 |  |
PIEDRA
DE TOQUE
La
cultura adormidera
 |
“El Estado no premia el talento, sino la sumisión”.
En la transitoria desmemoria que me produce el ayuno, dudo ahora si
la frase es de Pío Baroja o de algún otro. Pero, aunque
su autoría se me escape, estoy muy seguro de que, quien fuera
el que la lanzó, dijo una verdad como una casa. Y porque lo creo
así desconfío de los privilegios y tratos preferenciales
que, según muchos, el Estado debería conceder a los artistas
y creadores para fomentar la cultura.
Naturalmente que no estoy en contra de que escritores, músicos,
bailarines, cineastas, escultores, pintores, reciban apoyos para salir
adelante, pero, para ser eficaz y no coartar su libertad, esta ayuda
debe venir principalmente de la sociedad civil y no de la burocracia,
porque el Estado (que, en este caso, como en muchos otros, es indistinguible
de los gobiernos), impone un precio que a la corta o a la larga tiene
efectos perniciosos para la cultura y la salud cívica y moral
de la sociedad en general.
Ninguno de los dos críticos a mi artículo contra la excepción
cultural, Vicente Molina Foix y José Vidal-Beneyto, tiene en
cuenta para nada este tema que, sin embargo, es primordial cuando se
pide que el Estado se convierta en el gran patrocinador y mecenas de
las artes y las letras para que éstas prosperen, no sean pervertidas
por las malas influencias norteamericanas y no se vea adulterada la
“identidad cultural” de la nación: ¿qué
precio se paga por ello?
Sospecho que la razón por la que el asunto no les preocupa es
ésta: España es un país democrático y en
las democracias, a diferencia de lo que ocurre en las dictaduras, los
gobiernos no pretenden, ni lo conseguirían aunque se lo propusieran,
imponer alguna forma de dirigismo cultural, introducir mecanismos de
censura o convertir a los artistas y creadores beneficiados por la ayuda
estatal, en turiferarios, porque ni ellos ni la opinión pública
lo toleraría.
Esas cosas son privativas de los regímenes totalitarios, la URSS
y China Popular en el pasado por ejemplo, o Cuba y Corea del Norte en
el presente, donde artistas e intelectuales disfrutan de un estatuto
privilegiado en relación con el resto de la sociedad a condición
de ceñirse en su trabajo y en su conducta cívica al papel
de cortesanos, sumisos ideológicamente a las consignas del régimen.
En esos casos extremos de instrumentalización del intelectual
y del artista la cultura verdaderamente creativa se hace fuera del círculo
oficial, en esas catacumbas y tinieblas exteriores a donde son expulsados
los réprobos, es decir, un Joseph Brodski, un Kundera, un Mrozec,
un Solzhenitsyn.
Servicio al poder
Pero no sólo en los Estados totalitarios la cultura es un instrumento
de sujeción y un incensario del régimen. Recuerdo un congreso
del PEN internacional en que un escritor de Arabia Saudita explicó
por qué los poetas de su país no tenían la vida
marginal y difícil de que se quejaban sus colegas occidentales.
Aquéllos, cuando terminaban un libro, se lo enviaban al soberano
y éste, hombre aficionado a las artes, les retribuía el
gesto con un cheque generoso.
Pero probablemente ningún sistema haya sido tan refinado y sutil
en la instrumentalización de la cultura al servicio del poder
como el que instauró el PRI de México. Allí, durante
la larga era priísta, muchos artistas e intelectuales fueron
ayudados por el régimen, con cargos y nombramientos que correspondían
al prestigio e importancia de la persona: embajadas, agregadurías
culturales, becas, puestos en las reparticiones oficiales, etcétera.
Y, a diferencia de esas chuscas dictaduras que convertían a sus
protegidos del espíritu en abyectos aduladores, el PRI no exigía
a los suyos que lo elogiaran ni defendieran.
Por el contrario, les permitía que lo criticaran y señalaran
sus yerros y carencias, de modo que tuvieran la vida llevadera y la
conciencia tranquila: ¿qué mejor manera de demostrar que
la dictadura perfecta era la democracia perfecta? Sólo cuando
algunos exacerbados iban más allá de lo prudente en su
condena del régimen y sus críticas mordían carne,
iban presos o tenían accidentes.
Es verdad que en las democracias como España no ocurren esas
cosas. En ellas, el proceso que resulta de un intervencionismo excesivo
del Estado en la financiación de la vida cultural mediante leyes
de excepción —aranceles, subsidios, cupos— es infinitamente
más complejo y difuso, pero no menos dañino para la existencia
de una cultura libre, crítica, en permanente cuestionamiento
de los valores y las instituciones establecidas.
Este tipo de cultura es imposible de surgir en una sociedad donde la
vida artística y literaria está apoyada en un sistema
de ayudas que, en verdad, se vuelven rápida e insensiblemente
rentas, privilegios, concesiones, que crean una situación de
dependencia del patrocinado hacia el patrocinador. Ese sistema, aun
concebido con las mejores intenciones, degenera siempre en una discriminación
que obedece tanto a cuestiones personales —el amiguismo—
como a lealtades y deslealtades políticas y que opera una discreta
pero profunda distorsión de los nobles fines con que fue gestado.
