14 de marzo de 2004


POLO DE DESARROLLO

La apuesta dinámica

El rápido crecimiento de la industria maquilera en poco más de un quinquenio
ha permitido la generación de empleos que, según cifras oficiales, benefician
a unos 90 mil salvadoreños.

Mirella Cáceres/Lilian Martínez
vertice@elsalvador.com


Las mujeres siguen dominando la población empleada por las maquilas.

Los polos de desarrollo son el resultado de una mezcla entre inyección de capital extranjero y condiciones para la generación de empleo.

Pero esta fórmula no es absoluta si una de las piezas del engranaje falla.
Así, por ejemplo, en el país hay extremos como una zona rural convertida en planta industrial (El Pedregal) y otra venida a menos después de ser el escenario de decenas de proyectos de desarrollo sin éxito permanente (la Comunidad Segundo Montes).

¿Cómo explicar estos dos lados de una moneda? Entre un caso y otro hay una brecha abismal, claro está, pero el caso es ejemplificante si se busca analizar el proyecto que ejecuta el gobierno salvadoreño desde la administración de Armando Calderón Sol. Desde aquel momento, El Salvador está tratando de posicionarse al exterior a partir de sectores como la agricultura, la electrónica e industria textil.

La Oficina de Promoción de Inversiones (PROESA) es la instancia que impulsa el desarrollo de nuevas áreas de inversión. Por ahora, el resultado del trabajo de PROESA son 58 nuevas empresas que generan 20 mil empleos directos.

En la región, la inversión extranjera directa se encuentra concentrada en pocos países, y El Salvador es uno de los principales receptores. Según la CEPAL, nuestro país se encuentra en cuarto lugar dentro de una lista que incluye a República Dominicana, Panamá, Costa Rica, Guatemala, Trinidad y Tobago, Jamaica y Honduras.

La inversión extranjera, en el caso concreto de la industria maquilera, significa un aporte directo. En el Informe sobre Desarrollo Humano del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), El Salvador ha experimentado en los últimos años cinco transformaciones que pudieran determinar el progreso en cuanto a calidad de vida. Entre ellas están la expansión de la maquila, de las exportaciones no tradicionales y el aumento sostenido de las remesas. “Estas han sido expresiones de la nueva inserción del país en la economía global, sustituyendo el papel de la
agroexportación”.

La industria maquilera es la responsable de ciertos cambios sectoriales en cuanto a la generación de empleo, especialmente en el área rural. El PNUD sostiene que el empleo de la maquila se multiplicó por más de cinco entre 1990 y 2002. Lo que equivale a más de 90 mil puestos de trabajo, sobre todo para el sector femenino.

Proyecciones

Desde 1989, el sector maquilero es el que mejor ha reaccionado a la apertura comercial, que ha tenido un repunte desde hace poco más de un quinquenio.

Las exportaciones aumentaron de 81 millones de dólares en 1990 a 1,884 millones en el 2003. Lo que significa que entre 1990 y el 2002, el crecimiento significó un 31 por ciento por año, según el PNUD.

Y aunque la Fundación Salvadoreña para el Desarrollo Económico y Social (FUSADES) asegura

Las aproximadamente diez zonas francas que operan en el país producen para importantes marcas internacionales.

que este sector fue afectado por el lento crecimiento de la economía estadounidense en 2001 y 2002, hay, sin embargo,
“un mayor dinamismo económico de 2003 y las proyecciones para 2004 mejoraran el panorama global de la maquila”.

El Informe Trimestral de Coyuntura (cuarto trimestral de 2003) de FUSADES sostiene que las exportaciones maquileras tuvieron “una relativamente moderada tasa de crecimiento de 7.4 por ciento”. Aunque poco, este crecimiento es superior al período que comprende enero-noviembre de 2002 que fue de 6.5 por ciento.

El crecimiento de esta industria se puede ver detalladamente a partir de los datos que ofrece la CEPAL. Según esta fuente, las entradas netas de inversión extranjera en El Salvador pasó de $15 millones en 1990-1994 a $278 millones en 2002.

El éxito de El Pedregal

A siete minutos del Aeropuerto Internacional El Salvador y a dos horas de viaje hacia los puertos de Cutuco y Acajutla, se encuentra la zona El Pedregal.

Es sin duda un foco de desarrollo representativo de la influencia positiva que dichos planteles ejercen sobre los municipios que tienen a su alrededor.

