13 de junio de 2004


Memorias de Iraq

Equipo Vértice
vertice@elsalvador.com

Las cuatro historias personales que presentamos en esta edición son reales.
Se trata de las memorias de cuatro soldados salvadoreños que combatieron en Iraq.
Dos de ellos resultaron heridos el día que murió el único nacional caído en ese país.
Las esquirlas de una granada le arrancaron, a uno de ellos, dos dedos de su mano derecha.
A pesar de eso, dice que quiere regresar porque “tengo cuentas pendientes”.
Otro recibió un balazo de una ametralladora Ak-47 en la espalda.
A sus relatos se les agrega las narraciones de dos soldados que viajaron a Iraq en el primer contingente salvadoreño que llegó a ese país. Ellos nos cuentan, hoy, sus experiencias, alegrías, tristezas y heroísmos.

“Yo no me quiero morir aquí”

Miro el reloj. Son las 11:30 de la mañana. Voy por las polvorosas
calles de Nayaf junto a 27 soldados salvadoreños y algunos iraquíes
de los ICDC (las patrullas civiles de Iraq).
La misión era la de todos los días: patrullar todos los rincones de la
ciudad para darle seguridad de la población. Casi terminamos nuestra
rutina. La jornada ha sido larga y dura. Creo que estamos a unos
doscientos metros del campamento que está situado a unos dos
kilómetros de Nayaf.

Soy un soldado preparado en el tiempo de paz para cuando exista guerra. E Gólchez

"Nos consideramos valientes. Se siente cierto temor paro ya estamos preparados para cualquier cosa."

Erasmo Góchez
Comando de Ingenieros

De repente, una manifestación de hombres vestidos de negro nos sale al paso. Nos gritan y apedrean los carros. Nos bajamos de los vehículos porque el ambiente se ha puesto “fregado” (difícil).

No sé de dónde ni cómo, pero suena un estruendo. Creo que fue el de los ICDC el que disparó, quizás porque se le fue el tiro o para dispersarlos, no sé.

Lo que sí sé es que eso encendió la mecha. Oigo más tiros. Todos nos tiramos al suelo. “Cúbranse”, grita alguien. Yo me tiro debajo del jeep.

Alzo la vista: El grupo de hombres vestidos de negro ya nos cerró el paso, pero algunos ya no están vestidos con sus gabanes, ahora son como cualquier civil.

Están a cuarenta metros. Sus caras no son amistosas. Nos gritan no sé qué cosas. Cada uno de ellos, ahora, en lugar de las banderas que ondeaban al principio, tienen entre sus manos fusiles AK-47. No hay duda: es una emboscada, pienso.

Después de unos dos, tres, cuatro segundos, no sé. Agarro mi M-16 y disparo contra ellos. Suelto todas las ráfagas que puedo. Pienso en mi familia y le ruego a Dios que me ayude a salir con vida.

El ataque no cesa. Ahora son granadas las que retumban sobre mi cabeza. Los estallidos me dejan sordo mientras intento defenderme a como pueda. No paro de disparar.

El ataque es rápido, fulminante. Pero no siento miedo. Los nervios los tengo por las nubes. Mi mente se concentra en lo que debo hacer: responder el fuego aun en la oscuridad en la que se ha envuelto el campo de batalla.

Aquello se convierte, rápido, en un infierno. Todos nos revolcamos en el suelo buscando un lugar donde cubrirnos y nos gritamos para darnos ánimos.

Miro a los lados. A un lado del plancito hay más personas. Si intento cubrirme ahí, pondré en peligro vidas de inocentes, pienso rápido. Mi cabeza da vueltas. Sé que me juego la vida.

Los disparos no cesan. Nos atacan a rafagazos y sin misericordia. Respondo el fuego pero sé que mi posición no es muy segura. No muy lejos hay unas casas. Sé que no debo meterme en ellas. Se convierten en una trampa mortal porque sé que, en Iraq, conforme los atacantes avanzan, se meten en las casas y ahí te matan.

