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Memorias
de Iraq
Las
cuatro historias personales que presentamos en esta edición son
reales.
Se trata de las memorias de cuatro soldados salvadoreños que
combatieron en Iraq.
Dos de ellos resultaron heridos el día que murió el único
nacional caído en ese país.
Las esquirlas de una granada le arrancaron, a uno de ellos, dos dedos
de su mano derecha.
A pesar de eso, dice que quiere regresar porque “tengo cuentas
pendientes”.
Otro recibió un balazo de una ametralladora Ak-47 en la espalda.
A sus relatos se les agrega las narraciones de dos soldados que viajaron
a Iraq en el primer contingente salvadoreño que llegó
a ese país. Ellos nos cuentan, hoy, sus experiencias, alegrías,
tristezas y heroísmos.
“Yo no me quiero morir aquí”
Miro
el reloj. Son las 11:30 de la mañana. Voy por las polvorosas
calles de Nayaf junto a 27 soldados salvadoreños y algunos iraquíes
de los ICDC (las patrullas civiles de Iraq).
La misión era la de todos los días: patrullar todos los
rincones de la
ciudad para darle seguridad de la población. Casi terminamos
nuestra
rutina. La jornada ha sido larga y dura. Creo que estamos a unos
doscientos metros del campamento que está situado a unos dos
kilómetros de Nayaf.
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| Soy
un soldado preparado en el tiempo de paz para cuando exista guerra.
E Gólchez |
"Nos
consideramos valientes. Se siente cierto temor paro ya
estamos preparados para cualquier cosa."
Erasmo
Góchez
Comando de Ingenieros
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De repente, una manifestación de hombres vestidos
de negro nos sale al paso. Nos gritan y apedrean los carros. Nos bajamos
de los vehículos porque el ambiente se ha puesto “fregado”
(difícil).
No sé de dónde ni cómo, pero suena un estruendo.
Creo que fue el de los ICDC el que disparó, quizás porque
se le fue el tiro o para dispersarlos, no sé.
Lo que sí sé es que eso encendió la mecha. Oigo
más tiros. Todos nos tiramos al suelo. “Cúbranse”,
grita alguien. Yo me tiro debajo del jeep.
Alzo la vista: El grupo de hombres vestidos de negro ya nos cerró
el paso, pero algunos ya no están vestidos con sus gabanes, ahora
son como cualquier civil.
Están a cuarenta metros. Sus caras no son
amistosas. Nos gritan no sé qué cosas. Cada uno de ellos,
ahora, en lugar de las banderas que ondeaban al principio, tienen entre
sus manos fusiles AK-47. No hay duda: es una emboscada, pienso.
Después de unos dos, tres, cuatro segundos, no sé. Agarro
mi M-16 y disparo contra ellos. Suelto todas las ráfagas que
puedo. Pienso en mi familia y le ruego a Dios que me ayude a salir con
vida.
El ataque no cesa. Ahora son granadas las que retumban sobre mi cabeza.
Los estallidos me dejan sordo mientras intento defenderme a como pueda.
No paro de disparar.
El ataque es rápido, fulminante. Pero no siento miedo. Los nervios
los tengo por las nubes. Mi mente se concentra en lo que debo hacer:
responder el fuego aun en la oscuridad en la que se ha envuelto el campo
de batalla.
Aquello se convierte, rápido, en un infierno. Todos nos revolcamos
en el suelo buscando un lugar donde cubrirnos y nos gritamos para darnos
ánimos.
Miro a los lados. A un lado del plancito hay más personas. Si
intento cubrirme ahí, pondré en peligro vidas de inocentes,
pienso rápido. Mi cabeza da vueltas. Sé que me juego la
vida.
Los disparos no cesan. Nos atacan a rafagazos y sin misericordia. Respondo
el fuego pero sé que mi posición no es muy segura. No
muy lejos hay unas casas. Sé que no debo meterme en ellas. Se
convierten en una trampa mortal porque sé que, en Iraq, conforme
los atacantes avanzan, se meten en las casas y ahí te matan.
