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CRONICA
Estampas
de la supervivencia
Subidos
en un Ford del 56, y luego en un Chevrolet del 52, Maite Rico
y Bertrand de la Grange recorrieron gran parte de la isla de Cuba
el pasado mes de junio. El propósito fue trascender el maquillaje
que la isla le ofrece al turista y adentrarse en la cada vez más
asfixiante atmósfera del cubano común. Este reportaje,
preparado
en exclusiva para Letras Libres, da cuenta de ese revelador recorrido.

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Osvaldo llega con la angustia dibujada en el rostro.
"Nos hemos despertado con medidas de excepción. Es terrible.
Se viene encima otro periodo especial." Es martes, 11 de mayo,
y las bulliciosas calles de La Habana Vieja son un hervidero de rumores.
A raíz del anuncio de George Bush de que limitará las
visitas de familiares y el envío de remesas a Cuba, el gobierno
de la isla acaba de cerrar, por sorpresa y "hasta nuevo aviso",
las tiendas de dólares.
La medida es una tragedia para los cubanos, que consiguen la mayoría
de los artículos en esas shopping ("la chopin", dicen
ellos) creadas por el Estado para paliar, con mercancía importada,
la escasísima producción nacional. La situación
no puede ser más esquizofrénica: la población recibe
salarios miserables en pesos, pero se ve obligada a comprar en dólares
una buena parte de los productos básicos, desde la leche y la
ropa hasta el jabón, los electrodomésticos o la gasolina.
Este despropósito forma parte de la huida hacia adelante emprendida
por el régimen de Fidel Castro a partir de 1990, después
de que el colapso de la Unión Soviética, su madre nutricia,
dejara a la isla sin los gigantescos subsidios que la mantenían
a flote.
La primera reacción fue decretar el "periodo especial en
tiempo de paz", eufemismo que escondía unas brutales medidas
de racionamiento para paliar la escasez de productos. Para salir del
atolladero y aplacar el descontento social, los tecnócratas socialistas
parieron una serie de medidas de corte capitalista: empezaron en 1993
con la "despenalización" del dólar, la moneda
del enemigo.
Luego autorizaron a los agricultores privados la venta de una parte
de su producción, permitieron el trabajo por cuenta propia para
algunos oficios y, más adelante, entregaron licencias a particulares
para alquilar cuartos a turistas o para abrir pequeños restaurantes.
Las restricciones eran severas, pero la población logró
ganarle la carrera al hambre.
Con las tiendas en dólares volvieron a los escaparates la mayoría
de los artículos, ahora importados de los países capitalistas.
Bien es cierto que los precios son disparatados y que los cubanos se
las ven y se las desean para conseguir los billetes verdes, pero las
remesas de los familiares exiliados y el turismo han brindado algo de
oxígeno en los últimos años.
Y ahora, de repente, se encuentran con que Bush cierra el grifo y el
gobierno cierra las tiendas. El diario Granma denuncia en una nota ominosa
"las brutales y crueles medidas que, en adición a un riguroso
bloqueo que dura 45 años, acaba de adoptar Estados Unidos contra
Cuba". ¿Bloqueo? Nunca lo hubo.
A lo sumo se puede hablar de embargo, o sea, prohibición de que
las empresas de Estados Unidos comercien directamente con la isla. Pero
en Cuba se consigue sin problemas desde la Coca-Cola hasta los programas
de Microsoft, que se importan desde México, Venezuela o cualquier
otro país de la región.
La palabra bloqueo es, sin embargo, mágica: moviliza
a las organizaciones de solidaridad en el mundo entero y, al mismo tiempo,
sirve de coartada al gobierno cubano para justificar el fracaso de su
disparatada política económica. Ahora, las medidas de
Bush le han dado otro pretexto para imponer nuevos sacrificios a la
población.
Osvaldo, como los demás, está ansioso por saber qué
va a pasar. Cientos de curiosos se han
acercado desde temprano a la chopin Carlos III, el centro comercial
más grande del barrio. Los vigilantes sólo permiten la
entrada a la sección de alimentación y aseo personal.
Se comenta que ha habido incidentes y que en Santa Clara han roto escaparates,
pero aquí todo está tranquilo. El hecho de que existan
esos rumores revela, con todo, la desesperación de la gente.
Fidel Castro ha anunciado ya una marcha de protesta en la Tribuna Antiimperialista.
Será una repetición del 1o de mayo. Tras la perplejidad
inicial, la gente, que no tiene un pelo de tonta, ha adivinado los motivos
reales del cierre comercial: "Van a subir los precios", brama
Angelita, una vecina.
"El señor prepara una marcha porque le gusta la imagen,
pero ese producto ya estaba comprado y van a sacar más ganancia
a costa nuestra. ¿Hasta cuándo esta vida, Dios mío?"
