
a la corte que ese tipo de tatuajes tienen características
especiales y son utilizados por pandilleros para identificarse como
miembros de la Mara 18.
El testigo prosiguió, diciendo: No es solamente cualquier
persona que lleva un tatuaje vinculado con pandillas, sino alguien que
ya es uno de sus miembros y quien ha tenido que cumplir con una tarea
asignada, que generalmente equivale a cometer un crimen.
Después, puso de relieve que el tamaño y lugar
de un tatuaje estaban relacionados con el nivel de compromiso
con la organización. Con base en una revisión de
fotografías del acusado, el testigo llegó a la conclusión
de que Nolasco conlleva cierto nivel de liderazgo, es firme, consistente,
tiene cierto peso y dirige a su barrio.
Nolasco fue condenado a 10 años en prisión. Actualmente,
su mente imagina una hija que crecería sin él.
No voy a estar ahí para llevarla a la escuela, por lo menos
no en mucho tiempo.
Algunos prisioneros, como Alan Anthony Carrasco, nunca logran salir.
Un plan cuestionado
Carrasco, de 24 años de edad, estaba detenido en una cárcel
localizada en la segunda ciudad más grande de Honduras, San Pedro
Sula, bajo cargos de asesinato y asociación ilícita.
En mayo, Carrasco perdió la vida junto a otros 107 mara salvatruchas
en un incendio que, según las autoridades, fue causado por cableado
defectuoso en la unidad de aire acondicionado. Los custodios en la cárcel
informaron que el calor proveniente del incendio era tan intenso que,
durante 45 minutos, no pudieron abrir la puerta que da acceso al bloque
de celdas.
Los prisioneros que lograron sobrevivir al incendio, sin embargo, cuentan
una historia diferente. Afirman que los custodios nunca trataron de
rescatarlos y que usaron pesas para romper los candados de las puertas
para salvarse a sí mismos.
Su plan consiste en meternos a la cárcel a todos y después
prenderles fuego a las celdas, aseguró Gustavo Olivera,
pandillero de 26 años de edad que sobrevivió al incendio.
Nosotros queremos cambiar. Somos padres y maridos. Deseamos trabajar
para darles buenos hogares a nuestras familias.
Sin embargo, el gobierno no quiere eso".
Anthony Javier Torres coincidió. El gobierno nos sataniza
por motivos políticos, aseguró. Para ellos,
nosotros valemos más muertos que vivos.
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Un año antes, en una prisión diferente,
las autoridades determinaron que los custodios fueron responsables de
una matanza.
Sesenta y ocho personas, en su mayoría pandilleros de la Mara
18, murieron en un incendio en una penitenciaría llamada El Porvenir.
Las autoridades de la prisión dijeron que los pandilleros habían
disparado contra otros reos y después se habían pertrechado
en el interior de su bloque de celdas, para luego provocar un incendio
suicida.
No obstante, una investigación por parte de una comisión
presidencial encontró que 59 de las víctimas fueron apuñaladas,
recibieron disparos y fueron quemadas hasta perder la vida a manos de
custodios y soldados.
Algunos, afirman las autoridades, fueron acribillados a balazos conforme
salían corriendo del incendio con las manos en alto.
Maduro prometió una profunda transformación
del sistema carcelario del país.
Muy poco ha cambiado. En el interín, parientes de los reos muertos
siguen agobiados por la confusión.
Afuera de una diminuta casa de bloques de concreto en el barrio de Chamalecón,
los parientes de Anthony Carrasco se reunieron junto a una pila de madera,
misma que estaba cortada en delgadas láminas.
El gobierno había enviado un ataúd para ayudar a la familia
a cubrir los costos de un funeral, dijeron. Sin embargo, el ataúd
era tan endeble que se deshizo.
Después, la madre de Carrasco, Aida Rodríguez, dijo: Yo
pensé que cuando menos en la cárcel él estaba más
seguro que en las calles.
El padre de Carrasco, empleado de la construcción, dijo: Es
justo que la policía envíe a la cárcel a personas
que cometen crímenes. Pero no deberían enviarlos a su
muerte.
Prosiguió: Mi hijo estaba pagando por sus crímenes;
no había razón para matarlo.
Por su parte, Rodríguez dijo: No sé a quién
culpar, a las pandillas o a la policía.
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