Una vez ahí, pienso, es tierra de ellos. Ellos conocen los secretos,
los escondites y las calles. Es difícil sobrevivir a esas trampas
mortales porque nosotros no podemos hacer lo mismo. Las muertes de civiles
las cobran muy duro.
El ataque no acaba. Parece interminable. Por momentos disminuye. Después
arrecia mientras ellos toman posición. Alzo la vista y miro que
se han atrincherado en las casas de los vecinos.
A varios de ellos les miro el pecho aún cubierto con la túnica
negra: de ahí guindan racimos de granadas. Nos disparan con AK-47,
RPG-7 y también con Dragonov. Están bien armados, digo,
mientras las balas silban sobre nuestras cabezas.
No dejo de disparar. Es el único seguro que tengo. Pasa el tiempo
y el ataque no termina. Las granadas levantan un gran polvareda. Disparo,
pero no puedo levantarme. Si lo hago, soy hombre muerto.
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| Patrullar
las calles ha sido para los miembros del Batallón Cuscatlán
uno de los momentos más tensos en el último mes. |
Nadie se mueve del suelo. Sólo alcanzamos a darnos
ánimos. En ese momento pasa Natividad corriendo enfrente de mí,
luego ya no lo vi. Al rato alguien gritó que le habían
dado. Ya no me acuerdo de más.
Las granadas siguen cayendo. Se oyen más gritos. Alguien vuelve
a decir que hay otro herido (no les puedo decir quien porque en esos
momentos uno sólo piensa en protegerse). Lo que sí recuerdo
es que trato de socorrer al herido.
Me arrastro hasta quedar lo más cerca de él. Ahí
está, veo que es el cabo Gumer (Gumercindo García García).
Cuatro de nosotros decidimos quedarnos hasta tratar de rescatarlo. Tiene
varias heridas en el cuello. También en su brazo derecho y en
la espalda.
“Dios mío, ayúdame que no me quiero morir aquí.
Dame otra oportunidad para regresar a El Salvador”, oigo decir
a Gumercindo.
"Cuando
hirieron al compañero García quedamos como cuatro
horas cerca de él porque el fuego estaba rasante...."
Erasmo
Góchez
Comando de Ingenieros
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Estoy impresionado. Le pido a Dios que ayude a mi compañero.
Es lo menos que puedo hacer. Pero no dejo de disparar.
De pronto, siento que algo me quema los dedos de la mano. “Puta,
pienso, me dieron”. Me miro la mano: los dedos anular y meñique
están sangrando. Ruedo varias veces por el suelo porque quiero
protegerme. No puedo dejar de disparar.
El infierno dura cuatro horas. La verdad es que no sé cómo
pasa tanto tiempo. Y sé que el ataque cesa cuando miro a los
hombres marcharse, rápidamente. Corren y gritan palabras árabes
que ninguno de nosotros entiende. Yo qué les iba a gritar, si
ni me iban a entender.
Poco a poco nos levantamos. Pero no abandonamos las posiciones de defensa.
Todos estamos convencidos de que ya terminó la emboscada.
Ya no se escuchan balazos ni estallidos de granada. Un grupo de soldados
españoles llega a auxiliarnos. Entran con sus tanquetas. A quienes
estamos heridos nos llevan a la ciudad de Diwaniya.
El recuento inquieta: doce estamos heridos. Uno murió: Natividad
de Jesús Méndez Ramos. No sé en qué momento
murió. Lo que sí sé es que aquello pudo ser peor.
¿quien soy?
Soy Erasmo Antonio Góchez. Desde muy pequeño quise ser
soldado. Mi tío, Erasmo, quien siempre estuvo cerca de mí,
también fue soldado. Murió como soldado. Desde entonces
dije: “también voy a ser soldado”.
Soy vecino del cantón Los Toles, Ahuachapán,
donde casi toda la gente es militar. Eso también influyó
en mí: “no puede ser que solo yo me esté quedando”,
dije un día, y me enlisté. Mis hermanos no quisieron ser
militares.
Entré al Ejército en tiempos de paz. Lo
hice en 1995. Me presenté al Comando de Ingenieros, el CIFA,
y ahora soy soldado de primera clase. No he hecho cursos de ascenso.