Una vez ahí, pienso, es tierra de ellos. Ellos conocen los secretos, los escondites y las calles. Es difícil sobrevivir a esas trampas mortales porque nosotros no podemos hacer lo mismo. Las muertes de civiles las cobran muy duro.

El ataque no acaba. Parece interminable. Por momentos disminuye. Después arrecia mientras ellos toman posición. Alzo la vista y miro que se han atrincherado en las casas de los vecinos.

A varios de ellos les miro el pecho aún cubierto con la túnica negra: de ahí guindan racimos de granadas. Nos disparan con AK-47, RPG-7 y también con Dragonov. Están bien armados, digo, mientras las balas silban sobre nuestras cabezas.

No dejo de disparar. Es el único seguro que tengo. Pasa el tiempo y el ataque no termina. Las granadas levantan un gran polvareda. Disparo, pero no puedo levantarme. Si lo hago, soy hombre muerto.

Patrullar las calles ha sido para los miembros del Batallón Cuscatlán uno de los momentos más tensos en el último mes.

Nadie se mueve del suelo. Sólo alcanzamos a darnos ánimos. En ese momento pasa Natividad corriendo enfrente de mí, luego ya no lo vi. Al rato alguien gritó que le habían dado. Ya no me acuerdo de más.

Las granadas siguen cayendo. Se oyen más gritos. Alguien vuelve a decir que hay otro herido (no les puedo decir quien porque en esos momentos uno sólo piensa en protegerse). Lo que sí recuerdo es que trato de socorrer al herido.

Me arrastro hasta quedar lo más cerca de él. Ahí está, veo que es el cabo Gumer (Gumercindo García García). Cuatro de nosotros decidimos quedarnos hasta tratar de rescatarlo. Tiene varias heridas en el cuello. También en su brazo derecho y en la espalda.

“Dios mío, ayúdame que no me quiero morir aquí. Dame otra oportunidad para regresar a El Salvador”, oigo decir a Gumercindo.

"Cuando hirieron al compañero García quedamos como cuatro horas cerca de él porque el fuego estaba rasante...."

Erasmo Góchez
Comando de Ingenieros

Estoy impresionado. Le pido a Dios que ayude a mi compañero. Es lo menos que puedo hacer. Pero no dejo de disparar.

De pronto, siento que algo me quema los dedos de la mano. “Puta, pienso, me dieron”. Me miro la mano: los dedos anular y meñique están sangrando. Ruedo varias veces por el suelo porque quiero protegerme. No puedo dejar de disparar.

El infierno dura cuatro horas. La verdad es que no sé cómo pasa tanto tiempo. Y sé que el ataque cesa cuando miro a los hombres marcharse, rápidamente. Corren y gritan palabras árabes que ninguno de nosotros entiende. Yo qué les iba a gritar, si ni me iban a entender.

Poco a poco nos levantamos. Pero no abandonamos las posiciones de defensa. Todos estamos convencidos de que ya terminó la emboscada.

Ya no se escuchan balazos ni estallidos de granada. Un grupo de soldados españoles llega a auxiliarnos. Entran con sus tanquetas. A quienes estamos heridos nos llevan a la ciudad de Diwaniya.

El recuento inquieta: doce estamos heridos. Uno murió: Natividad de Jesús Méndez Ramos. No sé en qué momento murió. Lo que sí sé es que aquello pudo ser peor.

¿quien soy?


Soy Erasmo Antonio Góchez. Desde muy pequeño quise ser soldado. Mi tío, Erasmo, quien siempre estuvo cerca de mí, también fue soldado. Murió como soldado. Desde entonces dije: “también voy a ser soldado”.

Soy vecino del cantón Los Toles, Ahuachapán, donde casi toda la gente es militar. Eso también influyó en mí: “no puede ser que solo yo me esté quedando”, dije un día, y me enlisté. Mis hermanos no quisieron ser militares.

Entré al Ejército en tiempos de paz. Lo hice en 1995. Me presenté al Comando de Ingenieros, el CIFA, y ahora soy soldado de primera clase. No he hecho cursos de ascenso. Me gusta donde estoy.