Cuatro generaciones viven en un piso destartalado de la calle del Aguacate,
en el corazón de La Habana Vieja: desde Ramón, fontanero
jubilado, y su esposa, Marta, hasta su bisnieta Melisa, una niña
rubita y vivaracha.
Algunos trazos permiten imaginarse la estructura original de la vivienda,
allá por 1916: estancias espaciosas y sobrias, techos altísimos
para mitigar el calor y enormes ventanales. Hoy es un laberinto de tabiques
y cortinas para aprovechar al máximo el espacio. Los cubanos
son los maestros de las barbacoas, como llaman a los "entrepisos"
que construyen como Dios les da a entender, aprovechando la altura de
los techos: donde antes había una habitación, ahora hay
dos, o una y media, o tres, o cuatro.

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Gracias a este creativo e inacabable proceso de partenogénesis,
la familia de Ramón, como muchas otras, ha podido liberar los
dos cuartos principales para alquilarlos a turistas a 25 dólares
la noche. El hospedaje de extranjeros es la única manera que
tienen de conseguir divisas.
Cuesta pegar ojo en La Habana Vieja, entre el griterío, las caseteras
a todo volumen y los rugidos de los autos, escasos pero estridentes.
"Lo mejor es cerrar la ventana y poner el aire acondicionado",
sugiere Marta. El aparato zumba como el motor de un Tupolev. Optamos
por el alboroto callejero.
La vecina más vociferante es una mujerona negra
con un turbante azul turquesa, que se pasa el día acodada en
la barandilla de enfrente y se desgañita conversando con los
conocidos que cruzan la calle. Mirándolo bien, muchos cubanos
matan las horas sentados en el balcón.
Ahí está el mulato del último piso, que cría
palomas para la santería, y el anciano del tercero. Jorge, yerno
de Ramón —y desempleado—, languidece buena parte
de la jornada en la ventana, oteando la calle en silencio.
Pasear por las calles de La Habana Vieja es como trasladarse al Beirut
de los bombardeos. Casas semiderruidas, fachadas decrépitas y
cuartos apenas alumbrados por tétricos neones. Algunos edificios
se sostienen de milagro. De no ser por la ropa tendida, uno pensaría
que están abandonados. Lo crudo es que, a veces, se desmoronan.
Algunas ancianas se aproximan a los viandantes con disimulo y piden
limosna. Los vecinos alertan sobre el incremento de los asaltos: los
jóvenes "tironeros" han desplazado a los habilidosos
y apacibles carteristas. Huele a alcantarilla y a aguas fétidas.
La suciedad se extiende al Parque Central y a los soportales del maravilloso
Teatro Nacional, surcados por interminables meadas. En cartel, Alicia
Alonso, la Incombustible.
Pero el barrio también presenta otra cara: la cara restaurada
de la Plaza de Armas, de la Plaza de la Catedral, de la calle Obispo,
que emergen como un gigantesco decorado de cartón piedra, con
una floristería de lujo, una estética canina y un par
de viejas mulatas disfrazadas de santeras, listas para la foto.
Comercio clandestino
Sólo dólares, por favor. Y vengan a ver el hotel Ambos
Mundos, donde se alojaba Hemingway, y entren en El Floridita, el bar
preferido de Hemingway, y tómense un mojito en La Bodeguita del
Medio, donde seguro que también haría escala Hemingway.
Tratamos de regresar a la realidad. Todas las tiendas en dólares
han colocado el mismo cartel: "Cerrado por inventario". Los
establecimientos en pesos, oscuros y lúgubres, ofrecen en sus
escaparates polvorientos la mercancía disponible: una botella
de desinfectante, un pantalón color mostaza, unas alpargatas
tan zarrapastrosas que resultan ofensivas, un reloj de plástico
o una bobina de hilo.
Cuando volvemos a casa, al anochecer, la gorda del turbante
sigue ahí. También sigue ahí
Radio Reloj, tic-tac, tic-tac, igual que hace veinte años. Hoy,
Día de la Madre, Radio Reloj dedica un homenaje a las madres
de los cinco espías cubanos condenados en Estados Unidos, en
adelante los "Cinco Héroes Prisioneros del Imperio",
que están "lejos de sus progenitoras por la crueldad del
enemigo". De las madres de los 75 disidentes condenados el año
pasado nadie se acuerda.
Miguel nos viene a buscar temprano en su Ford de 1956, azul y destartalado.
Sus últimas horas han sido movidas. "Cuando oí lo
del cierre de las chopin, salí como loco a buscar culeros desechables
para mi niña y no encontré por ningún lado. Es
un agotamiento."