Me gusta donde estoy.
Hace algún tiempo, cuando preguntaron quién quería
ir a Iraq, yo no estaba. Muchos levantaron la mano. Pero, al final faltaba
uno.
Fue entonces cuando alguien dijo: “vayan y traigan al loco”.
Ese soy yo. Sí...me dicen el loco. Y un buen día me fueron
a traer a mi casa, donde descansaba. Cuando me dijeron de lo que se
trataba sólo pregunté: “¿Es mentira o verdad”?
- “Es verdad”, me respondieron.
Entonces respondí: “Pues sí, hombre, sí voy”.
Después me enlisté con el sargento Peña. Antes
de hacerlo recibí consejos. Me dijeron que eso era parte de mi
trabajo y que ellos no intervendrían en eso. Que si iba, que
me cuidara porque lo importante era que regresara.
¿Por qué me dicen el loco? Ahh… esa es una historia
vieja. Porque en 1998 me golpeó un camión y, como toda
la vida he sido muy inquieto y hablantín, me escapaba de la enfermería
para platicar con todos. No paraba de hablar.
Entonces dijeron que el golpe me dejó loco. Desde entonces así
me llaman.
Antes de irnos para Iraq entrenamos como dos meses.
El adiestramiento fue duro, muy duro. También diferente al acostumbrado.
Un ejemplo: nos enseñaron como haríamos los registros
de la gente porque sabíamos que iríamos a patrullar en
tierras desconocidas.
Confieso que, desde el principio, sentí deseos de viajar a Iraq.
Yo quería salir del país. Eso sí: nunca pensé
que lo haría tan lejos.
Cuando finalmente nos marchamos, pensábamos en
lo que llegaríamos a hacer. Formábamos parte del segundo
contingente y nos habían hablado de las experiencias que debían
seguirse ahí.
Lo que no tenía ni idea era de la gran distancia que tenía
que recorrer. Como nunca había salido del país, algunos
me ponían a Estados Unidos como el gran monstruo. Pero, no era
así.
El viaje fue muy largo. De aquí a Estados Unidos el avión
duró cinco horas. De ese país hasta Alemania dilatamos
doce horas. Desde ahí hasta Kuwait otras nueve horas de vuelo.
Pero, lo más duro fue viajar de Kuwait a Iraq porque fue en autobús.
Salimos a las cuatro de la mañana y llegamos a las siete de la
noche. Aquello fue terriblemente cansado.
Mientras atravesábamos Iraq, lo único que mirábamos
era un país muy desolado. No se ven árboles. Todo es desierto.
¿Y el calor? Es insoportable.
Adaptarse al clima no fue problema. Aquí también hace
calor. La verdad es que sólo durante una semana se sintió
el cambio de clima. Después nos adaptamos.
Lo que sí afecta es el cambio de hora. Cuando estábamos
almorzando, sabía que aquí eran las tres de la mañana.
“Bien dormidos están en mi casa”, decía.
Poco a poco me fui adaptando. Quizá en lo que más pensaba
era en mi cuñada porque ella es como mi mamá: se enferma
cuando se preocupa mucho.
Yo siempre tuve una regla: siempre les decía a mis compañeros...”dejen
de hablar y avísenme cuando nos tengamos que regresar”.
El campamento
El campamento en el que estábamos se encuentra a dos o tres kilómetros
de la ciudad de Nayaf.
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Esta
postal es muy especial porque revive una visita a las ruinas de
Babilonia y porque
fue tomada por el compañero Natividad de Jesús Méndez,
muerto en Iraq. |
Está en una área despejada. En los alrededores
lo único que siembran son unas hierbas raras. Las ocupan para
alimentar a los becerros, camellos y animales.
Existen pequeñas áreas donde se ven cultivos de cebolla
o tomate.
Nosotros trabajábamos las 24 horas completas, aunque no el mismo
personal. Nos repartían en dos grupos. Nunca faltó trabajo.
Las seis horas que nos daban de descanso las podíamos tomar para
lo que quisiéramos. Hacíamos ejercicio. Nos bañábamos.
Hacíamos todo tipo de actividad. Pero sabíamos que sólo
eran seis horas. Después, a relevar gente.