Hace algún tiempo, cuando preguntaron quién quería ir a Iraq, yo no estaba. Muchos levantaron la mano. Pero, al final faltaba uno.

Fue entonces cuando alguien dijo: “vayan y traigan al loco”. Ese soy yo. Sí...me dicen el loco. Y un buen día me fueron a traer a mi casa, donde descansaba. Cuando me dijeron de lo que se trataba sólo pregunté: “¿Es mentira o verdad”?
- “Es verdad”, me respondieron.

Entonces respondí: “Pues sí, hombre, sí voy”.

Después me enlisté con el sargento Peña. Antes de hacerlo recibí consejos. Me dijeron que eso era parte de mi trabajo y que ellos no intervendrían en eso. Que si iba, que me cuidara porque lo importante era que regresara.

¿Por qué me dicen el loco? Ahh… esa es una historia vieja. Porque en 1998 me golpeó un camión y, como toda la vida he sido muy inquieto y hablantín, me escapaba de la enfermería para platicar con todos. No paraba de hablar.

Entonces dijeron que el golpe me dejó loco. Desde entonces así me llaman.

Antes de irnos para Iraq entrenamos como dos meses. El adiestramiento fue duro, muy duro. También diferente al acostumbrado.

Un ejemplo: nos enseñaron como haríamos los registros de la gente porque sabíamos que iríamos a patrullar en tierras desconocidas.

Confieso que, desde el principio, sentí deseos de viajar a Iraq. Yo quería salir del país. Eso sí: nunca pensé que lo haría tan lejos.

Cuando finalmente nos marchamos, pensábamos en lo que llegaríamos a hacer. Formábamos parte del segundo contingente y nos habían hablado de las experiencias que debían seguirse ahí.

Lo que no tenía ni idea era de la gran distancia que tenía que recorrer. Como nunca había salido del país, algunos me ponían a Estados Unidos como el gran monstruo. Pero, no era así.

El viaje fue muy largo. De aquí a Estados Unidos el avión duró cinco horas. De ese país hasta Alemania dilatamos doce horas. Desde ahí hasta Kuwait otras nueve horas de vuelo.

Pero, lo más duro fue viajar de Kuwait a Iraq porque fue en autobús. Salimos a las cuatro de la mañana y llegamos a las siete de la noche. Aquello fue terriblemente cansado.

Mientras atravesábamos Iraq, lo único que mirábamos era un país muy desolado. No se ven árboles. Todo es desierto. ¿Y el calor? Es insoportable.

Adaptarse al clima no fue problema. Aquí también hace calor. La verdad es que sólo durante una semana se sintió el cambio de clima. Después nos adaptamos.

Lo que sí afecta es el cambio de hora. Cuando estábamos almorzando, sabía que aquí eran las tres de la mañana. “Bien dormidos están en mi casa”, decía.

Poco a poco me fui adaptando. Quizá en lo que más pensaba era en mi cuñada porque ella es como mi mamá: se enferma cuando se preocupa mucho.

Yo siempre tuve una regla: siempre les decía a mis compañeros...”dejen de hablar y avísenme cuando nos tengamos que regresar”.

El campamento

El campamento en el que estábamos se encuentra a dos o tres kilómetros de la ciudad de Nayaf.

Esta postal es muy especial porque revive una visita a las ruinas de Babilonia y porque
fue tomada por el compañero Natividad de Jesús Méndez, muerto en Iraq.

Está en una área despejada. En los alrededores lo único que siembran son unas hierbas raras. Las ocupan para alimentar a los becerros, camellos y animales.

Existen pequeñas áreas donde se ven cultivos de cebolla o tomate.

Nosotros trabajábamos las 24 horas completas, aunque no el mismo personal. Nos repartían en dos grupos. Nunca faltó trabajo.

Las seis horas que nos daban de descanso las podíamos tomar para lo que quisiéramos. Hacíamos ejercicio. Nos bañábamos. Hacíamos todo tipo de actividad. Pero sabíamos que sólo eran seis horas. Después, a relevar gente.