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Al comienzo de la autopista, decenas de personas "piden
botella", es decir, intentan que algún vehículo se
apiade y los lleve. El desastre del transporte es evidente en La Habana,
donde han desaparecido las líneas de guaguas que surcaban la
capital. Ahora la gente hace colas interminables para apretujarse en
los camellos, como llaman a unos enormes camiones transformados en autobús,
con capacidad para llevar a trescientas personas en condiciones infrahumanas.
En algunos barrios las autoridades han establecido los llamados "puntos
de transportación alternativa" (¿alternativa a qué?),
en los que se supone que los vehículos estatales deben detenerse
para recoger conciudadanos.
En la autopista, esos espacios se llaman "puntos amarillos"
y se reconocen porque siempre hay una multitud a pleno sol. Todo sirve:
desde un Lada hasta la caja de un camión. Un inspector lleva
la lista de espera y cobra el pasaje. Otras personas prefieren caminar
y tentar a los conductores privados agitando unos billetes. Verdes,
por supuesto.
A lo largo del camino, algunos campesinos ofrecen ristras de cebollas
o ajos, queso o "turrón" de cacahuete. Se sitúan
cerca de zonas de matorrales, para esconderse si viene una patrulla
de policía. Vender cualquier producto es ilegal en Cuba, a menos
que se tenga una patente, muy difícil de conseguir, y que se
pague una cuota mensual.
Un rótulo anuncia: "Nuestro socialismo es irrevocable".
Es el primer cartel de miles que vamos a ver en el transcurso de nuestro
recorrido por la isla.
"La gasolina se consigue en la bolsa negra [mercado negro]",
nos explica Miguel. "Siempre puedes comprar veinte, cuarenta litros.
Es de mala calidad. La sacan los chóferes de los vehículos
del Estado. Yo compro gasolina verde, de los aviones de fumigación.
Ésa es muy buena. Mira cómo va el motor de bien. Para
que no se note, la mezclo con la otra, que es amarilla oscura."
¿Y cómo carajos la consigue? "La sacan los pilotos
y los trabajadores de los aeropuertos. Le echan menos al avión
y ahorran saltándose las normas de seguridad, por ejemplo hacen
giros más cortos cuando fumigan. O la desvían directamente.
Ahí todos se ponen de acuerdo: el piloto, el pipero, el técnico
de vuelo. Yo pago nueve pesos por litro, la mitad de lo que cobran en
las gasolineras." ¿Y eso cómo se llama? ¿Economía
socialista, economía de mercado, robo? "Eso se llama supervivencia."
Cartel: "Hay un pueblo dispuesto a morir antes que a vivir de rodillas."
En lontananza emerge, como el toro de Osborne, la silueta gigante de
Fidel, con mochila y fusil.
Un kilómetro antes de Manicaragua, en la sierra del Escambray,
se acumulan los cartelones: "Revolución es defender valores",
"Revolución es independencia", "Es hora de gritar
Revolución", "Nuestra fuerza es la fuerza del pueblo",
"Patria o muerte, venceremos"... La insistencia no es casual:
la revolución castrista enfrentó durante años focos
de guerrilla campesina en esta zona.
Joya colonial y Patrimonio de la Humanidad. Casas azul pastel, barandillas
blancas y palmeras. El tiempo se ha detenido en los amplios salones
dieciochescos y en las calles empedradas de Trinidad. En este escenario
de belleza sorprendente hemos recibido un cursillo intensivo sobre la
"economía del cambalache", o cómo sobrevive
un cubano.
"En teoría, el hombre nuevo socialista puede vivir con un
salario de 250 pesos [diez dólares] y cinco libras de arroz al
mes. En la práctica, te mueres de hambre. Así que tienes
que violar la ley", nos cuenta nuestro experto, que ha sido militante
del Partido Comunista durante décadas. "El sistema no es
sano, porque Fidel no es sano y nos ha vuelto tramposos. La gente logra
comer porque roba al Estado. Hemos pasado de la Revolución a
la Robolución."
Veamos ejemplos prácticos: por las casas de Trinidadtranscurre
cada día un desfile interminable de vendedores de galletas, desinfectante
"desviado" y envasado en botellas de agua mineral, mantequilla
en barras, cartones de cigarros robados en la fábrica, latas
de Vita Nuova (una salsa de tomate hecha en Ciego de Ávila, o
mejor dicho, adulterada en Ciego de Ávila a partir de materia
prima que llega de Italia)... Las latas "desviadas" cuestan
ochenta centavos, cuando en la tienda están a más de un
dólar.
Otro día cualquiera podrá observar que algunos vecinos
se avisan, salen furtivamente de sus casas con bolsas o cajas vacías
y regresan, por ejemplo, con pollos congelados. El camión proveedor
de las chopin ha repartido su carga legal y ha vendido otra parte bajo
cuerda a amigos y conocidos. Eso es sociolismo.