Había una cancha de fútbol pero era difícil jugar.
La gente llegaba cansada. Siempre quería descansar.
El clima variaba. A veces teníamos días frescos y hasta
fríos. Cuando esto último ocurría, teníamos
que ponernos ropa debajo del uniforme.
Siempre había un día a la semana que nos llevaban a un
lugar que le llaman Babilonia. Íbamos uniformados y equipados.
Dicen que ahí se construyó la Torre de Babel y que existían
gladiadores. No lo sé. Era lo que nos decían. Ahí
hay un museo interesante. Pero, yo sólo fui dos veces. No me
gustaba caminar mucho.
En ese lugar estaba el campamento de los americanos. Sólo pueden
entrar militares. También
los de Polonia tenían la base ahí. Algunos hablaban español.
Todos son buenos amigos.Amistad
La amistad nuestra fue con los españoles por aquello del idioma.
Son buenas personas y muy respetuosos. Nos decían que estar a
la par de nosotros era un honor.
“Ustedes han demostrado que son cojonudos”, nos decían.
También les gustaba conversar con nosotros.
La comida que nos daban era muy buena. Los americanos comen bien. De
eso no hay duda. Comíamos caliente. Los cocineros eran filipinos.
Comíamos pollo, carne, etc. Eso sí: nos hacían
falta las tortillas y las pupusas.
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Pese
a los momentos tensos muchos soldados quieren regresar a iraq. |
La gente de Iraq es desconfiada. Se les ve que están
disconformes. No se les puede regalar nada. Tampoco regalan nada. Cuando
se les regala agua, piden que la botella esté sellada, de la
cantimplora no reciben ni una gota de agua, al menos a nosotros así
nos pasó.
Lo que es muy difícil es aprender el idioma. Sobre todo nosotros
que estuvimos dos meses. Cuando pasábamos por las mezquitas,
mientras patrullábamos, e intentábamos acercarnos o entrar
a ellas, era como acercarse a una brigada militar llena de personal
de seguridad.
Nosotros teníamos apoyo espiritual. Había un sacerdote
que es capitán salvadoreño y un guía evangélico.
Estábamos mitad y mitad. Nunca supe si habían más
católicos o más evangélicos. Todos los martes,
jueves y domingos nos daban servicios religiosos.
Siempre nos levantábamos temprano, de acuerdo con el horario
de relevo. Si me tocaba recibir el turno a las cinco de la mañana,
tenía que bañarme temprano, buscar la alimentación
y trabajar durante seis horas.
Lo que hacíamos nosotros era patrullar. Nunca nos parábamos.
Dábamos un vistazo y seguíamos. Viajábamos en un
vehículo y después patrullábamos. Estábamos
en el norte de Iraq.
Allá nos dieron lentes porque el sol es muy fuerte.
También casco, chaleco antibalas y una ametralladora. Todo el
equipo pesaba como 35 libras. Sólo el chaleco pesaba 25 libras.
Algunos días de descanso nos entreteníamos mirando películas
de guerra, de acción.
Jugábamos volibol. Los españoles y americanos jugaban
mucho ese deporte. Nosotros nos guindábamos de ese juego.
"Creo
que fueron de las patrullas civiles los que dispararon, quizá
porque se les fue un tiro o para dispersarlos, no sé.
Lo que si sé es eso encendió la mecha.
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Otras veces disfrutábamos del mariachi que llevamos.
Sí, llevamos un mariachi, bien alegre se ponía. Lo que
más se pedía era Mujeres Divinas.
No bailábamos porque sólo hombres habíamos. Sólo
escuchábamos la música. Eso nos daba motivación.
Mala suerte que me tocó regresar de esa manera. Yo, honestamente,
pensaba traerme algo y comprar algunas cositas. Pero no pude traer nada.
Ahí se puede comprar de todo: ropa para mujer, lociones y otras
cosas.
Ahora me pongo a pensar y lo que más recuerdo son los compañeros
que se quedaron allá. Si me dieran la oportunidad de regresar,
me voy otra vez.
