16 de mayo de 2004


LA COLUMNA

Wilfredo Hernández
vertice@elsalvador.com

“El Señor de las Moscas”

El escritor Rafael Rodríguez, en su libro “Temas Salvadoreños”, advierte que el salvadoreño es “un ser enamorado de la muerte”, que baila con ella. Es decir, dice “Lito”, mantiene una especie de “matrimonio” con la violencia. ¿No lo cree?
Como explicar, entonces, esos sangrientos accidentes de tránsito con esa recurrencia que espanta, esa mujer que asesinó a martillazos a su hijo de apenas cuatro años, ese joven asesinado después de darle el regalo a su madre, y esas miles de muertes sin registrar que suceden a diario o las que salen publicadas en los periódicos sin que despierten la más mínima reacción de la sociedad. Lo hemos llegado a ver tan normal que, sinceramente, asusta.
Porque al leer las noticias de cada día, queda la sensación de que vivimos en una sociedad similar a la que describe Golding en su novela “El Señor de las Moscas”, una fábula terrible que narra la forma en cómo nos aniquilamos a nosotros mismos. Así nos sentimos después de dejar la lectura del periódico, de ver los telenoticieros. Como si hemos asistido a un filme de Quentin Tarantino.
Lastimosamente, muchos vamos perdiendo el optimismo, la tranquilidad, la paz… “hoy sale a la calle y no sabe si va a regresar”, me repite mi vecino. En el aparente sosiego de mi habitación pienso que tiene razón, mientras, unos disparos a lo lejos me indican que Tarantino haría su agosto en esta ciudad.
Economistas madridistas comprobaron, en un estudio realizado recientemente, que el motor de las economías y las sociedades es el optimismo y que su destrucción acelerada es el pesimismo. Esto nos hace preguntarnos ¿hacia dónde vamos? ¿Nos convertiremos en una alegoría de la obra de Golding? ¿Qué será de El Salvador, si no frenamos esta situación?
En la respuesta todos tenemos un gran compromiso. La sociedad, las autoridades, los medios de comunicación. “El país es de todos…”, me dijo un dirigente político la semana pasada. “Si se va al traste, nos vamos todos”, me replicó. Creo que tiene razón. Porque es fácil delegar mi responsabilidad en otro, mientras yo me quedo sin hacer nada solo esperando que ese otro haga mi trabajo. “La unión hace la fuerza”, aunque parezca trillado, es cierto. Reaccionemos, hagamos algo… aunque sea poco, pero hagámoslo.
Sin polarizar, aprendamos a vivir juntos. Respetemos las opiniones contrarias, generemos optimismo, aunque parezca utópico, juntos lo podemos lograr. Saramago, al contrario de Golding, hace una metáfora de lo bello en “La Isla Desconocida”, donde un sueño se alimenta de dos que creen él. Soñemos con el optimismo.


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