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LA
COLUMNA
Paradojas
ambientales
Imagino los pies morenos de María
Esparza en pleno esfuerzo físico por cumplir con su cuota de
voluntad a la Jornada de Paz y Dignidad 2004, que la pasada semana reunió
a representantes de etnias americanas para hacer una carrera que uniera
el norte con el sur del continente pero más para hacer conciencia
de los daños contra la Madre Tierra que la mantienen en desequilibrio.
En esto tienen razón. Nuestro entorno natural está enfermo.
Cuando corro... pienso en la tierra que voy pisando con amor y
respeto. Y cuando me canso pienso en los ojos de los niños ...,
dijo María, luego de haber llegado a Cacaopera, Morazán.
De las palabras de esta mujer chicana recojo dos frases que encierran
dos grandes verdades y dos grandes carencias. Nuestro país adolece
de respeto y amor a esa naturaleza tan vital para sobrevivir,
y tampoco pensamos en los ojos de los niños, quienes
heredarán un ambiente quizá agonizante.
Cada vez vemos menos verdor y respiramos menos aire puro. Esto refleja
el maltrato que estamos dando a la que nuestros indígenas llaman
Madre Naturaleza. Dejemos ya de traicionarla porque por un lado promovemos
campañas de reforestación; y por otro lado descuajamos
bosques extensos para levantar casas o sombríos edificios que
inducen más al consumismo desmedido que supera la capacidad de
nuestro bolsillo.
Esta semana, los ministerios de Medio Ambiente y Educación firmaron
una carta de entendimiento para cordinar una serie de actividades destinadas
a aconcientizar más a las comunidades educativas y que lleven
a la práctica la protección de la naturaleza. Una buena
iniciativa. El ministro Hugo Barrera dijo que no se puede dilatar
la formación y concientización de la gente joven.
Y agregó sobre la necesidad de que los jóvenes aprendan
a ser cuidadosos frente a los grandes problemas ambientales.
Pero, de qué nos sirve educar a niños y jóvenes
a proteger un medio ambiente que los adultos destruimos. ¿No
sería más adecuado detener la ya desmedida suplantación
del verdor por el concreto? Pues por más que se intente tapar
el sol con un dedo, nunca respetan la armonía con la naturaleza.
Tampoco logro explicarme cómo tesoros naturales como la finca
El Espino son doblegados para plantar ladrillos. O el hecho de ver en
la cordillera de El Bálsamo o en el volcán Quezaltepec,
el rápido pulular de la urbanización. Así me digan
que ninguno de los dos espacios boscosos son protectores de mantos acuíferos.
Porque, si no sirven para permear agua, purifican el aire que respiramos.
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