Por otra parte, semejante sistema estimula la formación de grupos
de presión para conseguir la parte de león de las ayudas
estatales, de modo que, al final, lo probable es que reciba más
ayuda no quien más la necesite sino quien más presión
puede ejercer. Y, no hay duda, quienes tienen más acceso al sector
mediático —terror de los gobiernos— están
en unas condiciones de superioridad absoluta sobre los otros artistas
para hacerse escuchar. ¿Quién levantará la voz
por los desamparados bailarines y los músicos, por ejemplo, huérfanos
entre los huérfanos en el mundo del arte? El resultado final
de este sistema es, a mediano o largo plazo, la entronización
de una cultura adormidera, que, ay, es la que parece predominar cada
vez más en las sociedades democráticas occidentales.
 |
No a los engaños
La expresión “el arte adormidera” la utilizó
por primera vez el poeta surrealista peruano César Moro, en los
años cuarenta, en una polémica con el chileno Vicente
Huidobro, una querella que, a diferencia del civilizado intercambio
que tenemos con Molina Foix y Vidal-Beneyto, estuvo llena de imprecaciones
y ferocidades muy surrealistas. La expresión es iluminadora.
Como la adormidera que produce el opio y tiene unas hojas abrasadoras
y trepantes, el subsidio oficial debilita y agota por desfallecimiento
interno la acción creadora: ésta pierde pugnacidad, audacia,
independencia, libertad. Sin exigirle nada, la dependencia la banaliza.
No hay que dejarse engañar por las insolencias, los disfuerzos,
los desplantes y la espectacularidad que a veces despliega; a menudo,
sólo disfrazan su vacío. Se trata de un arte que distrae
y entretiene, y, en sus mejores momentos, brilla y seduce. ¿Por
qué pedirle más al arte? ¿O hay todavía
algún imbécil suelto en plaza que cree que una novela,
una película, una función de ballet o un montaje dramático
pueden tener un efecto sísmico sobre la vida de la gente y transtornar
la historia? Sí, lo hay, el que esto escribe.
Porque lo creo, estoy convencido de que el creador debe defender con
uñas y dientes su independencia frente al poder y ser un estricto
servidor de sus demonios: sus convicciones y obsesiones personales.
Y, si le hace falta, buscar apoyo en todos los recovecos de la sociedad,
como lo hizo Buñuel, quien pidió ayuda económica
a las condesas, pero no a los gobiernos. Porque los verdaderos artistas
y creadores constituyen siempre unos contra gobiernos, unos gobiernos
en las sombras desde las cuales van impugnando las certidumbres, las
retóricas, las ficciones o verdades oficiales y recordando, en
lo que pintan, componen, interpretan o fabulan que, contrariamente a
lo que sostiene el poder, el mundo va muy mal, y que siempre estará
la vida real por debajo de los sueños y los deseos humanos. Eso
es lo que han hecho ayer y hoy esos grandes propagadores de la insatisfacción
a los que Rimbaud llamaba los horribles travailleurs. Algo anda mal
en la cultura de un país si sus artistas, en lugar de proponerse
cambiar el mundo y revolucionar la vida, se empeñan en alcanzar
protección y sub sidios del gobierno.
Por todo ello es preferible que el Estado, si tiene el propósito
de promocionar la cultura, transfiera lo principal de esa tarea a la
sociedad civil, mediante políticas —como los incentivos
fiscales— que estimulan el mecenazgo y las iniciativas culturales
de los particulares. De este modo, se descentraliza y diversifica la
ayuda, y se reducen los riesgos de favoritismo y de discriminación,
y se atenúa el efecto adormecedor para la cultura que deriva
de un monopolio estatal del patrocinio cultural. Octavio Paz lo explicó
con lucidez: se comienza pidiendo subsidios al “ogro filantrópico”
para crear y se termina creando para obtener subsidios.
Los países anglosajones son un buen ejemplo de los beneficios
de esta cesión de parte del Estado a la sociedad civil, mediante
el mecenazgo y las fundaciones, de la promoción cultural. En
Inglaterra, digamos por caso, el teatro está menos protegido
que en todo el resto de Europa occidental, y eso no le ha impedido ser
desde hace muchas décadas el mejor del mundo.
En los artículos de Molina Foix y Vidal-Beneyto hay ideas que
comparto. Sé de sobra las enormes dificultades que deben enfrentar
los jóvenes cineastas, dramaturgos, los directores de teatro,
para materializar su vocación. ¿Son menos enormes las
de los músicos, bailarines, escultores? Es verdad que para escribir
un poema o una novela basta papel y lápiz.
Pero escribir no es suficiente y lo cierto es que en la inmensa mayoría
de los casos los jóvenes escritores deben realizar ímprobos
esfuerzos para encontrar un editor que los publique y un editor que
distribuya lo que escriben, algo no menos difícil que para un
realizador convencer a un productor que le financie una película.
Bienvenidas sean las ayudas, pero que les lleguen a quienes las necesitan
de manera que no condicione subjetivamente su quehacer artístico
ni cercene su independencia. Vidal-Beneyto se alarma con la aparición
de monopolios en el mundo de las comunicación. Totalmente de
acuerdo. Los liberales, más que nadie, sabemos que los monopolios
son siempre una fuente de ineficiencia y corrupción. Todos: los
monopolios culturales también.
No me resisto a terminar este artículo sin una pirueta para la
galería. Mi amigo Molina Foix me acorrala y abruma asegurándome
que no hay un actor o cineasta que no apoye la política de la
excepción cultural. Esta aterradora estadística, si mi
memoria no está definitivamente convertida en una mazamorra por
culpa del ayuno de dos semanas que llevo, es inexacta.
Luis Berlanga se pronunció contra ella en un reportaje que, además
de dejarme estupefacto, aumentó todavía más la
admiración que le tengo. No lo menciono para sentirme menos solo,
sino para salvar el honor del primer cineasta español.
© Mario Vargas Llosa, 2004. © Derechos
mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País,
SL, 2004. © Mario Vargas Llosa 2.002. © Derechos mundiales
de prensa en todas las lenguas reservados a Diario El País, S.L.
Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular. | |