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OPINIÓN
Kerry
debe leer a Clinton
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El mismo día en que aparecía la autobiografía
de Bill Clinton, Fidel Castro leía públicamente en La
Habana una "epístola" al presidente Bush. En su carta,
el Comandante volvió a amenazar a Estados Unidos con un nuevo
éxodo incontrolado como los que desatara en 1964, 1980 y 1994,
subrayando implícitamente que un incidente de esa naturaleza
podía costarle las elecciones a los republicanos.
¿Qué relación tienen estos hechos aparentemente
tan dispares? Muy sencillo: en su libro, Bill Clinton, sin proponérselo,
ofrece un curso rápido sobre cómo enfrentarse al incómodo
vecino caribeño cada vez que provoque una crisis. La media docena
de menciones de Castro y de sus incesantes conflictos que hace el ex
presidente norteamericano, las dedica a subrayar la necesidad de siempre
responderle con firmeza.
Para Clinton es obvio que la derrota de Carter en 1980, y su propia
derrota en esas elecciones, en las que no logró hacerse reelegir
como gobernador de Arkansas, en buena medida se debió a la imagen
de debilidad que transmitió Jimmy Carter durante la crisis de
Mariel, cuando Castro lanzó sobre el sur de la Florida 120 000
refugiados, entre los que colocó una cantidad notable de criminales
violentos y locos sacados de las cárceles y de los manicomios.
Unos veinte mil de esos refugiados fueron a parar a la base militar
de Fort Chafee en Arkansas, donde se amotinaron. En 1994, cuando Castro
volvió a repetir su agresión, Clinton le transmitió
un mensaje amenazador muy claro: "ya yo perdí una elección
por esto y no voy a perder la segunda". El dictador detuvo el éxodo.
El portador del mensaje fue Gabriel García Márquez, amigo
personal de Fidel Castro y el escritor contemporáneo más
admirado por Clinton. Durante una cena celebrada en la casa del novelista
William Styron, García Márquez le pidió el levantamiento
del embargo comercial a Cuba, y Clinton le respondió que sólo
lo haría como respuesta a una evolución hacia la libertad
y la democracia en la Isla. García Márquez, pues, no regresó
a La Habana con buenas noticias para el dictador, sino con una sombría
advertencia.
Dos años más tarde, en febrero de 1996, Clinton demostró
que hablaba en serio. En efecto, tras el asesinato de cuatro jóvenes
pilotos civiles cubano-americanos ejecutados por la fuerza aérea
de Castro mediante el derribo en aguas internacionales de dos avionetas
desarmadas de Hermanos al Rescate, una organización humanitaria
de exiliados dedicada al auxilio de náufragos y balseros, el
presidente norteamericano firmó la ley Helms-Burton y tomó
otras medidas administrativas que afectaban severamente al gobierno
de La Habana. El mensaje era muy claro: toda acción brutal, toda
agresión, recibiría un castigo. Castro entendió
la lección, y durante el segundo periodo de Clinton se comportó
prudentemente, y hasta se excusó en privado del incidente de
las avionetas, explicando que había sido un trágico error.
política hacia la isla
John Kerry haría bien en leer cuidadosamente las memorias de
Clinton. Hoy el candidato demócrata tiene posibilidades de ganar
las elecciones, y es muy probable que quien habite en la Casa Blanca
entre el 2005 y el 2009 deberá enfrentarse con la muerte de Castro
y el inicio de la transición en Cuba. Si es Kerry, haría
bien en revocar algunas de las medidas erróneas últimamente
dictadas por Bush, como las limitaciones a los viajes de los exiliados
o al envío de remesas a sus familiares o amigos en Cuba, pero
sin eliminar las presiones económicas al gobierno de Castro o
las transmisiones de Radio y TV Martí, que deben ser potenciadas,
la defensa de los derechos humanos de los cubanos, la solidaridad con
los disidentes de la oposición interna y externa, y el mantenimiento
de una intensa presión política y diplomática internacional
sobre la última dictadura comunista que existe en Occidente.
Ya Kerry cometió un lamentable error, señalado por David
Brooks en el New York Times, cuando en una entrevista con Andrés
Oppenheimer dio muestras de una cierta debilidad frente a Castro y criticó
severamente a Oswaldo Payá, un disidente cristiano que busca
poner fin a la dictadura por medio de una consulta electoral, como ha
sucedido en casi todos los países europeos que consiguieron liquidar
las tiranías comunistas y establecer regímenes democráticos.
Algo realmente inconcebible, tratándose de una persona a la que
el Parlamento Europeo le otorgó el Premio Sajarov por su lucha
ejemplar, y a la que el National Democratic Institute, la gran fundación
del partido del senador Kerry, le entregó recientemente un galardón
similar.
Como el presidente Clinton sostenía, y como cree el actual presidente
Bush, los intereses y los ideales de Estados Unidos y de Cuba –perfectamente
compatibles- sólo pueden ser satisfechos cuando en esa isla exista
una democracia respetuosa de las libertades, cuya organización
social, política y económica sea capaz de ofrecer esperanzas
a sus ciudadanos, para que no tengan que lanzarse al mar en busca de
un futuro digno. La historia ha demostrado que eso sólo se logrará
con firmeza.
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