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Infancia
rasgada
Niños
a la carta
El
panorama es contradictorio. Mientras millares de niños se resguardan
en sus casas al caer la tarde, otros son prostituidos en las calles
o negocios capitalinos.
El fenómeno es complejo y cada vez se hace más notorio
e incontrolable
Un sedán ocre que lleva puestas las luces intermitentes toma
la curva de una calle oscura que da a una colonia de Soyapango.
Nada resulta sospechoso hasta que el vehículo reduce la velocidad
y se estaciona al lado de una señora de gruesa contextura y pelo
entintado.
Se da un cruce de palabras durante escasos minutos y luego la mujer,
que ronda los 45 años, hace una llamada por celular. Otros minutos
de espera y, de repente, aparece de uno de los pasajes de la colonia
una joven robusta pero de sensual figura, de piel trigueña y
tersa.
Destaca por su porte que le dan sus aproximadamente 1.67 metros de estatura
y su rostro redondo acentuado por sus ojos café muy claros.
Tras un breve saludo con el conductor, que se esconde tras unos vidrios
ahumados, se marcha. No va sola; su madre la acompaña.
Es la chaperona, aunque ella también le hace (a la prostitución),
comenta una vecina mientras las mira alejarse en el auto.
Madre e hija viven de la prostitución, con las ganancias pagan
el alquiler de la casa, compran comida y atuendos de marca.
Ella apenas cumplió los 18 años hace poco, pero ejerce
el oficio desde que alcanzó la adolescencia porque no tiene padre,
y porque su madre se cansó de lavar y planchar ropa ajena y de
sufrir escasez.
Ninguna de las dos acepta hablar mucho del trabajo que realizan en horas
tempranas de la noche.
La madre dice que nunca deja a su hija, trata de cuidarla
y que sus clientes no son de la barriada, son personas decentes...
algo así como fugaces novios que pagan por su compañía,
así sean hombres viejos o jóvenes; pero eso sí,
que cumplan con ciertas condiciones como tener vehículo y suficiente
efectivo para remunerar esa compañía.
Contestan con reserva o simplemente ponen punto final a cualquier indagación
sobre su manera de sobrevivencia. La joven tiene razón, no quiere
que sus compañeros de estudio se enteren cómo se financia
la escuela.
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Primer contacto. Una niña
es abordada por un hombre en las cercanías de la Corte
de Cuentas.
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| Contratada. Tras
un breve intercambio de palabras, llegan a un acuerdo y salen juntos. |
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| Destino final. El
adulto y la jovencita terminan en una casa de huéspedes. |
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Muchos de estos niños
han sido
sometidos a una adultización, son victimizados, además
de rechazados por su familia. Muchas veces ellos rechazan a sus
padres porque de ellos provino la
explotación sexual comercial. Enrique Rubio, Isna.
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Con esto pago mis estudios y eso es lo que me
importa, quiero seguir estudiando y sacar una carrera algún día
y ya no voy a vivir de esto, se justifica en ausencia de su madre.
Tampoco quiere hablar de con quiénes se acuesta ni cómo
la tratan.
Pero ella no es la única en el vecindario que ejerce la prostitución.
Yanira, que no sobrepasa los 17 años, no atiende
a clientes selectos desde su casa, como su vecina; lo hace
al salir de la barra show, donde trabaja, ubicada en la colonia Médica.
Tampoco quiere dar mayores detalles de su trabajo, es obvio dice
con aparente sarcasmo que no estoy en esto porque me guste sino
porque tengo dos hijos pequeños que mantener y no tengo otra
alternativa ahorita.
Como estas jóvenes otro incontable número sobrevive de
la misma manera en diversos rincones de San Salvador y la periferia.
Asoman tímidamente desde las puertas de vetustas casas en los
antiguos barrios del centro histórico que se promocionan como
cafetín o comedor pero que en realidad son cervecerías
y prostíbulos.
Otras jovencitas y jovencitos son más explícitos y no
se ocultan mucho. Con atuendos provocativos se apostan en distintos
lugares como la 25ª Avenida Norte, 29ª Calle Poniente, los alrededores
del Parque Centenario, la 10ª Avenida que atraviesa el barrio Concepción,
o bien plazas concurridas del centro histórico capitalino.
Es en días de pago, fines de semana, y a muy altas horas de la
noche (para evadir a la policía) cuando más se les encuentra.
Algunas organizaciones como Médicos del Mundo, Entre Amigos,
Cemujer (Instituto de Estudios de la Mujer Norma de Guirola), que hacen
trabajos de prevención entre quienes ejercen la prostitución,
coinciden en que cada vez es más elevado el número de
menores que se añaden a este segmento.
