Del 15 al 22 de agosto de 2004



LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

El valor del ciudadano

Lo dijo el presidente de Concultura esta semana en una entrevista radial, y parafraseando un poco, que no hay dinero para hacer muchas cosas que se desean en función de elevar el valor de nuestro patrimonio cultural ante los ojos de la ciudadanía. Así respondió Federico Hernández a la instancia de un oyente preocupado -entre otras cosas- porque de una vez por todas se convierta nuestro bello Palacio Nacional en un museo, que sea un edificio funcional, útil, un activo centro cultural como sucede en otros países.

En ese programa -muy ameno y popular por cierto- se habló por largo rato de la necesidad de fomentar en la población el amor por nuestra cultura. Pero hubo un detalle que llamó mi atención, y es que entre risas y bromas se enfatizaba en el hecho de que todo proyecto que vaya en función de esa educación cultural “cuesta mucho dinero”.

Por años he venido escuchando cómo los funcionarios públicos argumentan no poder realizar muchos proyectos beneficiosos para la población porque el mayor obstáculo que enfrentan es uno llamando dinero, es la falta de recursos, es el deficiente presupuesto, etcétera, etcétera.

Pero, por otro lado, existe un despilafarro terrible de los fondos públicos en ciertas dependencias estatales y semiestatales. ¿Cómo se explica entonces la vida inactiva que llevan muchos empleados de oficinas públicas? ¿Cómo explicar esa contratación de personas sin que tengan algo que hacer o que hacen tan poco? Y encima de eso, irrespetan al ciudadano que demanda sus servicios con una escasa o nula atención.

Quién puede explicarme, por ejemplo, cómo una institución como el Seguro Social que se supone está para velar por la salud de sus cotizantes y sus familias, le diga a una angustiada abuela que busca medicina para su pequeño nieto en estado febril y sus bronquios atrofiados, que no pueden atenderlo porque están de vacaciones, que vaya al hospital Benjamín Bloom.

Esto sucedió en la unidad médica del ISSS de Ilopango durante los festejos agostinos. ¿Dónde estaba el personal de emergencia, dónde el valor de la salud de ese niño que como muchos los necesitan? La abuela con el hijo de una cotizante que les paga puntualmente su cuota tuvo que buscar ayuda en otra parte.

¿Qué sentido tiene sostener entidades burocráticas que por un lado se lamentan de escasos presupuestos y por el otro despilfarran y le cierran las puertas a quienes se deben? Injusticias de un sistema de administración pública que está enfermo desde hace mucho y no lo curan, que se deben al ciudadano y no le cumplen.


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