Había una cancha de fútbol pero era difícil jugar. La gente llegaba cansada. Siempre quería descansar.

El clima variaba. A veces teníamos días frescos y hasta fríos. Cuando esto último ocurría, teníamos que ponernos ropa debajo del uniforme.

Siempre había un día a la semana que nos llevaban a un lugar que le llaman Babilonia. Íbamos uniformados y equipados. Dicen que ahí se construyó la Torre de Babel y que existían gladiadores. No lo sé. Era lo que nos decían. Ahí hay un museo interesante. Pero, yo sólo fui dos veces. No me gustaba caminar mucho.

En ese lugar estaba el campamento de los americanos. Sólo pueden entrar militares. También
los de Polonia tenían la base ahí. Algunos hablaban español. Todos son buenos amigos.Amistad

La amistad nuestra fue con los españoles por aquello del idioma. Son buenas personas y muy respetuosos. Nos decían que estar a la par de nosotros era un honor.
“Ustedes han demostrado que son cojonudos”, nos decían. También les gustaba conversar con nosotros.

La comida que nos daban era muy buena. Los americanos comen bien. De eso no hay duda. Comíamos caliente. Los cocineros eran filipinos. Comíamos pollo, carne, etc. Eso sí: nos hacían falta las tortillas y las pupusas.

Pese a los momentos tensos muchos soldados quieren regresar a iraq.

La gente de Iraq es desconfiada. Se les ve que están disconformes. No se les puede regalar nada. Tampoco regalan nada. Cuando se les regala agua, piden que la botella esté sellada, de la cantimplora no reciben ni una gota de agua, al menos a nosotros así nos pasó.

Lo que es muy difícil es aprender el idioma. Sobre todo nosotros que estuvimos dos meses. Cuando pasábamos por las mezquitas, mientras patrullábamos, e intentábamos acercarnos o entrar a ellas, era como acercarse a una brigada militar llena de personal de seguridad.

Nosotros teníamos apoyo espiritual. Había un sacerdote que es capitán salvadoreño y un guía evangélico. Estábamos mitad y mitad. Nunca supe si habían más católicos o más evangélicos. Todos los martes, jueves y domingos nos daban servicios religiosos.

Siempre nos levantábamos temprano, de acuerdo con el horario de relevo. Si me tocaba recibir el turno a las cinco de la mañana, tenía que bañarme temprano, buscar la alimentación y trabajar durante seis horas.

Lo que hacíamos nosotros era patrullar. Nunca nos parábamos. Dábamos un vistazo y seguíamos. Viajábamos en un vehículo y después patrullábamos. Estábamos en el norte de Iraq.

Allá nos dieron lentes porque el sol es muy fuerte. También casco, chaleco antibalas y una ametralladora. Todo el equipo pesaba como 35 libras. Sólo el chaleco pesaba 25 libras.

Algunos días de descanso nos entreteníamos mirando películas de guerra, de acción.
Jugábamos volibol. Los españoles y americanos jugaban mucho ese deporte. Nosotros nos guindábamos de ese juego.

"Creo que fueron de las patrullas civiles los que dispararon, quizá porque se les fue un tiro o para dispersarlos, no sé. Lo que si sé es eso encendió la mecha.

Otras veces disfrutábamos del mariachi que llevamos. Sí, llevamos un mariachi, bien alegre se ponía. Lo que más se pedía era Mujeres Divinas.

No bailábamos porque sólo hombres habíamos. Sólo escuchábamos la música. Eso nos daba motivación.

Mala suerte que me tocó regresar de esa manera. Yo, honestamente, pensaba traerme algo y comprar algunas cositas. Pero no pude traer nada. Ahí se puede comprar de todo: ropa para mujer, lociones y otras cosas.

Ahora me pongo a pensar y lo que más recuerdo son los compañeros que se quedaron allá. Si me dieran la oportunidad de regresar, me voy otra vez.

