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LA
COLUMNA
La
credibilidad pasó de moda
Con los últimos casos de corrupción
dentro de las altas esferas de las jóvenes democracias centroamericanas,
se pone en evidencia un interesante fenómeno de dualidades: por
una parte, el descubrimiento y juzgamiento de estos hechos indica un
avance en la evolución de nuestros sistemas, donde la corrupción
sigue siendo una práctica social.
Por otro lado, la misma democracia (y cabe decir la ciudadanía,
como propietaria y defensora del sistema) está sufriendo el impacto
negativo del proceder de sus funcionarios que cada día corren
el riesgo de perder su ya debilitada credibilidad.
La política se debe al interés colectivo y su esencia
responde al bien común, a la justicia y la moral, y, sobre todo,
al cuidado de su institución más sólida: la familia
como origen del Estado.
En ese sentido, nos encontramos ante un retroceso aún mayor al
que veníamos sufriendo, porque se trata de que está fallando
todo el conjunto que forma el sistema. No puede haber salud si el sistema
de defensas ha sido invadido por los gérmenes de la corrupción.
No se le puede dar la administración de un banco a un ladrón,
sobre todo cuando nuestros países tienen necesidades inmensamente
grandes en materia de hacienda y desarrollo.
Esto conlleva a que los costos o el control de los daños, en
el proceso de evolución, deriven en que la ciudadanía
termine de una vez por todas de desencantarse y busque nuevos iconos
y, lo peor, los encuentre en gobernantes populistas.
Tales costos empiezan a repercutir en el futuro no sólo de nuestra
democracia, sino de nuestra forma de vida, que todavía no alcanza
márgenes humanamente justos.
Para ejemplo, la desilusión de la comunidad internacional hacia
el Istmo podría llevarnos a perder valiosas oportunidades; por
otro lado, las nuevas posturas del Banco Mundial que seguirá
con mayor control y exigencia las ayudas económicas que se soliciten
se reflejarán en un impacto a mediano y largo plazo.
Tomando en cuenta que la sociedad precisa de sus instituciones, cabe
centrar la acción en dos áreas: el refuerzo de la parte
correspondiente a las contralorías, alejándolas de los
intereses partidistas; y el refuerzo correspondiente a la educación
cívica y de valores.
La gente necesita que las instituciones funcionen; pero en Centroamérica
la gente también necesita que las personas que dirigen tales
organismos sean funcionales.
Como dijo el politólogo Napoleón Campos: Esta era
de escándalos va a quedar marcada en la historia de Centroamérica.
La tarea, ahora, será cambiar ese estigma que nos han obligado
a cargar.
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