A pesar de que Trinidad dista apenas diez kilómetros del mar,
la pescadería del pueblo está siempre cerrada. "¿Se
acabó el pescado?" "Se acabó el pescado y se
acabó el Che", contesta un viejito desdentado. En realidad,
nunca hay. El precio que paga el Estado es tan ridículo que no
compensa vender en el circuito legal. Pero existe el mercado negro:
Cuba es el único país del mundo donde los pescadores ofrecen
sus pargos y sus langostas como si vendieran cocaína, mirando
atrás que no vaya a llegar la policía.
La langosta, como la carne de res, está estrictamente reservada
para el Estado, que la destina a los turistas. Las severísimas
sanciones no impiden que los paladares (pequeños restaurantes
privados, autorizados o no) la sirvan clandestinamente. Luego, se deshacen
de las cáscaras con nocturnidad y alevosía. Nunca las
tiran en su propia basura, no vaya a aparecer uno de los miles de inspectores
orwellianos que amargan la existencia de los ciudadanos.
El mar es ancho, pero los circuitos de la carne están tan controlados
que el cubano de a pie no ha visto un filete en los últimos veinticinco
años. "Aquí, antes de la revolución, había
una carnicería con una máquina de picar eléctrica.
Ahora, tener carne de res es delito. A una vecina la detuvieron porque
le encontraron ciento cincuenta gramos en la nevera y no pudo justificar
la procedencia", cuenta una señora. "Esto es un manicomio."
Para cubrir las apariencias, el Estado vende el llamado "picadillo
mejorado", que es carne de mala calidad mezclada con soya. Si se
agrega a esto la prohibición recurrente de comercializar huevos
y los elevados precios de la leche (garantizada a los niños hasta
los siete años, pero vendida después a 1.50 dólares
el litro), no es sorprendente que los cubanos estén desnutridos.
Las autoridades se encargan de ocultarlo, prohibiendo incluso a los
médicos que informen a la población. No siempre pueden:
las carencias vitamínicas provocaron en los primeros años
noventa una epidemia de neuritis óptica y periférica que
afectó de manera irreversible la vista y la movilidad ocular
de decenas de miles de personas.

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"Pasamos hambre, pero todo eso lo tapa la propaganda",
nos cuenta un profesor. "Nos dijeron: el presente es de lucha,
el futuro es suyo. Pero no vemos el futuro. En cambio, vi morir a mi
padre en la miseria y ahora veo cómo sufre mi hija. ¿De
qué sirve tener sesenta y cinco mil médicos si en las
farmacias no hay ni aspirinas? ¿La educación? Es una reverenda
mierda.
¿Leer, escribir? Sí, pero, ¿qué lees, qué
escribes? Se instruye, se amaestra, no se educa. Padecemos una permanente
crisis económica, existencial, cultural y moral. Por eso la gente
prefiere correr el riesgo de ahogarse en el mar. Mi hija, con quince
años, ya me ha dicho: en cuanto pueda yo me voy a ir, papá."
La otra cara
Dejamos Trinidad y cruzamos por los cañaverales del hermoso Valle
de los Ingenios, salpicado de palmeras. "Bueyes", nos señala
Miguel. "Volvieron tras el periodo especial, para la agricultura.
Vamos p'atrás.
Acabaremos con lanza y taparrabos". ¡Una afirmación
descreída y contrarrevolucionaria! Aquí tenemos este insuperable
artículo de Granma, titulado "Buey y modernidad sin paradojas",
que explica que el regreso a la tracción animal es, justamente,
el máximo exponente del "desarrollo cultural, científico
y técnico" alcanzado en estos "45 años de progreso".
"Cuba demuestra cada vez más que cuando hay técnica,
conocimientos y cultura de trabajo, el uso de animales de tiro en la
agricultura, lejos de ser un atraso, es una exigencia de la modernidad
y contribución al mundo descontaminado y limpio."
La Papelera Iznaga emerge fantasmagórica. "Ya casi no trabaja,
por falta de materia prima", explica Miguel. "Tampoco le dan
mantenimiento."
Cartel: "Nadie se rendirá".
Granja de cerdos Los Molinos. Está abandonada. "Era enorme.
Se cerró en el periodo especial, porque el pienso cubano no daba
y el importado era muy caro. Daba trabajo y comida a mucha
gente."
Cartel: "La verdad y las ideas siempre triunfan".
Escuela de Policía Protesta de Jarao. "Ésa sí
que produce en serie: cada tres meses salen nuevas promociones."
Llegamos a Jatibonico.
Cartel: "Las ideas y la conciencia pueden más que el terror
y la muerte".