Allá dejé cuentas pendientes. Mire, regresé con
dos dedos malos por una herida, pero me han dejado buenos estos dos
(muestra el índice y el del medio). Esos son los que más
sirven (hace una señal como de disparar).
Creo que me las cobré con quienes me hicieron esto. Pero allá
quedan más que siguen enfrentándose a nuestro batallón.
Hay que buscar quien las pague. Así es la vida, pues.
Yo me siento satisfecho con lo que hice. Soy un soldado preparado en
tiempos de paz para cuando exista guerra.
Por lo menos puse en práctica lo que aprendí aquí.
Pero les juro que tengo ganas de regresar.
MEMORIAS
DE IRAQ
“Que la paz esté contigo”
“Iraq
es como en las películas de Jesús. Una playa sin agua,
con
burros cargando bultos y gente vestida con ropa larga... Nuestro
Dios es su mismo Dios. Admiro su devoción a su religión
aunque
a veces no entiendo sus costumbres ”. Subsargento Sergio Díaz.
vertice@elsalvador.com
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| La
lengua árab, el idioma no es una barrera para
comunicarse con los iraquíes. |
San Miguel no es nada comparado con Kuwait! Pienso al
encarar el calor. Es insoportable. Tuvieron razón al mandarnos
48 horas al desierto para acostumbrarnos a este clima.
Es mi primer día en esta tierra antes de viajar a Iraq, nuestro
destino final. Tomo un sorbo de aire y siento como si estuviera respirando
sobre una fogata.
Es un aire de fuego, caliente, el que siento
cuando se abre la escotilla del avión. “¡Y pensar
que voy a pasar dos días aquí!”.
Arribamos a Iraq, y el calor también es
insoportable pero en nada comparable con el que hace en Kuwait. Viajamos
a Nayaf, nos establecemos en el campamento, aquí estoy mejor.
Este campamento es como una ciudad sin edificios. Rodeado de tierra
de color crema, como las botas y el uniforme que nos dieron cuando llegamos.
Cada país está ubicado en un sector específico.
Los salvadoreños estamos rodeados por chinos, americanos y, por
supuesto, en todos lados hay iraquíes. Como no conocemos el idioma
tratamos de comunicarnos a través de señas.
Aquí se habla árabe. Poco a poco voy aprendiéndolo
y las cosas se van resolviendo como se pueda. Tengo pocos días
y he aprendido a decirles a los conductores que paran su vehículo.
¡Claro! Después del acostumbrado saludo en árabe:
“Salam aalekum”, que quiere decir en español “que
la paz esté contigo”.
Unas
niñas me saludan. Yo me hago el desentendido.
¡ Es que no se puede mirar a las mujeres!
Pero despues me animo y las saludo, en árabe por supuesto.
Ellas se rien conmigo. "O sea que entienden" me digo.
Sergio
Alberto Díaz
Sargento
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Es lógico que a ellos les dé un poco de
risa pero poco a poco van admirándose de cómo los salvadoreños
tratamos de comunicarnos con ellos. Nos damos cuenta de que hablarles
en árabe es una forma fácil de ganarnos su confianza.
Hablar con los iraquíes es otra buena idea, me gano su amistad
y hablo incluso sobre su religión. Quieren saber sobre nuestras
creencias en El Salvador y les digo que es muy parecida porque los dos
países creemos en un mismo Dios.
“Para ustedes es Alá y para nosotros Dios”, es lo
mismo. Ellos saben de qué estoy hablando porque me sonríen.
A veces me ven el crucifijo que llevo junto a la placa y me dicen que
Jesús es un mensajero del Espíritu de Dios. Mi sargento
Martínez sabe que es verdad lo que digo. Cuando podemos, hablamos
mucho con los iraquíes sobre religión.
Tierra santa
A nosotros nos dijeron que veníamos a una tierra santa; pero
ellos son los que nos han explicado que Nayaf es santa para los chiítas.
También sé por ellos, que para los chiítas el profeta
es Alí y para los sunítas el profeta es Mahoma.
Admiro la devoción que tienen los iraquíes por su religión,
aunque a veces no entiendo sus costumbres.
Por ejemplo, las pobres mujeres tienen menos derechos que los hombres.