Con una capacidad de techo industrial de 160 mil metros cuadrados, de los que 100 mil son ocupados por 17 empresas actualmente y que ofrecen, entre otros servicios, el de maquila de ropa y lavandería a marcas internacionales de prestigio.

Es así como El Pedregal cubre un 16% del mercado de las zonas francas en todo el país, lo que la convierte en una importante fuente de empleo no sólo para los habitantes de las ciudades y pueblos diseminados 17 kilómetros a la redonda de dicha zona franca, que suman un total de 250 mil personas, sino también para los habitantes de otros municipios con acceso a esta zona gracias a la carretera del Litoral.

Actualmente, 8,539 salvadoreños tienen su centro de trabajo en El Pedregal. Según su directora ejecutiva, María Teresa de Rendón, las mujeres representan el 60% de la fuerza laboral empleada, frente a un creciente porcentaje de hombres que están rompiendo con el mito de que las labores de costura son exclusivamente realizadas por las féminas.

Pero, además de empleos directos, esta zona franca ha significado la oportunidad de convertirse en micro y pequeños empresarios a los habitantes de la zona. Tal es el caso de los propietarios de buses, microbuses y pick ups que ofrecen transporte a los trabajadores y de vendedores de comida que se han instalado en un pequeño mercado que funciona en un terreno adyacente a la zona franca.

El poder adquisitivo de los empleados es otro factor que repercute en la economía de los pueblos donde habitan. De Rendón afirma que aunque la ley establece un salario mensual de 155 dólares, el promedio es de 200 en El Pedregal. Este dinero les permite adquirir bienes y hacer uso de los servicios que se ofrecen en los pueblos y caseríos donde viven, lo que al final repercute positivamente en los ingresos municipales.

Atracción de inversionistas

Las mujeres constituyen el 60% de la fuerza laboral en El Pedregal. Los hombres también realizan labores de costura. Entre todos suman 8,500 empleados.

El Pedregal y las demás zonas francas que operan en el país no sólo tratan de ofrecer sus servicios a los inversio-nistas extranjeros.

También buscan vender a El Salvador como un país donde se respetan las reglas del juego comercial, las normativas locales y que cuenta con una mano de obra leal, responsable y dispuesta a aprender.

“No como la más barata”, aclara María Teresa de Rendón, pues tenemos el segundo salario mínimo más caro de Centroamérica, por encima del que se paga en Honduras, Nicaragua y Guatemala.

De Rendón asegura que el índice de deserción laboral es muy bajo, casi inexistente, pues por cada operario hay cientos de personas deseosas de hacerse con un puesto de trabajo, y por los incentivos que brindan a sus empleados cada una de las 17 empresas que operan dentro de este parque industrial.

Las expectativas frente al CAFTA (el tratado comercial entre Estados Unidos y Centroamérica) y las facilidades que el país otorga como la exención de impuestos y eliminación de trámites burocráticos, permiten proyectar un aumento en el número de puestos de trabajo en los próximos tres años.

Así, pobladores de municipios como San Luis Talpa, La Herradura, Santiago Nonualco, San Rafael Obrajuelo, Zacatecoluca, podrían beneficiarse con esa apertura.

De Rendón es una de esas empresarias convencidas de que la existencia de estos parques industriales es un modelo, una forma para lograr desarrollo económico y social que nuestro país necesita.

LA VISION

El inicio de un sueño

La perseverancia de sus fundadores hizo de El Pedregal un proyecto pionero.

Hace 30 años, El Salvador no contaba con una Ley de Zonas Francas. Adelantados a su tiempo, un grupo de hombres emprendedores tuvo la visión de proyectarse a futuro. Faltaban cuatro años para que iniciara la construcción del Aeropuerto Internacional El Salvador y esto implicaría que en dicha zona se construiría una carretera.
Así nació la idea de comprar 300 manzanas de terreno y fundar la zona franca El Pedregal. Sin embargo, la única ley que en 1974 contemplaba la existencia de planteles que brindarán excepción de impuestos para los inversionistas, facultaba únicamente al Estado para administrar zonas francas. Fue así como los empresarios de nuestra historia debieron esperar a que la Ley de Zonas Francas de 1986 permitiera que dichos planteles pudieran ser admini


POLO DE DESARROLLO

Prestigio y calidad

Miles de pantalones Levis son elaborados por 1,153 salvadoreños que laboran en Ibis
de El Salvador y Allwash de El Salvador. Un ejemplo de los altos estándares de
producción que distinguen a los clientes de El Pedregal.