En nuestro país no existe un cálculo de cuántos
menores son prostituidos, pero en San Salvador algunos de estos organismos
estiman que son unos 500. Sólo a nivel de los distritos 2 y 6
se contabilizan unos 300.
¿Qué provoca este fenómeno? Mucho se ha hablado
de que es la pobreza la que los empuja a buscar formas de sobrevivencia,
pero poco se habla de quienes los explotan con fines comerciales y los
que compran el servicio.
Los clientes
Algunos estudiosos del fenómeno como Zoila de Inoccenti en su
investigación Explotación sexual comercial de niños,
niñas y adolescentes por encargo de OIT/IPEC, dice que
para comenzar no se puede hablar de prostitución cuando se habla
de uso sexual de menores de edad, sino de explotación. Tampoco
se puede hablar de clientes sino de explotadores.
Según la experiencia que ha tenido Médicos del Mundo en
150 menores, de distintos distritos, este año, a través
de su programa Huellas de Ángel, hay un significativo número
de clientes que los demandan, especialmente obreros y comerciantes cuyas
edades oscilan entre los 30 y los 50 años.
Son pocos los que aceptan hablar sobre su afición a tener sexo
con niñas o niños, en general lo niegan.
Pero hay otros que se atreven, con cierta reserva. Había
terminado de trabajar dice un cantante veinteañero
y se me acercó una niña bien chula que me sacó
plática. Me dijo que la invitara a tomar algo, al rato ya la
tenía en el carro y, como es polarizado, ahí mismo ocurrió.
Ella me dijo que tenía 15 años, después que 13,
pero no me sentí friquiado porque fue placentero. Le di $10.
Este joven es un músico de banda que recorre diversas poblaciones
del país cada mes y, según afirma, le salen cinco cipotas
cada vez, pero sólo acepta acompañarse de dos. Algunas
veces le cobran entre $10 y $15, otras veces es gratis.
Dice sentir la misma satisfacción sexual con una menor que con
una adulta. Siempre me salen, hasta de 12 años, pero a
esa edad ya me corto, aunque... quién sabe.
En el Código Penal, el artículo 170-A estipula prisión
entre 4 y 8 años a los que sean sorprendidos en mera demanda
o solicitud de servicios de prostitución.
Si bien algunos clientes sólo buscan un momento de placer, que
ya es un abuso, otros violan aún más los derechos de estos
menores.
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Encuentro. La plaza Gerardo Barrios
se ha vuelto un referente de prostitución infantil. Foto
EDH / Archivo
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Unos son violados por varios a la vez, a otros no les
pagan o los golpean, y ellos no los denuncian por temor o, como dice
Rebeca Sánchez, quien trabajó todo este año en
Huellas de Ángel, porque ni siquiera dimensionan que son
violentados, que son víctimas.
Este tipo de abuso a menores no es un asunto controlado, si bien está
regido en el papel, en la práctica está lejos de serlo.
Mario Antonio Sibrián, comandante del Cuerpo de Agentes Metropolitanos
(CAM) para el centro histórico, dice que cuando el cliente
se ve sorprendido haciendo contacto con una menor, se agarra,
se le retiene por unas horas y se le impone una esquela de entre ¢500
y ¢1,500.
Pero eso no es algo frecuente, según Sibrián, y cuando
ocurre algunos no se hacen cargo, otros piden que no los vayamos
a quemar por eso de que están casados. El problema es cuestión
moral, añade.
Sin embargo, ¿evaluarán estos clientes
si es cuestión moral tener sexo con un niño o una niña?
Las edades de las 13 menores que el CAM ha recuperado este año
de calles y principalmente de bares oscilan entre los 10 y los 15 años.
El comandante Sibrián reconoce que es difícil controlar
a estos abusadores porque hay que sorprenderlos en flagrancia y eso
no siempre es posible.
Pero si los clientes son difíciles de pillar es aún peor
descubrir el rostro de los otros explotadores, los proxenetas, los administradores
o propietarios de centros de prostitución, los que cobran un
impuesto por cada sesión de sexo.
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Vulnerables
300
Los menores prostituidos en
dos de los distritos de San Salvador.
La remuneración
$10
Es el pago promedio que reciben las
niñas por tener un encuentro sexual.
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Sin castigo
En los cursos de computación que impartimos desde hace
dos años hemos tenido niñas que trabajan en negocios (prostíbulos)
pero de repente desaparecen y cuando hemos indagado el porqué
nos enteramos de que (los patronos) no les dan permiso, afirma
el doctor Luis Estrada, director de la Fundación Huellas, una
organización laica que brinda capacitaciones en computación
y alfabetiza a toda persona que ejerce el oficio y quiere buscar otra
opción en la vida.