Ser un burro o una mujer, es llevar la peor parte de la vida en Irak.
Todo ha transcurrido con tranquilidad hasta hoy. Desde hace dos días
me han asignado una calle en las afueras de Nayaf para hacer patrullaje
de seguridad. La noche ha comenzado a caer y hay poca visibilidad. De
repente veo que se acerca una rastra a toda velocidad y hace una maniobra
improvisada. Logra incorporarse a su carril y continúa a toda
velocidad. Falsa alarma.
Cinco segundos después un taxi se detiene en el lugar, hace una
maniobra al igual que la rastra y se bajan dos hombres. Mi sargento
y yo observamos lo que ocurre, vemos que los del taxi salen corriendo
hacia nosotros. “Mister, mister. Mala, mala, mala, misters”,
gritan mientras corren con las manos en la cabeza.
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| Herido
en combate Asegura que si se lo volvieran
a pedir regresaría una vez más a Iraq. |
Nos acercamos al lugar con mucha cautela al lugar y
veo a una anciana hecha un bultito. La rastra le ha pegado. Está
mal herida.
Le tomo el pulso rápidamente, se le siente apenas. Les ordeno
a los hombres que la lleven al hospital, ellos se niegan. Esperamos
a que pase una patrulla para que la lleve al hospital. No sé
si sobrevivirá. Se me hace un nudo en la garganta. ¡Pobrecita!
Durante días me la he pasado pensando en el campamento en la
posibilidad de que la ancianita se hubiera intentado suicidar. Es una
idea que me atormenta.
La vida de las mujeres es tremenda. Aunque muy religiosos, los hombres
no consideran a las mujeres. ¡Y no pienso así solo porque
sea salvadoreño! Tengo un amigo iraquí que trabaja en
el campamento. Ya está viejo y por eso me regala a su nieta.
Me dice que cuando me vaya a El Salvador me la traiga conmigo, que “allá
va a estar bien”.
Sello salvadoreño
Los iraquíes nos respetan porque saben que nosotros estamos aquí
en tareas de paz. Si podemos les ayudamos, es algo muy espontáneo.
Con mucha discreción y frecuencia sacamos manzanas y panes de
los comedores y los repartimos entre los niños iraquíes.
Es chistoso ver a los soldados salvadoreños cuando salen con
los bolsillos llenos de comida para repartirle a los niños que
desde afuera esperan un bocado. Eso es lo que ven los iraquíes.
Pero también están conscientes de que no nos vamos a correr
si nos tiran como a los españoles y a los demás. Mi sargento
Martínez sabe que es cierto lo que digo. ¡Por algo será
que siempre nos mandan a llamar para cualquier patrullaje! Nosotros
siempre estamos al pie del cañón si es necesario.
De todos los que estamos bajo el mando de la Plus Ultra, los salvadoreños
nos caracterizamos por el profesionalismo y la adaptación. La
vez pasada nos mandaron con los españoles a una casa llena de
municiones.
La actividad se atrasó porque los españoles no querían
salir si no iban adentro de una tanqueta. ¡Nosotros nos fuimos
en un humvee! Con la pelona al aire. No nos pasó nada, gracias
a Dios. Ese espíritu es el que nos caracteriza al Batallón
Cuscatlán.
“Me
gustaría regresar”
El
cabo Gumercindo García García resultó herido
de su hombro derecho durante el ataque que sufrió el Batallón
Atlacatl en Nayaf. Actualmente recibe terapias en el Hospital Militar
de San Salvador.
No
sé porqué, pero yo presentía que estando en
la Unidad de Comandos Especiales iba a salir algún día
lejos del país. Por eso, cuando me dijeron que iba para Iraq
no me extrañé.
Comencé el adiestramiento muy motivado. Más porque
uno de mis hermanos iba a estar allá conmigo, eso me dio
más confianza. Con él, todo el tiempo nos hicimos
compañía; lamentablemente no pudimos regresar al mismo
tiempo, juntos.
Cuando llegamos a Nayaf nos dimos cuenta de que es una ciudad santa.
Ningún extranjero puede entrar en las mezquitas, por eso
es que sólo de largo pasábamos. Ellos son bien celosos
con su religión.
