Del 14 al 21 de noviembre de 2004



LA COLUMNA

Juan Carlos Rivas
vertice@elsalvador.com

La credibilidad pasó de moda

Con los últimos casos de corrupción dentro de las altas esferas de las jóvenes democracias centroamericanas, se pone en evidencia un interesante fenómeno de dualidades: por una parte, el descubrimiento y juzgamiento de estos hechos indica un avance en la evolución de nuestros sistemas, donde la corrupción sigue siendo una práctica social.

Por otro lado, la misma democracia (y cabe decir la ciudadanía, como propietaria y defensora del sistema) está sufriendo el impacto negativo del proceder de sus funcionarios que cada día corren el riesgo de perder su ya debilitada credibilidad.

La política se debe al interés colectivo y su esencia responde al bien común, a la justicia y la moral, y, sobre todo, al cuidado de su institución más sólida: la familia como origen del Estado.

En ese sentido, nos encontramos ante un retroceso aún mayor al que veníamos sufriendo, porque se trata de que está fallando todo el conjunto que forma el sistema. No puede haber salud si el sistema de defensas ha sido invadido por los gérmenes de la corrupción.

No se le puede dar la administración de un banco a un ladrón, sobre todo cuando nuestros países tienen necesidades inmensamente grandes en materia de hacienda y desarrollo.

Esto conlleva a que los costos o el control de los daños, en el proceso de evolución, deriven en que la ciudadanía termine de una vez por todas de desencantarse y busque nuevos iconos y, lo peor, los encuentre en gobernantes populistas.

Tales costos empiezan a repercutir en el futuro no sólo de nuestra democracia, sino de nuestra forma de vida, que todavía no alcanza márgenes humanamente justos.

Para ejemplo, la desilusión de la comunidad internacional hacia el Istmo podría llevarnos a perder valiosas oportunidades; por otro lado, las nuevas posturas del Banco Mundial —que seguirá con mayor control y exigencia las ayudas económicas que se soliciten— se reflejarán en un impacto a mediano y largo plazo.

Tomando en cuenta que la sociedad precisa de sus instituciones, cabe centrar la acción en dos áreas: el refuerzo de la parte correspondiente a las contralorías, alejándolas de los intereses partidistas; y el refuerzo correspondiente a la educación cívica y de valores.

La gente necesita que las instituciones funcionen; pero en Centroamérica la gente también necesita que las personas que dirigen tales organismos sean funcionales.

Como dijo el politólogo Napoleón Campos: “Esta era de escándalos va a quedar marcada en la historia de Centroamérica”. La tarea, ahora, será cambiar ese estigma que nos han obligado a cargar.


Copyright 2002 El Diario de Hoy - Derechos Reservados. vertice@elsalvador.com
Prohibida su reproducción total o parcial sin autorización escrita de su titular.