A la entrada de Ciego de Ávila aparece el tercer Fidel gigante,
con sus atributos.
Siguen los campos de caña. Hay también piña y malanga.
Pasamos delante de otra finca agropecuaria abandonada. Los pollos ahora
los importan y los venden congelados.
Cartel: "Nada ni nadie podrá acabar con la Revolución".
El lema Socialismo o muerte casi ha desaparecido en esa sucesión
interminable y enloquecida de propaganda. Ahora se ve más Patria
o muerte. "A la patria la defiende todo el mundo. Al socialismo,
no. La patria no tiene nada que ver con el sistema. La frase Patria
o muerte la decían los mambises [los insurrectos contra la Corona
española]". El sentido común de nuestro conductor
no tiene fisuras.
La protección que nos dispensaba la imagen de la Virgen de la
Caridad del Cobre que Miguel ha pegado en el salpicadero empieza a flaquear:
una patrulla policial nos detiene. ¿Qué hacen esos extranjeros
en el vehículo? Es inútil alegar que somos amigos suyos.
En ese caso, tendría que haber solicitado un permiso especial,
que por supuesto nunca le hubieran dado. En aplicación de la
"norma 251 1-K sobre transporte de personas sin licencia operativa",
le ponen una multa de 250 pesos, el sueldo mensual de un cubano.
Cartel: "Nuestro socialismo es irrevocable". Miguel no entra
en política. No tiene batallas ideológicas, sólo
sensatez y ganas de salir adelante. Ahorra como una hormiga para comprar
neumáticos. "No me quejo. Comparado con otros, tengo un
coche que me permite obtener ingresos. Yo no puedo quedarme en casa
para no tener problemas: tengo que salir a luchar por mi vida. Pero
cuando empiezas a levantar el vuelo, te cortan las alas."

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Camagüey, botín del pirata Henry Morgan
y cuna de Nicolás Guillén. 17 de mayo. Las tiendas en
dólares siguen cerradas en todo el país.
La antigua prosperidad de la villa, derivada de la ganadería
y el contrabando, se vislumbra en sus iglesias, sus casonas y su teatro.
Hoy es la tercera ciudad más importante de Cuba y paso obligado
entre el oriente y el occidente.
En la oficina de internet hay cola. Para los cubanos,
las incursiones en la red están limitadas al intercambio de mensajes,
en un servidor sometido al control oficial. No pueden navegar ni consultar
páginas web. Tampoco pueden crear direcciones electrónicas,
así que usan las que algún extranjero les ha facilitado.
Juansi hace fila. Es pintor y espera el permiso oficial para viajar
a México, donde tiene algunos amigos. Decidido a quemar las naves,
ha vendido sus libros de arte, sus óleos y sus pinturas para
juntar todo el dinero que pueda.
"Estoy como un gato ciego. Tengo veintitrés años
y no tengo futuro. Mis padres se partieron los pulmones por esto y ellos
ven ahora que se les ha ido la vida. Yo no estoy dispuesto a esperar."
Con los escasos espacios copados por los artistas oficiales, Juansi
se ha lanzado al fascinante mundo del souvenir para obtener algún
ingreso. "No es por ofender, pero los turistas compran cualquier
cosa. Aquí vivimos todos prostituidos, no sólo las jineteras".
Con su larga melena rubia y su bicicleta, Juansi parece un ecologista
o un progre de la Complutense. Pero, a diferencia de los europeos, los
progres cubanos huyen de las utopías revolucionarias, porque
han experimentado en carne propia el infierno a que conducen. "Algunos
turistas me dicen que esto está muy bien. Yo sólo les
deseo que vivan aquí. Con un mes basta, pero que vivan como nosotros.
Con la libreta y las cinco libras de arroz. Con la represión,
con la censura, con esta asfixia que nos acaba.
Mi primer recuerdo del colegio es que me formaron y me hicieron repetir
consignas. Así todos los años de mi vida. Si Kafka resucitara,
no se podría creer esta pesadilla. Muchas veces intento imaginarme
la sensación de poder salir de aquí, de ser dueño
de mis actos. ¿Que cómo imagino el futuro de este país?
No lo sé. Sólo sé que yo no me quiero quedar a
verlo".
Cambiamos de coche: hemos dejado a Miguel y su Ford y proseguimos camino
hasta Santiago con Juanito y su Chevrolet rojo del año 52.
"Destruir antes que ceder al enemigo". El rótulo, enmarcado
por el dibujo de una ciudad en llamas, resume perfectamente la obsesión
patológica del régimen, su empecinamiento en enviar a
la población al holocausto.
Más adelante, en la provincia de Granma, la locura propagandística
adquiere niveles apoteósicos. La región recibió
el nombre del barco que, en 1956, trajo a Fidel y sus hombres desde
México hasta la playa de Las Coloradas para empezar la guerrilla
contra el dictador Fulgencio Batista.