Allá dejé cuentas pendientes. Mire, regresé con dos dedos malos por una herida, pero me han dejado buenos estos dos (muestra el índice y el del medio). Esos son los que más sirven (hace una señal como de disparar).

Creo que me las cobré con quienes me hicieron esto. Pero allá quedan más que siguen enfrentándose a nuestro batallón. Hay que buscar quien las pague. Así es la vida, pues.

Yo me siento satisfecho con lo que hice. Soy un soldado preparado en tiempos de paz para cuando exista guerra.

Por lo menos puse en práctica lo que aprendí aquí. Pero les juro que tengo ganas de regresar.




MEMORIAS DE IRAQ

“Que la paz esté contigo”

“Iraq es como en las películas de Jesús. Una playa sin agua, con
burros cargando bultos y gente vestida con ropa larga... Nuestro
Dios es su mismo Dios. Admiro su devoción a su religión aunque
a veces no entiendo sus costumbres ”. Subsargento Sergio Díaz.

vertice@elsalvador.com

La lengua árab, el idioma no es una barrera para
comunicarse con los iraquíes.

San Miguel no es nada comparado con Kuwait! Pienso al encarar el calor. Es insoportable. Tuvieron razón al mandarnos 48 horas al desierto para acostumbrarnos a este clima.

Es mi primer día en esta tierra antes de viajar a Iraq, nuestro destino final. Tomo un sorbo de aire y siento como si estuviera respirando sobre una fogata.

Es un aire de fuego, caliente, el que siento cuando se abre la escotilla del avión. “¡Y pensar que voy a pasar dos días aquí!”.

Arribamos a Iraq, y el calor también es insoportable pero en nada comparable con el que hace en Kuwait. Viajamos a Nayaf, nos establecemos en el campamento, aquí estoy mejor.

Este campamento es como una ciudad sin edificios. Rodeado de tierra de color crema, como las botas y el uniforme que nos dieron cuando llegamos. Cada país está ubicado en un sector específico.

Los salvadoreños estamos rodeados por chinos, americanos y, por supuesto, en todos lados hay iraquíes. Como no conocemos el idioma tratamos de comunicarnos a través de señas.

Aquí se habla árabe. Poco a poco voy aprendiéndolo y las cosas se van resolviendo como se pueda. Tengo pocos días y he aprendido a decirles a los conductores que paran su vehículo. ¡Claro! Después del acostumbrado saludo en árabe: “Salam aalekum”, que quiere decir en español “que la paz esté contigo”.

Unas niñas me saludan. Yo me hago el desentendido.
¡ Es que no se puede mirar a las mujeres!
Pero despues me animo y las saludo, en árabe por supuesto. Ellas se rien conmigo. "O sea que entienden" me digo.

Sergio Alberto Díaz
Sargento

Es lógico que a ellos les dé un poco de risa pero poco a poco van admirándose de cómo los salvadoreños tratamos de comunicarnos con ellos. Nos damos cuenta de que hablarles en árabe es una forma fácil de ganarnos su confianza.

Hablar con los iraquíes es otra buena idea, me gano su amistad y hablo incluso sobre su religión. Quieren saber sobre nuestras creencias en El Salvador y les digo que es muy parecida porque los dos países creemos en un mismo Dios.

“Para ustedes es Alá y para nosotros Dios”, es lo mismo. Ellos saben de qué estoy hablando porque me sonríen. A veces me ven el crucifijo que llevo junto a la placa y me dicen que Jesús es un mensajero del Espíritu de Dios. Mi sargento Martínez sabe que es verdad lo que digo. Cuando podemos, hablamos mucho con los iraquíes sobre religión.

Tierra santa

A nosotros nos dijeron que veníamos a una tierra santa; pero ellos son los que nos han explicado que Nayaf es santa para los chiítas. También sé por ellos, que para los chiítas el profeta es Alí y para los sunítas el profeta es Mahoma.

Admiro la devoción que tienen los iraquíes por su religión, aunque a veces no entiendo sus costumbres.