En el área de confección de Ibis de El Salvador hombres y mujeres produce unos 80 mil pantalones cada semana.

Los sonidos de la producción se confunden con el último éxito de Britney Spears. El calor propio de la costa salvadoreña es contrarrestado con el color blanco que predomina dentro y fuera de las instalaciones de Ibis de El Salvador, una empresa con capital mexicano, pero fundada por un salvadoreño que aprendió en el país de los mariachis cómo confeccionar las mejores “chamarras” para Levis.

Él fundó en Aguascalientes la empresa Ibis y al momento de contar con el apoyo de dicha marca para expandirse y confeccionar pantalones de lona decició operar en su país de origen y crear fuentes de empleo para sus compatriotas.

Actualmente, en el área que Ibis ocupa en El Pedregal desde 2001 laboran 900 operarios. “Ahorita estamos haciendo un promedio de 85 mil unidades semanales... Este año quisiéramos llegar a 140 mil unidades semanales”, explica Francisco Shuyá, Gerente de Confección en Ibis de El Salvador.

Para alcanzar esa meta de producción, Ibis proyecta contratar a 300 personas más para trabajar en los procesos de corte y confección. “Por el momento queremos ser fuerte en la confección del pantalón, queremos crecer y crear más empleos”, agregó Shuyá.

Representantes de la reconocida marca visitan constantemente las instalaciones de Ibis para verificar que se esté cumpliendo con los requerimientos que exigen a sus proveedores en todo el mundo. “ Estamos bastante bien, siempre hay pequeñas observaciones, pero siempre estamos trabajando para que todo esté bien”, afirmó el Gerente de Confección.

El toque final

Una vez que la materia prima que Levis envía desdes Estados Unidos es transformada en jeans, “las unidades” son trasladas a Allwash de El Salvador. Dicha empresa brinda el servicio de lavandería exclusivamente a la marca Levis y da trabajo a 253 personas en los procesos de lavado planchado y revisión. En estas instalaciones ocho máquinas lavadoras son utilizadas para realizar el lavado en piedra y dar a los jeans el acabado más característico de Levis. Pero así como la moda cambia constantemente, esta lavandería se prepara para ofrecer nuevos acabados especiales como el lavado en arena y el que se realiza con lija de metal.

En diciembre pasado, ambas naves industriales alcanzaron un nivel de producción de 120 mil unidades semanales, cifra que esperan superar en los próximos meses para satisfacer la demanda que alcanza su nivel más alto entre mayo y agosto, antes del regreso a clases en Estados Unidos.


POLO DE DESARROLLO

“Queremos ser el centro de generación de empleo”

A 51 kilómetros de la capital, un grupo de emprendedores ciudadanos está embarcado
en la tarea de llevar el progreso al municipio de Verapaz. Están decididos a llevar
la maquila hasta el pueblo, como complemento a la agricultura para generar empleo.

El edil verapasense, Valentín Alfaro, está convencido de que con la maquila llevará progreso a su municipio.

Verapaz está enclavada en uno de los valles más fértiles de El Salvador: el Jiboa. Allí, el empleo no falta, pero tampoco sobra. “Aquí hay empleo, pero es agrícola, exclusivo para hombres”, dice el alcalde Valentín Alfaro.

Por eso, desde hace dos años surgió un sueño en los verapacenses: tener su propio parque maquilero capaz de generar más de tres mil fuentes de ingresos para los 7,640 habitantes de ese municipio vicentino a 51 kilómetros al oriente de San Salvador.

Alfaro está convencido de que esa es la mejor manera para generar mayores oportunidades de desarrollo local y “para poder enrolarnos, por decir así, en la globalización”.

Está decidido y entusiasta. Pero no tiene prisa. “Nosotros no queremos comenzar a la loca. Es un proyecto que lo traemos desde hace dos años y hemos venido gestionando a través del Ministerio de Economía, pero no hemos tenido mayores respuestas”, se queja del que quizás es el único pero en su empeño.

Distinta

Sin embargo, no es una maquila cualquiera. Ni antojadiza. “Nosotros, primero, estamos organizando las bases legales para poder funcionar con la maquila”, habla sin tapujos, como convencido del que sabe lo que quiere, y como lo quiere.

No teme a las malas interpretaciones, ni a los prejuicios que despierta esa forma de producción.