De hecho, una reproducción del yate es el arranque de una sucesión
de carteles para todos los gustos, sobre la verdad, la justicia, los
logros de la revolución y su futuro imparable... Los más
recientes son alegatos contra "la votación anticubana en
Ginebra" y el "neofascismo mundial del imperio". La carretera
está llena de baches. Alrededor, el desierto.
En contraste con Granma, la provincia de Santiago es un oasis verde
y ondulado. En Palma Soriano, un guardia de prisiones pide botella.
Nos cuenta que ya no hay presos políticos en Cuba. "Ahora
los mezclan con los delincuentes". Es la forma de quebrarlos.

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Cartel: "Rebeldes como ayer, con las ideas de siempre,
seguimos en combate".
Sobre una loma despunta la basílica de Nuestra Señora
de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba desde 1916. Al fondo, las estribaciones
de la Sierra Maestra. El templo es el principal centro de peregrinación
de la isla. Una habitación conserva los exvotos y ofrendas.
En medio de muletas, trenzas, diplomas, fotos y dibujos,
un texto sobre una cartulina negra le pide "a la Virgen Mambisa"
por la libertad de los prisioneros políticos. Junto a él,
la ofrenda de un activista católico: "Omar Betancourt, treinta
años de supervivencia en Cuba, entre ellos siete años
y cinco meses confinado injustamente en las rigurosas cárceles
del régimen dictatorial castrista." Bajo el título
"Nuevos presos de conciencia de Cuba", otro cartel reproduce
un documento de Amnistía Internacional con los nombres de los
disidentes condenados el año pasado y un mapa de la isla con
las cárceles donde están encerrados.
El santuario del Cobre es el único lugar donde hay un testimonio
público de la existencia de prisioneros políticos.
Los semáforos no funcionan en Santiago, la más caribeña
de las ciudades cubanas, refugio de los franceses y los esclavos africanos
que huyeron de las rebeliones en Haití. De hecho, el céntrico
barrio Tívoli, con sus calles sucias y sus casas decrépitas,
recuerda a Puerto Príncipe.
Casi todos los vecinos hacen profesión de fe revolucionaria y
han forrado de banderines y alabanzas al régimen unas puertas
que dejan entrever habitaciones oscuras y destartaladas.
Los Comités de Defensa de la Revolución (CDR), la célula
básica de represión y control social, están muy
presentes. Es cierto que cada calle del país tiene su CDR, integrado
por ciudadanos que escrutan la vida de los vecinos (desde el correo
hasta los hábitos sexuales) y denuncian cualquier conducta desviada
de la ortodoxia revolucionaria.
Pero mientras en La Habana la actividad de los CDR se está diluyendo
("al fin y al cabo, todo el mundo hace siempre algo ilegal"),
en estos barrios de Santiago parecen muy dinámicos.
De hecho, en la isla se repite un estereotipo: "Los nichis [negros]
de Santiago son los más comunistas, los más bandoleros
y los más pobres".
La revolución quiso terminar con la segregación que existía
en la sociedad cubana y aplicó una política de "discriminación
positiva" hacia los negros. El problema es que no lo hizo honestamente,
sino para lograr un "ejército cautivo". Los trasplantó
a vecindarios acomodados de La Habana, los enquistó en casas
confiscadas y los utilizó como instrumento de venganza, pero
hoy siguen igual de pobres y muy pocos han llegado a ocupar altos cargos.
"Cuarenta años convenciendo a los negros de que eran iguales
que nosotros, y a ver cómo les decimos que no es cierto".
Esta frase, dicha por un gerifalte cubano a un amigo mexicano, expresa
en toda su dimensión el cinismo de las autoridades.
No hay más que observar lo que sucede en La Habana Vieja: ahora
que se han puesto a restaurarla, no quieren ni ver a todas esas familias
hacinadas y disfuncionales que estropean el entorno. Así que
igual que las metieron en su día, ahora las están sacando
a la periferia, para que no estorben.
De vuelta en Santiago. Nuestro cicerone local es hijo de un coronel,
así que goza de impunidad para llevar extranjeros en su coche.
Nos ofrece contactos con un torcedor de tabaco que vende cajas de puros
de cualquier marca, con sello de fábrica y holograma, por veinticinco
dólares (en lugar de cien). Conoce también al hombre que
vende botellas de ron de reserva extraídas de la fábrica
de Santiago, la antigua Bacardí, y las ofrece en la misma puerta
del establecimiento, mientras el vigilante se hace el loco.
