Del 12 al 19 de diciembre de 2004


Relato
Shangri-la
Un lugar de apariciones

El lindero entre el mito y la realidad se desvanece en la colonia Shangri-La, a pocos minutos de San Salvador. Increíble o absurdo para muchos, la supuesta existencia de fantasmas en tal comunidad ha creado una leyenda urbana. Sus habitantes son enfáticos al negar tales
presencias, pero hay otros que dan testimonio de eso

Alicia Miranda
vertice@elsalvador.com

“Uno corporiza sus temores o sus decepciones y aparecen así. Pero a veces hay energías que no se termina de entender”.
Rafael Rodríguez. Foto EDH / Wilfredo Díaz


Shangri-La es una residencial que tiene 51 años de existir en El Salvador. Ubicada sobre la 41ª Calle Poniente y Avenida Juan Aberle, en el límite entre San Salvador y Mejicanos, permanece a la vista de todos; pero pocos la conocen.

Ni siquiera catastro ni desarrollo urbano de las alcaldías que lindan en ese sector tienen registros de la colonia. Tampoco la Oficina de Planificación del Área Metropolitana de San Salvador, OPAMSS, tiene datos.

Parece ser que el único registro es el testimonio de los que viven o vivieron allí. Una de ellas es Roberta Guevara, quien habitó durante 15 años en Shangri-La. Roberta recuerda haber visto el lugar “perfecto para que sus hijos crecieran”.

La colonia mantiene la belleza de sus años mozos. Las calles están empedradas y a la sombra de árboles grandes, frondosos.
Tiene la magia de la arquitectura antigua, cuando primaba la comodidad sobre la economía.

Las 15 casas que conforman la residencia están distribuidas en tres espaciosos pasajes. Cinco en cada uno.

Más de cerca, bajo la pintura fresca y la nueva restauración, aún quedan registros de los constructores de la colonia. El ex presidente José Napoleón Duarte y José María Durán, socio y suegro, quienes dieron vida a la localidad.

Hoy, 53 años después, de día y de noche, la colonia permanece siempre apacible y en silencio. Una de las vecinas, doña Carolina, asegura que es porque casi todos los vecinos trabajan. “Por eso ve tantos perros bravos en las casas”, dice.

Pero no siempre fue así. Roberta recuerda haber pasado una de las experiencias más fuertes viviendo allí.
“No se imagina lo felices que éramos cuando llegamos en 1975. Era el lugar perfecto para que crecieran nuestros hijos”.

Roberta se encoge de hombros y sonríe tronándose sus delgados dedos.

Fantasmas

“Le voy a hablar de esto porque me lo pidieron de favor”, dice con desdén y continúa.
“Creo que Shangri-La se refiere a un lugar mágico en el Tíbet. Aquí en El Salvador es el lugar donde crecieron mis hijos y donde viví con Sara”.

“Sara llegó a formar parte de la familia. Ella tenía su lugar en la mesa pero cuando me fui le dije que se quedara en esa casa porque era de ella”. Roberta Guevara. Foto EDH / Mauricio castro

— ¿Quién es Sara?
— El fantasma que vivió con nosotros. Era pequeña, gordita, morena, pelo blanco y cara redonda. Averiguamos que Sara pertenecía a la familia Domínguez, propietarios de buena parte de Mejicanos a finales del siglo XIX.

Cuando los Domínguez desaparecieron, el terreno quedó abandonado y los huesos que estaban en el cementerio familiar fueron a parar a una fosa común.

Sobre las tumbas profanadas, años después, se construyen las primeras casas de la colonia Shangri-La. Tal vez por eso, Sara aparecía reclamando su territorio —dice con resignación.

“A mí no me gusta hablar de lo que vivimos, pero fueron 15 años con ella. Mis hijos crecieron escuchando, de un cuarto a otro, cómo ella les llamaba por sus nombres.

Todos la vimos e incluso algunos amigos salieron corriendo de mi casa después de que ella aparecía.

“Yo sé que estas cosas son muy difíciles de entender, pero mi familia no fue la única, mis vecinos también vivieron cosas parecidas”, añade.
Roberta sonríe irónica y cruza sus brazos como esperando alguna pregunta.