“Van a hablar de explotación. Explotación hay en todos lados. Realmente lo que nosotros buscamos no es explotar a la gente, sino que generar una oportunidad de empleo para nuestra gente, en las mejores condiciones.

Esta gente va a ser cotizante del Seguro Social, si es despedida va a ser indemnizada, trataremos de evitar los accidentes profesionales, etc. nosotros vamos a estar abogando por que eso se cumpla. Nosotros, como funcionarios, ofrecemos el respaldo para el trabajador, no para el maquilero”, promete el edil.

Por eso, quizás, pretende convertir al pueblo entero en un parque maquilero, las casas albergarán los haceres de las mujeres verapacenses. Las naves industriales no tendrán cabida.

“Estamos hablando de un proceso más que todo ciudadano, en donde en una casa se va a hacer cuellos; en la de
enfrente, ojales; en la del vecino, las plantillas, etc.”.

Y no está solo. Atrás de él está un equipo de ciudadanos agrupado en la Asociación de Desarrollo Microempresarial de Verapaz (ADMIVE).

Sin temor

Alfaro es un funcionario atípico. Habla de frente, con plena razón, consciente de los pro y los contra y no esconde su sentir sobre los actores que, irremediablemente, aparecerán en su gestión.

No le teme a los sindicatos. Es más, tiene una concepción que, en labios de un funcionario parecería hasta inverosímil. “Los sindicatos cuando hablando cuando exigen lo hacen con razón, entonces lo que hay que hacer es ser buen negociador y ponerse en el zapato del otro. Hay que ceder y conceder”, dijo con determinación.

Lo tiene claro. “Obstáculos van a ver, pero tenemos la mejor de las disposiciones”, se esperanza.

Y con la oposición no hay resquemores. “Yo lo único que le pido es que me ayude a trabajar”, pide.

Además, los verapesenses están conscientes que son uno solo y que el proyecto municipal le traerá muchos beneficios en desarrollo local. “Van a crecer los pequeños negocios, habrá más demanda de servicios de comunicación, de transporte, etc.”, dicen muchos.

El proyecto no es nuevo. Mejicanos, al norte de San Salvador, ya lo ejecuta. Los resultados son satisfactorios. Verapaz espera hacerlo luego. Por lo pronto, 100 máquinas esperan en Apopa listas para ser enviadas al municipio. Sólo falta la capacitación y un poco de atención de la cartera de Economía. No se explican por qué el silencio, aunque conjeturan.

“Quizás no nos creen capaces, pero nosotros tenemos mucha capacidad de generar y de cumplir con metas… Queremos ser el centro de generación de empleo”, dice un optimista Alfaro.


POLO DE DESARROLLO

El ocaso de un sistema

El experimento no logró los objetivos deseados. Lo que comenzó como una estructura
social comunitaria fue caminando, poco a poco, a la individualización. Los pobladores
tienen una hipótesis del declive: malos manejos financieros.

Una desvacijada estructura donde estuvo
la carpintería es testigo de la decadencia
de un modelo de producción que alguna
vez despertó esperanza

Don Manuel V. habla ‘quedito’ (suave) para que no le escuchen. Entre dientes y con la cabeza gacha. Sus ojos tristes clavados en una vieja cuma que afila con una oxidada lima denotan la desazón y el desconsuelo de vivir con la pobreza como compañera.

“Ellos se han aprovechado de las cosas del pueblo”, deja escapar de entre sus dientes curtidos por el tabaco. Se refiere a los directivos de la Comunidad Segundo Montes. No se atreve a decir nombres. “En estos tiempos es peligroso”, dice y deja escapar la típica sonrisa del campesino que sabe que uno entiende a lo que se refiere.

“Lo único que funciona aquí es para beneficio de ellos”, espeta mientras oprime la cuma contra la banca en la que está sentado. Da la sensación que en cada queja, en cada reclamo, se desquita su enojo con el cuchillo.

“De todo lo que había en un principio, la única fábrica que ha quedado es donde trabajan ropa y bolsones. Sólo eso ha quedado”, expresa.

Y sus palabras no están solas. Es el sentir de la mayoría de los pobladores. “Quedito”, sin que nadie oiga, mirando al suelo, escarbando, como buscando el rumbo que perdieron por la desaforada ambición de algunos.

LA HERENCIA

La decadencia y la esperanza
La Comunidad Segundo Montes, en Morazán, vive con los recuerdos de un pasado próspero. Ahora sólo queda la desazón y las quejas de sus pobladores.