La hermosa terraza del hotel Casa Granda, sobre el Parque Céspedes,
es un ir y venir de extranjeros con jineteras, en su mayoría
negras. Una de ellas come pollo frito y se guarda en el bolso un sándwich
y dos latas de refresco.
Los putañeros suelen ser tipos toscos y anodinos. Algunos no
logran desprenderse de su aspecto de empleado gris, por más que
aquí hayan dejado de ser Gutiérrez el casposo para convertirse
en "papito rico". Hay jubilados, oficinistas, comerciantes
o taxistas, y todos se sienten el rey del mambo. Los hay también
infelices, como ese francés con cara de pringado al que una muchachita
termina de exprimir en la chopin y le hace comprar varias botellas de
ron "para la familia". Llegan sobre todo de España
y de Italia, pero también de México y Canadá.
"Somos un gran burdel", dice Julián, empleado de una
compañía de alquiler de autos. "Desde los doce años
las niñas andan buscando turistas. Y ves tipos repugnantes con
jovencitas bonitas. Los mismos maridos mandan a sus mujeres con extranjeros.
Todo el mundo nos pisa. El cubano antes era diferente. Hemos perdido
la dignidad".
Por si este espectáculo envilecedor no bastara, los cubanos tienen
además que aguantar patanerías. "En casa tuvimos
a un italiano del partido de Refundación Comunista", recuerda
Luis, que alquila un cuarto en Santiago. "Era un tipo ya mayor
que nos llegaba con una adolescente cubana. Y lo teníamos hablando
maravillas de Fidel y de esta revolución que le proporcionaba
hembras baratas. Ya yo un día le dije: 'Esto hay que vivirlo.
Y hay que vivirlo cuarenta años. Si no, usted no tiene ni idea
de lo que habla. Estamos destruidos'. No dijo más nada".
La "dignidad del pueblo cubano" que inunda la verborrea oficial
se diluye en la vida cotidiana.
"Hace poco recordaban en la televisión que el 29 de abril
de 1959 la Constitución decretó que las playas eran para
el disfrute de todos los cubanos.
Tú vete a Cayo Coco y enséñales la Constitución,
y te dirán que hagas un rollito con ella y que te la metas donde
te quepa", explica enfadada Celia. Hemos llegado a Morón,
en la provincia de Ciego de Ávila, en la costa norte de Cuba.
Mar adentro se extiende un archipiélago formado por decenas de
cayos y manglares.
A Celia aún le supura la herida. Hace tres años, una pareja
italiana alquiló un coche para ir con ella y su marido a pasar
el día en Cayo Coco. Al llegar a la garita les dijeron que los
cubanos
no podían pasar.
"Ellos habían pagado el coche con la ilusión de conocer
las playas, así que les animamos a que entraran. Nosotros nos
tuvimos que bajar y nos quedamos ahí, esperándoles junto
a la garita. Se nos cayó la piel a tiras de la insolación.
Antes las playas estaban prohibidas a los negros. Hoy lo están
a todos los cubanos. Ahora todos somos esclavos".
"Fidel nos odia", remata Rafa, su marido. "No hay otra
explicación".
En Cayo Coco, en efecto, la policía nos pide el pasaporte. Entramos
en "territorio libre de cubanos". Los diecisiete kilómetros
de carretera que unen la costa con los cayos se han construido con el
procedimiento más barato: rellenando las lagunas con toneladas
de piedras y tierra.
La obra levantó las protestas de los ecologistas,
que advirtieron de los efectos catastróficos que tendrían
a largo plazo esos diques que cambiaban las corrientes y estancaban
el agua. Pero Fidel prefirió aplicar una política de hechos
consumados, como deja constancia este cartel gigantesco: "Aquí
hay que echar piedras sin mirar para adelante".

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A pesar de la insistencia en los "criterios conservacionistas"
del desarrollo turístico, lo que se ve en Cayo Coco, en realidad,
es algo tan poco ecológico como un aeropuerto y una ristra de
doce hoteles de lujo construidos con mucho cemento: en total, 3,620
habitaciones. Las cadenas españolas Sol Meliá e Iberostar
se encargan de su administración.
En ese preciso momento llegan dos autobuses repletos de canadienses
que han aterrizado en el cayo directamente desde Toronto. Ocho animadores
forman un pasillo y saltan al ritmo de música disco. Arrastrando
sus maletas, los turistas (de mucho tatuaje y mucha barriga) atraviesan
el pasillo y se abalanzan sobre el coctel de bienvenida. Comienza una
semana de freírse al sol en el apartheid cubano.
Posiblemente se irán sin saber qué idioma se habla en
la isla. Pero sí sabrán quiénes son los Cinco Héroes
Presos del Imperio: en los hoteles Meliá no falta todo un despliegue
con sus fotos y biografías.