— ¿Todas las casas de la colonia tenían un fantasma?
— No en todas pero en casi todas. A la familia Mendoza, a tres casas de nosotros, se les aparecía un niño y un señor. Más arriba, en casa del arquitecto Julio Reyes, aparecía una mujer.

La situación se volvió tan grave que formamos una asociación de vecinos. Una vez a la semana nos reuníamos para platicar de lo que nos sucedía y para investigar lo que pasaba.

Roberta sonríe muy inquieta e interrumpe a cada momento para convencer de lo que dice. “Yo sé que es difícil de creer pero fue verdad. De mis vecinos, los únicos que nunca vieron nada fue la señora Lolita y su esposo, Luis Carlos Alfaro.

Una colonia edificada en 1951 por la constructora Durán-Duarte de José María Durán y el ex presidente José Napoleón Duarte. Los dueños del terreno fueron la familia Duke. Foto EDH / Mauricio castro

Los vecinos

Doña Lolita todavía sostiene lo mismo. “Nunca vi nada extraño mientras viví allí”, dice al respecto.
El resto de los vecinos contemporáneos a Roberta abandonaron Shangri-La, por diferentes razones, entre 1989 y 1994. La colonia volvió a repoblarse hace seis años.

La persona que más años tiene de vivir en Shangri-La se esconde de las cámaras y las grabadoras. “¿Qué es lo que quiere saber?”, grita una señora canosa y sin dientes que mira por detrás de las viejas barandas de su casa en el pasaje uno.

“Vivo aquí desde hace 35 años. Estas casas las mandó a hacer doña Julia de Duke para sus hijos y sus nietos. No sé por qué ya no las quiso y las vendió”, dice la anciana. “... De lo otro, no sé”, añade y termina la conversación con tono amenazante.

Hoy día, la mayoría de los vecinos de la Shangri-La aseguran que no existen las historias de fantasmas.
Entonces, ¿leyenda urbana de fantasmas? ¿Historia colectiva de algunos habitantes de Shangri-La?

Roberta asegura que justamente por eso no le gusta contar lo que les pasó. “Durante años en esa colonia desfilaron desde sacerdotes, Testigos de Jehová hasta el mismo Mago Fancy. Todos salieron corriendo por las cosas extrañas que pasaban. No fuimos los únicos”.

En efecto, Roberta no es la única que sostiene que en ese lugar pasan cosas fuera de serie. “Yo conocí la historia de Sara Domínguez y he escrito tanto sobre ella que ya no sé cuando es la verdad y cuando ficción...

Miro con respeto lo que dicen que sucede, pero creo que esas cosas tienen que ver en cómo manejes tus fuerzas internas. Gran parte de lo que pasa es que se corporizaron los temores y decepciones de muchos...”, dice el escritor Rafael Rodríguez.

Shangri-la, LUGAR SAGRADO DE LOS CHINOS
Según la tradición budista, Shangri-La es el paraíso perdido, algo parecido a El Dorado en América. Es un lugar mágico y pacífico en donde viven los dioses.

De acuerdo a la tradición hinduista y budista, el lugar podría estar en el Tíbet. De hecho, se supone que está entre montañas escondidas. En ese lugar descansan los dioses rodeados de sabiduría. Sin embargo, este lugar está inaccesible para los hombres.

H. P. Blavatsky fue la primera occidental que escribió sobre la existencia de aquel santuario del Asia Central, al que llamó mítica Shamballah. Sin embargo, fue el escritor inglés James Hilton quien construyó el mundo en la novela Horizontes Perdidos.

En El Salvador no existen registros oficiales que determinen el origen de la colonia que lleva el nombre Shangri-La. Las autoridades de catastro y desarrollo urbano de San Salvador, a la que pertenece la colonia, aseguran que no hay forma de saber por qué se eligió ese nombre.

“Probablemente cuando se digitalizaron los mapas de San Salvador se perdieron algunos registros de la colonia”, dice Juan Meléndez, de catastro en la alcaldía de San Salvador.

No obstante, Joaquín Domínguez Parada, vecino de Shangri-La, asegura que hace seis años llegaron de la alcaldía a entrevistarlo pues querían declarar la colonia patrimonio municipal.

 

 


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