La ley es clara cuando se trata de castigar este delito. El artículo
170 del Código Penal establece cárcel de 6 a 10 años
al que indujere, facilitare, promoviere o favoreciere la prostitución
de persona menor de dieciocho años.
No obstante, la Fiscalía no registra procesados por esta causa,
y el CAM dice realizar de 3 a 4 inspecciones diarias en los negocios
que en su mayoría operan ilegalmente. Sólo en el centro
histórico han detectado 30 bares.
Mario Sibrián dice que cada vez que intervienen una cervecería
o barra show encuentran a menores trabajando, pero que los dueños
o administradores de dichos negocios siempre se excusan diciendo que
ellas o ellos llegaron al lugar por su cuenta. En otras ocasiones mienten
sobre la edad de las pequeñas empleadas.
En los registros de la PNC figuran 61 detenidos por
inducción, promoción y favorecimiento de la prostitución
entre 2003 y 2004, y 103 menores de entre 11 y 17 años recuperados
en lugares intervenidos, que han sido remitidos al Instituto Salvadoreño
de Desarrollo Integral para la Niñez y la Adolescencia (Isna).
El subdirector de investigaciones de la PNC, Douglas García Funes,
dice que estos números no representan la dimensión del
problema. Es una cantidad demasiado pequeña para el nivel
de inducción que existe en el país y la cantidad de centros
de prostitución camuflados, apunta.
Pero, ¿qué es lo que impide magnificar el problema y abordarlo?
Algunos activistas como Ima Guirola, de Cemujer, y William Hernández,
director de Entre Amigos, coinciden en que muchos menores son víctimas
del crimen organizado y que como tal debe ser tratado este delito.
Los rostros de jovencitos que ofrecen servicios sexuales
en distintos lugares y bajo diversos métodos, es sólo
la fachada de un lucrativo negocio que según estudiosos
del fenómeno responde a toda una estructura de reclutamiento
que sabe moverse en las sombras.
El modo de operar es clásico: una persona llega a la escuela
o algún lugar público, busca niñas de entre 11
y 17 años, se gana su confianza, les pinta todo un universo de
fantasía, les habla de que ganarán mucho dinero para ayudar
a su familia y para comprarse todo lo que quieran.
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Según Enrique Rubio, el
comercio sexual de menores vulnera más a las niñas
y responde,
en los casos de reclutamiento, a una estrategia de desarraigarlos
de su círculo familiar. Recuperarlas de ese medio depende
de la denuncia ciudadana.
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También les pide absoluta discreción para
que no se enteren sus padres. Luego de haber convencido a las menores
estas personas los desarraigan de sus hogares, las llevan a un lugar
alejado y les hacen sentir que no tienen a nadie más que cuide
de ellas.
Según investigaciones de la policía, a algunas las llevan
a trabajar como meseras a ciertos bares donde, además, las drogan,
las encierran, las incomunican y luego las explotan sexualmente.
El comisionado García Funes dice que los explotados se vienen
quedando con un 20% del negocio ilegal. Por eso mantienen la reserva
sobre su actividad. Esto vuelve más difícil que las autoridades
ejerzan control, aunque también facilita el lucro y la impunidad
de los explotadores.
Yanira, por ejemplo, no habla de sus clientes ni de pagos que haga a
alguien. Un silencio largo da por terminada la conversación.
Un par de jovencitas tampoco quieren hablar más allá de
que se prostituyen casi todos los días porque necesitan comer
y que alquilan una pieza entre varias amigas en una zona marginal del
sur capitalino.
Los mareros a veces piden a cambio de protección...
nosotros ya no trabajamos en cervecerías, no sé si a las
que trabajan allí les cobran, dice la más joven,
mientras mira de reojo a su compañera.
De acuerdo a García Funes, los proxenetas conforman una poderosa
estructura que se fortalece más ante este tipo de silencio en
la mayoría de las víctimas.
Sin puertas
para escapar
Sus finos
labios apenas se abren cuando habla. A simple vista se siente
incómoda de contar las razones de vivir de la prostitución
y prodigarle pan y leche a su hijo de un año, cuando
apenas se tienen 14 años de edad.
Y es aún más difícil hablar de cómo
ve la vida desde tan tierna edad, con un hijo y sin parientes
que la apoyen. No quiere recordar por qué salió
hace un año de su hogar y no volvió más.
No tengo familia, musita con seriedad y timidez.
Su rostro no tiene rastros de maquillaje pero sí de desvelo.
Su palidez responde a su duro trabajo en la noche y que en el
día duerma poco porque debe cuidar a su niño.
Tampoco estudia, las fuerzas y los recursos apenas le alcanzan
para echarse una carga académica a cuestas cuando no
tiene más que a un par de amigas.