Finalmente, el gobierno de Castro apela al turismo utilizando como reclamo
los atractivos de la Cuba prerrevolucionaria: las playas, las mujeres,
el ron, el tabaco, la soberbia arquitectura de La Habana, la calidez
de la gente o la música tradicional de los soneros nonagenarios.
Pero está también el turismo militante,
que viene encandilado con la imagen mítica de Cuba y que no piensa
permitir que la realidad se la estropee. Ellos llegan a Castrolandia,
el último parque temático del socialismo tropical, donde
el Che ha reemplazado a Mickey Mouse: tenemos postales del Che, llaveros
del Che, camisetas del Che, dibujos del Che... ¡hasta un mausoleo!
Se ponen tibios de mojitos, se llevan de recuerdo los manteles de papel
de La Bodeguita del Medio y hacen suya la terminología oficial.
La miseria de La Habana Vieja o de Santiago es pintoresquismo, la prostitución
es simpático libertinaje. Los desempleados, vagos. Y los mendigos,
lacras. Los disidentes, vendidos. Los exiliados, gusanos.
Lunes 24 de mayo. Las tiendas en dólares han abierto finalmente
sus puertas. Se confirman los presagios: los precios han subido entre
un diez por ciento y un veintidós por ciento, según los
productos. La comida, "sólo un diez por ciento", según
el comunicado oficial.
En Cuba se acabó la economía socialista, pero tampoco
hay libre mercado. Los ejemplos sobran. Con apenas el quince por ciento
de las tierras, los campesinos privados producen casi el 75 por ciento
de los alimentos comercializados en los mercados agropecuarios, pero
siguen con la obligación de vender la mayoría de sus cosechas
al Estado a precios muy bajos.
Las empresas extranjeras del sector hotelero pagan los salarios de sus
empleados al Estado cubano en dólares, pero éste se los
entrega... en pesos y se queda con la diferencia. Los impuestos a los
paladares y casas de huéspedes han llevado a más de una
familia a la quiebra.
Después de haber perdido el acceso al crédito internacional
por sus repetidos impagos, el régimen busca ahora ordeñar
a los inversionistas extranjeros que sucumben a los encantos de la isla.
Para ello cuenta con la complicidad de los "jineteros comerciales",
un pequeño grupo de empresarios españoles, italianos o
franceses que lograron hacer buenos negocios hace diez o quince años
gracias a sus contactos con la cúpula política.
A cambio de prebendas, estos "jineteros" actúan de
carnaza para convencer a sus colegas novatos de las grandes oportunidades
que ofrece Cuba, sin advertirles de las trampas. "Muchos caen,
seducidos por el clima, las mulatas y la atención que reciben
del ministro o del vicepresidente", cuenta un hombre de negocios.
"De repente se sienten importantes y al cuarto mojito firman contratos
como locos". Los problemas vienen después. "Te pagan
al contado los dos primeros pedidos. El tercero, a plazos. Coges confianza.
Y a la quinta operación te atrapan. Ya no puedes salir, porque
te dicen: 'Te pago si me continúas dando crédito'. Estás
en la ciénaga, y tampoco puedes denunciarlo".
Y ese silencio permite al gobierno seguir atrayendo nuevas víctimas.
"Con los grandes empresarios, el régimen usa otras trampas:
por ejemplo, la renegociación de los créditos año
tras año. La empresa pierde dinero, pero perdería aún
más si se fuera del país".

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Y todos hacen el mismo cálculo: el Máximo
Líder tiene 77 años y, con su muerte, vendrán los
cambios y la bonanza. El problema es que la salud de Fidel Castro no
parece tan mermada como se dice. Es más, uno de sus médicos,
creador del Club de los 120 Años, se ha propuesto mantener vivo
a su ilustre paciente hasta, por lo menos, esa edad.
Mientras los cubanos están a la espera del desenlace biológico
que decidirá el destino de la isla, una pequeña nomenklatura
prepara su futuro con suma discreción y ha empezado a sacar del
país importantes cantidades de dinero. "Las ratas están
abandonando el barco, y eso no es muy alentador para el régimen",
comenta un diplomático latinoamericano.
Para frenar la corrupción y el robo sistemático, el ejército
ha tomado el control de las actividades estratégicas, como el
turismo y la electrónica. Los militares son más disciplinados
y, además, están bajo la dirección del hermano
de Fidel Castro y de sus colaboradores más cercanos.
¿Se está preparando el régimen para la transición
y quiere tener las mejores cartas en previsión de una negociación
política? ¿O, por el contrario, la cúpula desconfía
de todos y se prepara para la confrontación desde una posición
de fuerza? Todos los escenarios son posibles. Un cartel avistado en
la provincia de Villa Clara ofrece un vaticinio: "El futuro será
de los optimistas".
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