Las tareas más comunes que hacíamos en Nayaf eran
patrullajes. A veces teníamos que registrar a los iraquíes.
Eso sí, sólo a los hombres. A las mujeres no, porque
ellos entienden que es una falta de respecto.
Recuerdo que cuando nos atacaron estábamos prestando seguridad
a la población en Nayaf. Íbamos en los carros cuando
nos emboscaron. No me quedó otra opción que tirarme
al suelo. ¡Como era plancito! De repente sentí que
una granada me había hecho pedazos. No veía ni escuchaba
nada.
Sólo dije: “Dios mío, ayúdame que no
quiero morir aquí. Dame una oportunidad para poder llegar
otra vez a El Salvador”. Mis compañeros se movieron
para sacarme.
A los heridos nos llevaron a una base española, en Diwaniya,
el viernes 2 de abril. En ese campamento los doctores españoles
me operaron para quitarme algunas esquirlas.
Me quedé como 14 días hasta que nos llevaron a Alemania,
en donde nos fuimos a topar con un salvadoreño del Ejército
americano, se llama Julio Iglesias, como el cantante. Cuando supo
que éramos salvadoreños, nos comenzó a dar
ánimos.
Ahora que estamos en El Salvador pienso que me hubiera gustado terminar
el período que me habían encomendado, pero lamentablemente
ya no pude regresar. Mi familia está contenta porque gracias
a Dios estoy con vida, pero me gustaría regresar. Si me dieran
la oportunidad, claro que lo haría.
Sólo espero que mi hermano también regrese con bien. |
MEMORIAS
DE IRAQ
“Aquí voy a aguantar dos días”
Cuando
arribamos a Iraq pensé que no iba a poder soportar más
de dos días en esa tierra. Después de seis meses nos despedimos
casi llorando del pueblo iraquí con el que convivimos: Carlos
Nelson Martínez, sargento que viajó a Iraq.
Llevamos varios días en Iraq y extraño
El Salvador. Ayer me desperté pensando en unos frijolitos con
tortilla.
Cuando llegue lo primero que voy a pedir es un gran sopón de
frijoles con verduras y un poco de tortillas bien calientes.
La comida que nos dan es rica aunque nada se compara a los frijolitos
...
En el campamento nos dan comida rica. El chef es de la India y por eso
comemos carne agridulce, pollo agridulce, casi siempre la comida es
agridulce. Es rico pero a veces aburre.
Ayer tuve un momento libre así que me fui al mercado a ver si
compraba un reloj. Algo para llevar, ahora sí que casi me voy.
Me acompañaba un soldado americano que también quería
comprar un recuerdo. El pobre gringo tuvo que pagar $10 por un reloj,
el mismo por el que yo pagué sólo $2.
Cada vez que llegamos a comprar los comerciantes nos ven el escudo que
llevamos en el uniforme. Si distinguen la bandera de salvadoreña
nos dan buenos precios. Y es que nosotros somos vivos, llegamos a regatearles
precios.
El iraquí casi siempre dice: "Salvadoreño two dolars,
americano ten dolars".
Aveces es tanto lo que les cobran que cuando llegamos nos regalan cosas.
Hasta nos reciben con un saludo en español: "hola, amigo".
”Los
salvadoreños llegamos al mercado y sabemos como regatear.
Por eso es que los vendedores siempre nos hacen buenos precios
antes de comprar”.
Carlos
N. Martínez
Sargento Mayor
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Los salvadoreños tenemos una buena amistad con
los iraquíes. Siempre guardamos nuestra distancia; por aquello
de la seguridad.
Una de las cosas que he aprendido es que los hombres
iraquíes se saludan con un beso en la mejilla. Al principio me
incomodaba pero ahora entiendo que es una forma de saludar a un buen
amigo.
Eso sí, eso solo se da entre hombres porque a las mujeres ni
siquiera se les puede ver. ¡Dios guarde que me vayan a cachar
viendo a una mujer!
Como dice mi cabo Jiménez: "cuando sacan a escondidas la
manita y nos saludan nosotros con mucha discreción les hacemos
ojitos".