Por ejemplo, las pobres mujeres tienen menos derechos que los hombres. Ser un burro o una mujer, es llevar la peor parte de la vida en Irak.

Todo ha transcurrido con tranquilidad hasta hoy. Desde hace dos días me han asignado una calle en las afueras de Nayaf para hacer patrullaje de seguridad. La noche ha comenzado a caer y hay poca visibilidad. De repente veo que se acerca una rastra a toda velocidad y hace una maniobra improvisada. Logra incorporarse a su carril y continúa a toda velocidad. Falsa alarma.

Cinco segundos después un taxi se detiene en el lugar, hace una maniobra al igual que la rastra y se bajan dos hombres. Mi sargento y yo observamos lo que ocurre, vemos que los del taxi salen corriendo hacia nosotros. “Mister, mister. Mala, mala, mala, misters”, gritan mientras corren con las manos en la cabeza.

Herido en combate Asegura que si se lo volvieran
a pedir regresaría una vez más a Iraq.

Nos acercamos al lugar con mucha cautela al lugar y veo a una anciana hecha un bultito. La rastra le ha pegado. Está mal herida.

Le tomo el pulso rápidamente, se le siente apenas. Les ordeno a los hombres que la lleven al hospital, ellos se niegan. Esperamos a que pase una patrulla para que la lleve al hospital. No sé si sobrevivirá. Se me hace un nudo en la garganta. ¡Pobrecita!

Durante días me la he pasado pensando en el campamento en la posibilidad de que la ancianita se hubiera intentado suicidar. Es una idea que me atormenta.

La vida de las mujeres es tremenda. Aunque muy religiosos, los hombres no consideran a las mujeres. ¡Y no pienso así solo porque sea salvadoreño! Tengo un amigo iraquí que trabaja en el campamento. Ya está viejo y por eso me regala a su nieta. Me dice que cuando me vaya a El Salvador me la traiga conmigo, que “allá va a estar bien”.

Sello salvadoreño

Los iraquíes nos respetan porque saben que nosotros estamos aquí en tareas de paz. Si podemos les ayudamos, es algo muy espontáneo. Con mucha discreción y frecuencia sacamos manzanas y panes de los comedores y los repartimos entre los niños iraquíes.

Es chistoso ver a los soldados salvadoreños cuando salen con los bolsillos llenos de comida para repartirle a los niños que desde afuera esperan un bocado. Eso es lo que ven los iraquíes.

Pero también están conscientes de que no nos vamos a correr si nos tiran como a los españoles y a los demás. Mi sargento Martínez sabe que es cierto lo que digo. ¡Por algo será que siempre nos mandan a llamar para cualquier patrullaje! Nosotros siempre estamos al pie del cañón si es necesario.

De todos los que estamos bajo el mando de la Plus Ultra, los salvadoreños nos caracterizamos por el profesionalismo y la adaptación. La vez pasada nos mandaron con los españoles a una casa llena de municiones.

La actividad se atrasó porque los españoles no querían salir si no iban adentro de una tanqueta. ¡Nosotros nos fuimos en un humvee! Con la pelona al aire. No nos pasó nada, gracias a Dios. Ese espíritu es el que nos caracteriza al Batallón Cuscatlán.

“Me gustaría regresar”

El cabo Gumercindo García García resultó herido de su hombro derecho durante el ataque que sufrió el Batallón Atlacatl en Nayaf. Actualmente recibe terapias en el Hospital Militar de San Salvador.

No sé porqué, pero yo presentía que estando en la Unidad de Comandos Especiales iba a salir algún día lejos del país. Por eso, cuando me dijeron que iba para Iraq no me extrañé.

Comencé el adiestramiento muy motivado. Más porque uno de mis hermanos iba a estar allá conmigo, eso me dio más confianza. Con él, todo el tiempo nos hicimos compañía; lamentablemente no pudimos regresar al mismo tiempo, juntos.

Cuando llegamos a Nayaf nos dimos cuenta de que es una ciudad santa. Ningún extranjero puede entrar en las mezquitas, por eso es que sólo de largo pasábamos. Ellos son bien celosos con su religión.