Con ellas comparte más que la pequeña casa de
alquiler: todas sobreviven de lo que les dejan los ratos que
consiguen con algún obrero, un comerciante o hasta un
pandillero. También comparten la inseguridad de la Plaza
Zurita y el riesgo de no saber con quién van a acostarse
la próxima vez.
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Y la falta de herramientas legales adecuadas para ejercer
un mayor control en los proxenetas les ha impedido desarticular hasta
el momento una red centroamericana porque son estructuras muy cerradas.
Es difícil probarle la intelectualidad
a alguien, (sin embargo) se han incrementado las investigaciones y muchas
veces partimos de los mismos anuncios clasificados de oficinas de edecanes,
salas de masajes o esos negocios de fachada donde ofrecen trabajos de
mesera, apunta.
Otros son más críticos y ven más allá de
los números, como el doctor Estrada, para quien este fenómeno,
que se asocia más con prostitución y no con pornografía,
por ejemplo, se tiende a inadvertir.
De hecho, hay un lamento casi generalizado de que no hay que entenderlo
como trabajo infantil, sino como una clara violación a los derechos
de la infancia y la adolescencia.
Tampoco que se hable de menores en prostitución,
sino de menores prostituidos porque en realidad son objeto
de explotación.
El Salvador tiene un abanico legal que va desde la suscripción
de la Convención de los Derechos del Niño hasta el Código
de Familia, donde se establece que la niñez debe ser protegida
de cualquier actividad que lesione sus derechos más fundamentales.
Aunque se habla de avances en materia de respeto a los derechos de la
infancia, también se apuntan vacíos legales como el que
la policía no tenga el recurso del criteriado para ejercer mayor
control en explotadores.
Esto porque, a juicio de García Funes, aunque se emprendan investigaciones
como el hecho de infiltrarse para detectar menores, la Fiscalía
exige pruebas como que el hecho se haya consumado, y eso es difícil.
Mientras tanto, CAM y PNC siguen interviniendo negocios en búsqueda
de menores. No obstante, el saldo negativo de estas acciones es que
aunque impongan multas a los dueños de esos negocios por operar
ilegalmente, que van de ¢2,500 a ¢5,000, la espera para que
el concejo capitalino decida si cierra o no el negocio tarda meses.
Sibrián dice que si el dueño apela a la Corte Suprema
de Justicia, el tiempo se alarga más. Mientras tanto, estas empresas
siguen operando y explotando sexualmente a menores con fines comerciales.
El ciclo de la explotación sexual no parece terminar. La pobreza
y el abandono por parte de los padres siguen abonando también
a esta problemática.
Mientras tanto, los seguiremos viendo en cantinas, calles o centros
comerciales, haciendo tratos con cualquiera que pueda pagar en efectivo
o en especie su servicios en aras de su propia sobrevivencia.
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Le consigo niñas y haga con
ellas lo que usted quiera
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Sucedió un sábado en un centro comercial
de Soyapango. Eran aproximadamente las 4:00 de la tarde. Un hombre
de 38 años se sienta a comer un platillo de carne asada.
Una señora de unos 35, morena y de mediana estatura llama
su atención constantemente, se levanta de una banquilla y
se sienta en otra.
La mujer se aproxima al robusto hombre, de cabellos rizados y tez
oscura, y le pregunta la hora. Le dice que espera a alguien e indaga
si no le molesta que lo acompañe. Una peculiar conversación
se inicia.
Le puedo conseguir carne más fresca.
¿Perdón? No entiendo.
¿Usted anda solo?
Yo siempre ando solo.
Entonces, creo que sí podemos hablar... ¿Acostumbra
a venir aquí?
De vez en cuando.
¿A comer o a buscar alguna compañía?
¿Por qué?
Le puedo buscar buena compañía, ¿anda
carro?
Claro, y es un buen carro.
¿Está usted casado?
No.
Entonces tiene tiempo libre. Yo le puedo ofrecer compañía
de niñas. No son prostitutas sino que le pueden acompañar
al mar, por ejemplo.
¿Y qué tengo que hacer?
Nada, yo las traigo aquí y usted las lleva a pasear
o lo que usted quiera hacer con ellas.
¿Esto significa un costo?
Me da $20 y los gastos con ella corren por su cuenta.
¿Y cómo son ellas?
Una tiene 13 y la otra 14. Son estudiantes de aquí
de Soyapango. Solamente les hablo por el celular. Le digo todo esto
porque me inspira confianza, lo veo como una persona seria.
¿Tiene teléfono?
No, yo vengo aquí todos los fines de semana.
Bien, voy a regresar. |
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