Pero si un hombre nos llega a cachar entonces nos meteríamos
en problemas. Con una indiscreción así, lo mejor que les
puede pasar es que las lleguen a zarandear del pelo.
Por eso las mujeres usan un manto negro y a veces llevan la cara tapada.
Yo investigué con algunos amigos iraquíes, y me contaron
que las que usan una mallita en la cara es porque el marido es muy celoso.
Pobres, con el calor que hace en Nayaf. Uno ve extraño cuando
pasan a la par de uno como un bulto.
Dice mi sargento Hernández que como andan tan tapadas a uno no
se les despierta el morbo. Ni las curvas se les ven con ese traje
.
Los amigos
Hace un par de días, los soldados salvadoreños hicimos
una convocatoria para organizar un torneo de voleibol. Primero, jugamos
con la Army (Armada estadounidense) y les ganamos.
Caminamos cinco kilómetros hasta el sector de los hondureños
donde está la cancha.
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El
regreso
Seis meses y medio de convivencia con
los iraquíes sí que contagian. |
Quedamos en segundo lugar después de los dominicanos.
Aunque compartimos con los demás soldados fue con los iraquíes
con quien más hicimos amistad.
Ayer nos informaron que pronto regresaremos a El Salvador. Los iraquíes
que trabajan en el campamento se pusieron muy tristes. Hasta ganas de
llorar me dan porque tengo buenos amigos.
Uno de ellos me preguntó si se podía venir conmigo. Yo
le dije que no. “Amigo, tomorrow, tomorrow. Yo voy a ir para El
Salvador”, me contestó. No tenía nada que dejarle
de recuerdo, entonces me quité las botas y se las dí.
Entre
el valor y la religión
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Cabo
José Hernández |
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Cabo
Christian Jiménez |
Cada miembro del primer contingente que viajó
a Irak tiene imágenes y experiencias con las que definir
su estadía en el desierto. Uno de los que tiene mucho que
contar es el cabo José Hernández: “Apesar de
que estábamos lejos de nuestro país, siempre estábamos
dispuestos a hacer el trabajo, sea de día o de noche, y con
los recursos que sea.
Una vez andábamos patrullando y de pronto encontramos una
casa llena de armas y municiones. Entramos con el equipo que andábamos.
En cambio los españoles, si hay alguna amenaza, no inspeccionan
ningún lugar si no van con un tanque de guerra.
Por disciplina militar no estoy autorizado para hablar sobre el
trabajo de los otros contigentes...
Los salvadoreños, sin protección ni nada, siempre
vamos ¡para adentro!... Siempre nos distinguimos por la voluntad
de querer hacer el trabajo, porque al menos a mí, me la inculcaron
desde que entré al cuartel”.
El más callado de todos, el cabo Aguilar quedó impresionado
por una realidad que nunca imaginó conocer personalmente:
“Tal vez sea porque esta es mi primera misión en otro
país, pero lo que más me impresionó fue conocer
Babilonia y el río Eufrates, que yo sólo conocía
por las Sagradas Escrituras.
Eso fue lo más especial para mí, gracias a Dios pude
conocer esos lugares”.
La religión, también fue un tema de interés
para el cabo Christian Jiménez: “Una vez le pregunté
a un intérprete cuáles eran las diferencias religiosas
que los iraquís tienen entre ellos mismos. Yo quería
distinguir a los chiítas. El intérprete me dijo que
la diferencia estaba en a quién consideraban profeta.
“Para unos es el profeta Alí, mientras que para otro
es Mahoma”, me explicó... La religión me interesaba
porque yo andaba mi placa con un crucifijo. Los iraquíes
se fijaban en eso y me preguntaban si yo era cristiano. Cuando les
decía que sí, ellos empezaban ‘¡Mary,
Mary!’ porque saben de Jesucristo y María.
Pero lo más increíble es que nunca tuvimos una confrontación
por la religión. Hablábamos de eso como amigos, sin
agredirnos”. Pero más allá de la disciplina,
el valor y la religión, estos soldados extrañaban
su país, su familia y la comida “¿Lo que más
se extrañaba? ¡Las tortillas!”. |
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