Las tareas más comunes que hacíamos en Nayaf eran patrullajes. A veces teníamos que registrar a los iraquíes. Eso sí, sólo a los hombres. A las mujeres no, porque ellos entienden que es una falta de respecto.

Recuerdo que cuando nos atacaron estábamos prestando seguridad a la población en Nayaf. Íbamos en los carros cuando nos emboscaron. No me quedó otra opción que tirarme al suelo. ¡Como era plancito! De repente sentí que una granada me había hecho pedazos. No veía ni escuchaba nada.

Sólo dije: “Dios mío, ayúdame que no quiero morir aquí. Dame una oportunidad para poder llegar otra vez a El Salvador”. Mis compañeros se movieron para sacarme.

A los heridos nos llevaron a una base española, en Diwaniya, el viernes 2 de abril. En ese campamento los doctores españoles me operaron para quitarme algunas esquirlas.

Me quedé como 14 días hasta que nos llevaron a Alemania, en donde nos fuimos a topar con un salvadoreño del Ejército americano, se llama Julio Iglesias, como el cantante. Cuando supo que éramos salvadoreños, nos comenzó a dar ánimos.

Ahora que estamos en El Salvador pienso que me hubiera gustado terminar el período que me habían encomendado, pero lamentablemente ya no pude regresar. Mi familia está contenta porque gracias a Dios estoy con vida, pero me gustaría regresar. Si me dieran la oportunidad, claro que lo haría.

Sólo espero que mi hermano también regrese con bien.



MEMORIAS DE IRAQ

“Aquí voy a aguantar dos días”

Cuando arribamos a Iraq pensé que no iba a poder soportar más
de dos días en esa tierra. Después de seis meses nos despedimos
casi llorando del pueblo iraquí con el que convivimos: Carlos
Nelson Martínez, sargento que viajó a Iraq.

Llevamos varios días en Iraq y extraño El Salvador. Ayer me desperté pensando en unos frijolitos con tortilla.

Cuando llegue lo primero que voy a pedir es un gran sopón de frijoles con verduras y un poco de tortillas bien calientes.

La comida que nos dan es rica aunque nada se compara a los frijolitos ...

En el campamento nos dan comida rica. El chef es de la India y por eso comemos carne agridulce, pollo agridulce, casi siempre la comida es agridulce. Es rico pero a veces aburre.

Ayer tuve un momento libre así que me fui al mercado a ver si compraba un reloj. Algo para llevar, ahora sí que casi me voy.

Me acompañaba un soldado americano que también quería comprar un recuerdo. El pobre gringo tuvo que pagar $10 por un reloj, el mismo por el que yo pagué sólo $2.

Cada vez que llegamos a comprar los comerciantes nos ven el escudo que llevamos en el uniforme. Si distinguen la bandera de salvadoreña nos dan buenos precios. Y es que nosotros somos vivos, llegamos a regatearles precios.

El iraquí casi siempre dice: "Salvadoreño two dolars, americano ten dolars".
Aveces es tanto lo que les cobran que cuando llegamos nos regalan cosas. Hasta nos reciben con un saludo en español: "hola, amigo".

”Los salvadoreños llegamos al mercado y sabemos como regatear. Por eso es que los vendedores siempre nos hacen buenos precios antes de comprar”.

Carlos N. Martínez
Sargento Mayor

Los salvadoreños tenemos una buena amistad con los iraquíes. Siempre guardamos nuestra distancia; por aquello de la seguridad.

Una de las cosas que he aprendido es que los hombres iraquíes se saludan con un beso en la mejilla. Al principio me incomodaba pero ahora entiendo que es una forma de saludar a un buen amigo.

Eso sí, eso solo se da entre hombres porque a las mujeres ni siquiera se les puede ver. ¡Dios guarde que me vayan a cachar viendo a una mujer!

Como dice mi cabo Jiménez: "cuando sacan a escondidas la manita y nos saludan nosotros con mucha discreción les hacemos ojitos".

