15 de febrero de 2004


LA COLUMNA

Mirella Cáceres
vertice@elsalvador.com

El intelecto de las bellas

Los concursos de belleza siempre han llamado mi atención. He visto un par de ediciones en la televisión y cada vez creo experimentar diferentes sensaciones. Alguna vez me provocó expectativas de saber quien ganaría el trono de “la mujer más bella de El Salvador”. Pero, últimamente me he visto en la imperiosa necesidad de reflexionar sobre el verdadero sentido de estos eventos.

Por más que intento encontrar el provecho de los concursos de belleza, mi esfuerzo resulta vano. No encuentro más que lindas muchachas a las que se les premia -supongo que con justicia- la mejor cabellera, las mejores piernas, la mejor silueta, la más fotogénica, la mujer integral y otros más que se me quedan en el tintero.

Más que satisfacciones encuentro vanidades. Quisiera ver más allá de contorneadas figuras y bellos rostros (entiéndase el concepto de belleza, según los cánones socialmente establecidos).

Quisiera escucharles hablar más allá de sus posibilidades en competencias como la de traje de baño porque “mi fuerte es mi cuerpo”, o de confusas reflexiones como que “...la concentración a la hora de la expresión juegan un papel fundamental, ya que puede transmitir su inteligencia con seguridad”. Esto es para dudar que en los concursos de belleza las capacidades intelectuales de una mujer -con intención o sin ella- pasan a segundo plano.

Otras han relegado sus mismísimas carreras universitarias cuando comentan lo felices que están porque han realizado su “máximo sueño” de participar en el certamen. Me pregunto si el horizonte de la juventud es tan limitado porque a ninguna le he escuchado decir que tras coronar sus carreras universitarias desea ayudar a este país contra sus múltiples problemas y necesidades.

Creo que ya es tiempo de romper con la tradición de presentar maniquíes que repiten movimientos y palabras carentes de relevancia.

Es tiempo de que estos concursos se conviertan en ventanas de la inteligencia de la mujer y no en simples pasarelas donde derrochan gracia y repiten el mismo discurso de siempre: que la mayor virtud que tienen es tener confianza en sí misma, que si ganan el trono llevarán un mensaje de amor y solidaridad al mundo, que contarán al mundo que los salvadoreños somos gente cálida y trabajadora. Nada más obsoleto.

Pero si las candidatas y los organizadores tienen la misión de proyectar algo más que una bella apariencia, los periodistas tenemos el reto de hurgar más allá de la trivialidad. Si esto se logra, se abonaría en mucho a la construcción de un renovado concurso que nos permita contar con una “Señorita El Salvador” del siglo XXI, que constituya más que un concentrado de atributos físicos.


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