ALPENSA está en paro
La sociedad productora de concentrado decidió, en enero, parar la producción por la baja en el mercado local.


Una sí, otra no
La fábrica de calzado (Izq.) ya no funciona.
Solo la de ropa (Der.) se ha quedado
atendiendo pequeños pedidos.


Los esfuerzos
La Fundación Segundo Montes capacita a
las distintas directivas para garantizar su sostenibilidad.


La esperanza
La educación es uno de los pilares de la comunidad.

“Viera, aquí ha habido robos de ayudas extranjeras”, acusan sin nombres. “No se vaya a ofender, pero como usted sabe, cuando recibían ‘pisto’ (dinero), siempre hacían algo” y con un gesto evidente se llevan la mano a la bolsa y enarca las cejas.

Poco queda ahora de aquel prometedor sistema productivo que emergió en esa porción de tierra del departamento de Morazán, a unos 180 kilómetros de San Salvador, donde toda la producción iba a ser de beneficio para todos, donde todos trabajarían para la comunidad.

El todos para uno y uno para todos en su esencia. Pero todo eso terminó en 1994. “Hasta el 94 todo eso era galán aquí. Desde entonces hay grupos de intereses. Hoy cada quien tiene que buscar. Le dijeron a cada uno que de ahí para acá tenía que ser sostenible en su área”, dice Celia Sáenz mientras posa su mirada en los sacos de concentrado que acumulan en una bodega que dirige la asociación que representa.

El éxodo

Quizá no se equivoca. Casi todos los habitantes de esa comunidad que alberga a unas 1,100 familias sienten nostalgia de aquellos tiempos cuando aún se sentía el olor a la pólvora por esos lares. Cuando todos llegaron repatriados de Colomoncagua, Honduras, en 1990, y se asentaron en el cantón La Joya, Caserío San Luis, en Morazán.

Entonces la asistencia llegaba a borbotones. Se crearon fábricas de calzado, de ropa, granjas de cerdos, de pollos, la ganadería era floreciente, se montaron talleres de oficios, y todo en virtud de favorecer a la comunidad.

Ahora, del taller de carpintería sólo queda una desvencijada estructura que poco a poco va cediendo a los embates del tiempo. La fábrica de calzado cerró. La de ropa funciona pero sólo para pequeños pedidos, ya casi nadie recuerda que, en sus tiempos de mayor productividad, llegó a uniformar a la Policía Nacional Civil.

Del antiguo sistema sólo sobreviven algunas “estructuras”, como ellos les llaman. Pero la unión se ha perdido, a pesar de los esfuerzos denodados de la Fundación Segundo Montes por mantenerla. En la intimidad, ‘quedito’, con miedo, surgen las críticas, las desazones.

Los remanentes

ALPENSA (Alimentos Pecuarios del Norte Salvadoreño S.A. de C.V.), Productores Corporados, S.A. de C.V., Asociación Cooperativa de la Construcción San Luis, S.A. de C.V. La primera dedicada a la distribución de productos agrícolas, la segunda regenta la fábrica de ropa y bolsones y la tercera realiza obras de infraestructuras en todo el país, son las sobrevivientes.

Pero ahora lo hacen bajo las leyes de la libre competencia, del mercado, y como sociedades privadas. Nada de comunidad. El individualismo le ganó la batalla a la colectividad. Sin embargo aún hay esperanza.

“La convivencia siempre existe. La crisis nacional ha perjudicado mucho. Unión siempre existe, si no todos hubiéramos buscado para el lado que nos conviene. Por lo menos en eso la comunidad responde”, dice una esperanzada Sáenz.

Pero, quiérase o no, hay frutos de aquellos tiempos. La Segundo Montes es una comunidad de técnicos muy bien capacitados. Carpinterías, talleres de soldadura, fábricas de materiales de construcción, sastrerías, panaderías son ahora los medios de sobrevivencia que, ayudados por las remesas familiares ayudan a llevar la pesada carga de la pobreza.

Al menos el sistema educativo es satisfactorio. Varias escuelas de educación básica y parvularia y un instituto nacional muy bien equipado son testigos y las mejores opciones para los lugareños aledaños.

La comunidad vive de recuerdos de tiempos mejores. Esos que podrían volver talvez con un poco de ayuda e interés de todos los involucrados porque, como dice Sáenz, “aquí estamos olvidados”.

 

 


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