Pero si un hombre nos llega a cachar entonces nos meteríamos en problemas. Con una indiscreción así, lo mejor que les puede pasar es que las lleguen a zarandear del pelo.

Por eso las mujeres usan un manto negro y a veces llevan la cara tapada. Yo investigué con algunos amigos iraquíes, y me contaron que las que usan una mallita en la cara es porque el marido es muy celoso.

Pobres, con el calor que hace en Nayaf. Uno ve extraño cuando pasan a la par de uno como un bulto.

Dice mi sargento Hernández que como andan tan tapadas a uno no se les despierta el morbo. Ni las curvas se les ven con ese traje
.
Los amigos

Hace un par de días, los soldados salvadoreños hicimos una convocatoria para organizar un torneo de voleibol. Primero, jugamos con la Army (Armada estadounidense) y les ganamos.
Caminamos cinco kilómetros hasta el sector de los hondureños donde está la cancha.

El regreso
Seis meses y medio de convivencia con
los iraquíes sí que contagian.

Quedamos en segundo lugar después de los dominicanos. Aunque compartimos con los demás soldados fue con los iraquíes con quien más hicimos amistad.

Ayer nos informaron que pronto regresaremos a El Salvador. Los iraquíes que trabajan en el campamento se pusieron muy tristes. Hasta ganas de llorar me dan porque tengo buenos amigos.

Uno de ellos me preguntó si se podía venir conmigo. Yo le dije que no. “Amigo, tomorrow, tomorrow. Yo voy a ir para El Salvador”, me contestó. No tenía nada que dejarle de recuerdo, entonces me quité las botas y se las dí.

Entre el valor y la religión

Cabo José Hernández
Cabo Christian Jiménez
Cada miembro del primer contingente que viajó a Irak tiene imágenes y experiencias con las que definir su estadía en el desierto. Uno de los que tiene mucho que contar es el cabo José Hernández: “Apesar de que estábamos lejos de nuestro país, siempre estábamos dispuestos a hacer el trabajo, sea de día o de noche, y con los recursos que sea.

Una vez andábamos patrullando y de pronto encontramos una casa llena de armas y municiones. Entramos con el equipo que andábamos. En cambio los españoles, si hay alguna amenaza, no inspeccionan ningún lugar si no van con un tanque de guerra.

Por disciplina militar no estoy autorizado para hablar sobre el trabajo de los otros contigentes...

Los salvadoreños, sin protección ni nada, siempre vamos ¡para adentro!... Siempre nos distinguimos por la voluntad de querer hacer el trabajo, porque al menos a mí, me la inculcaron desde que entré al cuartel”.

El más callado de todos, el cabo Aguilar quedó impresionado por una realidad que nunca imaginó conocer personalmente: “Tal vez sea porque esta es mi primera misión en otro país, pero lo que más me impresionó fue conocer Babilonia y el río Eufrates, que yo sólo conocía por las Sagradas Escrituras.

Eso fue lo más especial para mí, gracias a Dios pude conocer esos lugares”.

La religión, también fue un tema de interés para el cabo Christian Jiménez: “Una vez le pregunté a un intérprete cuáles eran las diferencias religiosas que los iraquís tienen entre ellos mismos. Yo quería distinguir a los chiítas. El intérprete me dijo que la diferencia estaba en a quién consideraban profeta.

“Para unos es el profeta Alí, mientras que para otro es Mahoma”, me explicó... La religión me interesaba porque yo andaba mi placa con un crucifijo. Los iraquíes se fijaban en eso y me preguntaban si yo era cristiano. Cuando les decía que sí, ellos empezaban ‘¡Mary, Mary!’ porque saben de Jesucristo y María.

Pero lo más increíble es que nunca tuvimos una confrontación por la religión. Hablábamos de eso como amigos, sin agredirnos”. Pero más allá de la disciplina, el valor y la religión, estos soldados extrañaban su país, su familia y la comida “¿Lo que más se extrañaba? ¡Las tortillas!”.

 


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